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08 octubre
2018
Cuento Literatura Narrativa
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DIRCE AMARRADA A UN TORO

Por Eleuterio Buenrostro

Dijo llamarse Dirce, y el pintor sonrió ante la coincidencia, era el mismo nombre de la sacerdotisa que delineaba sobre el lienzo. El cuadro le daba la espalda y era imposible que ella advirtiera la intención de su trazo y de haberlo visto, de cualquier forma, no hubiera entendido la relación que las hermanaba. Después de una breve presentación, pidió un cuarto en renta y fue conducida al mejor cuidado. De camino, a la habitación, se le puso al tanto de los horarios de cocina abierta. No se presentó a cenar, esa noche, y por recato, el artista, no quiso molestarla. Al siguiente día bajó vigorosa, directo al comedor, y escogió la mesa que daba frente a la pared que exponía la colección de pinturas del entonces desconocido, Eugenio Rosso.

A partir de su llegada, el pintor inició arreglos que revivieron a la anticuada estructura. Hacía tiempo que la hacienda dejara de solicitarse para alojamiento. Con gente desertando, debido a la crisis de carbón, ya nadie procuraba al pueblo de bríos apagados. Los viajantes surcaban, ahora, las rutas alternas y los viejos caminos permanecían para quien quisiera escapar del sitio. La hermosa Dirce, a pesar de ello, parecía refugiarse en su acabamiento. No sonreía, pero se mantenía amable ante el casero. Bajaba a comer diariamente, y regresaba a su cuarto, sin quejarse de la monotonía.

A la llegada del invierno, la casa se mantuvo cálida debido a una chimenea alimentada por la recolecta de leña en otoño. El pintor se adueñaba  del espacio, con total libertad, ya que la inquilina no daba muestras de vida al momento de mantenerse en inspiración.

Una noche de lluvia las luces apagaron y el pintor, inmerso en su estado, encendió velas en toda la sala que usaba como estudio. Por el corredor de los huéspedes se escuchó el pisar descalzo de Dirce, desesperada ante la ausencia de luz.

—Si hay algo que no soporto es la opacidad —dijo, saliendo de su recato al irrumpir.

El pintor aguardó un instante, pensando qué responder.

—Tengo velas en la cocina, por si ocupas llevarlas a tu cuarto —inició dubitativo—, pero es seguro que la tormenta pasará pronto y todo volverá a la normalidad.

La mujer volvió al silencio, decidida a permanecer a su lado en tanto la luz no regresara, manteniendo el sobresalto, en su rostro, en cada ruido proveniente del exterior.

Admirado ante la belleza natural que poseía, el pintor trazó su semblante en un nuevo lienzo, sin que ella lo advirtiera, figurando la seriedad y exaltando la bravura asentada en su rostro. A los minutos volvió la luz y la chica regresó a su habitación. El pintor permaneció con la pulsión de su hechizo en mano, el suficiente para verterlo al lienzo y lograr el cuadro pretendido.

*

Decidido a darle una sorpresa, Eugenio Rosso dispuso la obra en la pared de las pinturas. La mujer mantuvo la vista fija en el cuadro, el tiempo que estuvo desayunando, sin decir nada. Fue abordada por el pintor, al intentar volver a su alcoba, para que le diera su opinión.

—Me parece un mal cuadro —respondió, indistinta de ser ella quien posaba—. Yo sé de eso, créeme —afirmó.

—¿Cómo debe juzgarse una obra, en bueno o malo? —preguntó.

—La pintura es de una visión distinta. Quien se someta a ella no debe pintar lo que quiera, debe ser llamado por su esencia —aseguró mirándolo a los ojos.

—¿Tú querías ser pintada de un modo diferente? ¿A eso te refieres?

—¡Ese cuadro no soy yo! —respondió sorprendida—. Podrías haberme utilizado para llamar al arte, y hacer algo mejor que eso. Me ha sucedido, ya te dije que sé de lo que hablo. Yo escapé de una obra de un pintor famoso, y desde entonces escucho lo que mis hermanas dicen y esta, y todas las demás —dijo apuntando al acumulado en la pared—, no me dicen nada —afirmó y volvió sus ojos al pintor, externando enajenación.

La joven permaneció en su sitio, esperando a que se rindiera.

—Enséñame a escucharlas —pidió el buen hombre, sin mediar en la demencia.

La chica lo observó a uno y otro ojo, pensativamente.

—¿Para qué quieres escuchar lo que dicen, si no atenderás su pedido? —preguntó, luego abandonó el comedor sin agregar más.

*

Al inicio de la primavera Dirce acompañó a Eugenio Rosso al mercado negro del puerto cercano. El puerto de Filippo padecía de bipolaridad. Se reconocía por viejos vicios en época de abundancia y de serenidad en los de veda. El pintor se había acostumbrado a no ejercer presión emocional sobre Dirce, quien respondía con reproche ante cualquier emotividad del artista. Al caer la tarde, Dirce saco una linterna de la que se sujetaba como loca para combatir a la oscuridad. Caminaba por el corredor que delimitaba el acceso a la costera, a unos metros de donde Eugenio hacía las compras. El color del mar, confundido con el cielo y el horizonte sin nubes, daba un toque de ensoñación a la serenidad sobre el agua. Los lugareños paseaban, sin mediar en el esplendor que los rodeaba, acostumbrados a vivir inmersos. Eugenio Rosso cargaba una canasta cuando vio a la hermosa caminando en el mirador, alumbrando sus pasos, y poseída por el instante. Estaba enamorado de ella, pero no lo externaba por temor al rechazo. Esa misma noche, de regreso a la hacienda, pintó de manera sencilla la escena de la mujer con lámpara a orillas del mar, y la colocó frente a la pared desnuda, donde antes colgaban sus cuadros, y aguardó en la espera del juicio de la inquilina.

*

Cuando Dirce observó el cuadro sus pupilas se dilataron, su pecho agitó y con ojos desorbitados se arrojó con fiereza sobre Eugenio Rosso. Los platos cayeron al suelo mientras unían sus cuerpos, tornando a sentirse en plenitud sobre la mesa, y a envolverse en la consumición. Todo estuvo permitido en ese instante y a Rosso le fue dada la infusión que le permitió obtener las caricias, de la hermosa, con la creación de cuadros que lo llamaban desde sus mundos. Pasaron, sin sentirlo, de primavera a verano entreverados en colores, en el amarillo de sus manos que barrían las curvas de Dirce y el blanco de los besos en la cara del artista, de los labios antes pintados con dedos trémulos de deseo, hasta terminar en cualquier parte, de la hacienda, la que les permitiera manifestarse en el pigmento de la pasión. Inducidos eran, hasta el culminar, para regresar después a sus respectivos cuartos, el lugar sagrado a respetarse, donde en pundonor se bañaban solitarios, para seguir experimentando, al siguiente día, en la infusa teoría del color, siempre y cuando se cumpliera que el artista rescatara una obra del registro akásico, la que Dirce susurraba en sus quejidos, a modo subliminal, sobre el inconsciente del artista, y que él confundiera como inspiración.

*

Se presagiaba un invierno frío, como nunca, y cuando el otoño regresó, Eugenio Rosso anticipó los víveres para permanecer en la hacienda. El pintor le había insinuado a Dirce vencer al frío permaneciendo juntos por las noches, pero ella le hizo saber que no le temía al frío, sino a la oscuridad y que en la privacidad de cada quien, ella dormía con las luces encendidas y él en la oscuridad necesaria para ser ayudado, entre sueños, por los causantes del inconsciente, a sustraer imágenes al mundo de lo cotidiano.

—Me gusta la circularidad de tu mundo, aunque yo proceda de un mundo cuadrado, pero no como para vivir en él        —dijo ella, dando por terminada la discusión.

*

Una noche de insomnio, en el que el frío era mayor, Eugenio Rosso se escabulló hasta el dormitorio de Dirce, sin mediar en las consecuencias. La mujer sonreía dormida. La energía que externaba, en estado de sueño, donde sí era feliz, era mayor a la que el pintor hubiera advertido. Sobrepasando los límites, disminuyó las luces en el cuarto, abrió campo entre frazadas y se inmiscuyó en el espacio que le pertenecía a la mujer.

—Sí te amo —afirmó Dirce, al sentirlo en un abrazo—, pero no quería que rompiéramos el encanto. Estás a tiempo de salir de la cama, antes que descubras que la cuadratura del círculo es imposible —agregó sin abrir los ojos; el pintor hizo caso omiso.

A la mañana siguiente, cuando el sol tocaba el horizonte, Dirce se levantó de la cama, se guio de prisa hasta la cocina, preparó el desayuno, y esperó a que el artista bajara. La escena le recordaba la monotonía de la que había salido con anterioridad. Permaneció emocionada, sin embargo, por instancias del amor, sin saber cuánto duraría, esta vez, el resplandor del encuadramiento al que había sido nuevamente confinada.

Final de Dirce amarrada a un toro.

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