LA CORBATA

por Nidya Areli Díaz

Por César Vega

Hacía décadas que no vestía una corbata; según recuerdo, la última vez que lo hice fue el día en que me casé con Sara. Y ahora, este nuevo maldito trabajo me ahorcaba con esta terrible obligación de la que supuse quedar dispensado para toda mi vida, siento que pierdo el control de todo en ella; y ya no puedo callar todas aquellas voces que durante mucho tiempo tuve silenciadas. la corbata

Mi cuñado me había conseguido el empleo como monitorista de CCTV en una empresa de seguridad privada y yo no podía más que detestarlo; al maldito empleo… y al cuñado. Entraba cada noche al filo de las once; la primera vez llegué muy tarde, me pasé horas recordando cómo atar el nudo de la corbata hasta que volvió Sara del trabajo y me hizo un elaborado lazo de dos vueltas en la garganta. Me despedí con deferencia y salí corriendo. ¡Vaya mal día que tuve aquella noche!

Cuando transbordé hacía el Metro apenas logré abordar el último vagón del tren que estaba a punto de partir de la estación, pude sentir las puertas cerrándose en mis espaldas y de inmediato el convoy avanzó; simultáneamente las puertas de un mundo extraño se abrieron y el tiempo se paró.

El vagón estaba atestado de hombres homosexuales haciendo todo tipo de cosas raras los unos contra los otros sin ninguna discreción, se besaban, se estrujaban, se lamían por todas partes, se mordían por todos lados y yo estaba petrificado contra una de las puertas del carro, mis ojos tremendamente abiertos no alcanzaban a contemplar todo lo que allí sucedía, de pronto otros ojos se clavaron en los míos; un hombre muy moreno me miraba obscenamente desde el otro lado del vagón, yo no podía respirar, eso me ponía muy mal; me llevaba los dedos al pescuezo tratando de hacer una abertura en el ceñido cuello de la camisa, insisto, me sentí muy mal.

Repentinamente ya tenía el tipo enfrente mío, tan cerca que podía respirarle el aliento.

—Hola —me dijo el sujeto con una sonrisa tímida en los labios—. Me encanta tu corbata.

De todas las cosas que pensé que diría, jamás imaginé la que acababa de decirme. No sabía qué responder y temblaba de impotencia. De pronto puso el índice en mi garganta y comenzó a jugar con el nudo en la corbata. Me absorbía con sus ojos soñolientos y de súbito clavó sus narices en mi cuello y con una voz horrible y gemebunda me dijo:

— ¡Ahmmm! ¡Hueles muy rico!

Le di un buen puñetazo en las quijadas y el imbécil terminó en el piso, el convoy estaba entrando en la siguiente estación y estaba a punto de detenerse, el alboroto provocó que los demás homosexuales me miraran retadoramente; me sentía tan exaltado, algunos de ellos se acercaban a mí con los puños apretados, yo agarré con fuerzas mi mochila y con la otra mano sujete la palanca de emergencias por si me veía en la necesidad de dispararla. El tren finalmente se detuvo y abrió sus puertas, sin darles las espaladas salí muy lentamente temiendo que alguno me saltara a puñetazos, cuando me sentí seguro en el andén, mirando al tipo que aún yacía en el piso tomándose la cara con las manos; le grité a él y a todos con mi asco más profundo:

— ¡Yo no soy marica, hijos de puta! ¡Yo no soy un puto maricón!

El tren dejó la estación, salí del metro y tomé un taxi; desde ese momento sentí un escalofrío odioso, un rumor en la piel que nunca me dejó.

Los tres días siguientes preferí tomar el taxi para ir a trabajar, pero no podía sostener ese lujo durante un largo tiempo, pasarían un par de meses antes de recibir mi primer pago, así que eventualmente tendría que usar el metro de nuevo.

El cuarto día fui a cortarme el cabello con Fernando, el era peluquero y también era maricón, bueno, gay, qué sé yo; mi primo era una buena persona, siempre nos llevamos muy bien hasta que se destapó, desde entonces nuestros encuentros eran muy esporádicos y cuando nos veíamos siempre platicábamos muy poco y de puras nimiedades; siempre evitando el tema de la homosexualidad en la conversación.

Mientras él arreglaba mi cabello me dio por contarle lo que me sucedió; ni siquiera Sara lo sabía, aunque en realidad Sara sabía ya muy pocas cosas de mi vida, nuestro matrimonio se había enfriado, yo a menudo fantaseaba con conocer a otras chicas, tener affairs extramaritales, algo que me brindara emoción. Debo admitir que ella trataba a menudo de arreglar las cosas, pero difícilmente contaba con mi favor, tal vez termine cansándose, pensaba, en fin, esa es otra cuestión.

—Lo que no entiendo —decía Fernando —es por qué se te lanzó con tantas ganas, Migue, si tú no le diste ninguna razón ¿Estás seguro de que no le hiciste señales? ¿Algún guiño que malentendió?

—Yo no soy puto, Fernando, yo no le di señales a nadie, ese ojete sin más se me lanzó. De repente lo tenía encima jugando con mi corbata y me olfateaba el pescuezo como la perra que era el muy cabrón.

—A ver, a ver ¿llevabas corbata corazón? ¿Y cómo la traías amarrada?

—No sé… no sé, yo no sé de nudos, ni de corbatas, ni de putos; la corbata me la hizo Sara con dos nudos, yo ya no sé hacer corbatas tiene tiempo que se me olvidó.

—Ay mi cielo, es que la culpa fue tuya, ¡inocente! mira que meterte en ese último vagón a esas horas de la noche con un doble Windsor en la corbata, ¡por dios!, ¡esa es una señal de hiper anti buga, corazón!

—Pero… —balbucee.

—Sí, mira, es como cuando meas y te la sacudes, una sacudida está bien y no hay fijón; pero si te la sacudes tres veces ya se convierte en otra cosa Migue ¿no? —asentí pasmado—, en los tiempos de ahora lo mismo es con las corbatas, amor, un nudito y no habrá bronca, pero significa Gay si te haces más de uno. ¿Comprendes Miguelón? Tú hazme caso y verás como estarás a salvo.

Esa noche al salir de casa le pedí a Sara que me hiciera la corbata con una sola anudada, se le hizo extraño pero obedeció. Cuando llegué a la estación del metro, me costó dejar pasar dos trenes para finalmente atreverme a abordar uno de los primeros vagones del tercer convoy. En ese vagón no había nadie raro, sólo gente normal y cansada dormitando en su regreso a casa. Eso disipó toda mi tensión. Y así transcurrieron dos semanas. Hasta que un día se clavó en mi cabeza una ardorosa indignación. ¿Por qué tenía que modificar yo mis patrones de vida? ¿Por qué tenía yo que cuidarme de tanto maricón? ¿Por qué si era yo una persona sana y en su juicio como el resto, tenía que cederles un vagón a esas locas anormales? ¡Que se escondan ellos!, ¡que me huyan ellos!, yo ya no pienso seguir acosado por esta situación, y desde el penúltimo carro miraba a los jotos con odio a través de la ventanilla de la puerta de conexión.

A la noche siguiente, con la dentadura apretada, el Miguel incendiario brotó de mi interior, abordé el metro en el último vagón, con extrema altanería me les quedaba mirando a todos con desprecio arrobador, pero nadie sostenía mis miradas, ni siquiera les provocaba miedo, ni risa, ni ligera incomodidad, sólo me ignoraban los muy putas y yo les gritaba y escupía pero nadie me increpó; cuando salí del andén a la calle me acomodé la camisa y hasta entonces comprendí que el nudito sencillo amarrado en mi corbata había hecho su labor; me sentí un hijo de puta, complacido conmigo mismo, tan poderoso y seguro que me vino una erección.

Inexplicablemente nacieron en mí unas tremendas ganas de acercarme a Sara, de subyugarla, de poseerla con toda mi pasión, cuando llegué a casa por la mañana, la desperté mordiéndole en el cuerpo, le arranqué sus pijamas y la penetré con desesperación, con toda la brutalidad que pude contener en mi interior; traté de apagar sus ímpetus de dominación. Fue una lucha terrible que por momentos creía ganar yo, cuando nuestros cuerpos estaban por romperse de placentera conmoción, yo sacaba mi pene de su vagina e intentaba sodomizarla cegado por la pasión. La respuesta siempre fue la misma:

—¡Nooo! ¡Miguel! ¡Ya deja! Tú sabes que yo odio eso. ¡Ya deja! Ya no quiero —y se apartaba de mí dando por terminado el sexo—.

Así estuvimos varios días, al principio Sara parecía disfrutar mi atención, pero con el tiempo por fin se negó a que hiciéramos el amor. Después la asedié con citas, la invita a cenar en mis noches de descanso, o a quedarnos a ver una película hasta muy tarde en la televisión. Sus respuestas siempre eran las mismas:

—Miguel, no puedo, tú perfectamente sabías que esta noche tengo reunión.

—Miguel, no puedo; mañana tengo que madrugar para ir a Morelia a supervisar la construcción.

—Miguel no puedo… —Miguel, ya deja… —Miguel, no quiero… Miguel, me invades… —¿Por qué haces esto?… Miguel, me asquea, tú bien lo sabes… —¡Miguel, ya basta! Me tienes harta… ¡Miguel, no inventes, tú bien sabías que me hace daño esa puta de flor…

El colmo llegó ese día que antes de irme al trabajo esperé a Sara entre la oscuridad de la casa y cuando ella llegó me le abalancé a besos sobre el cuerpo, cuando ambos estábamos encendidos le supliqué suciamente al oído que me hiciera una felación. De inmediato me apartó de un empujón. Yo le supliqué un par más de veces pero ella se negó:

—Eres un cerdo Miguel, soy tu esposa, ¿cómo me pides eso? Tú ya lo sabes, tú lo has sabido siempre… de verdad no te entiendo… no entiendo tu intención.

Tomé mi mochila y mi corbata y salí en silencio de la casa. Pase con Fernando para que anudara mi corbata.

Y así con una sonrisa en los labios, mucha emoción en el pecho y un flamante nudo triple en la garganta llegué a la estación del metro y abordé el último vagón, alcancé por fin mi justificación. Las voces que acallé siempre, ahora gritaban con emoción.


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