LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

por Antonio Rangel

Por Antonio Rangel

Is there such a subspecies as Homo sapiens familiaris?

Un anónimo de Yahoo Answers

Después de una celebración kitsch que también podría llamar fiesta familiar, pensé que el término homo sapiens no es el más adecuado para identificar a los homínidos cuya conciencia y racionalidad son endebles, que mejor sería decir: homo familiaris, así se haría referencia a la especie más semejante a las personas: el canis lupus familiaris.

la cuadratura del círculo 2Esto sólo en parte es broma, de hecho pretendo que sea “verdad que se asoma”. He comprendido más de didáctica y de buenos consejos pedagógicos viendo a César Millán, el Encantador de Perros, que leyendo a Rousseau, Montessori o Freyre. El ser humano idealizado de la tradición pedagógica no existe dentro de un salón de clases. Si juntamos a más de veinte adolescentes en el mismo espacio durante varias horas, los atributos que teóricamente pertenecen a la especie humana se vuelven indistinguibles, en cambio, los instintos propios de diversas especies de mamíferos se hacen cristalinos, prácticamente tangibles. Sin afán de ofender, con total seriedad, propongo que los docentes de secundaria, en lugar de estudiar pedagogía o didáctica, tomen un curso con un buen entrenador de perros.

A pesar de mis anteriores consejos, yo me considero un humanista, y no creo desencaminado afirmar que la mayoría de las personas se parecen más a los canes que a las ideas de los filósofos sobre el género humano. Sin embargo, sé que algunos pensarán que esto es misantropía o por lo menos antihumanismo. Por eso quiero hacer una marca territorial: no me parece digna de discusión la misantropía, para ser congruentes los misántropos primero tendrían que suicidarse y ya después establecer un diálogo. Tampoco sigo a ninguno de los antihumanistas del siglo pasado, aunque eso que decía Lacan de que somos esclavos del lenguaje y que no creamos ni nuestros propios pensamientos, casi me lo creo cuando gogleé: “homo familiaris” y me apareció una consulta en Yahoo respuestas en la que alguien preguntaba sobre la posibilidad de utilizar tal concepto por razones semejantes a las que yo me había dicho. ¿Será que mis ideas no son totalmente mías?

Karol Wojtila también juntó estas palabras: homo familiaris, sólo que en un sentido virtuoso, oponiéndolas a las de homo faber, y depositando en ellas la esperanza de que las personas se reproduzcan como conejos para que el mundo sea más católico y quede más empobrecido. Claro él lo decía de otro modo y con otros objetivos. El problema es que tal discurso y otros parecidos se propagan enarbolando el humanismo, como si el humanismo fuera propiedad de los conservadores y de los mojigatos, de manera que lo encomiable del ser humano sea su templanza, su capacidad para reprimirse, ya sea que la llamemos moderación o mediocridad.

A mí me parece que considerar loables a las personas que centran su vida en la familia y en los valores cristianos significa desconocer lo que tal tendencia ha implicado. El amor a la familia es amor propio apenas enlongado. Un escalón arriba del egocéntrico está quien ama a su familia. No niego que tal escalón sea una distancia importante e indispensable. Pero si el ser humano tiene su realización, su identidad y su fin último en la vida familiar, entonces los pingüinos son buenos seres humanos.

No me cae mal el homo familiaris, pero no le aplaudo. El homo familiaris ha sido llamado hombre-masa y consumista, ciudadano pasivo y analfabeto político; es el espectador entretenido por el circo romano, el que se conforma con el pan nuestro de cada día, el que pregunta para qué sirven las matemáticas; el enajenado, el alienado, el inconsciente y unidimensional, para colmo, políticamente correcto. Es el mediocre, que sólo piensa en la siguiente comida, el que siente que es aburrida la cultura y la divulgación científica y que es mejor no hablar de religión ni de política. Pero de verdad no me cae mal, sólo que me hace comprender a los antihumanistas y a los misántropos y creo que tratarlo como homo familiaris es lo menos ofensivo posible, la prueba está en que el Papa polaco usó el término, yo nada más me tropecé en un vagabundeo mental con esta idea y aquí estoy.

Se acusa a Nietzsche de antihumanista simplemente porque insistió en el hecho de que no habrá otra vida, ni dioses ni trascendencia. También se acusa a Freud de lo mismo por tomar a los humanos como seres vivos, hechos de carne e instintos, como cualquier otra especie; y ya más recientemente se llama antihumanistas a Lévi-Strauss, a Foucault, a Derrida y a Althusser, por haber puesto en tela de juicio las nociones de humanidad y hombre, disolviendo al humano en el lenguaje o en la clase social o en la comunidad, en suma, en sus circunstancias, si me descuido a mí también me tomarían por un antihumanista, y no, yo lo niego rotundamente.

En mi opinión el homo sapiens, en la medida en que piensa y siente, no puede disolverse en su sociedad ni en su idioma, tampoco en su clase social o en su sexualidad. El ser humano sí trasciende su propia vida en la medida que puede desarrollar una raíz irracional, es decir, incalculable con precisión, a la cual sólo es posible aproximarse a través de límites biológicos, materiales, sociales, etc. Bajo el entendido de que los límites no marcan el destino…

El humanismo cristiano, que enaltece a la familia humana, sospecho que es la ideología más arraigada en el mundo y tal vez acorde con los miles de millones de homo familiaris, pero también da pie a la misantropía, pues al hacer de la debilidad una virtud, resulta que las nutrias son mejores personas que las personas, lo cual es atrozmente absurdo, pero por absurdos no paramos en la actualidad. Por el mismo camino se culpabiliza a quienes no son hábiles para reprimir su agresividad, su sexualidad o sus ansias de poder. Luego vienen los antihumanismos a defender a los locos, a los rebeldes, a los salvajes; y uno ingenuamente podría escoger entre la mojigatería humanista de las derechas, o la palabrería caótica que pretende deconstruir (o destruir) al humanismo.

Por mi parte, he terminado por oponerme a ambas tendencias. El humanismo que yo defiendo es extremadamente minoritario, ya que sólo me representa a mí mismo, pero este “mí-mismo” es indisoluble en la familia, en la mexicanidad, en el español, en la estructura biológica, en los estudios de género o en cualquier otra posmodernidad. Mi yo, para decirlo claramente, es lo que hace imposible la cuadratura del círculo. Me siento humanista porque valoro la baja y la alta cultura, porque aprecio el pensamiento metódico y me conmueven aquellos que creen que están inmersos en un laberinto cuyos senderos enigmáticos pueden ser descifrables, pero también estimo las divagaciones de quienes se sienten en un caos en el que no tiene caso buscar patrones, origen ni salida. El humanismo que yo digo, en fin, aprecia, valora, estima; no fija normas ni integra límites para cuantificar a la humanidad, sino que encuentra puntos de reunión, por ejemplo, una celebración kitsch con la familia.


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