Hace tanto frío fuera que debo abrir la puerta pronto, solamente para que mi esposa y yo nos resguardemos de la tormenta que está por llegar. Pero la verdad es que la traigo guardada entre mi mano temblorosa y las llaves que reposan en el fondo del bolsillo de mi saco negro.
No quiero escuchar su tintineo, no quiero penetrar el cerrojo con el sonido de mi pena. ¿Acaso sé lo que aguarda detrás de ella? Este ya no es un hogar, ya no nos pertenece. Somos ajenos a este lugar, nos hemos convertido en un par de extranjeros que no sabemos de dónde venimos.
Lo hago para que la tormenta llegue y no termine con lo poco que queda de nosotros. Logro abrir la puerta y escondo el temblor de mi mano miedosa con el frío que trae el cambio del clima. Lo primero que ven mis ojos es ese atrapasueños multicolor que guarda un secreto que jamás supo decirnos, aunque yo mismo traté de que me lo dijera a punta de cosquillas con mis dedos sobre sus costillas.
Ella pasa por mi lado y enciende la luz de la cocina. Logro ver cómo el polvo cruza el pasillo y me llega el olor de esa fragancia fina con la que decía que conquistaría al mundo. Corro como loco y traspaso el umbral de la puerta, pateo la mesa del recibidor, corro la mesa del comedor y tumbo el florero que aún alberga las últimas flores que ofreció a su madre para hacerla feliz, pero ahora yacen secas y destruidas sobre el suelo. Al igual que ella. Igual que yo. Igual que esta rabia que no encuentro dónde esconder, de esta tristeza que no tengo idea con qué camuflar.
No soy capaz de parar de darle puños a la pared donde yacen las marcas que trazamos con crayones mientras crecía, de las marcas que hizo su madre en tinta rosa mientras crecía dentro de su vientre. Una barriga abultada y redonda como su cara, como sus ojos, como el círculo de la vida que él mismo decidió terminar.
Mi esposa me quita las manos ensangrentadas de la pared y me quita el abrigo. Mientras lo cuelga rompe en llanto al ver su gorro y bufanda esperando por él, a que los tome con prisa mientras sale corriendo a esa cita de la que jamás nos contó. Se envuelve el rostro en ellos y justo con sus manos enjuaga las lágrimas y ahoga sus gritos. De solo verla, decido levantarme.
Recojo la silla, el jarrón hecho pedazos, y a mi mujer, y lo que queda de ella de ese piso que ahora está más frío porque no nos dimos cuenta de que la puerta de entrada seguía abierta. Camino unos pocos pasos más, recojo la mesa del recibidor, quito las llaves y cierro la puerta. A ver si con el frío se va esta sensación de invierno de nuestros ojos, de lo que fue nuestro hogar, de nuestras vidas.
La juventud quedó a la vuelta de la esquina hace mucho tiempo. Me doy cuenta de que ya no somos tan jóvenes. Puse la tetera con agua para prepararnos un té y me senté en el comedor frente a ella, buscándole los ojos detrás de las arrugas y manchas de sus manos, bajo el rímel corrido por las lágrimas. No lograba encontrarlos. Así, mis ojos se fueron un poco más lejos, al final del pasillo, donde un pequeño reflejo de luz iba y venía del que fue su cuarto hasta hace una semana. Me doy cuenta de que dentro es posible que haya algo aún encendido. Cuando trato de ponerme de pie, ella extiende su mano derecha y la posa sobre la mía. Decido sentarme de nuevo.
Y ahora, con sus ojos al descubierto, busca en los míos una respuesta. Su cara hinchada de llanto, su garganta atragantada de angustia, y la presión encima de mi pecho recordándome que debía ir más lento, que debía calmarme o mi corazón se detendría. Y la verdad, no me importaba. El reloj ya se había detenido y ahora mismo no le encontraba sentido a mi sístole o diástole. Quería y soñaba con el silencio, hasta que su voz lo interrumpió preguntando:
—Ahora estamos solos, estamos desubicados, sin trabajo y muy solos. ¿Dime qué haremos? Y por favor contéstame algo, que me parte de angustia este silencio y tantas preguntas moliéndome la cabeza.
Tomé un respiro, miré a mi alrededor. El chillido de la tetera hizo que me levantara. Tomé dos tazas y dos bolsas de té, vertí el agua caliente sobre ellas. La miré siguiendo mis movimientos y dije mientras me sentaba:
—Seremos humanos. Solos. Volveré a mi antiguo trabajo, pediré ayuda, y tú vuelve a pintar. Tal vez así encontremos el camino de regreso. Solos, más solos que nunca. Tal vez, solo tal vez, regresemos juntos.
Cada uno agarró su taza para calentarse las manos, mientras que el frío de su ausencia se colaba entre los cimientos y recorría las paredes. Mientras el eco de sus carcajadas hacía eco en nuestra memoria y se entretejía con el dolor y el cansancio de las ambulancias y la llegada a emergencias, de su transitar en cuidados intensivos y su alma navegando en el limbo por algunos días. Nosotros huyendo de Morfeo mientras seguíamos aguardando por él en una pieza que al final fue su féretro. Y nuestras almas, su velorio. Y la luz de nosotros extinguiéndose. Y la tierra llenando el hoyo que hicieron y que llenaron entero con tierra. Y con nosotros dentro.
Los días fueron pasando. Ella despejó su cuarto para pintar, mientras yo seguía esperando el llamado de la transportadora que me contrataría como conductor. Sin ganas, sin aliento. Caminábamos sin ánimo, sin fuerza. Caminábamos, comprábamos, nos hacíamos los dormidos en nuestro lecho con las manos entrelazadas, temblando de incertidumbre, de añoranzas, de tantas ausencias.
Y así apareció mi nuevo uniforme y sonó la primera alarma para vestir el traje de la ruta i54, la primera de la mañana en turno completo hasta la noche. Con ella se coló el primer lienzo en blanco y varios más al cuarto de pintura de mi esposa, de esa nueva mujer con ojeras repintadas, suspiros colgados de los rincones. Del desayuno en un portaviandas de tres servicios y dos termos gigantes para afrontar mi jornada, que empacaba con paciencia y un par de besos fugaces con los que me hacía saber que aún estaba ahí conmigo, a mi lado, de pie, luchando, volviendo a empezar.
Con algunas semanas por delante, mientras salía de nuestro cuarto ya uniformado, vi de nuevo la luz en el cuarto que fue suyo al final del pasillo. Donde sabía, ya hace mucho tiempo, que algo había quedado encendido. Me paré una vez más delante de esa puerta. Toqué despacio, esperando a que me abrieran o que saliera corriendo en pañales, riendo a carcajadas, inundando la casa con su luz y su vida brillante. Como el atrapasueños que espera en silencio tratando de cumplir lo que él le susurró.
Pongo las manos sobre el picaporte y me doy cuenta de lo frío que está todo. Imagino todo el polvo que veré detrás de esa puerta. Temo que si entro, el polvo me atrape y me obligue a quedarme ahí encerrado a su lado para siempre. Con lentitud, giro el picaporte y abro la puerta. Con fuerza cierro los ojos por temor. Poco a poco los abro y veo que es su lámpara de lava que sube y baja, naranja y viscosa. Con su tenue luz logro entrever su cama destendida, la toalla y la ropa sobre el suelo, y los libros ordenados en pilas que casi tocaban el techo.
Mi corazón se acelera y me ordena que pare. Me limpio los ojos que se me inundaron de lágrimas. Doy un solo paso, extiendo el brazo y apago la lámpara. Cuando cierro la puerta y giro para irme al trabajo, la veo a ella tirada en el piso, ahogada en llanto. Me recuesto con ella sobre el suelo frío, llorando, esperando a que se nos congelen los recuerdos para poder salir y continuar. Huyendo.
Regresar al trabajo se hizo lento, difícil, como los primeros trazos aislados que empezaron a aparecer en los lienzos de mi esposa. El clima no ayudaba mucho. El sol me saludaba cuando iban varios viajes por delante. No paraba mucho tiempo, más que para alimentarme y usar el servicio. Pero recorrer la ciudad era una daga recorriendo partes diferentes de mi pecho, haciéndome trizas mientras pasaba por los lugares donde alguna vez fuimos felices: la esquina del laboratorio donde mi esposa me dijo que seríamos padres; el jardín donde dio sus primeros pasos y pintó sus primeros leones y disfrutó las manzanas que le llevaba para que comiera de regreso a casa; la biblioteca donde su madre siempre iba a buscarlo muy tarde porque se enamoró de las letras y las historias de ballenas gigantes y sonetos que hablaban sobre luchadores en el invierno.
Era un paseo doloroso, pero el manejo y los pasajeros me mantenían atado al presente y me permitían atender mis heridas en la noche, mientras llegaba a casa y miraba a mi esposa a veces en silencio.
Los recorridos y las personas se hacían iguales. La rutina llegaba, pero sabía quiénes saludaban, quiénes esbozaban una sonrisa o quiénes se quedaban dormidos y, como robots programados, se levantaban a esperar su parada. Colores, formas, olores. Los días de quincena y pagos extra con las bolsas grandes y las compras interminables. Los niños de colegio formando problemas en el pasillo y algunas peleas que lograba detener de un solo frenazo. Los domingos de ancianas con la cabeza cubierta y algunos vestidos de negro con flores en la mano.
Esa era la visita que siempre evitábamos, la parada que abandonaba más a prisa, pero de la cual no me retiraba sin persignarme, rogándole a Dios por su alma y apretando mis labios, elevándolos hacia el cielo con la esperanza de que alguno de esa larga cadena de besos llegara hasta él y le recordara que estaba aquí, que aún estábamos aquí, amándolo. Que nos dolía. Luchando, peleando, juntos.
Empecé a abrir la boca, contestar saludos, preguntar nombres, a decir «ya llegué» al cruzar la puerta, a despertarla mientras dormía para recordarle que no sufría sola, que andaba haciéndole guiños a la vida detrás del volante en medio de historias y alguno que otro conato de sonrisas. O a veces una sonrisa completa. La paleta de grises hizo un pequeño giro hacia el azul sobre el lienzo. Y guisos más sazonados. Del té al café. De café a chocolate en el restaurante de la esquina algunos domingos. Y yo con los brazos cansados de girar ese volante, tratando de darle dirección a este desasosiego en medio de las avenidas y su asfalto y sus grietas enmudecidas, enmohecidas.
Creo que cuando se escondía el sol, las sombras eran quienes solían tomar el autobús. Pequeñas y frágiles, en silencio y siempre a tiempo, con los ojos bien abiertos y siempre con el último estallido de energía. Siempre borrachos ahogando penas, tarareando canciones tristes, con sudor y frentes brillantes, con el mandil del trabajo colgando del hombro y una bolsa de compra para una cena en solitario. Silenciando el cansancio en frente del televisor y esperando por la alarma que sonaría en menos de tres horas.
El frío colándose por la puerta al recoger a los pasajeros que acompañaban mi noche y mi último tramo, hasta que en una zona poco concurrida donde antaño sonaban los martillos de algunas industrias se subió un pequeño fantasma.
Me quedé mirándola tres noches seguidas antes de contarle su particular rutina a mi esposa. Era una mujer joven, de piel muy blanca, siempre vestida de negro, con unos lentes de sol oscuros que cubrían gran parte de su cara. Labial rojo, medias rotas, sin equipaje, con las monedas del pasaje completo y un libro debajo del brazo izquierdo que creía era diferente cada noche. Subía y caminaba despacio hasta la mitad del autobús, siempre en la silla de la ventana. Miraba un rato el cielo y luego abría el libro en casi sus últimas páginas y leía con calma. Al finalizar, quitaba el separador, cerraba el libro y lloraba.
Era un llanto que quebraba el silencio de los pasajeros y más alto que el rugido del motor. Corto y con profundidad, con ahogo, suspiros, y los lentes mojados en la parte de abajo. Se levantaba en silencio y siempre descendía una parada antes de llegar al punto de control donde todos llegábamos a estacionar hasta el día siguiente.
Ese relato lo dejé para un fin de semana con chocolate y pan en el restaurante. Al finalizar, mi esposa me miró confundida. No sabía qué responder. Terminamos el chocolate y, de camino a casa, dijo:
—¿Será que las historias que decide leer son tan tristes?
Paré de caminar y le respondí:
—Iré con calma para averiguarlo. Se ve joven pero alberga mucha tristeza. Decide llorar sola. Esperemos a ver qué pasa.
Y sin decirle mucho más, mi mente empezó a querer tenderme una trampa. Llegó a mi nariz el olor del papel regalo con el que envolví el primer libro que le di para su cumpleaños: era verde y de rayas azules, el libro de dragones, caballeros y algunos tesoros. Luego llegaban en bolsas de tela, siempre haciéndonos resolver adivinanzas en medio de un chiste y una risa. Y cuando fueron muchos, los escondía. Y en medio de las páginas y uno que otro separador, sus lágrimas y sus soledades y sus camisetas oscuras y los viajes a la universidad a la que a veces no llegaba. Y tantas preguntas y su corazón tan roto. Y nosotros amándolo y sin saber por qué rendija de la puerta colarnos a consolarlo. Y al final siempre remendaba los pedazos con un caldo de costilla caliente o algún pancake y un abrazo o dos. Y los brazos de nosotros extendidos, aún esperándolo.
En mi siguiente turno volví a ver a aquella muchacha sin muchos cambios en su apariencia, solo que el libro que llevaba era más grueso y se había subido una parada antes de la habitual. Escogió el asiento de siempre. Al terminar el libro miró un rato por la ventana, mientras lloraba, pero en silencio. Ahogaba su llanto. Ahí mismo decidí que sería el día para despedirme. Cuando bajaba, dije con tono firme y cordial:
—Linda noche. Que la luna te acompañe y que mañana sea un mejor viaje.
Se terminó de bajar del autobús y se volteó a ver mientras desaparecía en la siguiente esquina.
Esa noche, y luego de aceptar la traición que me tendió mi memoria, le dije a mi esposa si era el momento de iniciar a recordar con paciencia y calma. De abrir su cuarto y recordar con alegría, como nos había recomendado el terapeuta. Luego de una pausa larga aceptó. Así dormimos tranquilos con nuestras piernas entrelazadas, esperanzados.
Al día siguiente reemplazamos el chocolate por música. Mucha música a buen volumen, movida, cambiante. Una playlist que sonaba cuando pintábamos los tres las paredes antes de la Navidad, con algunos naranjas asomándose en medio del azul que teñía casi todo el lienzo. Mi esposa abrió la puerta con una bandana protegiendo su cabeza, yo con guantes y ambos con tapabocas. Así las bolsas empezaron a salir y poco a poco el cuarto había quedado casi vacío. Solo quedaba la cama sin colchón y los libros en columnas interminables. Con las ventanas y las puertas abiertas de par en par, dejando que el viento se llevara los restos del polvo y que nos invadiera el llanto mientras llegaban a recoger las bolsas para la caridad.
Lloramos agradecidos, con dolor en el pecho, con ahogo de añoranzas, con peligro por el mañana. Por ella, por mí, por él que hacía mucho se había ido.
Terminamos tomando una taza de té caliente y una pila de libros que habíamos escogido por cada una de las carcajadas que nos había arrancado cada una de sus adivinanzas, de los chistes que nos hacían morir de la risa, de los misteriosos besos que nos daba en la espalda solo porque sí, de la pintura blanca que había difuminado y casi desaparecido la tinta roja y el color de los crayones. De todo lo que jamás sabríamos de él y que no podría contarnos en la noche mientras veíamos televisión. De sus brazos abrazando la almohada mientras lloraba. De sus ojos hinchados viendo a las estrellas en medio de la noche, rogando por un milagro que convirtió en la maldición al decidir irse a una velocidad que no pudimos alcanzarlo.
Miré con tanto amor a mi esposa, sudorosa y llena de polvo. Este amor de años, de vida, de juventudes añejas. Allí delante de mí, una mujer hermosa soñando con volver a estar, sentir, vivir. Le dije:
—Dejaré que ella se sorprenda, que los vea y los encuentre. Al final, que decida si resolverá la adivinanza.
Me devolvió la mirada y con una pequeña sonrisa dijo:
—Que la tristeza tome vacaciones mientras dura la parada del autobús.
Compré muchos tonos de papel regalo. El resto de los libros los ordenamos en nuestra biblioteca y los combinamos, esperando que entre ellos secretearan en la noche y se contaran los detalles de nuestra vida que jamás le pudimos contar, y los secretos que su dolor jamás dejó que nos contara. Empaqué uno a uno y le sujeté un lazo brillante, esperando decorar con colores el lienzo de alguien más, esperando que nuestro avance le diera vida a otra alma que aguardaba por su redención.
Salí temprano en la mañana y todo el día lo recordé en su bicicleta, sonriendo, corriendo en el parque, con su bolsa de tela recorriendo las librerías, en la cafetería del centro escribiendo en su agenda. Su olor, sus ojos, la lluvia. Esa que había llegado en una espera de cambio de semáforo. Me puse de pie y caminé rápido a dejar el libro sobre la silla donde ella siempre se sentaba. Me senté de nuevo. Dos paradas más adelante ella abordó.
Al ver el libro sobre el asiento, lo tomó con curiosidad. Miró buscando alguna cara conocida o con sonrisa de complicidad, hasta que la encontró reflejada en el retrovisor. Abrió el libro que llevaba, terminó de leerlo, y en esta ocasión miró por la ventana el resto del recorrido. Pero no hubo llanto. Caminó hasta la puerta y escuchó atenta la adivinanza. Cuando bajó del autobús, la vi sacando un papel de su saco y anotar, tal vez.
Y así se fueron terminando los libros y las adivinanzas. Luego de unos días, la chica fantasma desapareció. Solamente no volví a verla. No tenía datos, solo mis ojos y la descripción, la rutina, sus horarios, sus lágrimas teñidas, y un relato más para mi esposa.
Hicimos muchas conjeturas y nos dimos cuenta de que solamente teníamos tres libros y tres adivinanzas más, y queríamos terminar el trabajo. Así como el lienzo de mi esposa con algunas colinas verdes esperaba a ser terminado también. Fue tanta nuestra determinación que mi esposa me acompañó en algunas rutas, se bajó en algunas paradas, le consultó a algunos pasajeros a ver si la reconocían. Pero nada, no lográbamos nada.
Dejamos que el tiempo hiciera su trabajo y decidimos envolver los tres libros en el atrapasueños juntos, aguardando por el sueño de verla de nuevo, de encontrarla, y con ella la esperanza de que los libros dieran vida y contaran bellas historias como lo fue la nuestra mientras estuvimos los tres juntos, vivos, sonriendo.
Se acercaba el tiempo de invierno y del frío, tal vez de la nieve, y con él llegaría el tiempo de dejar el autobús y obtener mi pensión y mi descanso. Pero lo único que soñaba era encontrarla de nuevo y que la chica fantasma trajera consigo tantas respuestas y tantas preguntas y tantas casualidades. Y ojalá se le enredara por ahí alguna sonrisa.
De manera inesperada, en la parada de la biblioteca central subió una niña rubia con trenzas y lazos rojos al final. Unos ojos azules y un papalote que era más grande que ella. Cuando intentó subir le ayudé un poco y me di cuenta de que era toda una colcha del papel regalo en los que había envuelto cada uno de los libros de mi hijo. En los externos tenía lazos sueltos de las cintas brillantes con las que los había atado.
Muy sorprendido, suspiré y no sabía qué hacer. Así que, al ser una niña tan pequeña, escribí una nota con la dirección de mi casa y mi número de teléfono. Tres paradas más adelante, al bajar la niña del autobús, le ayudé de nuevo con el papalote y le dije:
—Sabes, conozco ese papel hermoso que tiene tu papalote. Entrégale esta nota a quien te ayudó a construirlo y dile que quedó hermoso.
La niña, algo temerosa y con una sonrisa, respondió:
—Claro, se lo entregaré a mi hermana mayor. Muchas gracias por ayudarme. Tenía miedo de que no llegara completo y no pudiéramos verlo volar.
Aguardé con ansias terminar la ruta. Al día siguiente sería mi último recorrido. Los preparativos y las ganas de contarle a mi esposa tan particular encuentro. Mientras planchaba, me escuchaba con mucha ilusión en su rostro, como la que logró captar en la figura de nuestro hijo de espaldas subiendo la colina hacia el cielo pintado de azul y naranjas. Con un poco de tono febril en su voz me dijo:
—Bueno, usemos de traje nuestra mejor sonrisa y esperemos que en tu corta ruta de mañana sea la que nos traiga buenas noticias.
Y antes de contestarle decidí cerrar los ojos y asentir con mi cabeza, antes de que mi corazón me saltara del pecho. Esa noche la emoción casi no nos dejó dormir. Decidimos soñar despiertos.
La mañana llegó y con ella me uniformé pronto. Ella lucía preciosa en un vestido de estampado de flores que no usaba hace mucho tiempo. Lucíamos muy bien y nos fuimos caminando de gancho hasta donde estaba el autobús. Me ayudó a limpiarlo y dejarlo en orden. Así comencé mi primera y última ruta. Hicimos gran parte del recorrido haciendo chistes, saludando a los pasajeros, y ella orgullosa diciéndoles sobre mi retiro.
Ya faltando poco para que llegara el atardecer y el final del recorrido, en la parada de la biblioteca: la niña, su papalote, y una hermosa mujer de labios rojos y vestido blanco.
Sorprendido, hice la parada. Mi esposa, mirando por la ventana con ilusión, corrió a ayudar a la niña a subir el papalote. La niña dijo:
—Buenas tardes, señor conductor. Ella es mi hermana mayor y le entregué con juicio su nota.
Solamente no podía creerlo. Mi esposa corrió a limpiar el asiento que ella siempre usaba y se sentó a su lado sin poder dejar de mirarla. Éramos como niños en una isla del tesoro. El tesoro que traía su sonrisa y su vestido blanco, su hermana pequeña y el gran papalote.
Mientras tanto, yo seguía conduciendo. Mi esposa decidió conversar un poco con ella y en un momento respondió fuerte para que yo escuchara:
—Terminaremos la ruta con ustedes y así nos acompañarán luego a buscar buen viento.
Terminamos en el control. Ellas bajaron y yo recibí mi placa de antigüedad en la empresa y algunos aplausos. Al salir de allí, las tres estaban esperándome. Salí casi corriendo. Fuimos y compramos chocolate y churros calientes, y fuimos al parque principal, contándonos de camino muchas historias.
Tal vez una en la que jamás la chica dejó de ser fantasma al tratar de resolver las adivinanzas, o una donde viajó muy lejos a reclamar a su hermana y enterrar a su padre, o una donde se encerró mucho tiempo y decidió hacer una fogata con su tristeza.
Pero la verdad, así fue como mi esposa sacó el paquete de los tres libros de su bolso, amarrados con el atrapasueños. Con la niña ya dormida en el regazo, fue apareciendo un papalote de colores sobre el lienzo que mi esposa por fin terminó. Un papalote que voló tan alto como las risas de esa tarde, como los sueños que volaron en medio del atrapasueños, como la cerradura de la puerta de entrada que aún no habíamos abierto porque decidimos quedarnos fuera un poco más.
Sintiendo, soñando, viviendo, juntos.
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Imagen
Las tres edades de la mujer (detalle) >> Gustav Klimt., Viena, 1862 – Viena, 1918.
María de los Ángeles Díaz (Palmira, 1987) es una escritora ciudadana colombiana con raíces vallecaucanas y risaraldenses. Compagina su labor profesional en el sector privado con una activa trayectoria literaria centrada en dar voz a historias cotidianas y marginadas. Autora de la plaquette poética Justo con lo puesto (2023), su obra ha sido seleccionada en múltiples antologías internacionales y revistas en Argentina, España, México, Venezuela y Colombia, destacando participaciones en certámenes literarios y proyectos editoriales como Inventario de lo invisible. Su compromiso con la palabra la llevó a participar como autora ponente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (2025). Influenciada por la memoria social y la realidad circundante, María encuentra en la escritura una herramienta de resistencia y poder, consolidando una voz propia que explora con sensibilidad las texturas del relato breve y la poesía.
