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17 diciembre
2018
Cuento Literatura Narrativa
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YO NO CREO EN FANTASMAS

Por Iván Dompablo R.

¿Qué si creo en los fantasmas? No, no creo en ellos, pero algunas veces me han ocurrido cosas extrañas: como la ocasión en que, siendo niño, miré un duende y salí huyendo. Pero esta vez no voy a hablar del duende, quizá relate esa historia en otra ocasión. Lo que sí voy a contar me sucedió hará unos veinte años. En ese tiempo vivía con mis padres y mi hermano, la casa era modesta: de tres habitaciones en total, en una dormíamos mi hermano y yo, en otra descansaban mis padres, y la tercera, separada de las demás, hacía las veces de cocina-comedor y sala. A mí en aquel entonces me gustaba desvelarme, tal vez porque de noche me sentía con mayor libertad de hacer las actividades que me gustaban sin ser interrumpido o sin tener que pelear por un espacio para ello. Lo del espacio es relativo porque mi hermano también buscaba a menudo lo mismo. En fin, decía yo que me gustaba desvelarme, y el mejor lugar para pasar la noche en la casa era la habitación separada. Así, mientras los demás integrantes de mi familia se iban a dormir, yo me quedaba en la cocina a escuchar música, leer, dibujar y hasta a hacer la tarea.

Eran los tiempos del Chupacabras, ese ser extraterrestre con aspecto de diablo dibujado por un niño, al que vi una vez en la televisión y que más que miedo daba ternura. Y a quien le colgaban milagritos todos los días: que si se había chupado un borrego un día, que si una vaca otro, que ahora un rottweiler… No recuerdo haber escuchado nada sobre cabras, pero eran otros tiempos: los gustos eran menos exquisitos y todavía no estallaba el boom de las alergias. A mí me gustaba irme a dormir a las dos de la madrugada. Y lo hacía más por deber, al día siguiente iba a clases, y por el pinche frío que en invierno se colaba (desafiando las leyes de la termodinámica que dictan que el frío no entra sino que el calor se escapa) por el hueco en la lámina de asbesto que rompiera una tormenta desde tiempos inmemoriales.

Mi mamá me decía (al parecer en serio):

—No te vayas tan tarde o te va a salir el Chupacabras.

Pero, la verdad es que jamás lo vi. Ahora recuerdo que a quien sí se les apareció el Chupacabras en ese tiempo fue a todos los padres de los niños y jóvenes de mi época. El ser en cuestión se hizo célebre por ese mote y por otras cualidades como la de no poder nombrarse. Así que algo de maléfico sí había en aquellos años.

En fin, si me dejan desviarme de la idea principal, siempre me pierdo y olvido de qué les iba a hablar. La historia no tiene nada de extraordinario. La noche habrá sido fría. A eso de las dos de la madrugada me preparé como siempre para irme a dormir. Debía cruzar el patio de tierra para llegar desde la cocina a las habitaciones del fondo de la casa. Apagué el foco y estaba cerrando la puerta cuando escuché una voz como de queja y suplica que me decía: “¡Nooooooo, nooooooo!”. Lo primero que sentí fue la sangre yéndoseme a los pies y cómo los vellitos de toda la piel se me erizaban. Si era miedo no puedo asegurarlo, pero de buena gana me habría echado a correr como de niño cuando vi al duende. Sin embargo, de haberlo hecho sí me habría asustado en serio, y a los 19 años uno no está para espantarse de esas cosas. Además sentía curiosidad.

Así pues, giré la llave, todavía introducida en la cerradura, y encendí la luz de nuevo. No había nada. “A lo mejor es el perro que está roncando”, pensé y encendí la luz del patio y lo busqué a mi lado, pero tampoco había perro. “Bueno, no hay nada, lo habré alucinado” me dije a mí mismo y apagué la luz. De nuevo oí la voz quejarse y decirme que no. Encendí la luz para mirar al fantasma. Según mis cálculos debería estar hecho de una sustancia parecida a la neblina y hallarse debajo de la mesa, arrastrándose como el vecino ebrio cuando ya no logra ponerse en pie para llegar a su casa. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando al asomarme debajo de la mesa no vi nada! Desilusionado, me encaminé de nuevo a la puerta, otra vez apagué la luz y salí.

—¡Noooooo, noooooo! —escuché de nuevo.

—¡Ay, ya cállate! —le dije, y me fui a dormir.

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