ROCÍO

por Iván Dompablo R.

Por Iván Dompablo

Había implicado un gran esfuerzo para él, pero finalmente consiguió llegar hasta ese lugar. El ruido que emitían los cláxones se escuchaba ahora algo distante, el hombre pensó: ya no estoy para estas cosas; le dolían las piernas, y en el camino más de dos veces estuvo a punto de ser atropellado —¡Viejo pendejo, fíjese por dónde camina!—, le gritaron los irritados conductores en cada ocasión. Los reclamos eran algo irónicos porque precisamente ahora que tenía ochenta años se había vuelto un hombre sumamente precavido, pues sabía que el mínimo error podía costarle la vida; y él, a pesar de ser una persona solitaria, aún quería vivir otro poco. Además, él sí se había fijado antes de cruzar, el problema era que siempre, por más lejanos que estuvieran los autos que se aproximaban, durante el cruce inevitablemente terminaban por alcanzarlo. Con mucho gusto les habría respondido, pero no eran tiempos para eso, ahora ya nadie respetaba, y ese día ni siquiera llevaba su bastón, así que le pareció muy mala idea eso de hacerle al don Quijote; por otro lado una cosa era atacar molinos e incluso enfrentarse a los leones, ¡pero contra gorilas la cosa se veía más complicada!, por eso prefirió responder a las agresiones con una leve sonrisa, recordando una antigua frase llena de sabiduría que un maestro siempre repetía en su clase: “miéntales la madre con una sonrisa”.

Era medio día y el sol estaba en su máximo esplendor, el perfume del jabón, con el cual se bañara un momento antes de salir, se estaba evaporando a una velocidad increíble. El asunto no estaba saliendo como lo hubo soñado. El aroma de garnacha que inundaba los alrededores le restaba lo poco que pudiese tener de mística aquella misión, pero finalmente había llegado. Estaban frente a él y se veían hermosas, la excitación que comenzó a sentir el hombre hizo que su mano derecha comenzase a temblar. No sabía cuál escoger, todas ellas le parecían fantásticas. —¿Qué quiere?—, le espetó un tipo mal encarado desde un rincón oscuro. La pregunta se mantuvo suspendida por un instante en el aire espeso de la tarde, cuando por fin bajó, el hombre pensó molesto ¿qué tiene que ver este animal con estas bellezas? Luego, sin molestarse en contestar, siguió mirando de un lado a otro hasta encontrar aquella de la cual se enamoró: una fina capa de minúsculas gotitas como de sudor, resplandecían en ella. —¿Que cuál le gusta?— dijo el otro, con una sonrisa entre burlona y ridícula; el hombre suspiró y tratando de controlar el temblor en la mano señaló la que deseaba. —¡Rocío!— exclamo aquel.

Le pareció sucio el tener que pagar por ella. El camino fue interminable, no pensaba en nada más que en aquella suavidad que había sentido cuando al tenerla junto a él, sin querer su mano la había rozado. Ya en casa, acercó una silla y fue por un vaso de agua para ella. La contempló feliz, realmente era hermosa: toda de verde con solo algunas pequeñas flores violetas con forma de diminutos soles por aquí y por allá, luego depositó el agua en la maceta y se sentó a contemplarla.

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