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11 septiembre
2016
Literatura Narrativa Relato
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VII. LA VIDA SÓLO DA VUELTAS

INTROSPECCIÓN

Por Alejandro Roché

No sé exactamente por qué, pero a partir de ese día dejé de ir a la iglesia, no así mi hermana, que continuó con la rutina dominical y seguía dejando sus dibujos junto a las flores del altar.

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El hombre herido » Gustave Courbet

 

—Algunos dan dinero, otros dan oraciones; tu hermana da sus dibujos.

Con gran orgullo decía, como si esos dibujos fueran la más grande ofrenda. Muchas de las veces no lograba entenderlo y aún hoy, sigo sin comprender mucho de lo que me platicaba, aunque algunas sí, como: “La vida sólo da vueltas”. Al principio esta frase me parecía intrascendental, pero hubo una vez en donde me absorbí del mundo mirando; no; más bien, contemplando a mi hermana. Sorpresivamente llegó mi abuelo y me dio un sape en la cabeza.

—Debes tener cuidado con tus ojos, se te podrían salir.

En ese momento recordé cuando a Venice lo sorprendí observando a Nallely; éramos los mejores amigos, pero en su mirada había algo desagradable, era muy joven y quizás por ello le di un codazo.

—Oye, ¿qué te pasa?

—¿Por qué la miras así?

—¿Cómo así?

—No te hagas.

—Oye, tranquilo; es una chica.

—No lo vuelvas a decir— sujetándolo del cuello de su camisa, una cosa llevó a la otra y, como si estuviera defendiendo el honor de mi hermana, ABALDONADAMENTE me enfrasqué en golpes con Venice. He cometido muchas tonterías y esa ha sido una de las más grandes, pero en esos momentos sentí ira e impotencia perdiendo el control de mí, no pude contenerme y aún días después tampoco entendía cómo era posible haber caído en tal exceso; sino hasta que mi abuelo me dijo “Debes tener cuidado con tus ojos, se te podrían salir”.

Dentro, muy adentro o quizás no tan hondo; más bien a flor de piel transpiraba un sentimiento prohibido, un deseo; de esos que aún el inconsciente sabe que están más allá de todo lo permisible; más allá del pecado mortal. La vida sólo da vueltas y ahora mi abuelo me hacía ver lo que Venice sentía por mi hermana, era lo mismo de mi hacía ella.

Este tipo de pensamientos son tan pecaminosos que ni siquiera podía hablar al hermano Pedro en confesión, fueron días tormentosos en un infierno creado por mis pensamientos; uno de esos momentos en donde la mente divaga, primero pensando en que quizá ella podría sentir lo mismo y, de ser así, sería suficiente para enfrentarme a la familia, al mundo entero…, y, sin importar el rechazo ni el estigma de todos, el que Nallely pudiera quererme sería lo único que importara y bastaría en este mundo…, pero y si no. Pensar en un rechazo era un dolor tan insoportable, que en instantes sentía mi estómago contraerse devorándose a sí mismo y, con una intensa punzada me doblegaba en rodillas llorando como un bebé, y así, en posición fetal, quedaba dormido con lágrimas sellando mis ojos, de tal suerte que para cuando despertaba; éstas habían fusionado mis pestañas, cegándome. ¿Acaso como presagio del castigo si me atrevía a ir más allá de lo permitido por la natura?

Fueron aciagos los días y más aún cuando siendo yo tan unido a ella me tenía que distanciar para mitigar un poco las ansías locas, ya sin la licencia de abrazarla o acariciarla, sino sólo de contemplarla como si un aura de luz y belleza rodeara su figura, como si yo fuese un santo y ella una virgen a la que debía venerar sin tener derecho siquiera a dirigir la mirada por temor a mancillar su casto nombre o, peor aún, a sentir deseo y lujuria; quizás por ello cuando un día la vi caminar muy sonriente junto a Venice, un torrente de emociones precipitándose en mi corazón me acorralaron en una infinidad de pensamientos, y lo único que pude hacer fue seguirlos de lejos. Con el morbo en la mente, los celos en mis ojos y la envidia en el corazón, los seguí un buen trecho del camino, lo sufrientemente lejos para que no me vieran, pero tan cerca que pudiera verlos a detalle.

Su trato no era de amigos ni de novios, y los celos me incitaban a seguir a pesar del riesgo en mi cordura continúe. El sol cada vez más en el poniente, hacia brillar más la luna en el oriente en tanto que el enramado de los arboles cobijaba a la pareja. Cuando de repente Venice inclinó su cabeza para dar un beso a mi hermana, lo rechazó; él insistió muy cortés e igual lo rechazó; pero él no desistía en sus intenciones y con cada insistencia, los ruegos se volvían agresivos, tal que mi hermana empezó a aumentar el tono de su voz y él, a su vez, con los brazos la sujetaba, y yo, sin saber si intervenir o no, quizá sólo esperaba un grito y éste no tardó en llegar cuando Venice tuvo el ABALDONAMIENTO de besarla, y así con los ánimos subidos de tono; irrumpí propinando un codazo en la cara. Venice cayó de espaldas y mi hermana me miró como si fuera su héroe; su salvador, el caballero que la rescataba del villano. Contemplar esa mirada hubiera bastado para pudrirme en el infierno, hay pecados que valen la condena eterna; para mí era suficiente su mirada.

Después de ese instante, nada; o todo. Lo siguiente fueron pesadillas, entresueños, delirios y muchos días en cama; Venice me hirió con un cuchillo y eso me dejo en cama por varios días y durante todo ese tiempo ahí estuvo. Ella cuidó de mí y quizás era mi imaginación, pero ahora el trato de ella para conmigo había cambiado; sentía que había algo más que las atenciones de una hermana, podía ver que ahora en su mirada había una chispa, una alegría al verme, al platicar, al estar pendiente de mí convalecencia; no estaba cuidando de su hermano; velaba por su hombre. ¡Ah! Lo sé; suena ridículo, pero sólo el que ha sentido el trato de una mujer enamorada sabe cuándo hay esa chispa, esa magia que les hace querer estar juntos uno del otro y ese inevitable contacto físico, en donde los más mínimos roces son suficientes para erizar la piel y debatirse entre la satisfacción carnal, mental y el hecho de saber que es una relación prohibida. Fueron muchos los días que estuve en cama, pero cada día la tensión por tocarnos, “entre juegos y caricias de hermanos”; se volvía insoportable.

Hasta que un día mi abuelo nos encontró “jugando”; ella avergonzada salió corriendo y yo en cama quedé pasmado, el abuelo dijo:

—¿La pelea con Venice no sólo fue por el intento de ABALDONAR el honor de tu hermana?—, el silencio fue más contundente que mi voz. —Ten cuidado, hay deseos que debes desechar o te consumirán en la peor de tus miserias y no sólo a ti, sino a los que te rodean y más aún a tu hermana. ¿Ya pensaste en las consecuencias? La cuchillada sólo fue un aviso de la vida, lo siguiente podría ser peor, la vida siempre nos está dando señales; pero a veces no queremos verlas. No lo olvides, lo siguiente puede ser peor.

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