TRAYECTORIA DE BOOMERANG – 11

por Liliana Fassi

   “Hasta el último día siguió humillando al que tenía cerca… se había ganado el odio de muchos. Después de todo, se merecía terminar así…”.

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Octubre de 2022 – JUEVES

Sin que la Fiscal supiera cómo, Sabrina había logrado que la psicóloga se incorporara a la causa Nájera en el plazo en el que lo había ordenado.

—Doctora —dijo la Licenciada Esquivel—, revisaré las declaraciones y el material fílmico del que ya dispone, pero necesitaré entrevistar a algunos de los testigos.

—Bien, voy a llamar nuevamente a la familia y a otros participantes en la fiesta y usted estará conmigo.

—Me pondré de inmediato al tanto.

—Mañana veré a Susana Delgado, una de las víctimas de Nájera cuando estaban en la escuela. Ella vive en la Capital y supuestamente no pudo viajar antes. Hasta ahora, tenemos algunos datos sobre las conductas del doctor Nájera y unas hipótesis sobre el perfil del asesino, pero no hemos avanzado mucho.

—Para mañana tendré ya algo para decirle, dotora.

La doctora Farina deseaba que la intervención de la psicóloga ayudara a develar el modus operandi del asesino y así llegar a la resolución del caso. Se sentía cansada; sus migrañas se habían vuelto diarias y el insomnio la atormentaba. Cuando lograba dormir, soñaba con una silueta fluctuante que le apuntaba con un arma en cada mano y le disparaba repetidamente. A medida que caía, la figura se transformaba en Roberto Nájera.  Despertaba sudorosa y con el pulso acelerado. Ese caso la estaba torturando: estaba convencida de que se le escapaba algo fundamental.

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VIERNES (siguiente al día del hallazgo)

Ese día Susana Delgado asistió a la citatoria de la Fiscal. Su nerviosismo se acentuó cuando la psicóloga se presentó.

—Doctora, no me fue posible venir antes. Ya debe saber que soy arqueóloga y que vivo en la Capital. Ahora estoy en medio de un trabajo importante con unos restos óseos muy antiguos que se hallaron al excavar los cimientos de una vivienda próxima al río —dijo sin hacer una pausa—. Para venir a la fiesta tuve que hacer malabarismos.

—Señora Delgado, quiero que nos cuente con detalles qué hizo la noche de la fiesta.

—Llegué con el tiempo justo… me fui directo desde el aeropuerto y para volverme tenía vuelo a las 9:00 hrs. del domingo… —la mujer cruzó las piernas, las descruzó y volvió a cruzarlas—. Me fui a eso de las 04.30 hrs. para hacer el check-in tranquila. Daniel González me llevó al aeropuerto. A esa hora y en ese lugar ni se puede pensar en conseguir un taxi —dijo, mientras volvía a cruzar las piernas.

La Fiscal hizo una pausa mientras miraba a la mujer a los ojos. Después dijo:

—¿Está segura de su declaración? Según testigos, cuando se fueron de la fiesta no se dirigieron al aeropuerto…

Susana Delgado enrojeció y bajó la mirada.

—Bueno… en realidad… antes… en el secundario, nosotros fuimos novios y en la fiesta nos reencontramos… Daniel me iba a llevar al aeropuerto, pero… fue vernos y… no… estuvimos… fuimos… bueno, usted sabe… pero eso no significa que nosotros lo hayamos matado…

—¿Cómo fue su reencuentro con Roberto Nájera?

Ante esa pregunta, la mujer miró a los ojos a la Fiscal y dijo:

—¡Yo lo odiaba! ¡No me hizo ninguna gracia volver a verlo! Es más, en la fiesta se burló de mí como lo hacía cuando éramos compañeros en la escuela. Era una mala persona.

—¿En qué consistían esas burlas, señora Delgado?

—Justamente en eso: se burlaba de mi apellido. Yo tenía unos kilos de más y él me decía que seguro yo era adoptada, porque “no hacía juego” con mi apellido —dijo, entrecerrando los ojos—. Decía que mi familia debería ser de apellido Redondo. Siempre me estaba cargando, diciéndome cosas, riéndose de mí, era insoportable, despreciable…

Delgado miraba alternativamente a la Fiscal y al cuaderno de notas de la psicóloga.

—¿Y usted qué hacía?

—Me enojaba y le decía que la terminara, pero eso lo hacía reír más. En aquella época yo deseaba que le pasara algo malo, que sufriera, que alguien le hiciera pagar por lo que hacía. Sinceramente, yo vine porque tenía ganas de ver a las chicas. Parece mentira, pero en estos 50 años no nos vimos más.

—Tengo entendido que Daniel González integraba lo que algunos llamaron una camarilla que secundaba a Nájera. González y él eran amigos y durante estos años fueron socios en el Estudio Jurídico. Si usted era su novia, ¿cómo es posible que no la defendiera de las agresiones?

—Bueno, es que Nájera los tenía dominados a todos… y yo estaba tan enamorada… usted vio, cuando uno tiene 15 o 16 años justifica todo.

—¿Había otros compañeros que también eran maltratados? —preguntó la psicóloga.

—Y peor todavía. A Gustavo Fernández le arruinó la vida. Él nunca reconoció lo que hizo… que Gustavo quedó rengo por culpa de él… y por lo que parece todavía no lo reconocía después de 50 años…

—¿Por culpa de él?

—Siempre estaba haciéndoles cosas a los demás. Esa vez se le fue la mano. Lo empujó cuando pasaba con la bicicleta y lo hizo caer… Gustavo se quebró la cadera y el fémur. Estuvo varios meses enyesado, sin poder caminar y después, a pesar de un año de rehabilitación, quedó rengo. Nunca más pudo jugar al básquet, y era muy bueno en ese deporte… Y Nájera ¡cómo si tal cosa! Y la familia no los ayudó a los padres de Gustavo con los gastos que tuvieron para afrontar todo lo que se les vino, las cirugías, los tratamientos… nada. Ni siquiera fueron capaces de pedir disculpas o reconocer lo que el hijo había hecho. ¡Yo todavía me enfurezco cuando me acuerdo!

—¿Se enfurece?

—Es que yo creo que el daño que nos causan cuando somos niños no deja de doler nunca, y no me refiero a las heridas físicas. Si yo hubiera estado en el lugar de Gustavo no lo habría perdonado jamás… bueno, no sé si lo perdonó, por algo no fue a la fiesta. Yo habría preferido que estuviera Gustavo y no Nájera.

—¿Usted cree que lo que hizo el doctor Nájera fue intencional?

—Todos sabíamos que lo empujó a propósito porque Gustavo jugaba al básquet mucho mejor que él y él no soportaba que nadie le hiciera sombra.

—¿Y eso hubiera pasado de no haberse lesionado? —preguntó la Fiscal.

—Seguro. Los entrenadores lo alentaban mucho. Le pronosticaban que si se esforzaba y era constante podía llegar a un club más grande que los de acá. Nájera se moría de envidia, se creía… en realidad, toda la familia se creía superior a los demás.

La mujer hizo silencio unos segundos y luego dijo:

—Sé cómo suena esto y que no me favorece, pero me alegro de que esté muerto. Usted es psicóloga —por primera vez miró a Licenciada Esquivel a los ojos— y sabe el daño que causa el acoso. Yo hace años que voy a terapia y a pesar de ser una profesional reconocida mi autoestima es muy… me siento fea… siempre me parece que tengo que ser mejor y hacer las cosas mejor de lo que las hago. ¿Saben? Mi psicóloga me dice que las palabras tienen poder: quedan en nuestra mente por mucho tiempo si no hacemos nada para sanar. A mí todavía me siguen afectando.

Cuando la arqueóloga salió del despacho, la psicóloga dijo:

—Doctora, en principio esta mujer no parece coincidir con las hipótesis que pude hacer sobre el perfil del asesino. Se la ve demasiado enojada e impulsiva; por la ausencia de rastros en la escena del crimen, es altamente probable que el homicida sea muy organizado y racional.

—Sin embargo, su profesión le exige ser meticulosa —cuestionó la Fiscal.

—Lo sé, pero la reacción que tuvo no fue fingida. Yo diría que aquí hubo premeditación y que el autor es alguien que actuó con profesionalismo.

—Eso habíamos inferido desde el hallazgo del cadáver —asintió la Fiscal.

—Por otra parte, en el video de la fiesta se ve claramente el cambio de actitud de Nájera, desde la postura soberbia con la que llegó y cómo fue cambiando a medida que era rechazado o las personas se alejaban de él. Usted ha visto que el camarógrafo hacía primeros planos de todos y en él se evidencia la progresión desde la sorpresa, al enojo y a la ira: los maxilares apretados, el cuello tenso, los ojos entrecerrados. Parecía a punto de estallar, pero eso cambió cuando aparecieron las mellizas. Se le acercaron en cuanto llegaron y él se relajó, respondió con una sonrisa a las de ellas, empezó a mirarlas fijamente a los ojos, a la boca… respondía al acercamiento físico, se tocaban mutuamente los brazos y las manos… en síntesis, se transformó en un seductor.

—Licenciada, me satisface que haya empezado a trabajar con nosotros. El lunes tengo previsto volver a citar a la viuda y a los hijos, además de a algunos excompañeros que ya declararon. También a esas mellizas que, al parecer, fueron bastante polémicas desde el secundario. No será necesario llamar a los que tuvieron escaso o ningún intercambio con él.

—Bien, doctora. Yo seguiré avanzando con las fotos de la escena del crimen y con algunas entrevistas. Si puede decirme a quiénes convocará el lunes, analizaré con detenimiento la transcripción de sus declaraciones. Me interesan también los informes de los peritos.

Cuando la Fiscal quedó sola, estalló:

—¡Algo estamos haciendo mal! ¡Algo no estamos viendo! ¡No tengo nada para presentarle al Juez y abrir una causa! ¡No hay elementos para imputar a nadie! ¿Qué estamos pasando por alto?

Sabrina la miraba en silencio. Estaba habituada a los exabruptos de la Fiscal cuando se sentía frustrada.

—Este caso me está trayendo demasiados dolores de cabeza, literalmente. Sabrina, buscá en mi bolso un analgésico y traeme un vaso de agua. Ojalá hubiera estado de vacaciones cuando pasó esto.

La semana finalizaba y no había avances en la causa. La Fiscal veía que cada vez eran más quienes tenían los motivos y la oportunidad para cometer el asesinato. En cuanto a las coartadas, había ordenado verificarlas. Ya no aparecerían indicios en la escena del crimen, porque el miércoles había llovido durante toda la noche. Así, sin desearlo, había satisfecho las demandas de los propietarios de Aramis, que tenían varias reservas desde hacía meses. El lugar estaba liberado.

La doctora Farina convocó a su despacho al Suboficial Fernández. Cuando lo vio entrar, le pareció que estaba más delgado que la última vez que lo había visto y que las arrugas en su entrecejo se habían profundizado. Pensó que también a él el caso Nájera lo estaba afectando, aunque su cargo en la División de Criminalística no corría peligro si no lo resolvían; en cambio, ella podía ir despidiéndose de su sueño de alcanzar un día la Procuraduría de la Nación.

Removió algunos papeles que tenía sobre el escritorio y comenzó a darle al policía la usual andanada de órdenes. En el hotel Marocco habían confirmado que Jonathan Nájera había recibido a su hermano la noche del sábado, pero nadie recordaba haberlos visto en el bar al cual decían haber ido juntos: quería que insistieran con esa búsqueda. También le ordenó que confirmara los horarios de llegada y partida de los vuelos que había tomado Susana Delgado; que pusiera a trabajar día y noche a los especialistas para rescatar posibles archivos eliminados en la computadora del abogado. Ya sabían quiénes tenían armas registradas y quiénes sabían disparar, aunque era impensable que el asesino hubiera usado una registrada a su nombre.

En cuanto al novio de la exsecretaria, sabía que Nájera estaría en Aramis el día de la fiesta, lo que le brindaba la oportunidad. La joven había declarado que él todavía no tenía un arma; sin embargo, la Fiscal sabía que no era necesario buscar mucho para comprar una ilegalmente. Cuando Natalia estuvo dormida, él pudo haber salido de la casa, cometer el crimen y regresar con las medialunas para el desayuno. En la panadería lo conocían y atestiguaron que esa mañana hizo la compra de casi todos los domingos, pero entre ese momento y el asesinato de Nájera había varias horas en blanco.

Un problema de otra índole surgía de las declaraciones del doctor González: dejando a un lado la mentira sobre la discusión que tuvieron por el abuso a la secretaria, si existía un caso de corrupción de las proporciones que había relatado, no estaba segura de querer incursionar en eso. Recordaba que, unos años atrás, un Fiscal había sido ultimado el día anterior al cual iba a presentar evidencias en una investigación por tráfico de influencias y desvío de fondos públicos que involucraba a altas autoridades de la Nación. Por otra parte, ¿estaba segura de que González decía la verdad cuando le contó sus sospechas sobre las actividades ilícitas de Nájera? ¿Él era tan íntegro como decía?

—Suboficial —dijo—, si tuviera que especular, ¿de quién sospecharía usted?

—Es difícil decirlo, doctora. El occiso tenía múltiples factores victimógenos: su personalidad, su entorno, su profesión; a veces, las causas también pueden estar en el pasado… él parecía haber provocado daños desde su infancia. Hay muchas variables y otras tantas posibilidades…

La Fiscal se arrepintió de haber hecho la pregunta. El policía parecía estar leyéndole uno de sus manuales de Perfilación Criminal.

—Lo que sí le diría —continuó el hombre— es que alguien sabía que el doctor Nájera estaría en el lugar esa noche y esperó el momento adecuado para ultimarlo. Posiblemente, si la víctima se hubiera retirado antes que los demás o lo hubiera hecho por otra Avenida o alguien hubiera salido con él… quién sabe qué habría sucedido, pero, doctora, no es mi función especular.

—Gracias, Suboficial. Por ahora, esto es todo.

El policía asintió y salió del despacho con un gesto de extrañeza, como si pensara en algo que ella había dicho.

***

Capítulos:

Trayectoria de boomerang 1    Trayectoria de boomerang 2     Trayectoria de boomerang 3

Trayectoria de boomerang 4     Trayectoria de boomerang 5    Trayectoria de boomerang 6

Trayectoria de boomerang 7      Trayectoria de boomerang 8      Trayecotoria de boomerang 9

Trayecotoria de boomerang 10       Trayectoria de boomerang 11

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En el país de los huesos, alguien dispuesto a volar >> Óleo sobre madera >> Alias Torlonio

Liliana Fassi reside en Villa María (Córdoba, Argentina). Es Licenciada en Psicopedagogía, graduada en la Universidad Nacional de Río Cuarto (Córdoba, Argentina). Entre los años 2010 y 2018 publicó tres libros que recrean, con entrevistas y ficciones, la historia de la inmigración llegada a su país entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Participó en diez antologías de cuentos editadas por instituciones culturales de Argentina y de Uruguay y recibió numerosos premios y menciones en ambos países. En 2023 tres de sus obras integraron una antología editada por la revista mexicana Sombra del Aire. Colabora con revistas digitales de Argentina, Canadá, Guatemala, México, Colombia, Ecuador y España. Es correctora de textos y fue prologuista de libros de autores de las provincias de Córdoba y de Buenos Aires. Actualmente, su obra aborda un amplio abanico de temas relacionados con la condición humana.

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