VEN A MÍ

por Lord Crawen

PROPAGANDO LETRAS EN PANDEMIA

“Prueba mi boca mientras la desesperación se apodera”.

Love will tear us apart – Joy Division

El silencio fuera se rompió con el primer toque de bocina.

Aquel día tiene muchos motes, pero todos prorrumpen cualquier sobrenombre que pueda dársele al pronunciar la palabra desaparecidos o cualquier sinónimo.

Quienes nos quedamos, decidimos enclaustrarnos en nuestros hogares. Ninguna información coincide; y es que, con el pasar de los tiempos, hay menos personas, mucha menor información. En el ya mencionado día, mi familia salió por la puerta de mi apartamento, descendió las escaleras, salió del edificio… y de ellos no supe más.

Silencio. Algunos gritos en las calles los primeros días, aislados. Ningún estallido de artefactos de guerra o declaraciones. La señal de radio y televisión dejó de emitir cualquier información, dando paso a la introspectiva estática en todos los canales y señales. Portal a portal, los servicios de internet dejaron de emitir información.

Excepto, la electricidad y la red “keep”. Desconozco completamente su forma de operar, pero mantiene comunicados a quienes, encerrados en nuestro hogar, van en busca de información o mantener la estabilidad de las relaciones humanas en pie.

Fotografías de desaparecidos inundaban la mayoría de las notificaciones en la red. Mensajes de aliento, rescate, auxilio y, en algunos casos, de despedida. Hubo quienes no tenían provisiones para continuar viviendo, muriendo de hambre; los necesitados de compañía se silenciaron al ver que no habría nadie más ocupando un espacio cercano a ellos; otros más filmando su día a día hasta quedarse sin energía alguna sobre el suelo, en el último suspiro.

En mi caso, raciono provisiones. Temo por salir, aunque nunca he escuchado nada extraño fuera. Cualquier teoría conspirativa del gobierno, las naciones, historietas, novelas o filmes estaba exenta. Lo ocurrido aquí no se parece en nada a los escenarios previstos; la situación, insostenible y real, terminó por recordarnos que nunca estuvimos listos para un giro en nuestras vidas futuras. Nos extinguiremos al final del día.

André es un joven programador de 17 años, he seguido sus notificaciones porque contienen información importante y uno que otro recuerdo del mundo “normal”. Indica que ha tratado de ingresar al código de “keep”, pero no cuenta con las herramientas para hacerlo. Habilitó una forma de contacto personalizado en la red, la cual jamás fue inhabilitada. El chico publicaba en la red actualizaciones de su día a día en las labores sobre “keep”, muchas de ellas infructíferas y con actualizaciones bloqueadas; lo que llevó a más gente a creer en una teoría de desaparición mundial.

Mantuve una amistad con el chico en los últimos días, luego de filtrar la información sobre el abastecimiento a quienes continuábamos con vida. Camiones blindados llegarían a ciertas ubicaciones cada tercer día para entregar agua y algunos víveres, a fin de apoyar a la población. Al menos en mi edificio, nadie queda. Durante la noche, concentro mis oídos para cualquier ruido cercano, pero me he cansado de tal concentración que he dejado de hacerlo, por lo que creo, dichos transportes no vendrán hasta mi hogar.

El segundo toque de bocina me da esperanza.

Un camión blindado llegó hasta la puerta de mi edificio. Una voz en el megáfono dijo: “bajen hasta la puerta de sus edificios, cubran sus rostros y hablen. De no cumplir con estos requisitos, esta zona será destinada al olvido”.

Ni siquiera la tomarían como cuarentena. Con ambas manos cubrí mi rostro y bajé las escaleras hasta la puerta de entrada. Grité dando las buenas tardes, no se me ocurrió otra cosa. El personal dentro del transporte a través del megáfono indicó si no tenía alguna máscara contra gases o algo parecido, a lo que respondí que no. Me pidieron continuar cubriéndome el rostro, darme la vuelta, no salir por la puerta del edificio y me entregarían una caja con víveres y una máscara.

Así fue.

Volverían en tres días.

Las conversaciones personalizadas con André se extendieron por las noches. Urdía un plan entre todo lo investigado, pero no lo comentaba tan fácilmente hasta no tener detalles. Fuera de las preguntas asiduas sobre la situación mundial, había en él la esperanza de conocer alguna chica de su edad. Para él sería difícil conocer a alguien en estos momentos.

Racioné los alimentos durante los siguientes tres días, fue difícil porque el camión no volvió hasta el cuarto día para realizar la misma operación.

Pregunté a André sobre avances del suceso y seguíamos sin comprender nada, sólo que cada día había menos población en la zona y tal vez, en el mundo. Imaginaba en instantes el paradero de mi familia y los más oscuros pensamientos se arremolinaban en las ideas, continuando en pesadillas, volviéndose insomnio y en pláticas con André sobre todos estos miedos. Él respondía siempre lo mismo: “nunca dejes de hablar aunque estés solo, escucha tu voz, eso es importante para seguir adelante”.

El mensaje no tenía sentido alguno.

El tercer toque de bocina se alargó más de la cuenta.

Ansiedad, insomnio, hambre y locura; me vi tentado a terminar con mi vida para encontrar a mi familia en el otro lado. Un mensaje de André me detuvo.

—Viejo, aguanta. Hay un camión estacionado fuera de casa. En días, nadie lo ha reclamado. Espero que funcione y poder moverlo hasta tu posición actual, dime dónde vives, iré por ti. No puedo seguir solo las investigaciones, no puedo seguir solo donde vivo, no puedo seguir solo porque… porque no puedo… Voy a intentarlo.

Dejé todo pensamiento negativo y envié mis datos. Tardó un tiempo en responder. Hasta que un nuevo mensaje me dio la esperanza necesaria.

—El camión funciona. No sé manejar muy bien pero eso creo no importa ya en estos momentos. Iré por ti hasta donde estás. Si no llego en siete días, busca otras opciones. No pierdas la esperanza viejo, tu familia está en algún lado, no vayas a tomar una decisión incorrecta…

¿Qué podría aportar un hombre como yo?

Volví atrás, al día del suceso. El desempleo y las deudas recortaron nuestra calidad de vida, a tal grado, que mi esposa e hijos decidieron ese mismo día salir de casa e ir a donde una amiga, en busca de una nueva vida, de volver a empezar. Nadie me extendió otra oportunidad, sólo silencio y la sombra de algo inexplicable que raptaba seres humanos en el espacio donde creímos era seguro.

Los siete días se fueron lentos hasta escuchar el tercer largo toque de bocina. Tomé algunos víveres y ligeras pertenencias que puse dentro de una mochila. Salí del departamento donde alguna vez hubo un propósito para seguir viviendo. La pesada puerta del camión se abrió y tratar de cerrarla fue igualmente complicado.

—Vaya que eres viejo.

Sonreí a André. Sin más contratiempos, enfiló por los caminos donde alguna vez transitaron amigos y vecinos.

Conversamos de todo. Me lo pidió como un favor, para romper el hielo y mantenernos a salvo. Al terminar de conversar sobre nimiedades, me dijo que iríamos por una segunda persona, una chica llamada Claudine, a quien conocía de la escuela. Encontró una forma de entrar a unos departamentos de lujo donde solía vivir su tío y ahí ha permanecido desde el día del suceso. Lo ha invitado a formar parte de su vida, junto conmigo, pero André está cansado de estar encerrado, busca respuestas en el espacio terrestre, con nosotros a su lado. Continuamos avanzando por días. La gasolina no era un problema, el transporte constaba de dos tanques. Se terminaría en algún punto y no sabríamos si llegaríamos a tiempo donde Claudine. La incertidumbre se extendía con las salidas del sol.

Llegamos al lugar, con el segundo depósito a tres cuartos y la marcha forzada del camión. Por un momento volví a los tiempos en que las energías renovables eran una opción y nadie las aprobó.

Ahí, al final de la pendiente, se erigían varios edificios, ahora abandonados, del enorme y gran recinto. El lugar estuvo pensado para familias adineradas, con espacios para jamás dejar aquel lugar que contaba con todos y cada uno de los servicios de esparcimiento. Al llegar a la entrada, André hizo sonar tres veces la bocina. Abrió la puerta. La situación alertó mis sentidos, a pesar de estar acostumbrado al silencio. André descendió del camión sin que pudiese detenerlo, lo hizo velozmente y corrió hasta donde Claudine. Era demasiado delgada, pero quién no lo estaría con los actuales consumos de raciones. André gritó: “buenos días”. La chica no respondió. André se detuvo. Algo no iba bien, el chico avanzó forzadamente hacia Claudine. Los observaba desde dentro del camión, sin dejar de ver a los costados en busca de “algo” que saltara desde el espacio ocupado por nosotros.

Claudine lo abrazo. Él se entregó igualmente al abrazo. Con sus manos, la chica acarició su cabello. Era una escena típica de los buenos tiempos, el amor joven. Recordé a mi esposa y una lágrima saltó. Cada recuerdo volvía a su sitio y conservé una leve esperanza de hallarlos con vida.

Claudine tomó a André. Él, de forma romántica, le quitaba la máscara de gas a ella, para llegar hasta sus labios. Pensé que no era tiempo para enamoramientos, así que llevé mi mano hasta el botón de la bocina, el cual se detuvo al instante tras lo ocurrido.

No olvidaré jamás ese sonido. Vino desde dentro, como nuestra voz, pero no era una voz humana, menos un grito humano. El terrible chillido gutural rompió el silencio de la escena romántica y cuando el rostro de Claudine se descubrió de la máscara, desde sus fauces, los tentáculos grisáceos tomaron la nuca de André y lo empujaron hacia ella, devorándolo lentamente. La viscosa escena me aterró y rápidamente jalé la puerta pesada del camión hasta que pude cerrarla. Toqué la bocina varias veces, pero aquel ser devoraba a mi joven amigo ahora, sin esperanza de devolverlo. La marcha dio pie al movimiento del camión y aterrado, dejé atrás la escena.

Varado en algún camino, el camión se ha quedado sin gasolina. Una enorme muralla fue erigida hace algún tiempo. Desconozco el material con que fue hecha y al menos, parte de su propósito. No puedo silenciar los gritos humanos provenientes del otro lado y los terribles sonidos de aquellas criaturas como la que devoró a André. Se repiten día y noche. Ahora tiene sentido el tema de la voz, estas cosas no hablan, no sé de donde vienen o cuál es su propósito. Ante tal situación y con los víveres a punto de llegar al final, no he dejado el volante del camión ni tampoco he salido a explorar la zona. Dejo la puerta del copiloto abierta, esperando algo venga por mí, día o noche…

IMAGEN

Quaremm tenebrus >> Dibujo en tinta >> Calister Castillo.

Jezreel Fuentes Franco (Lord Crawen) nació el 29 de Junio de 1986 en la Ciudad de México. Estudió Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica en el Instituto Politécnico Nacional; desafortunadamente, su pasión por la literatura y la música lo lleva a formar parte del taller de creación literaria impartido por el profesor Julián Castruita Morán y del taller de creación literaria impartido por el profesor Alejandro Arzate Galván. Participante de Concursos Interpolitécnicos de Lectura en Voz Alta, Declamación, Cuento y Poesía. En 2014 fue finalista del Concurso Interpolitécnico de Declamación. Participó en 4 obras de teatro de improvisación, las cuales fueron presentadas en los auditorios de la Escuela Superior de Ingeniería Textil y en el Cecyt 15. Ha realizado ponencias en eventos de “Literatura del horror” en el auditorio del centro cultural Jaime Torres Bodet. Publicó algunos trabajos para el portal electrónico “El nahual errante”. Actualmente, se desempeña como ingeniero de procesos de T.I.


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