LA LUCHA

por Nidya Areli Díaz

Por César Abraham Vega

Basado en una historia contada por Gregorio M.

Me la llevé a Los Alcatraces, ahí me la iba a chingar, la neta no llevaba mucho varo pero no se me iba a ir viva esta vez, ahora sí no se la iba a perdonar. Entramos al motel con rapidez mientras desoía sus falsas súplicas para irnos de ahí, de sobra sabía que ella tenía tantas ganas como yo de echarse ese palito que ya traíamos pendiente desde hace un buen ratón.

la luchaMe detuve justo enfrente del cajón que me indicó la empleada del motel, y acercándose al coche me dijo a través del cristal ―son ciento veinte pesos, joven―, ¡joven! A mis cuarenta y ocho años eso de joven es una bendición; busqué en mi cartera el dinero y tuve que abrir la puerta y sacar medio cuerpo del auto para pagarle a la empleada, el maldito elevador de la ventanilla tenía tres meses que no jalaba, no hay dinero para arreglarlo, está cañón, ¡ah! pero no fuera para coger porque…

Me volví a acomodar en el asiento y terminé de meter el carro en el cajón, tan pronto lo hice, la empleada cerró detrás de nosotros un par de cortinas de plástico de esas que se ponen en los baños, supongo que era para proteger la “identidad” del cliente. ¡Bah! Todo eso había sucedido, sin darme cuenta, ante la mirada atenta y traviesa de mi acompañante que se mordía la sonrisa apretándose el labio de abajo con los dientes de arriba.

¡Carajo! ¡Qué ganas le traía a la desgraciada! Esta vez sí se la iba a dejar ir completita. Subimos a la habitación, nos encueramos con un chingo de torpeza, las ganas que traíamos eran tantas que nos hacían hacer muchas pendejadas, como quedársele a uno el brazo atrapado en una manga de la camisa, caer de lleno en la alfombra al perder el equilibro por quitarse el calzón, quedarse con un calcetín puesto y el otro aventado sobre la televisión; en fin, ya sabes, cosas así.

Cuando por fin la tuve encueradita y a toda mi disposición, no me vi lento en repasarle la mano por todos lados, y luego me puse a chuparle todas sus cositas, aunque debo admitir que a lo que yo iba era a cogérmela, así que después de dos minutitos de tontoloquear con su cuerpecito, agarré a la chaparrita por sus caderas y la aventé bien bruto contra la cama.

Ya con la prietita acostadita en la cama, me le fui encima con un clavado feroz, se la clavé de a misionero. Para mí las otras posiciones son pura payasada, ya parece que voy a andar haciendo esas jaladas, yo cojo como se debe, como Dios manda, vaya; y no se diga más.

La neta al principio no era nada extraordinario, un palito común y corrientón, pero al poco rato del mete y saca, mete y saca, noté a mi chaparrita muy inquieta, se retorcía como lombricita de agua puerca, y cada que lo hacía gemía bien rico y recio, como que le dolía, a leguas se veía que la estaba sufriendo, ¡y pues jijo!, yo me dije en mi mente ¡carajos, estoy bien pistolón! Y pues ya habrás de imaginarte, eso me puso más filosón.

Me sentía como un toro y entre más sufría la chaparra, más duro le daba yo; y mientras arremetía y arresacaba y se la volvía a arremeter, mi morenita chaparra cambió sus gemiditos por quejidos que me encendieron más cabrón. ―¡Ay! Duele ―decía―. Espérate tantito ―suplicaba―. Es que me está lastimando el…―. Y yo que iba a pararme, ni madres, al contrario, le iba a enseñar a la morra lo que era meterse con un cabezón.

¡Puts, n’hombre! Me sentía como todo un gladiador. Ella seguía con sus súplicas a las que yo nunca hice caso, al principio intenté callarle a pura voz ―¡Shhh! Mija, usted calle y disfrute, ahora va usted a saber lo que es bueno!― pero no se callaba, después empecé a meterle los dedos en la boquita para que me los chupara, y al principio funcionó pero al poco rato volvió a moler con sus quejidos ―Emiliano, espérate tantito es que me está doliendo mucho la…―.

―¡Calla, mujer! Disfrútale, déjame hacer lo mío, chingada madre.

―Es que estás haciendo que se me entierre muy profundo el… ―y le tapé la boca con la palma de la mano, y entre ella más gemía yo me sentía más macho y más chingón―.

¡Qué cabrón estoy! ―murmuraba―, si algo traigo el día de hoy, ya decía yo, si con razón la muchachita del motel me dijo joven, de seguro me vio el brío y la hombría brotándome por todos lados… De pronto me di cuenta de que la morra quería darme la vuelta y ponerme de espaldas planas. ¡Ah no!, ¡eso sí que no!, aquí el que manda, chiquita, soy yo.

De pronto la cogida se convirtió en una lucha sin cuartel; el que quedara abajo perdía, el de arriba era el ganador, y a pesar de que mi cuerpo pesaba varios kilos más que el de ella, me puso a sudar la gota gorda porque la morena se me escabullía y estuvo a punto de voltearme en más de una ocasión; eso me prendía más recio, me sentía todo un matador, un jinete sobre una yegua bronca, un cazador con su escopetón…

Me sentía tan gigante que me dieron ganas de darle una buena porción de pene a cada mujer que existiera en el planeta y aún así me sentía sobrado para volverles a dar otro arrimón. Y mira que venirse a enterar a estos años de que uno calza grandote pues me dio coraje por no haber pisado más parejo durante toda mi juventud. ¡Caray! Hasta sentí que era buena idea hacer audiciones para actor porno, así de membrudo, seguro me volvía la sensación del mundo del porn. Es más, hasta me prometí que cuando volviera a casa con la horrible de mi vieja, a ella también le iba a hacer sentir todo el rigor. Y mientras pensaba y pensaba, se la metía y se la sacaba, y la prietita nada más se quejaba entre gustosa y encabronada, se retorcía bien rudo para darme vuelta pero no lo permitía. Hasta que lo logró.

Me sentí como gladiador gladiado, como matador matado, como jinete montado… vaya pues, vencido, derrotado; la prieta se giró y se montó encima de mí y empezó a brincar como una loca, en los labios tenía una risa de diabla revanchista, ahora el que gemía, se quejaba y pedía tregua era yo; ya no sentía tan grandote el aquello cuando comprendí que los quejidos de mi prieta no eran provocados por la envergadura de mi verga, sino porque todo el tiempo se le estaba clavando bien profundo y en la mera espalda el filo de un resorte salido del maldito y viejo colchón que yo tenía, ahora, a las espaldas, sintiendo todito su rigor.


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