TRAYECTORIA DE BOOMERANG – 13

por Liliana Fassi

“Matar no es tan fácil, a pesar de lo mucho que uno lo desee. Estar entre el deseo y el horror, sentir el tironeo… por momentos no sabía cuál iba a ganar la batalla, aunque con cualquier decisión que tomara iba a tener que vivir con eso el resto de mi vida. ¡Justamente yo, que cuando me reciba de médico voy a jurar salvar vidas y no hacer daño en el ejercicio de mi profesión! Pero por suerte alguien se me adelantó. Si supiera quién fue, se lo agradecería personalmente”.

.

Enero de 2023

El Suboficial Fernández pidió ver a la Fiscal Farina.

—Doctora, vengo a denunciar un crimen. Mejor dicho, vengo a confesar un crimen. Yo maté a Roberto Nájera.

La Fiscal empalideció. Cruzó las manos sobre el pecho y negó con la cabeza.

—Suboficial, ¿qué me está diciendo?

Le señaló la silla que tenía frente a ella.

—Esto lo planeé durante años. Fue el objetivo de mi vida.

—¿Usted? ¿Cómo es posible?

—Soy el hijo de Gustavo Fernández.

—Es… no… no puedo creer…

—Desde que era chico me propuse que cuando fuera grande lo iba a matar. Me hice policía justamente para aprender las formas de matar sin dejar rastros, cómo limpiar la escena de un crimen, adónde comprar un arma sin registro, cómo deshacerme de ella… por eso no encontraron nada, ni coincidencias con la bala que le sacaron, ni huellas, nada… Y si yo no confesara ahora, nadie se enteraría jamás de lo que hice.

—Suboficial, no puedo creer esto. ¿Cómo que lo planeaba desde que era niño? Usted fue siempre un policía ejemplar…

—Usted ya sabe todo lo que pasó, ya le contaron que mi padre jugaba al básquet y que el técnico le decía a mi abuelo que era muy bueno y que podía tener un futuro como profesional si se dedicaba con esmero, y Roberto Nájera le rompió la cadera y el sueño se le hizo pedazos. Nos arruinó la vida a todos. Me crie escuchándolo decir lo que podría haber sido su vida… nunca se resignó. Terminó siendo herrero porque era lo que hacía mi abuelo, pero yo sé que siempre se sintió un fracasado.

El Suboficial Fernández apretaba los puños con fuerza y tenía los ojos enrojecidos.

—Pero, Suboficial… me cuesta creer lo que está diciendo…

—Mi padre se enfermó de depresión cuando era joven. Lo atendía un psiquiatra y con la medicación lo sacó adelante, se casó, nací yo, él había empezado a trabajar en la herrería con mi abuelo. Nunca dejó los remedios, todavía ahora los toma. A veces tiene crisis de dolor en la cadera que obligan a ponerle morfina, pasa días sin hablar, sin querer levantarse de la cama, no hace falta que le diga lo que es una persona depresiva. ¿Usted sabe, doctora, lo que es crecer escuchando al padre lamentarse por la vida que no pudo tener? ¿Crecer sintiendo que uno no es suficiente para un padre? ¿Escucharlo llorar algunas noches y decirle a mi madre que si no hubiera sido por ese…? Durante toda mi vida me esforcé por hacer todo lo mejor posible, por ser el mejor alumno en la escuela, tener las mejores notas, ser el mejor en deportes, ser el mejor policía, ser el mejor en todo… quería que alguna vez se alegrara por algo que yo hacía, que me felicitara, hacerlo feliz… en definitiva, para que me dijera que me quería.

La Fiscal recordó las ocasiones en que el Suboficial le había parecido un niño abandonado. Estaba convencida de que no había nada más dañino que no sentirse querido en la infancia.

—¡Claro! Por eso me resultó extraño que hiciera adicionales… pero dijo que había sido un favor…

—Yo le ofrecí al guardia de esa noche reemplazarlo en la fiesta. Estaba tan contento que no me preguntó por qué. Vi que era la oportunidad que esperaba desde hacía años. Sabía además que mi padre no iría a la fiesta, así que no sería sospechoso. Usted no se imagina lo que fue escuchar a ese… no quiero faltarle el respeto a usted con una grosería… decir toda la noche que el “Rengo”, como le decía él, no estaba en la fiesta. Mi padre tiene muy malos recuerdos de aquella época, pero no sé qué le pasó por la cabeza, porque en un momento vi su auto venir por la avenida Este. Se bajó, estuvo un rato ahí y después se subió al auto y se fue. Para mí fue un alivio. Si llegaba a entrar, Nájera no se hubiera ahorrado bromas pesadas como le hizo a varios y yo no me iba a poder contener. Y él se pasó la noche diciendo “¿el Rengo no vino? Me hubiera gustado verlo al Rengo”. Todavía ahora, después de cincuenta años, le seguía poniendo ese apodo. Y así… sobrador, engreído… y jamás dijo: “por culpa mía quedó así”.

—¿Alguien supo de su parentesco con Gustavo Fernández?

—Nadie y yo no tenía intenciones de decirlo. Aparte, mi apellido es de lo más común. A nadie le iba a llamar la atención.

—Es verdad… en ningún momento yo hice la asociación.

—En cambio, si usted dice Nájera, seguro que alguien va a decir: “¡Ah! Yo conocí un Nájera. ¿Será el mismo?”. Claro que en este caso todos lo conocían. Él sí logró lo que quiso y llegó a ser uno de los abogados más renombrados de la ciudad… y mi padre…

—Usted dice que su padre fue hasta las cercanías del salón. ¿Qué hizo él cuando recibió la invitación?

—No la recibió él, alguien la pasó por debajo de la puerta cuando no había nadie. Cuando abrió el sobre fue como si le hubiera caído un rayo encima. Se encerró en su dormitorio… mi madre le pedía que le abriera la puerta y se negó. No volvió a salir hasta el día después, ojeroso, demacrado.

—Si llegó hasta las proximidades del salón, ¿cómo es posible que en las cámaras no se viera su auto?

—Las cámaras de Aramis alcanzan a grabar hasta los arcos de entrada nada más, y él estacionó un poco antes. Se bajó del auto, se quedó parado un momento y después se volvió por donde había venido. Si lo hubieran captado, no sé qué habría pasado. Mi lealtad como hijo me habría llevado a borrar esa parte de la filmación, sé cómo hacerlo, pero mi responsabilidad como policía en el cumplimiento de la ley no me lo habría permitido. Fue un alivio comprobar que no se lo veía en la grabación.

—Suboficial, tantos años… nunca hubiera imaginado tenerlo a usted sentado frente a mí diciéndome esto… tan sólo usted… con un legajo ejemplar… y, sin embargo, siempre sentí que algo se me escapaba. El perfil de la persona que había matado al doctor Nájera coincidía en muchas cosas con usted…

La doctora Farina recordó sus pesadillas: un hombre con dos armas, la reglamentaria y la que usó para cometer el crimen. Su inconsciente le gritaba la respuesta y ella no había escuchado.

—Doctora, ahora confieso por mi padre. Al principio él se alegró de que lo mataran, aunque no dijo nada, por supuesto. Pero después vi que empezó a rumiar, me decía que el asesino estaba en la fiesta, me miraba extraño, casi como se mira a un sospechoso, hasta que me confrontó.

.

—Lauti, yo sé que fuiste vos. Vos lo mataste a Nájera.

—¡Pero, papá! ¿Qué estás diciendo?

—Hijo, no me mientas. No me hagas sentir peor todavía. Ahora me siento más culpable que nunca. Sé que no fui un buen padre…

—Papá, no digas eso. Vos no sos culpable de nada.

—¿Sabés? Pensando, me acordé de lo que decías cuando eras chico y me puse a atar cabos: primero, tu rabia; después tu silencio, tus esfuerzos inhumanos para estudiar y ser el mejor policía de todos, el mejor tirador, el mejor en descubrir pistas, algunos comentarios que se te escapaban sin darte cuenta. Y después, actuar raro, tus desapariciones los días que tenías franco, la cara que ponías cuando en casa se hablaba del tema, esa noche hacer adicionales que no hiciste nunca y que justo lo mataron esa noche…

—Papá…

—Hijo —agregó Gustavo—, una sola cosa te pido: confesá lo que hiciste. Sé que vas a pasar el resto de tu vida en la cárcel, pagando una condena por un tipo que no valía nada, y yo voy a pagar por lo que te hice a vos, que es una condena peor todavía.

.

La Fiscal permanecía en silencio, con los ojos fijos en el hombre que tenía frente a sí.

—Después de eso, no volvió a levantarse de la cama. No quiere comer, no habla…

—Pero usted dijo que cada uno se había ido por avenidas diferentes. ¿Cómo fue que se encontró con él?

—Yo dije que había constatado que las cosas estuvieran en orden en el salón. La verdad es que ya había revisado todo antes. Apenas se fue, tomé la Norte, esperé unos segundos y lo llamé por teléfono. Yo había conseguido el de él y había comprado un prepago. Calculé el tiempo justo para dar la vuelta hacia la Avenida Este.

.

—Doctor Nájera, soy el guardia de la fiesta. Cuando revisaba para cerrar y así irme, encontré un sobre con su nombre. Estaba en la mesa de las mujeres que recibían a los invitados. Seguramente se olvidaron de dárselo.

—Me imagino cómo fue que se olvidaron. ¿De qué se trata?

—No sé, doctor. El sobre está cerrado. Pero si usted no está muy lejos yo me puedo llegar hasta donde está y dárselo en sus propias manos. Ya cerré el salón y estoy saliendo.

—Está bien, todavía no llegué a la ruta. Lo espero, estoy en la avenida Este, pero apúrese. Me esperan en otro lugar.

—Claro, doctor.

.

—Cuando llegué, me estaba esperando parado al lado del auto. Se sorprendió porque aparecí por la ruta y no por la avenida, como él esperaba. Yo sabía que así no iban a quedar huellas de los neumáticos de mi auto. Tampoco dejé huellas de pisadas. Todavía no lloviznaba, pero eso después me terminó ayudando.

—¿Y qué hizo? —preguntó la Fiscal.

—Me tendió la mano para que le entregara lo que llevaba, pero le dije que el mensaje que tenía se lo iba a dar yo.

—¿Y entonces? —preguntó la Fiscal.

—Le dije que era el hijo del “Rengo”, que toda la vida había escuchado hablar de él. Se empezó a sonreír. Me miró sorprendido cuando saqué el revólver. Le disparé al corazón, para asegurarme de que no tendría que hacer un segundo disparo. Siempre fui muy buen tirador, usted ya lo sabe. Después, me puse unos guantes, recogí el casquillo, apagué las luces y cerré la puerta del auto para que no llamara la atención si alguien pasaba por ahí. Tuve mucho cuidado para evitar el principio de transferencia del que habla la Criminalística: no dejé nada mío en el lugar del hecho, ni huellas, ni cabello, ni pisadas… nada. Creo que no llegó a asustarse, ni siquiera se dio cuenta de que se iba a morir. Después me deshice del arma y del silenciador en forma segura. No está circulando, no hay riesgo de que se cometa otro delito con ella. Destruí el teléfono, la batería y la tarjeta de memoria. De esa forma es imposible rastrearlo.

El joven sonrió con tristeza.

—También eso lo aprendí como criminalista.

—Suboficial, usted guardó ese rencor durante tanto tiempo… nadie puede cargar solo con tanto dolor. Tenemos que compartirlo, buscar ayuda…

—Sé que ahora me van a buscar una enfermedad psiquiátrica y puede ser que sea así. La vida de mi padre estuvo arruinada desde el mismo momento que pasó con la bicicleta al lado de Nájera, y como consecuencia la vida de mi madre y la mía también.

En el despacho de la Fiscal sólo se oía el tictac del reloj de pared ubicado junto a la ventana. La mujer había notado que después de confesar el crimen él no había vuelto a mirarla a los ojos.

—Subof… Lautaro, en este tiempo, ¿alguna vez te preguntaste si valió la pena?

Por unos segundos el joven sentado frente a ella, vestido con su uniforme de policía, la espalda encorvada y la mirada baja, le recordó las imágenes pintadas por Picasso en su llamada “etapa azul”. Para el artista, era el color que mejor representaba la desolación. Esa era una de las cosas que le habían quedado grabadas en su breve paso por la Escuela de Bellas Artes.

—¿Sabe qué le digo, doctora? Que ahora me quedé vacío. Matar a ese hombre fue el objetivo de mi vida y ahora ya no me queda nada. Si mi padre no lo hubiera descubierto, yo habría cargado con mi culpa, pero nunca más los habría podido mirar a los ojos a ninguno de los dos.

Después de un silencio, agregó:

—Una vez le dije que si ese hombre se hubiera ido antes o algunos de los otros autos hubieran salido atrás por la misma avenida, esto quizás no habría pasado y yo seguiría esperando.

—Lautaro, vos sabés que tendré que dar la orden de que te detengan —Alicia Farina ni siquiera intentaba secar las lágrimas que le caían por la cara.

—Claro que sí, doctora, y le aseguro que no me voy a resistir. Sé que tengo que pagar por lo que hice. Una sola cosa más quiero que sepa: en ningún momento hice nada para obstruir la investigación, nunca falseé ningún informe ni le mentí en nada de lo que se iba haciendo. Siempre sentí mucho respeto por usted y la admiré mucho.

—Ya me imagino, Lautaro. Por eso todo esto me parece tan descabellado. Una trayectoria como la tuya, que pudo llegar a ser brillante…

—Doctora, una vez leí que los viejos pecados tienen largas sombras. En este caso, las sombras lo alcanzaron a Nájera. Lo que hizo, aunque fuera cincuenta años después, le vino de vuelta, como si fuera un boomerang.

FIN

***

Capítulos:

Trayectoria de boomerang 1    Trayectoria de boomerang 2     Trayectoria de boomerang 3

Trayectoria de boomerang 4     Trayectoria de boomerang 5    Trayectoria de boomerang 6

Trayectoria de boomerang 7      Trayectoria de boomerang 8      Trayecotoria de boomerang 9

Trayecotoria de boomerang 10       Trayectoria de boomerang 11        Trayectoria de boomerang 13

Imagen

Autorretrato >> Óleo sobre madera, 1999 >> Alias Torlonio

Liliana Fassi reside en Villa María (Córdoba, Argentina). Es Licenciada en Psicopedagogía, graduada en la Universidad Nacional de Río Cuarto (Córdoba, Argentina). Entre los años 2010 y 2018 publicó tres libros que recrean, con entrevistas y ficciones, la historia de la inmigración llegada a su país entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Participó en diez antologías de cuentos editadas por instituciones culturales de Argentina y de Uruguay y recibió numerosos premios y menciones en ambos países. En 2023 tres de sus obras integraron una antología editada por la revista mexicana Sombra del Aire. Colabora con revistas digitales de Argentina, Canadá, Guatemala, México, Colombia, Ecuador y España. Es correctora de textos y fue prologuista de libros de autores de las provincias de Córdoba y de Buenos Aires. Actualmente, su obra aborda un amplio abanico de temas relacionados con la condición humana.

TE PUEDE INTERESAR

Dejar un comentario