LA CICATRIZ EN LA HOJA

por Antonio Rangel

Por Antonio Rangel

A veces las preguntas más simples pueden despertar un pensamiento muy complejo. Así me sucedió a mí al plantearme cuál es la diferencia entre Nietzsche y Bukowski.

Por supuesto, en un principio, no lo pensé bien. Hay tantas diferencias entre ellos: uno era del siglo XIX, el otro del XXLa cicatriz en la hoja; uno era un filósofo, el otro literato; uno alemán y el otro estadounidense. Sin embargo, si la pregunta se deja rodar y crecer, habría que responder sobre la diferencia entre filosofía y literatura. Una típica salida a este cuestionamiento consistiría en señalar que la filosofía es argumentación: una clase de discurso cuyo objetivo es la exposición de ideas racionales que pretenden mostrar, e incluso demostrar, verdades. En cambio, la literatura discurre a través de ficciones, con figuras que desfiguran la realidad poéticamente, con lo que genera verdades sospechosas, como sugirió Alfonso Reyes.

Si no preguntáramos más, la teoría quedaría perfecta. Los problemas vienen cuando la rueda de la inteligencia no se detiene. ¿Por qué el ensayo puede considerarse literatura en vez de filosofía? ¿Si un filósofo recurre a la ficción para plantear ideas, no estaría haciendo literatura, como justamente es el caso de Nietzsche? Por otro lado, ¿por qué llamar literatura a un texto que de tan realista deja de ser ficticio para volverse biografía, o bien, pura meditación como algunos textos de Bukowski?

De hecho, si pudiera doblar mi vida como una hoja de papel, alcanzaría ese tiempo en el que compré mi primer libro de Nietzsche; si no fue El viajero y su sombra, fue el Anticristo o Así habló Zaratustra. No lo recuerdo bien porque leí uno tras otro a pesar de que con mis lecturas sólo me atolondraba. Si yo tuviera que responder con honestidad en qué se diferencia la filosofía y la literatura, diría que al principio la filosofía es refunfuñona y silenciosa, coqueta y esquiva, seductora e indómita. En cambio, la literatura se deja manosear sin problemas, a las primeras de cambio abre sus puertas, pese a lo cual, resguarda secretos. Sólo que entonces yo no lo sabía.

Creo que en ese tiempo todavía creía en Dios. Aunque yo nunca creí, acaso por instinto racional, en santos ni en beatificaciones absurdas. Creía, o quería creer, que la humanidad existía por una buena razón. Hoy, la cuestión de Dios me parece trivial, lo relevante es que ya no creo en la humanidad ni en la razón y, de hecho, he llegado a dudar del existir. Conviene aclarar que esto lo digo mientras me como un tlacoyo plácidamente, quiero decir, no tengo asomo de conflicto romántico ante estas dudas.

Con Nietzsche me parecía muy claro que el dios judeocristiano era un estorbo para el arribo de la grandeza humana. Tal cosa me motiva a la risa actualmente. Supongo que en el siglo XIX el aire no estaba tan pesado en el aspecto de la desesperanza. Supongo que se podía pronunciar la palabra progreso sin sentirse un cursi profesor de una serranía aislada. El superhombre de Nietzsche habría sido inconcebible en el XX, el siglo de las miserables guerras, y menos en el XXI, en el que los seres humanos aspiran, como máximo, a ser buenas bestias.

Bukowski es un escritor muy iluminador en cuanto a la pérdida de esperanzas acerca de las capacidades humanas. El envilecimiento, la porquería de las relaciones sociales, la enfermedad que aparenta ser la inteligencia cuando queda rodeada de estupideces, en suma, todo el ambiente que Bukowski reitera en la mayoría de sus relatos, yo lo pienso como el sustrato de bestialidad que habrá de impedirnos ser superhombres. Creo que este escritor, ícono de la ebriedad inteligente, le responde a Nietzsche, una y otra vez, por medio de anécdotas, que la amargura no es deslindable del gusto de vivir. No se le puede decir sí a la vida sin un whisky o un coño o un fajo de billetes para gastar en el hipódromo.

Sólo que yo no me daba cuenta de eso ni de mucho menos. Yo no leía para saber más, leía para vivir bien. Por eso en esos días, Nietzsche y Bukowski eran mis compañeros de vagancia. Ninguno de ellos supo adaptarse con mansedumbre a su respectiva sociedad, yo tampoco. Hubiera querido tener una novia que impidiera que mis pies se despegaran de la tierra. Nietzsche me parecía estar por completo despegado. No así Bukowski cuya vida parecía estar repleta de cosas interesantes. Ésta es la diferencia entre filosofía y literatura más clara: la filosofía pierde el suelo bajo sus pies; la literatura gasta sus zapatos caminando por las calles o dentro de un pequeño cuarto haciendo ochos como los tigres. Escogí la literatura y quizá me equivoqué, lo único que sé con certeza es que tengo los zapatos muy gastados.

Ahora pienso de forma mucho más sistemática y tengo un poco de mayor pudor al momento de contar mi vida. Esto me colocaría dentro del círculo de los filósofos, pero lo evito insistiendo en la individualidad de mis palabras que se disfrazan y se enganchan con otras bastante disparejas. Desde un punto de vista formal, ésta es la diferencia: la filosofía suele utilizar las palabras como herramientas para ajustar ideas; por su parte, a la literatura no le importa que se ahoguen las ideas, si el oleaje de las frases resulta admirable; el literato confía en las palabras como el músico en las vibraciones del sonido.

Quizá la singularidad de Nietzsche radica en que fue un filólogo. Amaba el brincoteo de las palabras. En lugar de sistema, lo que tenía era una endiablada obsesión por las genealogías y la moral, por los hombres y el conocimiento. Si desconcertó a los filósofos de su tiempo y a los posteriores, más que por sus ideas, fue por sus formas literarias. En cierto sentido, el sí a la vida nietzscheano implica que sus planteamientos filosóficos tomen prestados recursos poéticos. El tratado filosófico sirve poco para explicar el nihilismo y el caos y el sinsentido, pues un tratado estructurado tradicionalmente contradice el mensaje desmadrador que implica la muerte de dios y el desmoronamiento de la metafísica, digamos que el núcleo, la pulpa, la carnita del pensamiento nietzscheano conlleva el abandono de las formas tradicionales de escribir filosofía en favor de un modo mucho más creativo.

El sí a la escritura creativa es parte del sí a la vida. Y la escritura creativa puede ser tomada ya sea por sus ideas como filosofía o por su belleza como literatura. No me extraña que se hayan vuelto pequeños ídolos, Nietzsche y Bukowski, aunque distintos entre sí, ambos afirmaron la vida por encima de los libros y se quitaron el uniforme de sus respectivas épocas, gracias a lo cual son buenos guías en nuestro tiempo tan extremadamente uniformador.

Está claro que si observo la forma en la que ha sido clasificada históricamente la literatura: los idiomas, las épocas, la temática, los desenlaces, la cantidad de escenas sexuales, etc. Sería imposible juntar a Bukowski y a Nietzsche. Sin embargo, si clasifico mis libros de un modo más creativo y personal, negando la metafísica que subyace a la tipología textual, y afirmando la vida, podría clasificar mis lecturas según cómo éstas me han ensanchado el mundo; según los minutos que me han puesto a reflexionar; según lo ausente que me han vuelto frente al tránsito cotidiano; según una marca vital. Pensando así, en mi librero biográfico, Nietzsche y Bukowski están juntos. Ambos ocupan esa cicatriz que se trazaría si mi vida fuera una hoja doblada a la mitad.


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