LA TRADICIÓN

por César Vega

Por César Abraham Vega

Hay de los que se mueren sin darse cuenta, de los que se mueren por decisión y convicción propia, conozco algunos que se han muerto por puro tedio, los que se mueren en los accidentes, los que se van muriendo de a poco a poco y en abonos chiquitos…, pero los más…, la gran mayoría se mueren por tradición.

Las tradicionesSí, señor, por pura tradición, porque secretamente anhelan ser adorados en los altares, porque se enamoran de esa idea de ser recordados venerablemente, doloridamente, porque a todos o a casi todos nos embriaga esa idea deleitosa de ser mitificados, de escuchar tras el silencio de la ofrenda, entre las penumbras rasguñadas por las veladoras, nuestras historias de vida.

Mi hija Carmelita habla de mi año tras año, el chiste es que, cada año que me cuenta, a cada año que me describe, parezco ser distinto a lo que fui, parece que hice cosas que cada vez me resultan más extrañas. Pero me gusta escucharlas de sus labios, me pregunto, cuando noviembre anda cercano, ¿qué cosas se le habrán de ocurrir en esta ocasión a mi Carmelita? Ella reúne a sus pequeños hijos alrededor de la mesa donde se coloca el altar, y muy cerca de ellos me siento yo también a escuchar.

—Su abuelo Fulgencio era un hombre altísimo y muy guapo, con brazos como árboles, así de recios, así de gruesos— les dice a mis nietos mientras va haciendo un gracioso ademán; —tenía los ojos oscuros, grandes y redondos, una voz que te atemorizaba hasta en sus murmullos más tiernos, se levantaba todas la mañanas a las cinco de la madrugada, se salía a la pileta y se bañaba en agua casi helada, lo que más recuerdo de él es el aroma de su perfume que quedaba flotando en la pieza justo cuando salía de ella después de darme un besito antes de irse a trabajar.

Tal vez sea porque ya está uno muerto que le da a uno por recordar distinto las cosas, tal vez sea porque el cerebro de uno se pudre en un panteón, comido por gusanos, que a uno le vengan a la mente imágenes tan horrendas como las que tengo de mi pasado; por eso es que me gusta sentarme al menos una vez al año, a salvo entre luces tenues, e imaginar que soy, que fui, algo muy distinto a lo que yo recuerdo.

Yo me llamaba Fulgencio, creo que aún me llamo así, no sé si tenga el derecho, pero…, ¿qué otra cosa puedo ser más que un nombre adherido a un recuerdo? Según recuerdo era muy cabrón, era yo muy alto y muy fuerte como un toro, tenía los ojos llenos de un fuego horrible y negro que encueraba a las chamacas con un solito mirar.

Siempre fui un desmadre hasta que conocí a Lucía. Todo estuvo bien durante un rato, era la chamaca más chula de todo el pueblo y era mía, pero mis instintos no cesaron, el alcohol me gustaba cada día más y no podía dejar de pensar en las chamacas; las chamacas siempre fueron mi peor vicio ¡caramba! Me la vivía de chamaca en chamaca y de botella en botella, al principio Lucía me reñía muy fuerte, me encerraba para que no me saliera a parrandear, pero yo me saltaba la barda y una vez hasta tumbé las puertas, no había nada ni nadie que me pudiera parar.

Años después llegó Carmelita, mi niña, y todo estuvo bien durante un rato, me propuse dejar el chupe y las mujeres, y lo hice durante un tiempo considerable. M’ija creció como la yerba y a cada día se ponía más chula la muchacha. Ninguna de las mujeres que tuve en mi perra vida le llegaba al meñique a mi muchacha, y no lo digo porque fuera mi hija, señores, sino porque era la verdad, la purita verdad.

Entonces regresé a los alcoholes en un loco afán de ahogar algo muy recio y horrendo que sentía aquí adentro, pero no había jarra suficientemente grande ni botella suficientemente gorda como para ahogar mi salvaje deseo de poseerla, no podía evitar pensar en sus bellos ojos negros, en su piel tan suave y blanca, en su boquita de cereza, en su cuerpo chiquito y frágil como varita de paja, no podía pensar en ella sin querérmela coger, esa chamaca, mi chamaca, también tenía que ser mía.

Una noche de los abriles, la noche de su cumpleaños séptimo, sentía un fuego tan metido que me moría por dentro y no sabía cómo lo iba a apagar, me fui a embriagar a la cantina, hasta quedarme perdido, hasta caer de borracho para olvidarme de la Carmelita, pero me hicieron falta copas, me hizo falta vino para tumbar a Fulgencio Rodríguez; salí como loco a la calle, a buscar un pleito, a recibir una bala, pero todos me compadecieron en mi borrachera y en mis labios de briago ninguna afrenta obtuvo respuesta.

Así me volví a la casa y desperté a Lucía y me la chingué muy recio tratándome de saciar; después traté de dormirme esperando levantarme ya bien entrada la mañana, pero la idea me paseaba los sesos una y otra vez y sin final. Me levanté como a las cinco, me salí desnudo a la pileta, tratando de que el agua fría congelara mis calenturas sucias y horrendas, pero no lo logré. Entré a la pieza de Carmelita, la despojé de sus cobijas, la tomé en mis brazos rodeándola con una brutal fuerza, y allí en aquél acto abrí las puertas a mi propio infierno eternal.

Después de aquello me sentía tan sucio, tan horrendo, que me ungí una botella de perfume queriendo tapar el aroma horrible y delator que despedía mi cuerpo, le besé la frente mientras la arropaba y me salí enloquecido para irme a trabajar.

Por eso digo, señores, que uno muere por tradición, porque uno se quiebra y se cansa en esta vida, uno arruina cosas, rompe sueños propios y ajenos, prostituye historias, rescata villanos, condena inocentes…, y cuando ya todo está muy averiado, cuando ya nada en absoluto se puede ni arreglar, es entonces que uno se muere, y por tradición cuando se está muerto uno se vuelve bueno, casi un santo, entrañable, un héroe que se adora en un triste altar.

En realidad, ya no sé quién fui yo en la realidad.


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