LAS LLAMAS EN NOTRE DAME

por Alberto Bejarano

Abril, 2019., París.

Seis meses después del incendio del Museo Nacional de Brasil en Río de Janeiro, el destino me puso de nuevo cerca de las llamas, esta vez en París, frente a una nueva histórica conflagración de la cultura universal, esta vez de la monumental Cátedral de Notre Dame, con sus vitrales y gárgolas inmortalizadas en tantas pinturas y obras literarias. En Río de Janeiro mi atención se había centrado en Lucy, en los restos de la primera mujer americana que vivíacomo inquilina extraña en forma de momia en el Museo, y que desapareció calcinada para siempre. En París, la que no se acaba nunca, pero que en los últimos años ha sido golpeada tantas veces por las trompetas del Apocalípsis, no supe en qué pensar.

La Catedral de Notre Dame era el lugar más visitado de París, incluso más que la Torre Eiffel y el museo del Louvre. Era el monumento más visitado de Francia. No acostumbraba yo a visitarla en los cinco años vividos en París tiempo tras, pero la cruzaba una y otra vez cuando me dirigía a los cines del Boulevard Saint Michel. Hoy iba yo a ver en el pequeño cine Christine, la película ya clásica de David Lynch, “Tercipelo azul”. Me detuvieron las esquirlas del dolor: la neblina, las sirenas, los gritos, las lágrimas, los sollozos confundidos. Nadie sabía qué estaba ocurriendo, si era un atentado, si era un espectáculo de juegos pirotécnicos o si se trataba de una especie de alucinación colectiva.

Al ver de lejos las llamas, desde Montparnasse, y captar cómo oscurecían el temprano cielo primaveral de mediados de abril, en el inicio de la Semana Santa, tantos recuerdos se precipitaron sobre mí, propios y ajenos. La gente lloraba en la calle y nadie atinaba a preguntarse siquiera cómo y de qué manera había iniciado el fuego. El humo lo convertía todo en atmosfera impresionista, pero yo pensaba en un cuadro “menor” de Matisse, de su primera etapa, cercana a Cezanne, en el que la Catedral era una silueta casi solitaria, como una especie de esfinge en ruinas, una extraña visión de descomposicón de formas y dimensiones. Entonces recordé también un poema de Gerard de Nerval en el que presagiaba este lúgubre y mórbido día. Le corresponde a los poetas ser mensajeros del pasado y del futuro; a los grandes poetas suele ocurrirles que sus profecías se cumplen y entonces volvemos a sus versos y escuchamos asombrados sus premoniciones, extraños visionarios de ojos abiertos. Sentí entonces que ahora tendremos que acostumbrarnos a visitar indefinidamente sus ruinas como en el poema de Nerval y a ser los fantasmas sombríos del cuadro de Matisse:

Aunque Nuestra Señora es muy vieja, es posible

que algún día sepulte a ese mismo París

que ella ha visto nacer; pero cuando transcurran

más o menos mil años, podrá el tiempo abatirla,

como un lobo derriba hasta a un buey, y torcer

esos nervios de hierro, y roer con sus dientes

tristemente su antigua osamenta de roca.

.

Para entonces vendrán gentes de todo el mundo

para así contemplar esas ruinas austeras,

releyendo abstraídas la novela de Víctor…

Y la antigua basílica creerán estar viendo,

poderosa y magnífica, como fue tiempo atrás

que se yergue cual sombra de una muerta a sus ojos.

Gerard de Nerval

IMAGEN

Vista de Notre Dame, 1902 >> Óleo >>  Henri Matisse

Alberto Bejarano, Cali (1980). Escribe poemas y cuentos cruzados de dos en dos, publicados en revistas, antologías y algunos concursos. Su primer libro de cuentos, Litchis de Madagascarse publicó en enero de 2011 en la Editorial El Fin de la Nocheen Argentina. Su segundo libro de cuentos, Y la jaula se ha vuelto pájarose publicó en noviembre de 2014 en Bogotá en la editorial Orbis. Actualmente Ttrabaja en su primer libro de poemas.

otrasinquisiciones@hotmail.com

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