PROSTÍBULO DE MALA MUERTE

por Eleuterio Buenrostro

Esto no es el paraíso, las almas aquí no vivimos en la vida, morimos en la muerte. Algo ha cambiado desde que fui consciente de ello, el entusiasmo es otro, pero eso parece a nadie importarle. Cada uno de los que aquí asistimos ha tomado su permanencia como real. El curso se repite cada mañana y termina al amanecer. Mexicali es un horno caliente allá afuera, tanto, que hasta los diablos entran para darse un respiro del sol. Los demonios disponen de pase libre, no así los que purgamos el encierro. Una de las tantas constantes del ciclo es un niño que entra al bar desubicado, en busca de su padre. Sus ojos se posan en las mujeres de senos expuestos. Si la cosa no cambia en su destino, nunca disfrutará de esa delicia exuberante.

El niño camina en la sensación de tristeza que atesta al ambiente, mezcla de tinieblas, humo y alcohol. Llega hasta su padre, lo jala del saco, para que lo atienda. Su padre se embriaga con una bebida de espíritu amargo, mientras una discusión se suscita cercana a la barra. Se escuchan disparos desde el pasillo, la gente se dispersa, contrariada. Han errado a quien debían. Una llamada urgente termina frustrada por sangre en los ojos, olvido involuntario o nerviosismo al marcar. ¡Un niño ha muerto!, grita una mariposa de la noche. Yo regreso a mi lugar de resguardo desde que supe que todo iniciaría de nuevo. No recuerdo cuál pecado estoy pagando, pero el dolor de repetir la escena del inocente que muere se aviva cada vez en mí.

Ocasionalmente entran diablos mayores y esto se prolonga en excesos de más de veinticuatro horas. El momento se vuelve lúdico y afianzados al remedo de humanidad que somos, nos congratulamos en el pecado. Para mí es un respiro no escuchar al jovencillo agonizar, pero no voy a mentir, también me dejo llevar por el instante. Mi pecado mayor es la lujuria, a la que me entrego sin ataduras, para luego sentir el sobresalto del disparo que indica que el tiempo acabó. No desvanezco, como los demás. Me dirijo a la puerta que no me permite salida, la que da al exterior, y espero a que todo se normalice, para reincidir, como animal en su jaula, al placer del degenere. No sé si para los demás sea el caso, porque fui consciente hasta que medí las consecuencias.

Inicio echando un veinte a la sinfonola, y selecciono una canción al azar. Cualquiera que elija se escuchará siempre la misma. No tengo control de los hechos; sin embargo, me agrada saber que disentí como primer intento. Luego los demás llegan a apoderarse de la banda sonora y la energía se vuelve pesada, hasta desbordar en el final consabido. Hoy ha sido uno de esos días diferentes. Después de la inesperada visita de unos demonios, decidí robar la llave a uno de ellos. Sus dotes diabólicas se manifiestan con sólo traerla en manos. Para mi buena suerte no desapareció en el cambio. Espero desde la entrada, tratando de que el pecado no me reclame. No ha sido fácil, lo aseguro, me ha obligado a una velada mayor a lo habitual.

Cuando por fin inicia la canción de Belleza de cantina, la que marca el final próximo, me dirijo al papá del niño, le grito: tu hijo te espera en la puerta, pero el desvaído no hace por reaccionar. Intento cargarlo para sacarlo del sitio, pero su peso pagano es tan grande que alenta mis pasos. Al notar un cambio en los actos, las mejores mujeres se me acercan, alejándome del sujeto. Se ofrecen condescendientes, como nunca lo han hecho. La canción se acerca al instante trágico. Me dirijo a la sinfonola y jalo del cordón; la música silencia. Son pocos los que no se percatan, supongo los más arraigados a sus penas. Me alegra haber roto la cotidianidad del ruido. El sujeto ha regresado a la barra, ayudado por otros, corro nuevamente hacia él.

El niño entra al prostíbulo, observa a las mujeres de senos expuestos, echa una mirada a la barra, y detiene sus pasos cuando ve que cargo con su padre. Las prostitutas se desatienden de sus funciones y me incitan a la lujuria; debo soportar. Me arrebatan al padre del niño, se escucha el disparo, el caos es mayor. Una mariposa de la noche observa el sitio donde debería haber un niño muerto, le teme a la ausencia, y le grita al vacío insoportable, sin saber por qué. Llego hasta el pequeño que viste una camisa color alas de ángel. Por primera vez, después del disparo, no la ha teñido en rojo. Lo tomo del brazo, surcando el caos. Introduzco la llave, abro la puerta negada a mi salida y lo empujo para que salga y a su vez, sin soltarme de la mano, me jala a un exterior incierto.

 

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Monos fumadores y bebedores >> David Teniers., Bélgica, 1610-1690.

Eleuterio Buenrostro Calatrava, de profesión, escanciador de almas, es un ser inmortal insuflado, no nacido, el 14 de marzo de 2002 en Manuel Núñez. Sobre este último se sabe que es un seudoescritor intuitivo, que se escuda en heterónimos, y latinismos que desconoce, por falta de credenciales como escritor. Vino al mundo un 16 de julio de 1972, en Benjamín Hill, Sonora, cuando el tren de las seis de la tarde anunciaba su llegada. Fue entintado por los tipos de una vieja imprenta, perteneciente a su padre. Marcado en su niñez, se fue a bañar, desde los cuatro años, a las playas de Puerto Peñasco, Sonora, y a secar, desde los dieciocho, en el sol de Mexicali, Baja California, donde reinicia como escritor de tiempo incompleto. Colaboró a finales de los noventa en la sección de música, en la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado en la página Ficticia.com, y actualmente colabora en Sombra del Aire, siendo Eleuterio Buenrostro —su nombre de tinta y verdadero artífice—, quien guía su pluma desde el escondrijo. Non plus ultra.


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