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05 febrero
2015
Cuento Literatura Narrativa
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NADIE TOCA LA PUERTA

Por Víctor Alvarado

Toc toc, es un sonido que me pone inquieto. Pienso que alguien viene de visita, y voy aprisa desde cualquier lugar de la casa, entusiasmado porque tal vez sea un vecino dispuesto a convivir una tarde, beber cerveza o ver una película, o quizás comer galletas o pastel. Acaso recibir por fin la visita de mis compañeros de trabajo, y pasar con ellos una inolvidable velada; jugar baraja o dominó y fumar ricos habanos.

Nadie toca la puertaCuando alguien toca la puerta la reacción inmediata debería ser abrir; la función de una puerta es así de simple, abrir y cerrar según sea necesario. No creo en supersticiones malsanas ni en esas cosas de la mala suerte pero desde la muerte de mi madre me da la impresión de que alguien ha querido meterse en casa. A veces me da pavor abrir la puerta.

Mamá era visitada con frecuencia por infinidad de amistades. Se dedicaba a la costura y al tejido en todas sus variantes. No perdía tiempo; tejía y bordaba servilletas o delantales por horas. Era muy respetada entre la gente del barrio. Venían a tocar desde temprano y en la casa, siempre había señoras dispuestas a platicar mientras mamá remendaba los uniformes de sus hijos o los pantalones de sus maridos. Eran tranquilos esos tiempos; cómo los extraño. Yo vivía tan feliz y seguro al lado de mi madre. Ahora, todo ha cambiado, nadie viene sino para hacer el mal.

Un día vino a verme Ana María, (es una bella chica que conocí en el barrio), pero no le pude abrir. Sentí cobardía y ganas de vomitar, no sabía qué hacer. Fue tal mi emoción que no me di cuenta del tiempo que pasaba, y cuando decidí abrir la puerta, ella ya se había ido.

En un intento por reparar aquel grandísimo error, envié a Ana María, flores, chocolates y una tarjeta con un mensaje especial.

Fue demasiado tarde. Supe que ella se había mudado con sus padres a una población cerca de la playa. Hoy pienso que tal vez se ha olvidado por completo de mí, (mamá decía que siempre hay una esperanza). Y aunque ha pasado mucho tiempo, a veces siento que ella volverá, y yo, por fin seré capaz de confesarle mi amor.

Pero olvidémonos de esto, la verdadera razón de mi relato es contar las circunstancias por las que finalmente me liberé de mi desgracia.

Todo comenzó hace cinco años cuando amanecí con un mal presentimiento, y por ir a abrir la puerta a la primera, me vi enfrascado en tal monserga que no tuve más remedio que profesar otra religión.

Nunca fui demasiado afecto a este o aquel culto, (mamá me inculcó desde pequeño el respeto por la Biblia y por las creencias de los demás).

Hacía mucho calor. A la puerta se presentaron dos muchachas simpáticas con atuendos bastante exagerados. La temperatura oscilaba por ahí de los treinta y tantos grados Celsius; en el ambiente no circulaba ni una brisa refrescante. Hasta en la sombra se padecía el infernal bochorno veraniego. Dentro de casa los ventiladores hacían soportable la tarde.

A pesar de la canícula, iban tapadas con vestidos oscuros largos afranelados; les llegaban hasta el empeine. Usaban una especie de calentadores para invierno y calzaban botines del tipo colegial, de esos horribles y resistentes con suela de goma y agujetas apretadas. Sus suéteres azul marino parecían tan gruesos, de sólo verlas se sentía un empalagoso acaloramiento.

A través de la ventana observé cómo sudaban. No pude resistirme y me compadecí. Abrí la puerta y les pedí que entraran antes de empezar a derretirse.

Me dieron ganas de quitarme la playera y la bermuda. Obviamente no lo hice, y de eso quizás ahora me arrepienta, porque tal vez abrían huido y nada de esto habría pasado.

Entraron a mi hogar como si se tratase de algún oasis. Se despojaron del suéter. Para mi sorpresa, debajo llevaban sudadera blanca. Rápidamente ofrecí unos tarros con tepache frío. Bebieron con desesperación y se acomodaron cerca de un ventilador. Se dieron un respiro. Luego agarraron fuerzas para hablar y hablar. Platicar y platicar; sin descansar.

Me cuestionaron acerca de mis creencias, de mis pensamientos y de otros asuntos que no recuerdo con certeza. Cuando a una se le iba el aire, la otra comenzaba el blablablá sin parar. Ahora sé de aquella perorata; la tenían muy bien ensayada.

Cuando quería responder, me hacían otra pregunta. A pesar de mis ganas, no quería intervenir, (mamá me enseñó a ser educado y a no interrumpir conversaciones). No callaron durante horas. Usted, hermano, me decían, ¿cree que la fuerza del Omnipotente se encuentra en todas partes? ¿Sabe si la felicidad está aquí, entre nosotros, (y yo miraba a mi alrededor), o nos espera allá en el cielo, (y señalaban el techo), o piensa usted que su manera de vivir es la correcta? ¿Está usted listo para el arrepentimiento? ¿Desea de verdad hermano, (para todo me decían hermano) conocer el auténtico camino a la verdad, deshacerse de la montaña de pecados que trae a cuestas y olvidarse de una vez por todas de la miserable e inútil vida que vive?

No tenía nada qué decir, me vi sumergido en una revuelta laguna de preguntas sin respuesta, atolondrado por una borrosa ráfaga de confusas emociones; cercado por la duda y con muchas ganas de chillar. Me encontré acorralado en una callejuela laberíntica, empujado allí por todas esas interrogantes para las cuales no tenía contestación.

Esa tarde tropical sólo la quería pasar en calma, arreglar el jardín y beber tepache helado, pero aquella prédica me habría de alterar la vida.

En un santiamén me comprometí a efectuar donativos periódicos forzosos, a visitar el templo de la Grandísima Iglesia de Nuestro Señor, y a comprar una enciclopedia y decenas de libros donde supuestamente iba a encontrar, (y nunca lo hice), la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Eso sí, con gusto compré una Biblia parecida a la que con mi mamá fue sepultada. (Ella me leía muy a menudo).

Al oscurecer se fueron las muchachas, y tanto mi cartera como el vitrolero de tepache se habían vaciado.

Así pasó ese día de resolana en que me convertí en seguidor de una secta de la cual no me he podido librar del todo hasta la fecha.

Después de lo ocurrido, juré por todos los santos nunca más abrir la puerta, y menos a ese tipo de malvadas mujeres. Por esta razón, también decidí echar manos a la obra bardando el perímetro del jardín con una bella reja metálica.

Meses más tarde me fui a la cama con una mala corazonada, de hecho, pasé una muy inquieta noche. Pero decidí no poner atención; comencé mi día como cualquier otro día del año. Me dispuse a limpiar meticulosamente las docenas de viejitos de porcelana del estudio. En eso estaba, cuando de pronto escuché que alguien llamaba a la puerta.

Un sinvergüenza se había saltado el enrejado. Tocó la puerta varias veces. Observé por la rendija del ventanal y esperé. No se iba. Tocó de nuevo. Me percaté que no vistiera como aquellas muchachas pero su atuendo era común y corriente; mezclilla, camisa a rayas, barba delineada y una inflexible seguridad para llamar a la puerta. Confieso que dentro de mí revivió aquella inquietante expectación atroz.

¿Qué se le ofrece?, pregunté de éste lado del ventanal. Hola vecino, me puede regalar un minutito de su tiempo, —dijo sosegado—, vivo en la calle de atrás, soy integrante del Comité Vecinal, y quiero comentarle de las próximas posadas, aún falta tiempo verdad, pero ya nos estamos organizando.

Me puse contento, por primera vez sentía que me habían tomado en cuenta. Recuerdo que estaba a punto de ir a una entrevista de trabajo y no debía llegar tarde, (mi mamá me explicó muchas veces la importancia de la puntualidad al asistir a cualquier compromiso, por eso me gustaba llegar a tiempo a las citas), debía salir con una hora de anticipación hacia el centro de la ciudad, tomar un colectivo y luego el metro que me llevaría al corporativo.

Esa reunión de trabajo la venía persiguiendo desde hacía tres años; para el efecto me capacité de manera intensa, tomé largos cursos de temas variados, y al final, logré cumplimentar la engorrosa lista de requisitos.

Con unos minutos de sobra decidí abrir la puerta.

Gracias vecino, dijo el barbado, y luego, igual de tranquilo me pidió un vaso con agua. Sí cómo no, por favor tome asiento, en seguida vuelvo, respondí y fui por un vaso a la cocina.

Cuando regresé, había tres tipos en la sala con sus caras desfiguradas por las máscaras de pantimedias que se habían puesto. Uno tenía un cuchillo filosísimo, como el de Rambo; parecía machete. Quien supuestamente era mi vecino, golpeaba todo con un bate de beisbol de aluminio, y quien parecía ser el jefe, un enanito de metro treinta, tenía una pesada escopeta tremendamente metálica con sus dos cañones relucientes. Qué está pasando, pregunté, y el enano malandrín me zampó tremendo catorrazo en las espinillas. Me doblé del dolor. Luego dijo que si decía cualquier palabra me iba a morir, (no sé cual sería esa palabra maldita pero por si las dudas me callé). Los otros dos me enredaron la cabeza y el cuerpo con cinta gris, no sólo me cortaban la respiración sino la vista. Con las manos atadas a la espalda, me echaron al baño sin miramientos. Más tarde sentí un porrazo en la nuca.

Cuando reaccioné no escuché ruidos. Por temor no dije ninguna palabra, esperé una o dos horas, tenía el pantalón mojado de miedo, lo único que pude hacer fue esperar, esperar y golpear una de las paredes que daba hacia la casa de mi vecino el gruñón. Golpeé y golpeé hasta dormir de cansancio. Volví a despertar y así repetí varias veces, hasta que, por casualidad, el vecino notó algo extraño: enojado por el traqueteo en su pared, fue a reclamar derrumbando la puerta. Él terminó por rescatarme y desde entonces le he manifestado mi eterno agradecimiento. Los ladrones dejaron un desorden; lo habían robado casi todo.

Perdí aquella oportunidad de trabajo; nunca más me recibieron, ni volvieron a llamar.

Por eso, cuando escucho llamar a la puerta, me cuesta trabajo abrir nomás por abrir y a veces pienso que es mejor permanecer sentado, en calma, y ponerse a ver la tele o escuchar discos con el volumen bajo, muy bajo, o disimular hasta que, sea quien sea, se haya ido.

Ahora la casa tiene sólo una ventana, las otras las clausuré para evitar las miradas curiosas. Cambié la cerca por una bardita de tabiques rojos, de tal manera que nadie pudiese pasar, e instalé, para mayor seguridad algunas cámaras de vigilancia externa, y una puerta automatizada, de esas que sólo se abren desde adentro. De esta manera podría tener un poco de tranquilidad.

Luego de vivir aquellas experiencias, me di cuenta que eventualmente me asaltaba sin avisar, una terrible sensación de mal agüero, tras la cual, siempre algo malo sucedía.

Esa ha sido una de las razones por las que durante mucho tiempo, contra mi voluntad, tuve que permanecer encerrado y sin abrir a nadie.

Antes de recuperar parcialmente la confianza, debieron pasar unos añitos. Pero el destino, como la marea, siempre traerá consigo alguna otra sorpresa. Y sería el caso, pues ya me tenía reservada otra emboscada.

El momento llegó. Alguien tocó. Buenas tardes, escuché atento la voz ronca que provenía de afuera. Ni siquiera me acerqué. Toc, toc, toc. Buenas tardes, decía la voz necia. Sentí revivir en mis entrañas otra recóndita ansiedad.

Observé por el monitor. Era un inquieto chaparro de saquito a cuadros y corbata amarilla, estaba parado del otro lado de la barda. No parecía peligroso. Traía un veliz azul muy grande. Decidí esperar.

¿Qué podrá guardar en ese veliz?, me pregunté, mientras lo observaba. Y en un par de minutos, el tipo se fue, sin más. Esto me hizo sentir calma pero al mismo tiempo, un súbito arrepentimiento. Desconcertado, me fui a continuar con mi faena doméstica.

Toc, toc, toc. Volví a escuchar. Era el mismo tipo, había regresado después de unas horas. Se veía agotado. Su calva reflejaba el sol vespertino y su nariz rojiza de bolita parecía la nariz del retrato de un payaso triste que cuelga en el estudio. Pero aquel hombre no parecía triste, más bien parecía persistente; de sus ojos brotaba una especie de súplica a la que, por desgracia, tampoco pude resistir. Otra vez abrí la puerta.

Activé el mecanismo para abrir, y puse a buena mano, una macana policiaca por si se presentara el momento de usar. El tipo, desinhibido, entró apresurado.

Y quitándose el brillo de la calva con un pringoso pañuelo, dijo: muy buenos y excelentes días tenga usted honorable caballero, sea siempre bendecido por de tan buena manera ofrecer la sombra y el refugio a este humilde y cansado ciervo que honradamente sólo busca ganarse el sustento.

Y aunque en verdad parecía buen mozo, y esa amabilidad me hacía desistir un poco de mis sospechas, no perdía la vista de la macana.

Y qué viene haciendo usted por acá, dije con sincera curiosidad, mientras observaba su veliz.

Es usted muy afortunado, continuó diciendo el regordete, pues he venido a la ciudad desde el lejanísimo pueblo de (no recuerdo bien pero venía desde el norte), con una de las más grandes ofertas nunca vista, para ofrecer ni más ni menos que una serie de productos utilísimos para una cocina flamante; indispensables herramientas no sólo para la afortunada ama de casa moderna sino para el buen chef internacional.

Sí señor, pero en este momento no… Dije, antes de ser interrumpido.

Contamos, estimado caballero, con el respaldo de una de las empresas más grandes y mundialmente reconocidas, líder en el ramo alimenticio, con más de treinta y cinco años de experiencia en el mercado culinario.

Ora verá, decía el chaparrito sin parar de hablar. Permítame usted, déjeme enseñarle nuestra amplia gama de productos. Y abrió su veliz.

Así me fue diciendo tales cantidades de razones que en menos de lo que estoy contando esto, sacó tantos cachivaches que se cubrió la sala por completo. Y en todavía menos tiempo, ya estaba yo convencido y firmando cuarenta y ocho letras, correspondientes a cada una de las semanas en que durarían los pagos del crédito, cuyo concepto era una reluciente sarteneta de acero quirúrgico especial, para cocinar más de mil quinientos sanos y deliciosos platillos, y de regalo, me entregaba aquel hombre, un bonito juego de cubiertos de acero inoxidable con garantía de por vida, y un recetario ilustrado de comida Hindú. (Creo que a mi madre le hubieran gustado mucho esos utensilios. A ella de gustaba mucho cocinar).

El chaparro se fue y nunca más lo vi. Recuerdo esa tarde triste, pues la utilicé completa para tratar de entender, cómo era que a pesar de haber ayudado yo, a ese pobre hombre, sentía un hueco grandísimo en el pecho y una enorme angustia en mi corazón. Así fue como sucedieron aquellos hechos, mismos, que no en poco tiempo fui superando.

Pero ahí no había acabado la historia de la sarteneta. Un día, olvidé pagar una de las letras. Ipso facto recibí una serie de llamadas telefónicas sumamente intimidatorias.

Al salir del trabajo, me esperaba un fulano mal encarado y furioso. Mira muchacho, me dijo y me sumió dos dedos el muy abusivo por la clavícula, no queremos tener problemas con ningún comprador irresponsable, ¿entiendes? No vamos a permitir que te burles de nosotros, (nunca supe a quien se refería en realidad con “nosotros” pero no tenía ganas de averiguarlo). Te lo advierto muchacho, continuó diciendo, ¡no te pases de listo eh!, y se abrió la chamarra para enseñarme un revólver niquelado. Esos trastos, los cobro por las buenas o por las malas, sentenció de manera definitiva. De ahora en adelante vendré a cobrar todos los viernes a mediodía, hasta que hayas pagado tu deuda, además, tendrás que pagar una cuota por concepto de servicios innecesarios, y un doce por ciento adicional por concepto de gastos provocados.

Sí señor, dije, sin tener más que decir. Lo miré con una mirada inconforme y levanté los hombros. Luego se marchó.

Debí trabajar muchas horas extras durante esos meses para compensar mis gastos, pero también dejé de recibir esas visitas y telefonazos conminatorios.

La mentada sarteneta sigue almacenada en su caja original y los cubiertos se oxidaron antes de las tres semanas.

Y así, sin ninguna pérdida que lamentar, fue cerrado aquel desafortunado episodio.

Desde entonces, y hasta hoy, no había tenido tan espantoso presentimiento.

El toc, toc, toc, sonó a primera hora. Pretendí no escuchar y seguí lustrando mi colección de soldados miniatura. Toc, toc, toc. Sonó nuevamente. No me quería asomar puesto que así lo había decidido. Toc, toc, toc. Toc, toc, toc. Oía de manera insistente, pero ahora se alcanzaban a escuchar algunos gritos. Fui a echar un vistazo.

Una anciana estaba en la puerta. Me acerqué para escucharla. Jola, jola. Abre la puerta, soy yo, jola, abre, abre ya, abre chamaco, soy yo, tu tía, dijo la anciana, quien parecía tener más de setenta años.

Parecía ser la tía Gertrudis. Toc, toc, toc. Jola, jola, tás ahí. Repitió de nuevo desesperada. Toc, toc, toc. Toc, toc, toc. Ese sonido me estaba volviendo loco, pero al saber que por fin se trataba de alguien conocido, abrí de inmediato.

Mamá contaba sin fin de historias acerca de la bondadosa actitud de tía Gertrudis, y de lo bien que habían pasado la infancia; tal era su fama de gente caritativa, que por primera vez en años estaba yo feliz.

Pasa tía, pasa. Entró la tía y preguntó desesperada ¿dónde está el baño? Ahí tía, y señalé la puerta. Pasó al baño y después de un rato salió. Plácidamente se fue acomodar a uno de los sillones.

Estaba yo muy emocionado y pregunté si deseaba algo. Quiero café, ordenó tajante.

Mi alacena llevaba varios días sin surtir, sólo encontré un paquete abierto de galletas, y por fortuna, un sobrecillo de café soluble.

Mientras calentaba el agua dije: Oiga tía, me da gusto verla y saber que está bien. Pero, cuénteme, cómo están los primos por allá.

Mira muchacho, dijo enfadada, que no he venido desde allá para platicar, ni para perder el tiempo, sino a comunicarte algo de manera urgente, así es que apresúrate.

No sabía la razón de su comportamiento. Según mi memoria, la tía era muy buena, pero tal vez los años la habían hecho cambiar.

Serví el café y puse las galletas. La tía Gertrudis me observó y en su mirada noté una especie de hastío. Me senté frente a ella y pregunté cuál era ese asunto tan urgente.

Antes de responder, tomó la taza, dio un largo sorbo, e inesperadamente escupió todo sobre mí, diciendo: ¡¿esta es una porquería descafeinada, no es así?! Además está helada, qué asco, dijo y se limpió los labios arrugados y pintarrajeados. Perdone tía, si quiere lo puedo calentar, le dije un poco angustiado. No estoy acostumbrada a tomar esta clase de porquerías, dijo con la cara de guasón. Cogió la galleta, le dio una mordida y de otro escupitajo inesperado me lanzó todas las moronas encima, diciendo: ¡¿de dónde demonios has sacado esas galletas de aserrín?! Te quieres burlar de mí, ¡eh!

Tía, por favor discúlpeme, es lo único que tenía a mano, dije apenado. Pero se puso rabiosa. Se limpió nuevamente los rayones rojos de las mejillas y se paró de su asiento. Mira, escuincle, ya te dije que no vengo a perder el tiempo, sólo te vengo a notificar que debes abandonar de manera inmediata esta casa.

Pero tía, qué está usted diciendo, pregunté confundido, ¿acaso está bromeando? Nada de eso, respondió, ¿pues no entiendes o serás idiota? Observa. Y sacó un documento amarillo, con un renglón marcado de verde fluorescente que decía: La casa de Calle Durazno, será para Gertrudis e hijos. Esto es lo único que debes saber, dijo la tía, y guardó el papel.

Si no lo crees, me dijo, mira a la calle. Fui a ver los monitores, había varios hombres afuera. Pregunté quiénes eran. El licenciado de traje negro es el juez; el de gris, es su ayudante; el muchacho de playera es mi niño, (en realidad no era ni muchacho y mucho menos niño, era un señor barbón de unos cuarenta y tantos años); los de uniforme, como ya te habrás dado cuenta, son de la policía, concluyó la tía antes de pararse.

Y a qué vienen, pregunté, todavía más confundido. ¿Acaso no escuchaste lo que te he dicho?, dijo gritando. Pues a notificarte y a sacarte de aquí, de mi casa, a qué más vendríamos. Pero tía, repliqué, yo no tengo a dónde ir. Pues eso, no es asunto mío, es tu problema, dijo, y fue directo a abrir la puerta.

Entraron todos. Me rodearon. El juez se paró delante de mí, y con muy delicados ademanes dijo: Muy buenas tardes caballero, hemos hoy aquí venido, con la única diligencia de dar cumplimiento a un acto verdadero de justicia. Así pues, conforme a la ley, le notificamos que a partir de la fecha, y en un plazo no mayor a una hora, deberá usted desalojar esta casa, puesto que por voluntad de su finada madre, dicha propiedad ha sido legalmente heredada, mediante testamento, a su tía, y a su primo, aquí presentes. Por tal motivo, será preciso que usted amablemente firme de recibido esta notificación, y cumpla de manera inmediata con la instrucción que le he comunicado. De igual manera le hago saber, que de no obedecer o de intentar desacatar este mandato, de cualquier forma seria usted, aun por la fuerza, desalojado y trasladado, con ayuda de los oficiales, a la prisión, donde habría de esperar la correspondiente sanción.

A lo largo de una hora, estos y otros argumentos fueron expuestos por aquel hombre del traje negro. Al concluir, el de traje gris, me estiró la mano con un papel, me dio un bolígrafo y dijo: firme aquí, y señaló una línea.

Pero yo no puedo firmar esto, dije, y el juez respondió; si no lo firma entonces ira a la cárcel.

No tuve alternativa. Debí firmar. Y debí también salir de mi propia casa, y así, como obligación, respetar la voluntad de mi santa madre.

No lo podía creer. Años y años viviendo allí, y ahora me tenía que despedir definitivamente. Mi propia familia me echaba. Me sacaban de aquella casa maldita. De ese aborrecible lugar en el que tanto había sufrido.

Y en verdad estuve triste e inconsolable los primeros meses, pero he de confesar, con la más auténtica y absoluta sinceridad, que a partir de aquel día, y olvidándome para siempre de abrir puerta alguna, no hubo más momento de infelicidad, ni congoja, ni pesar, ni amargura, que entorpeciese mi camino.

Y así, hoy con estas líneas concluyo y aseguro, como es mi voluntad, sin temor ni lugar a equivocación, que sobre la faz de la tierra jamás ha vivido, vive, ni vivirá, el más dichoso servidor, que entre todos los dichosos vagabundos andará.

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