EL AÑO NUEVO O LA PERCEPCIÓN DE LA MISERIA

por Roberto Marav

Por Roberto Marav

  A Miriam

Pasaron las festividades. Damos comienzo a los días laborales y de rutina obligatoria. Empieza la emoción por el optimismo y conforme pasan los días, nos percatamos de que nada ha cambiado, lo cotidiano y el hartazgo se posan en nuestros días. La felicidad y las gratas expectativas se alejan hacia un ciclo desconocido. El año nuevo o la percepción de la miseriaDe lo que no nos damos cuenta es de que todo suceso es una relativa ilusión, porque el año no va de un lugar a otro, ni las horas, ni nuestra apreciación de la vida. Si pensamos que todo accidente, provoca una acción, un cambio, entonces, sucede que las cosas se mueven, giran, se atraen, se transforman. Pero no estamos a la altura para ver lo que antecede al acontecimiento. El día amanece porque el Sol le da la cara a nuestro trozo de tierra y entonces la luz desciende hacia nuestro entorno; y de esa manera forjamos un concepto y lo hacemos permanente. Ya realizado el acontecimiento solar, nos desplazamos de lugar a lugar, nos instalamos en los asientos, perseguimos al dinero, huimos de zapato en zapato, nos movemos de un sueño a otro. Y también sucede, que nos acomodamos en la conjugación de la mente. Y parece que pasa la vida, las horas, la gente, los momentos y también, justo frente a nosotros, pasan consecutivamente los recuerdos.

Los recuerdos son los maestros del engaño. Se podría decir que la noción del tiempo es inmanente a todos los hombres y las mujeres. Pero la verdad es elusiva. El tiempo es otra más de nuestras figuraciones mentales. Todo lo que sucede a nuestro rededor se recrea en alguna parte neuronal del cerebro. Siguiendo esta sospecha, la mente escoge y acomoda maliciosamente cada recuerdo a su conveniencia. Si se solicita la tristeza, una canción bastará para traer a la memoria los momentos melancólicos y los ideales inconclusos para darle continuidad a ese sentimiento. Si se piensa en la felicidad, entonces formaremos todas las peculiaridades del pasado que nos hicieron sentir bien, en paz o en un trance sosegado y todas esas sensaciones confusas que creemos que forman la felicidad; nos hacen pensar que algún día fuimos felices y, entonces, el pasado se vuelve real. Así sucede con la consecución de los días: alineamos todas las mañanas, todos los desayunos, todas las labores y absolutamente todos los sinsabores que nos suceden para nombrar el hartazgo y crear la rutina de lo cotidiano. Entonces, acumulamos y coleccionamos recuerdos, y el sentido del tiempo se trastoca en una percepción de lo continuo; es decir, de durabilidad. Y nuestra vida parece ser llana como la línea recta que imaginó el filósofo francés Gaston Bachelard, o parecida a aquella otra que gira dentro de un círculo midiendo los instantes tan etéreos de la existencia.

El instante, efímero por naturaleza, puede ser la experiencia más relevante de la vida. Un crepúsculo, el acontecimiento del encuentro de una mariposa sobre la flor, un beso, pueden despertarnos del sopor que nos provocan nuestras pequeñas realidades especulativas. Salirnos de nuestro mundo imaginario puede conducirnos a emprender grandes hazañas, como perseguir una mítica ballena blanca o cambiar al mundo en nombre de la justicia y la verdad aun con los inconvenientes de la edad avanzada; incluso podemos correr con suerte de hallar un prodigioso miligramo si somos más atentos. De un año a otro aparecen, como en una reacción en cadena, todos los instantes que definen el universo. De pequeño y ordinario, el beso puede ser el instante que estimule una reacción química en el cerebro y cambie nuestro tiempo de miseria.


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