LA PALABRA QUE NO OÍMOS

por Roberto Marav

Por Roberto Marav

A Lizzy, por su bondadosa palabra

El maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos; este recelo platónico perdura en las palabras de Clemente de Alejandría, hombre de cultura pagana: “Lo más prudente es no escribir sino aprender y enseñar de viva voz, porque lo escrito queda”

J. L. Borges.

Elijo este epígrafe para hablar de la palabra, da lo mismo que se imaginen las letras impresas o el sonido hablado. La palabra tan líquida, imprecisa, errada. la palabra que no oimos“¿Qué nos queda por decir a los poetas?”, recuerdo de algún impreciso lugar de mi memoria. Acaso, este verso no es sino una mera abstracción de mis andanzas lectoras o de mi inusitada egolatría a la invención. Ahora digo: ¿Para qué nos sirve la palabra? ¿Qué nos queda de ella? Y no me refiero únicamente al signo lingüístico, sino también a la capacidad de desarrollar la razón y compartir la experiencia humana por medio del habla.

Tan vacíos estamos de la palabra y sus significados, de sus fuentes, que nos hemos quedado sin parábolas. De esta, proviene la otra a la que me referí primero. Dicen que la parábola era la forma en que hablaba Jesús, el de Nazaret, el mayor de los maestros orales como lo recuerdan algunos, entre ellos el mismo Borges. La parábola, según la RAE, significa (copio y pego): “Narración de un suceso fingido, de que se deduce [les corrijo: de la cual deducimos], por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral”. Así nuestra vida en desuso: sin verdad, sin importancia, sin enseñanza y sin moral.

Son tantas las horas que ocupamos en desvivirnos en la distracción, en vanidades y banalidades, que olvidamos y evitamos enfrentarnos a nuestra contemplación personal, a nuestra propia alma, esa entidad compleja tan indescifrable a la superficialidad de nuestro entendimiento. “¿De qué se nutre mi contemplación voraz? Veo el abismo y tú yaces en lo profundo de ti misma. Ninguna revelación. Nada que se parezca al brusco despertar de la conciencia. Nada sino el ojo que me devuelve implacable mi descubierta mirada”, cito de memoria y aprovecho el recuerdo de este fragmento poético de “Gravitación” de Juan José Arreola para ilustrar mi endeble pensamiento. ¿De qué nutrimos nuestra alma? ¿Qué razones le damos a nuestro pensamiento para buscar, alcanzar y vislumbrar la verdad? ¿Es verdadero el razonamiento que subyace en mi comportamiento? ¿Qué importancia le doy al conocimiento y a mi propia enseñanza? ¿De qué manera construyo mis juicios para poder actuar y ser de acuerdo a una perspectiva moral que me lleve a comportar correctamente? ¿Por qué nos encerramos en lo profundo de nosotros mismos? ¿Por qué nos asusta la revelación de nuestro ser? ¿Será qué lo más pertinente es guardarnos y protegernos en la ignorancia e incomprensión de las cosas, de la realidad, de nuestros actos? El filósofo Hegel habla de que lo que nos separa y nos distingue de todos los animales es la negación de los actos por instinto, es decir, que reconsideramos nuestro comportamiento impulsivo al tener conciencia de las circunstancias que provocan refugiarnos o a atacar instintivamente. No sólo me limitaré a embestir contra los inconscientes, voy más allá de las pulsiones, como las determinan los sicoanalistas, y cuestiono el edificio de la razón, citando al maestro Oscar de la Borbolla: “Los argumentos de raciocinio son tan convincentes que no nos dejan ver la realidad”, entonces ¿en quién o en qué podemos confiar para acercarnos a la realidad, para conducirnos de acuerdo a ella y a los demás, si (parafraseando a de la Borbolla) el fundamento del conocimiento son la “experiencia” y la “razón” y la primera está constituida por los sentidos, los cuales nos fallan y nos engañan; y la segunda nos confunde y está plagada de sofismas. ¿De dónde nutriremos nuestro pensamiento? ¿Qué razón es la adecuada para conocer la verdad?

Si deseamos conducirnos por medio de los sentimientos y del egocentrismo de la razón, caeremos en la trampa del autoengaño y es que, nuevamente citando al maestro filosofal llamado Oscar: “a fuerza de repetición uno se cree lo que piensa” y entonces tenderemos a repetirnos ad infinitum en la incertidumbre mientras no nos topemos con el “brusco despertar de la conciencia”. Ustedes, lectores malvados, pensaran que soy un escritor estúpido que ha estado divagando y que ya perdí el asunto en mi disertación original. La palabra que aquí les traigo para compartir mi experiencia con la razón, el conocimiento y la verdad, no es más que un intento, una subespecie de parábola para que “por comparación o semejanza”, les remueva las entrañas de su pensamiento y escudriñen en él alguna duda, un debate, una contraparte que deshaga este ensayo pretensioso.

Mi razón de utilizar a la palabra como pretexto de aproximación hacia el conocimiento de la verdad, es para compartirles esta personal experiencia mía con la realidad. De los altibajos en mi corta vida, la palabra siempre ha llegado a mí, y a muchos otros, como apoyo ante lo incierto y como certidumbre ante el sentir y la razón. Y esta voz, ya sea escrita u oralizada, me ha sido concedida por medio de la experiencia de alguien más, de los autores aquí citados y por las personas que han compartido sus vidas con la mía tan amablemente. La palabra elusiva, la que orienta, la que sacude bruscamente la conciencia, es la palabra que no oímos por prestarle demasiado tiempo nuestra atención a la voz interna que crea eco en nuestro propio vacío. Si ustedes, como muchos otros, se imaginan la realidad fuera de uno mismo, entonces olviden lo inscrito aquí y apréndanse y muéstrense de viva voz la experiencia del descuido y la reflexión, puede que así encuentren una que otra coincidencia en la palabra ajena y sean capaces de nombrar al vacío.


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