LA TÍA ELENA

por Rocío Álvarez

Cuantas veces sueño que duermo, / cuantas veces dormida despierto.

Y entre el trabajo del día, / las siestas me desafían,

con sueños que no comento.

¿Saben? nunca me ha gustado dormir de día, no recuerdo desde cuándo o por qué, pero me parecen inútiles esas horas que mucha gente le dedica a la “siesta”.  Yo duermo lo necesario para que mi cuerpo recobre sus fuerzas. En cuanto mis ojos se abren, no hay forma alguna de que me regresen a la cama. Y estos estragos los ha padecido mi marido por años, él duerme desde temprano esperando que la noche le dure más tiempo y que mis ojos no se abran antes de que amanezca. Yo le explico siempre que no hay que ser perezosos, que hay que sacrificar algo para tener mucho y que, en fin, él no se casó con una de ésas que se la pasan durmiendo mientras la casa se cae a pedazos.

Mis hijos tampoco lo entienden, pero a ellos los dejo dormir un poco más, son pequeños y están creciendo. La más pequeña siempre me reclama por qué no duermo la siesta con ella:

—Mami, duérmete conmigo.

—No, hijita, aún hay cosas que hacer.

—¡Duérmete conmigo!

—No, hija, porque me va pasar lo que a la tía Elena.

—¿Y qué le pasó?

—Tú no te acuerdas, porque eres muy pequeña, pero te contaré…

La tía Elena era una mujer sencilla, de apariencia menuda y de carácter callado. Casi siempre estaba cansada y con sueño. Todas las tardes llegaba a casa de mis padres cargada con sus dos grandes canastas y con mis primos; tres pequeños que iban y venían por toda la casa. Saludarla me causaba regocijo, pues de su canasta sacaba un dulce de piloncillo que yo comía con avidez. Me gustaba su presencia, serena y apacible. La casa se llenaba de las voces de mi madre y de mi tía, sus platicas eran un itinerario interminable de su día a día, de sus vivencias como mujeres casadas, de la cruz que les había tocado cargar. Eso ultimo no lo entendía, pero si por casualidad me veían vagar por la sala escuchando lo que decían, me reprendía diciendo: “Anda, vete a jugar con tus hermanos, que éstas son pláticas de mayores, no de niños”.

Una tarde, mientras jugaba a las atrapadas con mis hermanos, vi pasar por la calle a mi tía Elena. Ella siguió de largo sin tomarme en cuenta y, aunque grité para llamarla, caminó distante y sin vacilar en línea recta; llevaba en sus brazos un bulto. Casi oscurecía, pero mis hermanos también la vieron pasar. Todos gritamos “¡Tía Elenaaa!”.

La tía Elena volteó y donde debía estar su rostro, sólo encontramos un interminable vacío, una cara sin rostro, sus brazos largos y extendidos llevaban aquel bulto. Un escalofrío recorrió todos nuestros cuerpos y, como es natural, todos corrimos asustados a meternos bajo la cama. Mi mamá nos siguió para averiguar qué nos sucedía, pero ninguno quería salir. Temblábamos bajo las camas, lo único que acertamos a decir fue “¡La tía Elena, mami!, ¡la tía Elena no tiene rostro!”.

Mi mamá fue de inmediato al cuarto a buscar a la tía Elena. La encontró recostada sobre la cama, parecía dormida, pero su cuerpo ya estaba vacío, había abandonado esta vida. Cuando mamá pudo recobrase de la tristeza y de ese interminable llanto que nubla la razón, pero que tranquiliza el alma, nos explicó lo que había pasado.

—Su tía me dijo que sentía mucho sueño, que se iba a dormir. Pero antes me dijo que me encargaba a sus niños, que se los cuidara bien. Yo le contesté con una sonrisa: ¡anda mujer duerme!, ¿qué les puede suceder?

Se preparó todo para su funeral. Asistieron parientes y amigos, todos nos daban sus condolencias. Tiempo después, supimos, por boca de mamá, que a quien vimos pasar fue a la muerte y no a la tía Elena, pues ésta ya dormía en sus brazos, ella era el bulto transportado por la muerte.

Por eso, hija, no me gusta dormir demasiado, le he tomado una aversión increíble a dormir de día; los días son cortos, y son tantas y tantas la cosas que podemos hacer, decir y aprender, que es mejor que la muerte nos encuentre ocupados y no dormidos. La vida es tan sólo un suspiro, un cúmulo de instantes que se nos van en un sueño.  

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Dejas caer tus párpados pesados >> Nora Ortolan

Rocío Álvarez Espinoza. Revolucionaria del alma y el corazón, ha enfocado su trabajo literario en la poesía, el cuento y relato corto. Nació un 20 de noviembre de 1983 en la Ciudad de México. Su formación académica comenzó en el IPN, donde estudio Ciencias de la Informática en UPIICSA. Posteriormente encontró su vocación en la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.  Su búsqueda de la cultura la hizo ingresar en varios talleres literarios, entre ellos el del profesor Julián Castruita Morán.  Participó en el 2014 en el recital de poesía a lado del profesor Alejandro Arzate Galván, organizado por el Centro Cultural Mexiquense Bicentenario. De 2006 al 2012 realizó trabajos como editora de la extinta revista literaria Nereidasnet. Actualmente participa en la revista Sombra del Aire.   

http://nereidasnet.blogspot.com/


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