LA AURORA DE LOS VAMPIROS, DE ALIAS TORLONIO

por Nidya Areli Díaz

PRÓLOGO*

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Por Nidya Areli Díaz

¿Qué es la poesía?, ¿dónde comienza y dónde termina?, ¿quién define sus normas y parámetros? Si bien el ideario estético de todo poeta y, a mayor escala, de todo creador, estriba en la renovación misma del concepto del arte, mediante la técnica, méritos más, méritos menos, lo cierto es que son muy pocos los que logran sentar precedentes y, en el caso de la literatura, dar una buena sacudida al lenguaje, quizás el más grande de los anhelos de la lírica. Ahora bien, ¿qué tenemos aquí?… La aurora de los vampiros asombra porque va más allá del Posmodernismo tan banal en tantos aspectos. Su textura sincrética y aglutinante, permite echar un vistazo a un nuevo universo del vocablo; permite preguntarse ―es más, lo exige― sobre la función de las palabras y sobre el uso que comúnmente les damos, pues nos quedamos siempre cortos a la hora de cualquier tipo de discurso, con una lengua tan viva, tan vasta y tan inabarcable como es la castellana.

Así, el autor, pasmosamente moderno, más allá de lo posmoderno, más allá de los cánones y de la Academia, nos abre un nuevo sendero en el campo de la palabra poética. Poblado de fantasmagorías, el autor sintoniza en La aurora de los vampiros, presencias asombrosas que van cobrando forma en la medida que se avanza en la lectura y, en la misma tónica, reinventa la anatomía ―humana, material y de todas las cosas del mundo― conforme reconstruye el lenguaje, otorgando a la poética una nueva significancia; reflexiona: “la experiencia de ver con los ojos es tan relevante que la humanidad entera coincide en localizar nuestra consciencia en la parte superior de la testa” pero, ¿qué tan cierto es esto? Alias Torlonio cuestiona los paradigmas humanos y, por medio del discurso, avista para el lector, nuevos senderos de conocimiento, aunado esto a una auténtica experiencia estética.

No tiene empacho este creador en amartelar sin tapujos ni reticencias, pero lo hace de una manera original, de una forma que regenera y refresca la práctica del amor en la escritura. De esta suerte, a lo largo del poemario se discierne progresivamente, un romance cantarín embebido en el verso que va evolucionando conforme a la lectura: “¡Cantas flores! / ¡Cuántas! / Ardilla en flor / Preciosa piel canela / Amante alunarada de amor”. Pero el amor es también un acto vampírico, un acto devorador y desbordante, en el que la pasión emerge; pasión como acto de entrega pero también como acto de la más absoluta posesión: “Le sustrajo los ojos de sus nichos cóncavos / y ocultando su brillo en cada mano / así se abrazó a ella”. Entre fantasmas y voces varias, germina siempre el poeta que habla al lector y a la amante, increpando sin más tregua que el ritmo cabalgante de la estrofa: “El océano inquieto me traga / y yo loco me bebo tu mar / ¿Qué más quieres más? / ¿Y a quién?”.

La palabra es el verbo y el verbo se hace palabra en la voz de Torlonio; nos embebe en el efecto psicotrópico de sustancias varias de natural procedencia; vamos, pues, llevados por los insalubres hierbajos de La aurora de los vampiros, al éxtasis enervante y medicinal de la poesía; Torlonio es un chamán, un hechicero, un alquimista y un mago y su libro iniciático nos conduce por senderos de un arcano universo: “El verbo enmudeció / Es el tiempo de la ortiga / Es el tiempo del cardo / la belladona / el beleño / la datura / y el opio / en la hora de las buenas malas yerbas / mientras ellas enredan sus flores más pálidas / entre las puntas corneas / de mi cabeza”.

No es esta poesía apta para ojos, oídos, mentes o corazones sensibleros ―siempre en la acepción despectiva de la palabra―, pues encontramos aquí las verdades amargas y evocativas de la muerte magnánima y terrible: “Él va a morir –no sé sí sabe– yo sí / se le cae el culo a trozos y es mi padre”. ¿Es posible amar y despreciar a los seres amados? Que el lector, perfectamente apto para el caso, responda por sí mismo. Y después que se dé a la tarea de mirar en su interior, pues el poemario invita de veras a hacerlo de una vez por todas; que mire hacia sí, dentro de vísceras, más allá de los intersticios celulares y se diga a gritos o en silencio, como guste: “Mi consciencia –alfiler de punta– / luz reconcentrada de hiriente brillo / se hincha y expande hasta desaparecer / Incógnita albina / en-la-na-da / (lo quiero todo)”. Al final tenemos siempre la opción de replicar, mas ¿para qué? ¿Quién no lucha contra el quererlo todo? Todo así, muy internamente.

En esta nueva fisiología de la lengua escrita, de la lengua poética, el arco cromático se reinventa, pues no olvidemos que estamos nada menos que poblando, como por vez primera, iniciáticos y narcotizados por el efecto de cada estrofa, un nuevo universo, así: “lo blanco lo trae la muerte / el estado se camufla en gris / negras son las máculas de la amistad / marrones las mentiras / azul y no verde es la esperanza / verdes son todos los venenos / el amor del rojo al amarillo / va azulado dando vueltas / el arte es arco iris y… / las naranjas son naranjas”. Y de la misma manera, mientras se mira la silueta desdoblándose en el lector, espectador inquieto y revitalizado; la voz del poeta declara: “Mi reflejo / –penumbra luces– / Mi sombra / –ausenta cuerpos– / Mis palabras / –mudan voces– / Mi oídos / –sordean ecos–” y así los vocablos se vuelven conjuros y los conjuros pócimas curativas, musicales y azules.

La aurora de los vampiroses también un poemario erótico; es una creación pletórica y por fuerza sensual en la medida en que evoca la fecundidad. Hay un constante diálogo, una madeja de propuestas y promesas, que van de la palabra a la confrontación de la muerte, de la palabra a la defenestración de las políticas públicas de un mundo en decadencia, de la palabra a la esperanza de una nueva realidad, de la palabra al enaltecimiento del amor y del éxtasis: “Meneo la cola / y te hinco el hocico / Tú con tus manos me coges poderosa / Tus pezones rozan mis pestañas / Me aprisionas / Estás loca / y cuanto más te ríes / más me enamoras”. En el amor se cifra la esperanza de la reconstrucción del universo.

Finalmente, no sólo sorprende un manejo desproporcionadamente extraordinario del lenguaje en el que se renuevan los vocablos uno a uno, o la ausencia casi total de los signos de puntuación que, mención aparte, evoca los inicios de la escritura ―novedosa y primigenia técnica―; sino también la profusión temática y el ritmo acompasado de una poética poblada de fantasmas y de voces múltiples; la manera como se va entretejiendo el universo a partir de una serie de propuestas cimentadas en una perspectiva auténtica, fresca y original; la convicción estética como punto de arranque, donde las palabras no sobran y el adjetivo viste y colorea al sustantivo, dotando de vida al nuevo mundo. La aurora de los vampiros, por todo lo anterior, tiene el mágico poder de transmutar al lector cual maravillosa pócima de alquimia.

* Alias Torlonio. La aurora de los vampiros. Madrid , 2016.

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Nunca se sabe lo que trae la niebla, de Marcelo Rubio >> Nidya Areli Díaz 

Minúsculo pensamiento a mi estatura, de Noé Padilla Zárate >> Víctor Alvarado

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Descarga aquí de manera libre La aurora de los vampiros de Alias Torlonio, por cortesía del autor.

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