LA VOZ

por Iván Dompablo R.

Por Iván Dompablo

Al principio siguió dormido, estaba soñando quizás el hermoso sueño de los trenes, en donde enormes maquinas antiguas de vapor se detenían frente a él en espera del abordaje de pasajeros que jamás aparecían. Era un sueño apacible en blanco y negro que contrastaba con la pesadilla del metro, en la que había que escapar de los trenes color naranja que nunca le permitían acercarse a la orilla de los incalculables rieles, y que eran la cárcel más eficaz nunca vista.

Los trenes naranja se arrojaban hacia él y era necesario esquivarlos salvando las barras energizadas que en cualquier momento podían, si cometía un error, rostizarlo. Apenas escapaba de uno cuando otro ya se acercaba para devolverlo al centro de su prisión. Hasta ahí había ido la voz a buscarlo.

Despertó sintiendo ese vacío en el estómago de nuevo. La voz metálica se escuchaba a lo lejos, pero él, por un momento no supo qué lo había arrancado de su sueño arrojándolo, ya muy avanzado el día, en mitad de su habitación sobre la vieja cama de madera. Una multitud de pelusas, iluminadas por un rayo de luz que se metía por el hueco que dejaba la cortina en uno de los extremos del ventanal, danzaban frente a él, quien todavía recostado elevó la mano derecha tratando de alcanzar alguna… En esa tarea estaba cuando escuchó la voz recorrer lentamente la calle. Esa voz tenía algo de metálico en el timbre; esa voz, a pesar de pronunciar palabras coherentes, parecía no ser humana. Era una voz mecánica que se arrastraba como un demonio agónico que lo invitaba a salir a su encuentro.

Por varias semanas había luchado contra la tentación, y haciendo un esfuerzo sobrehumano había conseguido ignorarla, a pesar de que ésta iba y venía de un lado a otro y se paseaba por varios minutos por todos los rincones de la habitación, llamándolo desde diferentes ángulos. A veces adoptando el tono de un lamento, otras el de una orden. En una ocasión la voz lo había tentado por más de una hora mientras él se revolcaba de desesperación entre las sábanas, pues sabía muy bien que debía resistirse. Sus familiares se lo advirtieron, también sus amigos más cercanos, era una locura salir a su encuentro, sólo un demente, considerando lo que ellos y él sabían, podía aun así arrojarse a tal aventura.

Pero la carne es débil y las tentaciones son fuertes. El demonio que lo llamaba desde la calle sabía perfectamente que con el tiempo todos terminan por sucumbir a sus palabras. El hombre como hipnotizado se levanta, se viste con desasosiego y como res en matadero enfila sus pasos a su destino. Afuera la voz metálica del demonio que ya se aleja grita por última vez:

—Ya llegaaarooon sus riicooos y deliciooosooos tamaaleees oaxaqueeeñooos.

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