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por Lord Crawen

Viajó la mente tiempo atrás. Toda palabra proferida por el hombre trajeado se fue olvidando. Los recursos de la imaginativa volvieron a mi habitación. Centrado, en medio de ella, el enorme armario estilo Luis XV, parte del moviliario de la enorme casa que heredó mi padre. Ahora que lo recuerdo, parecía un castillo, con sus enormes puertas listas para ser abiertas… pero no desde dentro.

Golpes nocturnos, recuerdos tiñen la atmósfera ahora de noche, la oscuridad aparece de la nada y una silueta se dibuja en ella. La puerta del enorme armario se abre y ahí está.

Vuelvo al presente. El notario pregunta si tengo alguna duda. Niego con la cabeza, estoy confundido, considero un momento inapropiado para extender una larga lista de dudas. Leeré con calma el testamento, cuando vuelva a lo que alguna vez fue mi hogar.

Se cansó mi padre de contar la misma historia cada noche. El procedimiento de abrir y cerrar las puertas del armario, atravesando la oscuridad y a la silueta que lo observaba, siempre detrás de él, alargando sus manos, listo para abrazarlo, y él, jamás podía sentirlo. Agotado, sus advertencias subieron de tono hacia mi persona: “madura”, “firme”, “sueña” y “ya déjame descansar, debo ir a trabajar”. Todos fuimos niños. Concordarán conmigo, durante esta conversación, en que todos y cada uno, tenemos un monstruo, escondido en los rincones más oscuros de nuestras habitaciones. No me refiero a fantasmas del pasado o familiares fallecidos; monstruos, con cada una de sus letras proferidas en cualquier idioma, todos tenemos uno. Nos fue asignado desde que nacimos, vive y se alimenta a nuestra sombra. Al crecer, cuando nos asignan una habitación en casa, ese monstruo también crece y se esconde donde mejor le place. Por eso es que nuestros padres nunca pueden verlos, no son parte de ellos.

Acostumbrado a la aparición de mi monstruo cada noche, conseguí entonces hacerme a la idea de compartir la habitación con él; tras las nuevas normativas de mi padre y las advertencias proferidas: “eres ya mayor para andar con niñerías de monstruos en los armarios y bajo la cama; a la siguiente, te duermo a palazos”.

Aquella cosa, conforme avanzó el tiempo, mostró nulos síntomas de hacerme daño. Entonces, sucedió. Amaneció, como muchos otros días desde que vi la luz de la vida. Las puertas del armario abiertas, dejando ver mi ropa y objetos guardados en él, acomodados. Decidí dejar intacto el enorme mueble y, noche a noche, las puertas abiertas. Jamás nadie las cerró y el monstruo tampoco volvió.

Olvidé su existencia.

Hasta ayer, cuando me informaron del fallecimiento de mi padre. Debía estar presente para escuchar las palabras del notario y la situación de la propiedad de mi familia. Único heredero. Ronda en mis pensamientos la vaga idea de vender el inmueble. Tomaré decisiones más tarde a este respecto; por ahora, hace mucho tiempo que no visito lo que alguna vez fue mi hogar.

La inquietud me llevó al piso superior. Abrí la puerta de mi entonces habitación. Todo intacto. Incluso el armario, ahora vacío. Nula oscuridad lúgubre en sus adentros. Palpando los recubrimientos interiores del enorme mueble, no encontré nada. El silencio de cada mañana, acostumbrado a escucharlo, nuevamente ahora en mi edad adulta. Al visitar el resto de las habitaciones, encontré limpieza y cada rincón acomodado. El notario comentó que mi padre solicitó los servicios de una vecina para mantener limpia la casa, debido a que en sus últimos años, él no se encontraba en la propiedad. El trabajo de la mujer, impecable en todo aspecto. Decidí dejar que siguiese asistiendo y yo me encargaría de fallos en la estructura de la casa si es que los tenía.

Volví a la habitación y nuevamente observé el enorme armario. Un misterio lo envolvía, ya fuera dentro o fuera.

“¿A dónde fuiste?”, pregunté.

Nadie respondió.

“¿Acaso crecí y me olvidaste?”, volví a preguntar.

Silencio.

Realizaría un experimento por la noche, la cual llegó muy pronto.

Volví a acomodarme en mi habitación, aunque esta vez, conciliar el sueño fue más difícil que en los primeros años; las inquietudes y el vano esfuerzo de mi cerebro por descansar no ayudaban mucho. Cerré el enorme armario.

Una, dos, tres, cuatro vueltas a mi vieja cama. Nada.

Una, dos, tres, cuatro veces me levanté y caminé por la habitación. Nada.

Una, dos, tres, cuatro veces me desperté de golpe. Nada.

Uno… dos… tres… cuatro veces… tocaron la puerta del armario.

“¿Quién?”, pregunté.

El silencio me respondió.

“¿Acaso has vuelto? Porque yo he vuelto”

Mas, nada hay que se diga.

Una oscuridad en proporciones, tórrida y pesada se cernía en la habitación. Es él, lo conozco muy bien. Un muy leve rechinido de la enorme puerta del armario y se dejó escuchar. Existía temor, pero podía más el sentimiento de búsqueda de respuestas, lo que me hizo levantarme de la cama y dirigirme al enorme armario, en busca de alguna respuesta. La repentina atmósfera se cimbró, pesada y más oscura. Caminé sobre un suelo que desconocía por completo. La puerta se abrió lentamente. Alcancé a divisar, o quizá, imaginar, unos enormes dedos color azul. Abrí la pesada puerta del armario, me recibió una oscuridad latente, un túnel de sensaciones se agolpó y algo me arrastró hacia ella.

Un niño en cama, dormido. Pude verlo desde arriba. ¿Flotaba? ¿Qué sucedía? Y luego pude verlo. En la cimbra principal de mi habitación, una cuerda y colgando, el cuerpo inerte de mi padre… Aterrado, emití un grito. El niño despertó y al observarme y tal vez, sólo tal vez, observar el cuerpo muerto de mi padre, salió corriendo de la habitación. La oscuridad me presionaba y me arrastró al armario; luego, se cerraron las puertas y todo acabó…

Ya recordaba… de haberlo sabido, hubiese insistido.

Esa noche salí corriendo a buscar a mi padre tras el terrible sueño y la aparición del monstruo. Para él, fue una noche larga y llena de trabajo. Estaba preocupado por las finanzas. Temía lo peor, recuerdo que me habló sobre eso. Y al interrumpirlo, me golpeó con la mano derecha sobre la mejilla. Arrojó una maleta sobre mí, solicitó que dejara su casa de una vez por todas, no estaba hecho para criar niños llorones. Insistí; mas, volví a mi cuarto y las cosas se calmaron. Ésa fue la última vez que vi al monstruo del armario… ahora comprendo que de algún modo, me advertí sobre los sucesos a futuro.

***

Sigo temblando, la oscuridad es la única que me abraza. No ha venido la mujer que me ayuda con la limpieza. He decidido cerrar todas las puertas con llave, incluso el armario, conmigo dentro…

 

IMAGEN

Gerión >> Gustave Doré., Francia, 1832-1883.

Jezreel Fuentes Franco (Lord Crawen) nació el 29 de Junio de 1986 en la Ciudad de México. Estudió Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica en el Instituto Politécnico Nacional; desafortunadamente, su pasión por la literatura y la música lo lleva a formar parte del taller de creación literaria impartido por el profesor Julián Castruita Morán y del taller de creación literaria impartido por el profesor Alejandro Arzate Galván. Participante de Concursos Interpolitécnicos de Lectura en Voz Alta, Declamación, Cuento y Poesía. En 2014 fue finalista del Concurso Interpolitécnico de Declamación. Participó en 4 obras de teatro de improvisación, las cuales fueron presentadas en los auditorios de la Escuela Superior de Ingeniería Textil y en el Cecyt 15. Ha realizado ponencias en eventos de “Literatura del horror” en el auditorio del centro cultural Jaime Torres Bodet. Publicó algunos trabajos para el portal electrónico “El nahual errante”. Actualmente, se desempeña como ingeniero de procesos de T.I.


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