Categorías
Ingresa si ya estás registrado para poder comentar las publicaciones.

Síguenos en Redes Sociales
07 febrero
2017
Crítica Literatura Recomendación
426 Vista(s)

EL ENEMIGO / EFRÉN REBOLLEDO

HISTORIA DE UNA LOCURA

Por Nidya Areli Díaz

El enemigo de Efrén Rebolledo (Hidalgo, 1877-Madrid, 1929) es una obra catalogada como novela pese a su brevedad, tal fenómeno resulta, debido seguramente a su estructura que comprende quince capítulos, a la temporalidad en que transcurren los sucesos y a la evolución y complejidad psicológica de sus personajes, sobre todo en los casos de Clara y de Gabriel. Por otro lado, escrita en tercera persona, se halla dividida en tres de lo que Barthes denominaría “secuencias[i]” bien diferenciadas.

3-Alfredo Albajara-Durmiendo con su enemigo-El enemigo

Durmiendo con su enemigo » Alfredo Albajara

 

La primera secuencia comprende los primeros tres capítulos, y en ella se presenta al protagonista de la historia. Una microsecuencia al inicio será el primer indicio del estado patológico del personaje, en ella se alude a la imagen de un río lento que se desliza con movimientos de serpiente en un paisaje caluroso y desolado con: “[…] una multitud de hombres y mujeres de rostro pálido, sentados en las márgenes, con una sombra de atonía en los ojos, y el pensamiento ausente de imágenes y memorias” (165).  Ciertamente la imagen funge como una metáfora del estado de Gabriel, se percibe la angustia que envuelve al personaje, la lucha interna que libra constantemente:

País más horrible que el de la Locura; más cruel que el sufrimiento; por donde pasa todo el mundo; a donde van los neuróticos; donde sucumbe el débil. Porque cuando tu victima es pusilánime, Monstruo desolador, la cansas en la lucha, la fatigas, la disgustas con tu aspecto de bestia repugnante, y como un tallo que se dobla, se hunde irreparablemente en tus aguas negras (165).

Nótese además el acercamiento que produce el escritor al dirigirse directamente al  objeto del que habla, en realidad se percibe a veces como si fuera el mismo río quien estuviera hablando. El narrador omnisciente ha de servirse constantemente de este tipo de recursos, ya se notará el cambio de tiempo o el soliloquio en que analiza los trastornos psicológicos de Gabriel o la evolución en el carácter de Clara.

Decíamos entonces, que aquél río funge como un símbolo de la Locura, de la que Gabriel es una más de sus víctimas. El narrador omnisciente da la pauta para entender que el personaje desconoce su estado, se habla de sus padecimientos desde un lugar alejado, y se le mira absorto, en una lucha perpetúa y tortuosa, pero sin una conciencia plena de lo que le está pasando. Es de notar por otro lado, que el personaje no pide ayuda en momento alguno, se deja arrastrar simplemente por el embrujo de aquél río:

Y Gabriel Moreno era una de tus víctimas, impávido Inquisidor. Al pasar por tu orilla mil veces sufrió el maleficio de tus miasmas y se sentó en la arena, con la mirada fija en tu superficie inmóvil.

Pero se sublevaba contra ti y te vencía; llamaba en su auxilio a su aspiración y a su fe, a cuanto había en él de orgullo y de fuerza generosa, y salía de tus infernales dominios donde lo confinaba su fragilidad orgánica, reconfortado, reuniendo fuerzas, acumulando energías y bendiciendo a la vida que es un talismán precioso, un don del cielo que trae la felicidad (165).

Se presenta luego, la descripción detallada de una serie de rasgos de la patología, Gabriel es un ser exigente en demasía consigo mismo: “Armado de su juventud, y fiado en las energías y la virtud de la sangre, dedicábase a excitar y acrecentar sus fuerzas, desdeñando en su pensamiento el triunfo fácil y la nimia satisfacción por goces más elevados y duraderos”; perfeccionista, que además tiende a aislarse del mundo, dedicándose únicamente a observar y desmenuzar a quienes le rodean:

[…] habíase hecho huraño, y dedicándose a analizar el carácter de los que lo rodeaban; sintiendo una satisfacción acre, saboreando algo así como un cruel absintio cada vez que encontraba su observación en el fondo del espíritu sujeto a estudio, y a través del agua más o menos clara de educación y sociedad, el mismo asiento de rencor, el mismo poso de interés y de egoísmo (166).

Sensible a las artes y propenso al aislamiento, presenta además  una fijación que puede ser por la fe que ha perdido, por el sexo, o por ambos. La fe  (fe en Dios y en la institución católica) en realidad no se menciona demasiado en la primera secuencia, lo tratamos por ende más adelante; en cambio aparece el “Deseo” como el enemigo perpetuo contra quien lucha Gabriel:

Y en el desierto ardoroso y desolado de su vida, que una tenaz juventud calcinaba con sus rayos hirientes, era martirizado con un tormento más: debajo de las arenas caldeadas por tanto sol, debatíase incansable, eterno, forcejeando como un poseído el terrible deseo; haciendo temblar su cuerpo como a la tierra un terremoto, ardiendo interiormente como un infierno de lava encandecida; retorciéndose en el fondo de su ser como un león enjaulado y con rabia; unas veces adormecido, sofocado otras, pero nunca muerto; haciendo notar su presencia cuando era olvidado, con zarpazos desgarradores, siempre alerta siempre perturbador (167).

La fijación a su vez, se manifiesta en “un hervidero de pesadillas sensuales”, Gabriel se castiga por ello, genera culpa. No ve natural al deseo, por el contrario se le presenta como un terrible monstruo al que hay que vencer, lo engrandece al obsesionarse con él; esto deriva en ansiedad y agotamiento mental: “Mas aquella lujuria era sólo cerebral: en la prueba sucumbía su pobre cuerpo; como una zarza en el fuego retorcíase su débil carne en el espasmo; y después qué fatiga, cuánta laxitud, como si sus nervios se hubiesen reventado” (168).

En resumen, se presenta en la primera secuencia a un personaje con una serie de indicios que proporcionan una descripción detallada de su patología. En su soledad, Gabriel libra una lucha constante contra su propia naturaleza, se niega él mismo, y nada parece intervenir ni en pro ni en contra en el desarrollo de su locura. Las acciones como se ve, no ocurren en primer plano sino en la mente del personaje; es decir, son psicológicas.

La segunda secuencia comprende del capítulo cuarto al séptimo, aquí las acciones pasarán al primer plano, Gabriel comenzará a frecuentar la casa de la familia Medrano compuesta por mujeres solas: la abuela, venerable anciana de carácter conservador  aunque indulgente, y tres nietas, muy diferentes entre sí. Clara la mayor ha de desembocar las acciones venideras; con un carácter “grave y reposado” y, al igual que Gabriel, “encerrada en un mundo aparte”, pero debido su obsesiva religiosidad,  se convertirá en una nueva obsesión de Gabriel; ha de pretender la “modelación” de la joven, procurando por su natural retraimiento y religiosidad, convertirla en una santa y, mediante este acto, purificarse él mismo.

La elección de Gabriel —¿por qué Clara y no las otras?— va a refrendar como rasgo neurótico su autoexigencia y la predilección por los retos más complicados. Así mientras las otras hermanas se muestran más dispuestas a entablar amistad con él, se desviven hasta cierto punto por complacerle y son más dadas a la charla amena, Clara permanece absorta en su propio mundo:

Cuando lo pedía se levantaba Julia e hiriendo el gastado marfil del piano, suspiraba querellosas canciones; y Genoveva lo idolatraba por los bombones que nunca dejaba de llevar.

Clara, siempre recogida en sí misma, sólo hablaba para responder; permanecía apartada de todos en un ángulo, con los ojos bajos, iluminado su rostro por una sonrisa inefable, absorta en no sé qué sueño interior (169).

Nótense también los rasgos patológicos de Clara, siendo el objeto del deseo elegido por Gabriel, se presenta ante él como un verdadero reto y, sin embargo, es al mismo tiempo la más vulnerable de las hermanas. En este punto el narrador afirma un enamoramiento por parte de Gabriel, sin dilucidar que el sentimiento del personaje es solamente una manifestación más de su enfermedad, que es, por otra parte, sumamente deducible:

Atraíalo Clara con fuerza irresistible, acaso por su inocencia que la defendía como un escudo; tal vez también por la dificultad, pasó por el pensamiento de Gabriel la idea de aquél amor, primero por puro exotismo, trocóse en seguida en peligroso juego, y al fin convirtióse en verdadero amor, con todos sus tormentos y todas sus delicias (169).

Gabriel emprende así, la tarea de conquistar a Clara. Ella por su parte no parece ceder, a lo que el protagonista se desespera: “[…] Interesado en aquella lucha, exasperóse viendo retroceder el triunfo; irritóse de que el juego no pasara de allí, y de que Clara, reconcentrada en sí misma, no hubiese cambiado […]” (170). Da un giro entonces a su táctica, decide de este modo, que no ha de conquistar a la virgen “pura y casta” con las palabras “vanas y triviales” con las que conquistaba a otras mujeres.

Comienza entonces la faceta en que el narrador describe los recursos de Gabriel, éste se desvive por moldear a Clara, “Pero habría de ser amañadamente, sin advertirlo ella; y para esta labor, Gabriel acudió a toda su paciencia, derrochó todo su análisis, y poco a poco desarrolló ante los ojos de su amada místicos horizontes, misteriosos como vagos jardines […]” (171). La literatura mística juega aquí un importante papel, el protagonista por lo tanto es versado, culto, y utiliza estas herramientas para doblegar a la joven. El narrador describe cómo Gabriel relata a Clara la relación de Santa Clara con San Francisco de Asís, sugiere al mismo tiempo una atracción sensual entre los santos, un enamoramiento que insita a la joven a imitar a la Santa para que a su vez, se enamore ella de su preceptor.

Le obsequió Las Moradas de Santa Teresa, la poesía de Fray Manuel de Navarrete y de Sor Juana; la sedujo con la descripción de sueños y visiones en las que Clara aparecía como una santa: “En otra ocasión le dijo después de interesarla con silencios y reticencias, que la había soñado con el hábito y el velo de las monjas, abrazando los pies del Salvador […]” (171), con insinuaciones sensuales que mezclaban el deseo carnal y la mística, el éxtasis de los santos. Al mismo tiempo Gabriel liga mañosamente la belleza de las religiosas con la de Clara, las hace así objetos de deseo y por ende también a la joven.

El narrador refiere de Clara: “Y la lectura producía sus frutos: porque en efecto, ninguna seducción, ningún tóxico, son tan eficaces como ella; ella sólo habla directamente al espíritu y lo seduce mañosamente y a solas […]” (173). Describe a su vez a Clara desde la percepción de Gabriel, es decir, la manera en que la joven aparece ante el protagonista:

Clara, brillante con su traje blanco, más pura que la virgen a quien imploraban, con sus cabellos rubios como gavilla de trigo, con su frente alba como harina inmaculada, oraba ardorosamente, y transfigurada por su fe, resplandecía […],  descollada ante sus hermanas, y creciendo, creciendo insensiblemente, eclipsaba con su luz y su belleza a la misma Madona vestida con el sol (174).

Luego, paralelamente a la clara idealización de Gabriel, comienza a librarse en él una lucha interna en que se baten la seductora inocencia de Clara con la religiosidad de la misma, religiosidad que Gabriel se ha propuesto fomentar a la vez que se resarce él mismo; sin embargo, otros sucesos deparará su Locura. El escritor, usa para tal efecto, ciertas formas en representación de la lucha interna; alterna el rosario que la misma Clara está rezando con la visión seráfica y seductora de la joven, esta acción hace el efecto de desviar constantemente la atención del lector, que va de una visión, de un concepto a otro alternativamente.

DOMUS AUREA.

Con el fervor, las mejillas de Clara se teñían de un tinte extraño, se encendían, y sobre el mate del rostro resaltaban como dos flores sobrenaturales, en el centro color de rosa, y pálidas en las extremidades de los pétalos; y enloquecido por aquella visión seráfica de sus ojos, Gabriel suspiraba:

ROSA MÍSTICA.

El cuello de Clara erguíase recto, redondo, impecable, como el tallo inflexible de un girasol místico vuelto hacía la fe; del color del marfil; rodeado tres veces por el collar de perlas; como en el cuello de la Sulamita comparado a la torre donde están colgados mil escudos: todos escudos de valientes:

TURRIS EBÚRNEA.

[ . . . ] (174).

La tercera y última secuencia va del octavo capítulo al décimo quinto; en ella tendrán lugar casi todas las acciones que conducirán al desenlace. Aquí ha de generarse la verdadera lucha interna de Gabriel con su enemigo; es decir el Deseo. Comienza la faceta al narrarse las desviaciones del ideal del personaje: “[…] sentíase removido por apetitos  extraños que en el misterio de la inconciencia  habían germinado calladamente, para manifestarse algún día, únicos y arrolladores” (175). Gabriel piensa que la misión del ser humano en tanto ser racional, es ocultar su propia naturaleza salvaje; sin embargo de antemano esa lucha está perdida: “[…] pues por disimulada que esté esa hez de salvajismo, a la primera ocasión burlará la vigilancia de la voluntad, y saltará de las últimas capas para imperar como único dueño y dominar como dominó al primero de los hombres” (176). Aquí está dictada de antemano la derrota de Gabriel, tarde o temprano sucumbirá dominado “como el primero de los hombres”.

Gabriel comienza a manifestar  una especie de remordimiento; así el narrador dicta: “En ocasiones alejábase  punzado por un remordimiento; creyendo que hacía mal exaltando así el espíritu de aquella niña; jugando con su corazón absolutamente inerme y confiado” (176). En lucha constante, Gabriel se aleja de la familia en temporadas en que “[…] vuelve a sus antiguas costumbres; a ver pasar la existencia inútil; a mirar deslizarse el río negro y perezoso, como en sus periodos de decaimiento; o a entregarse furiosamente al placer para divagar su espíritu […]” (176), creyéndose curado vuelve al fin donde la familia, acechando de nueva cuenta al objeto de su deseo.

En la narración se prepara el escenario —Gabriel lo prepara inconscientemente— para llevar a cabo la gran profanación; así se narra con relación al recinto de la joven:

Por obsequios de Gabriel, su alcoba parecía una capillita: el lecho levantábase en medio, blanco y albeante; y sobre él, en la cabecera, puestos por su misma mano un acetre y un rosario; y en los muros, tapizados de rosa y oro, cuadros de Santa Teresa, de la Virgen de Guadalupe, de Santa Clara y un San Sebastián, adolescente, hermoso y desnudo, martirizado por las flechas (177).

Al mismo tiempo que Gabriel prepara el recinto para el desenlace trágico, el narrador lo pinta, preparando al lector, disponiéndolo, indiciándolo para la conclusión de la trama.

Retomaremos en este punto la posible fijación de Gabriel por la pérdida de su fe, pues en adelante el personaje se referirá con frecuencia al derrumbamiento de la iglesia como lugar físico sagrado; ello, creemos, es un símbolo de la corrupción de la fe en la sociedad; así, encontramos pasajes como: “Aquél templo, hoy tan abandonado y profanado, había sido en otro tiempo un jardín místico que respiraba arte y recogimiento, y también un claustro dentro de cuyos macizos y pesados muros resplandecían en la sombra flores exquisitas de hermosura y de castidad” (177). Con esto el narrador da a entender que Gabriel recuerda, imagina otros tiempos en que existía el verdadero misticismo que ya no existe más. Refiere enseguida la historia de Sor Isabel de San Diego, que en la Edad Media mexicana se ordenara religiosa mediante una especie de milagro acontecido en el convento de la iglesia de Santa Clara. Luego, el derrumbe del recinto: “Hoy ya no existe en convento […]; lo que antes era claustro había sido convertido en casas de vecindad y las monjas expulsadas de sus celdas; la capilla trocada en lugar de comercio; los muros de la iglesia pintorreados al exterior con anuncios de casas mercantiles; nada de lo que fue antes” (179).

Gabriel niega constantemente la existencia de una mística verdadera en el tiempo en que transcurre la novela; niega por lo tanto, la santidad de Clara y niega lo que ha emprendido. Se lamenta con la misma frecuencia de los tiempos que han pasado y no volverán, de la corrupción de la fe y la destrucción de los recintos sagrados; por ello nuestra hipótesis de una fijación con motivos religiosos.

Establece el escritor en la concepción de Gabriel, la trinidad de Arte-Religiosidad-Natura; se desborda entonces en una pletórica descripción arquitectónica de los templos del Centro de la Ciudad de México: Catedral, la iglesia de San Felipe y el Sagrario serán el objeto de su éxtasis descriptivo. Luego, volviéndose a Clara que ahora vestirá el habito de la Damianita por sugestión de Gabriel, querrá obsequiarla ahora con la natura en forma de flores: “[…] por todas partes los ojillos tristes y desteñidos de los nomeolvides; los pálidos racimos de los plúmbagos, los apiñados heliotropos enamorados del sol, y las violetas y los jacintos y las campánulas; y alternando con este matiz las frentes inmaculadas de las gardenias, las estrellas de plata de las margaritas, los cascabeles de perfume de los jazmines [ . . . ]” (182).

Del mismo modo como la recamara de Clara quedará convertida en una capilla sagrada, la joven en la mente del enfermo, ha de presentarse como una divinidad, un símbolo de la fe misma:

Y él había hecho más que los poetas y los escultores; porque había labrado un alma en cuya belleza, obra suya, había de recrearse después, y cuya perfección debía ser su recompensa; aquella alma sumisa y benévola, dócil como una arcilla, él la había amasado durante mucho tiempo; y con su emisión artística y su bondad, había modelado una copa hermosísima, VAS ESPIRITUALE, esbelta, de bordes cristalinos, donde había vertido su ideal de amor; y ahora, con el cáliz precioso en la mano, e inclinado sobre el milagroso elixir, bebía, bebía inefablemente, embriagándose con el jugo inmortal, con la esencia mística de sus dos ánimas venturosas (183-184).

Gabriel ha moldeado, ha conquistado a su presa: “Amaba Clara sumisa y abandonada, entregada absolutamente a Gabriel, en quien veía un ser superior, como si fuera favorecida por una gracia celestial […]” (184). El triunfo de Gabriel, que cree estar curado del Deseo, es bastante parcial, pues a pesar de que “[…] había realizado su ideal supremo de acallar primero y matar luego sus instintos […]” (185), asoma el indicio que anuncia la fatalidad próxima: “[…]  y el Deseo, la engañosa serpiente del Paraíso, no asomaba aún su cabeza por entre las frondas del jardín, para tentar la curiosidad de aquella Eva candorosa” (185).

El Deseo no tarda demasiado en aparecer, en forma de pesadillas nocturnas: aparece Clara incitante, como si en el inconsciente de Gabriel no fuese una santa sino una descarada, una invitación al pecado. Particularmente, el narrador recurre al cambio de tiempo para relatar el sueño; antes narraba en pretérito, pero la pesadilla más vívida, buscando impactar igual al lector que al personaje, aparece en presente, anunciando, vaticinando la derrota próxima ante el enemigo. Gabriel por primera vez vislumbra, sugiere que puede estar enterado de su patología, pues se cuestiona con respecto a su pesadilla nocturna, en voz del narrador: ¿Cuál habrá sido su causa? El despertar de la carne, el retorno a los periodos de sensualidad, la exteriorización de sensaciones recibidas en la inconciencia y no registradas en la vigilia […]” (187), nótese además el lenguaje científico propio del psicoanálisis.

Finalmente, después de muchos días de lucha interna, llega la fatal mañana en que Gabriel visita la casa de las Medrano, halla a Clara sola regando las flores; los deseos reprimidos por tanto tiempo vienen a desembocar en una explosión de sinrazón que tendrá por consecuencia una infame violación. Gabriel, no obstante, no sólo profanará a la joven virgen, sino además corromperá el vaso sagrado —el símbolo de la fe— que representa Clara, antes del acto cruza por su mente: “¡Qué delicia! ¡qué filtro tan embriagante el del sacrilegio! Poseer a aquella virgen pura como una hostia en aquél recinto, silencioso y solitario como un templo!” (188). Nótese además que se prueba nuestra hipótesis: el lugar ha sido cuidadosamente preparado para la profanación. El enemigo al fin triunfa sobre el protagonista; dejando al paso del desastre las secuelas de la culpa: “[…] y él se dio horror a sí mismo, se llenó de vergüenza como si fuera un ladrón, se consideró el más malvado y el más sacrílego, se hizo como un inmenso vacío en su alma, y sin darse cuenta de lo que hacía, atontado y vacilante salió del templo profanado, y como un ebrio bajo por la escalera tambaleante” (189).

Usando en este punto la metodología de Marta Portal[ii] tenemos a Gabriel como el destinador, la violación o profanación como el objeto; Clara es el destinatario, el inconsciente de Gabriel funge como ayudante y el conciente como oponente; así el plan que traza Gabriel a nivel conciente, es solamente una cortina que cubre sus verdaderas intenciones fraguadas ya a nivel inconsciente. Clara a su vez, es el sujeto-destinatario perfecto debido a que, igual que Gabriel, presenta claras muestras de una patología mental avanzada y parecida en cierto modo a la de su verdugo. Luego a nivel semiótico, Clara funciona en cierto grado como un símbolo de la fe que ha sido profanada por los hombres, Gabriel con su acto no hace más que refrendar su teoría, profanando también a Dios por medio de clara, su vaso sagrado. Obviamente en el ámbito del consciente, estos pensamientos son reprimidos y reprobados, por ello, el protagonista dejándose llevar al final por sus instintos y pulsiones más profundas, ha de sucumbir nuevamente  a la venía del consciente, reprobando en el momento inmediato, el acto recién cometido.

No es nuestra tarea ni tenemos los elementos para diagnosticar a Gabriel, no obstante se trata de un personaje con una patología que avanza lentamente hasta la perdición y el crimen, en cuya mente, por obra de pulsiones reprimidas, se gesta una distorsión de la realidad; dotando a un ser humano, Clara, de cualidades místicas que inconscientemente reprueba; la novela por lo tanto, describe muy bien el desarrollo de una patología mental, de una locura perenne, y de su fatal desenlace.

***

OBRAS CONSULTADAS

Barthes, Roland. “Introducción al análisis estructural de los relatos”. Metodología de la crítica literaria. México: UNAM-SUA, 2008.

– – -. La estructura de la novela. ”. Metodología de la crítica literaria. México: UNAM-SUA, 2008.

Boves Naves, María del Carmen. “Unidad semántica del poema”.Metodología de la crítica literaria. México: UNAM-SUA, 2008.

“El enemigo”. Efrén Rebolledo. Obras reunidas. México: Océano-FOECAH, 2004.

Portal, Marta. “Metodología, modelos de análisis”. Metodología de la crítica literaria. México: UNAM-SUA, 2008.

– – -. “Nos han dado la tierra”. Metodología de la crítica literaria. México: UNAM-SUA, 2008.

Viñas Piquer, David. “Semiótica literaria”, “Teorías psicoanalíticas”. Historia de la crítica literaria. 2ª Ed. Col. Literatura crítica. Barcelona: Ariel, 2007.

***

NOTAS

[i] Roland Barthes. Introducción al análisis estructural de los relatos.

[ii] Marta Portal. Metodología, modelos de análisis.

(Visited 85 times, 2 visits today)



Deja un comentario

#FuerzaMexico #19S

Síguenos en Facebook

Síguenos en Instagram