LA TIERRA DE NUESTRA GENTE

por Eleuterio Buenrostro

Al pie de la cuesta del cerro Ko’lew Nñimát, hay dos cementerios divididos por el camino que encumbra hacia la sierra. La última de las aldeas que poblaron el sitio fue la de los Ko’lew, a tres kilómetros al este, entre encinos, nogales y vegetación de los bosques que la rodearon. El recorrido de los lugareños, al servicio de sus honras fúnebres, se vestía de una fiesta entre gritos, danzas y plegarias a la montaña, para que recibiera sus almas en el dominio de la muerte. Todo era algarabía en el proceso que se realizaba a la luz del sol y no de la noche en que la tribu se amparaba debido a la bruja del cementerio poniente. Nadie la había visto de cerca, sino a la distancia, y como a la sombra de un fantasma danzando entre tumbas, envuelta en humo, al que hasta los viejos temían con horror. Eran contadas, entre los Ko’lewas, todo tipo de historias sobre la aparición, y nadie se atrevió a enterrar a uno de los suyos del otro lado del camino por temor a lo que pudiera pasar y sobre todo, porque ese espacio le pertenecía a la extinta tribu de Nñimát, quienes perdieran la batalla por la aldea, a pesar de ser guerreros fieros y darlo todo en combate.

Terminada la batalla, los cuerpos de los Nñimátas fueron dejados a la intemperie, a expensas de los animales y el olvido que concede la pérdida. A los pocos días fueron sepultados con un acumulado de piedra y una marcación blanca de una “X” para las mujeres y una “O” para los hombres. Los de Ko’lew no quisieron intervenir con los fantasmas de los antiguos pobladores y decidieron sepultarse en un nuevo cementerio, al oriente del camino, que de cualquier manera les quedaba cercano y atribuyeron el entierro de los derrotados a la hasta entonces desconocida bruja, quien exigía, a los que llegaron a escucharle, una muerte por cada muerto de los suyos. Los Ko’lewas no pretendieron otorgar tal beneficio y se mantuvieron cautelosos. Desde pequeños, los nuevos pobladores eran instruidos de mantenerse alejados y se apegaban a un estricto orden de tiempos, para siembra, recolección y caza. Cuando el invierno hacía más largas las noches, acostumbraban a reservar, en el hueco del Árbol Mayor, los víveres que servirían para mantener el resguardo obligado de la tribu.

Nadie viajaba en esas fechas, salvo por una necesidad imperiosa, y sólo a horas tempranas; destinados a regresar también de día. Al centro de la aldea se daba el más longevo de los árboles, el mismo que resguardaba el alimento en los ciclos de oscuridad. El Árbol Mayor servía también de atalaya y era quien conocía la verdadera historia de los viejos y nuevos pobladores. Era venerado y un símbolo de triunfo y dominio para la tribu. Había, entre los más jóvenes, uno que sintiera apego hacia su ancestral sabiduría y quien más aportaba, a la hora de la recolecta, en sus viajes incansables por el bosque. Lo hacía para recibir el mayor número de marcaciones de su sabia, las cuales mostraba orgulloso. Lo llamaban Fuerza, y era huérfano de padre y madre. Habían muerto hacía nueve ciclos, en la gran batalla contra los Nñimátas, cuando apenas cumpliera siete de ellos, el mismo día de su iniciación, donde recibiera el alma que se posee para pertenecer, y el cual complementaba con un nombre otorgado por votación. Le aseguraron el ánimo con el nombre de Fuerza, y fue recibido como un hijo de la comunidad, abriéndole sus chozas, aun cuando el varón prefiriera el cobijo en los brazos del Árbol Mayor.

El único con valor para salir era el joven Fuerza. Al no tener quién lo abstuviera elegía las noches sin luna para abandonar la tribu y escabullirse en la oscuridad sin ser visto. En temporada de calores gustaba bañarse en el río y sumergirse en la imaginación de no ver, sino escuchar lo que tuviera que decirle la enormidad del bosque. Los ruidos le eran familiares, reconocía la pisada de animales y tenía la habilidad de una brújula al vagar aleatoriamente a cualquier sitio y regresar sin conflicto a la aldea. Una noche de tantas llegó al arroyo y se inclinó para llenar su cantimplora, pues tenía decidido viajar lejos. Una sombra se inclinó a su lado izquierdo y bebió directamente del arroyo; había llegado sigilosa, tomándolo por sorpresa. Fuerza se estremeció y a la vez permaneció sin moverse, sintiendo el miedo que viajaba por su cuerpo y lo erizaba como si tuviera frío. La sombra, que reconoció como a la bruja del cementerio oriente, lo miraba a los ojos; los de ella se escondían entre el cabello enmarañado y de misterio. Al terminar de beber, se paró en dos piernas y se alejó sin decir palabra.

El miedo empujó a Fuerza a seguirla en vez de pretender huir. Caminó hasta llegar al cementerio y al observar las puertas abiertas, supo que recibía una invitación a entrar a su dominio. Permaneció suspendido en la ponderación del peligro que corría, pero había llegado muy lejos. Cruzó el arco y se guio hasta donde un retumbo de tambores marcaba el ritmo que la bruja bailaba, envuelta en un humo expelido de un fuego fatuo, que a su vez era producido por la danza perniciosa. Los fantasmas de los músicos regresaron a sus tumbas al distinguir al extraño jovencito, de cuerpo atlético, que los observaba con asombro. La mujer continuó mostrándose a la luz del fuego, los colguijes de su vestimenta, brincaban y movían dejando ver su encantadora figura. Con señas lo invitó a que se le uniera, y al estar hipnotizado, se dejó llevar por la unión de sus almas en un solo ritmo. Unidos en euforia, corrieron hasta darles la espalda a los cementerios, entre la maleza, surcando el espacio que los dos conocían en oscuridad. Llegaron hasta la cascada y confundieron sus gritos y risas con la caída y los sonidos de los animales.

Secaron sus cuerpos semidesnudos sobre una piedra, a la orilla, y hablaron un mismo lenguaje de sorpresas que el dios Bosque les había proveído a su corta edad. Viajaron por la noche que acortaba en tiempo, debido al divertimento, develando sus lugares secretos que eran casi los mismos. El llano que permitía  ver las estrellas, el viaje de los pájaros que migraban en cierta temporada y el sonido de un ave especial que no he logrado ver, dijo Fuerza y emuló en onomatopeya su graznido. Era yo, dijo ella, te seguía desde que vi que no temías salir de noche, fui tu compañera silenciosa. Fuerza sintió una extraña sensación de fuego en su rostro, que permanecía y apenaba. ¿Cómo te llamas?, preguntó la joven al notarlo confundido. Me llamaron Fuerza, dijo y explicó el porqué. Y tú, ¿cómo te llamas? Me llamé a mí misma Tribulación, contestó ella, era la palabra que mi madre gritaba el día que fuimos atacados, dijo, y entre sollozos dibujó el recuerdo de la derrota, la cual era reconocida por el joven, al ser también parte de su historia. Ni derrota ni victoria habían sido beneficiosas para los dos al haber perdido a sus padres. Se abrazaron y mantuvieron sus cuerpos en un mismo mar de lágrimas y en sanación.

Antes de que el sol diera su primer brillo, y se llevara la magia de una noche agradable, Tribulación acompañó a Fuerza, de regreso a la aldea. Quedaron sorprendidos al verla iluminada y en aturdimiento por la consumición en fuego y gritos de horror. Los fantasmas del cementerio oriente corrían destellando fuego de furia, contra los Ko’lewas despavoridos. El Árbol Mayor crepitaba ante las lenguas, el descontrol era en todos sitios. Ante los ojos de espanto de Fuerza, Tribulación inició una danza que permitió que fantasmas y fuego fueran inducidos a su cuerpo. Cuando el último resquicio de furia fue atraído hacia ella, la joven bruja cayó al suelo. Los aldeanos tomaron valor e intentaron azotarla y quemarla en venganza. Fuerza se postró ante ellos y peleo contra la furia, ahora desatada, por los Ko’lewas en su contra. A los pocos minutos cayó rendido también, ante una multitud mayor a su ímpetu. El gran árbol, que conocía de aquella batalla interminable, y que reconoció en Tribulación y Fuerza a dos seres con espíritu de paz, emitió un grito que eliminó la cólera, dejando vivos a sólo los dignos de corazón.

Al sortear, en la actualidad, la carretera que sube la Sierra de Ko’lew Nñimát, en una noche sin luna como aquella, se dice que en el camino que divide a los cementerios, se puede observar una lucha de fantasmas, que con la locura de la ira tratan de cobrar viejas rencillas. La aldea de la disputa ahora está vacía. Los que quedaron emigraron bosque adentro, alejándose de una nueva guerra contra la civilización y sus monstruos, tratando de mantener su legado y la paz del alma. El odio y el amor vienen implícitos en un mismo cuerpo, y es seguro que algún día volvamos a perdernos. El Árbol Mayor sigue como orgulloso guardián del sitio, ha enverdecido y sigue ayudando en la conservación del hábitat. Cada que cuento esta historia, a los jóvenes de la nueva tribu les es imposible comprender sobre la ausencia de bondad  que no conocen, ya que se les ha instruido en el camino de la armonía. Al final me preguntan cómo puedo saber esa historia, tan llena de cosas desconocidas como los fantasmas de la ira. Yo sonrío y les digo que soy el legado de la verdad necesaria para sanar; un hijo descendiente de la tribulación y la fuerza.

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IMAGEN

Los baños de Macuto >> Armando Julio Reverón Travieso., Venezuela, 1889-1954.

Eleuterio Buenrostro Calatrava, de profesión, escanciador de almas, es un ser inmortal insuflado, no nacido, el 14 de marzo de 2002 en Manuel Núñez. Sobre este último se sabe que es un seudoescritor intuitivo, que se escuda en heterónimos, y latinismos que desconoce, por falta de credenciales como escritor. Vino al mundo un 16 de julio de 1972, en Benjamín Hill, Sonora, cuando el tren de las seis de la tarde anunciaba su llegada. Fue entintado por los tipos de una vieja imprenta, perteneciente a su padre. Marcado en su niñez, se fue a bañar, desde los cuatro años, a las playas de Puerto Peñasco, Sonora, y a secar, desde los dieciocho, en el sol de Mexicali, Baja California, donde reinicia como escritor de tiempo incompleto. Colaboró a finales de los noventa en la sección de música, en la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado en la página Ficticia.com, y actualmente colabora en Sombra del Aire, siendo Eleuterio Buenrostro —su nombre de tinta y verdadero artífice—, quien guía su pluma desde el escondrijo. Non plus ultra.


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