LA BESTIA

por Alejandro Roché

Cuando se escucha sobre adicciones, las drogas típicas son las primeras que vienen a la mente; sin embargo, hay un montón de cosas a las que una persona puede tener adicción sin saberlo y ser medianamente funcional. Lo peor es cuando comienzan a interferir en la vida diaria —hasta aquí nada que no se haya dicho—, pero vivir día a día una “adicción pasiva” no es fácil. Yo le digo adicción pasiva cuando la gente que no la padece denominaría al sujeto en cuestión como “adicto recuperado”, aunque realmente nunca sabes cuando vas a volver a caer.

¿Cómo llegué ahí? Es complicado. Como dicen en AA, la adicción sólo es la cima del iceberg, porque detrás hay un montón de cosas, quizás el producto de un típico hogar disfuncional con un padre alcohólico de fin de semana, la madre histérica controladora, un hermano mayor resentido de haber perdido su lugar privilegiado, aunado a un niño con pizcas de Asperger, autismo, maníaco controlador depresivo; todo ello ambientado en un hogar católico donde rezando se deberían resolver todas las cosas inexplicables de la vida y eso incluye telarañas y entuertos mentales. Ahora, escribiendo, pienso qué diferente pudo ser mi vida si hubiera ido a un psicólogo, pero entre lo raquítico de la economía y con ideas de que sólo los locos van a al psicólogo, logré librar una niñez suicida en donde la razón y conciencia de mi propio ser llegaron en paquete junto a la idea de “finalizarme”.

Seguramente exagero si digo que mi infancia fue traumatizante, porque no lo fue; no obstante, quizás esa tendencia humana a recordar todo lo malo sobre lo bueno incline la balanza negativamente. En la adolescencia, en lugar de mejorar empeoró, y justo cuando Fey y su “Media naranja” lideraba el ranking del Metrónomo 97.7, fue cuando todo se desencadenó.

Ese primer contacto fue suficiente para plantar la semilla de una voz, o quizá sólo fue su alumbramiento, porque durante mucho tiempo ese monstruo estuvo gestándose y justo ese día su intenso latir en mi pecho me abrió los ojos a un nuevo mundo, por fin me sentía vivo, nada importaba, sólo el aquí y ahora, una y otra bocanada de aire, y aún puedo recordar claramente el latido en mi corazón como recién nacido gritando al mundo. Años después en terapia llegamos a una de las múltiples razones: necesitaba sentirme vivo, una vida insípida tras los libros no era suficiente para mi corazón; ansiaba cabalgar en libertad y en esa primer experiencia por fin corrió libre en la pradera.

El limitado presupuesto de un estudiante de escuela pública fue la última barrera de contención durante algunos años; los vicios son costosos.

Ahora pienso que este periodo pudo ser diferente si hubiera hecho ejercicio, si tan sólo le hubiera dado a mi corazón esa vitalidad que tanto añoraba; sin embargo, el tiempo que suele curarlo todo o casi todo, únicamente empeoró la situación, porque cuando el dinero dejó de ser un problema, el desenfreno fue inevitable.

Con el trabajo, de pronto surge otra adicción: el workalcholismo, y curiosamente me llevó a ser el jefe del área y ahí el CEO de la empresa te da órdenes, el equipo te pide ayuda, los clientes quieren soluciones, la familia te exprime dinero y al final, eres una marioneta de todos; es ahí cuando sólo quieres tener el control sobre lo que sea, en medio del caos un murmullo, una perturbación, un resplandor mental, los pensamientos se bloquean, tu corazón se agita y tratas de resistir, pero una vez que el pecho se aceleró, es imparable, y liberas a la maldita bestia, te entregas a ella, te sumerges en sus turbias aguas, y únicamente sales a respirar bocanadas de aire lo suficiente para mantenerte vivo, porque entre la asfixia y la adrenalina, el hedonismo y la miseria, la vida y la muerte, nada importa.

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Cuando vas a terapia, empiezas por el principio, aunque realmente es entrar en un cuarto oscuro de noche y con los ojos cerrados. Llegas por un motivo, pero realmente no hay ni por donde iniciar. No obstante, avanzas paulatinamente, aunque también parece que no mejoras, pero algo en ti insiste en seguir y qué bueno, porque el autoconocimiento y desencadenadores ayudan a encontrar la raíz del problema, que a su vez tiene otra raíz y otra raíz y así, casi de manera infinita.

En el preéxtasis, caminas entre calles y sombras, ocultándote de todos, un anónimo más mezclándose entre incognitos, el corazón agitado te lleva al filo de la ansiedad. Dubitativo, permaneces ahí, retándote, imaginando que ahora sí tienes el control de la bestia, y te engañas aún más asegurando que con el pleno control de tu voluntad eres tú quien la libera. Entonces, te dejas llevar por la marea, extiendes las manos, saltas al abismo, la penumbra intimida, embelesado en la oscuridad; en espiral caes perpetuamente.

En el éxtasis, miras a la bestia, infinidad de veces se han mirado. Indefenso, te desgarra la carne, la mente y el espíritu. Agonizando perenemente en la miseria humana, tratas una y otra vez sin saciar el inconmensurable anhelo de sentirte vivo, aunque sea por un instante, un momento, eso es todo lo que pides, breves instantes, por saciar una perpetua sed con agua yerma.

En el postéxtasis, la culpa por la debilidad, por dejarte vencer, la impotencia ante la bestia que una y otra vez te engaña haciéndote creer que ésta será la última vez y los sentimientos duales se contraponen uno a otro, porque también respiras paz y tranquilidad. La bestia triunfante regresa a su jaula; pasada la tormenta, tomas el control; después de la ansiedad carcomiéndote en días, cierras los ojos; al fin duermes en armonía, la bestia está satisfecha.

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En aquellos sórdidos días de éxito y narcisismo, me acosaba en lo más recóndito y denso de mi psique el pensamiento más recurrente: “¿y si al borde del abismo, con los brazos abiertos al aire, cierro los ojos y me dejo caer?”. El tiempo agota las fuerzas y muchas veces fui una hoja al viento y sólo cuando caí enfermo acepté que necesitaba ayuda. Pasaron años y la bestia paulatinamente fue cediendo o quizá también envejeció.

Cuando veo una persona con el estereotipo de un drogadicto, recuerdo lo que Sócrates decía de sus contemporáneos acerca de que preferían darle dinero a los mendigos que a los filósofos, porque siendo la vida azarosa siempre existía la posibilidad de que el infortunio les llegara y la mendicidad era más factible que llegar a ser un filósofo; así yo, estoy más cerca de terminar en las calles que de ser un García Márquez; pero qué tan lejos estoy del uno y qué tan cerca estoy del otro y cuáles han sido los máximos tampoco lo sé, quisiera despertar un día y que todo hubiera sido un sueño, pero a veces siento que no importa cuántas veces volviera a empezar, siempre pasaría por lo mismo, es como si este camino lo debiera recorrer porque sí o sí, así debe de ser.

Con el tiempo he llegado a pensar que la bestia envejece más rápido que yo y el control total es algo casi ilusorio, lo más que puedo llegar a aspirar es que algún día abra la jaula y no haya más ansiedad, nos abrecemos y salgamos a caminar tranquilamente.

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Durante todos estos años, siempre he pensado que lo que me atormentaba era una bestia que debía domar, emociones que debía controlar, pero al menos en mi experiencia, siempre traté de callar la realidad, de asumir que no hay nada ni nadie más que yo, y la realidad es que yo soy el único animal, la única bestia que debía domar. Ahora debo tomar la llave y abrir la celda, caminar libre, correr, volar, libre al fin. Al menos eso espero, nunca lo he hecho.

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IMAGEN

Autorretrato, 2011 >> Alias Torlonio

Alejandro Roché nació en el Edo. de Méx. en 1979. Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional. A la par de su desarrollo profesional como programador informático, se ha ejercitado desde temprana edad en la disciplina de la Literatura, sobre todo en el campo de la narrativa. Lector ávido. De 2000 a 2005 formó parte del Taller de Creación Literaria del escritor Julián Castruita Morán dentro de las instalaciones de la ESIME-Zacatenco del IPN. Durante los próximos años escribió la novela Abraxas, hoy publicada por entregas y disponible en este medio. Colabora con profusión en Sombra del Aire desde mayo de 2015.

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