INTRUSO

por Rosario Ortiz

Pequeñas luces danzarinas atraviesan la redondez naranja de la luna, colgando altiva al noroeste. Desciende juguetona, como novia adolescente. Recortadas tras las ramas dispersas de los árboles, desaparece un momento, para luego reflejarse en el lago engalanado. Soy un ánima extranjera, viajando en el pequeño cuerpo de una luciérnaga. Desde aquí miro al mundo entero.

Una delicada coreografía como de mariposas gigantes danzan sin dificultad en un espejo plateado. Mientras más me acerco me doy cuenta de que se trata de unas lanchas capitaneadas por hombres morenos, enfundados en sus trajes blancos, una especie de cinturón tejido les bordea la cintura. Más adelante veré la maestría artesanal de los vistosos trajes de las mujeres. Reman para después alzar sus grandes alas como de mariposa tejidas con finura, profusamente adornadas con flores de un naranja destellante, como estrellas titilantes. Es de noche. El lago lanza una bocanada de aire fresco; me llega directo al rostro.  Se escucha una bella canción:

Son las redes de plata un encaje tan sutil,

mariposas que duermen en la noche de zafir,

como brilla la luna sobre el lago de cristal:

así brillan tus ojos cuando acaban de llorar.

Noches de serenata, de plata y organdí…

La escucho cada vez más lejana. Cruzo una hermosa plaza inmensa. Bordeo su increíble fuente de piedra rosada y observo una especie de esculturas como calaveras  inquietantes y coloridas. Recuerdo a Diego Rivera, el pintor mexicano, creo que él pintó una mujer así. Les llaman Catrinas. Una vez vi una revista. No sé dónde estoy. ¿Qué hago aquí? El comentario de un hombre extranjero, parece escuchar mis pensamientos, cuando le comenta a su compañero que ya llegaron a Pátzcuaro y van rumbo a Janitzio donde viven los Purépechas o Tarascos. Hacen una festividad del Día de Muertos, que logra atraer gente de todo el mundo. ¡Vaya ignorancia la mía!

Un amarillo intenso como el color del sol cubre una exquisita alfombra aterciopelada. Miel rubia derramada. Es un sendero de flores desconocidas, lo que me hace entrar en una casa. Su colorido es inigualable, con un intenso aroma. Recuerdo la fiesta de San Patricio en mi país, en la que todo se viste de verde, pero esta celebración es otra cosa. Floto alrededor. No sé qué hago en esta dimensión. Morí exactamente hace 33 años; vengo de tierras gélidas, nieves perpetuas. ¡Qué bien se está aquí! Pequeñas llamas temblorosas de las velas, —como si titiritaran de frío— suben en espiral. Estoy frente a una especie de altar. Dos hombres y dos mujeres esperan, esperan a alguien. Esperarán toda la noche. ¿Será que son como mis personajes Vladimir y Estragón? Son seres humanos, —igual que yo— diría el Señor Pozzo a su siervo Lucky. Pero, no, no esperan a ningún Godot. Es inexplicable, hablan un idioma muy extraño para mí, como si fueran cantando, salen sonidos desde su garganta. Lo más sorprendente es que entiendo lo que dicen. No me lo explico.

Con una profunda mística están esperando a su abuelo, que murió hace 33 años, a los 83 años cumplidos. ¡Exactamente como yo! Hablan entre ellos acomodando un retrato de Tata Jurhiata, su abuelo, en el centro del altar. Observo la cruz cristiana. Es increíble, en la conquista espiritual de estas culturas, no pudieron arrebatarles su esencia. Hay agua, sal y unas coloridas calaveras de azúcar con nombres de personas. ¡Me horroriza pensar en mi nombre grabado en una de ellas!, Samuel Beckett, no quedaría bien. ¿Qué dirían mis seguidores?

En los tres niveles del espacio han colocado, según entiendo, diferentes manjares favoritos del difunto. ¿Seré yo el difunto?, no veo a nadie más. Los olores de los alimentos se confunden con el penetrante aroma floral. Le llaman de cempasúchil a la exótica flor, del color del sol. La sola idea de comer después de 33 años de no hacerlo me hace agua la boca. Pienso en un Iris Stew, ese estofado de carne tan irlandés, con su ternera, patatas, zanahorias… O tal vez una merluza o un lenguado, con mi whisky de malta y un café irlandés. ¡Qué delicia!

Colocan los platos con los guisos que no conozco:

—Mira, Juanito. En el primer nivel vamos a poner mole con pollo y arroz, enchiladas, corundas y carnitas, señala su mamá al altar.

—Licha, tú ve colgando en el arco, el pan de muerto.

Me horrorizo, ¡siguen comiendo carne humana! Y hacen el pan de muerto. Un niño entra por la puerta devorando una calavera, derramando embelesado azúcar verdosa por la comisura de sus labios. Hay bebidas, agua, charanda y frutas. Como un mandala, en un plato redondo parece que danzan los boquerones o charales. Los irresistibles olores y sabores de los manjares los deleito poco a poco. Ni en vida probé algo igual. Al principio me resisto a comer el pan de muerto y la calavera de azúcar; un poco después lo hago sin arrepentimiento alguno.

Absorbo la esencia de cada alimento, de cada bebida, en la media noche del 2 de noviembre. Exóticos e inigualables sabores me devuelven la vida, en una noche tan mágica como increíble. Lamento haber devorado la comida de Tata Jurhiata. Ellos siguen esperando, en una espera paciente y jubilosa, sin prisas. Sólo una noche al año, hasta el fin de los tiempos. Morí convencido de la inexistencia de Dios, del sinsentido de la vida, y ahora, después de muerto, ¡tropiezo con esto! A diferencia de mi famoso Godot, ellos si creen que llegará el ánima de su difunto; rescatando el sentido de la vida, ofrendando a la muerte. ¡Qué gente tan singular! Observo que han puesto todo su amor en las coloridas ofrendas.

En esta visita, reniego de mi pesimismo, de mi nihilismo sombrío, de mi mundo sin Dios. Me hubiera gustado vivir por estas tierras. Entiendo perfectamente a Bretón, mientras oigo que dicen que se escucha una pirekua, música propia de esta gente, muy cerca del lago. ¡Esta experiencia ha sido todo un acontecimiento! En esta fugaz plenitud, hay un presente eterno.

—Mamá, mamá, ¿ya vieron? ¡El abuelo traía hambre, se acabó toda la comida!

No queda ninguna corunda, ni nada de mole —Grita Juanito.

—Nada tonto el abuelo, hasta a la charanda le entró.

—Es natural, figúrense, ¡comer una vez al año!

—¡Licha, hija! Hay que volver a resurtir el altar, por si acaso.

—Sí, mamá, en la cocina todavía hay corundas.

Sonrío culpable. Ahora lo entiendo todo: cuando desde la otra orilla nos subieron a una barca parecida a la de una luciérnaga, un ánima junto a mí quedó rezagada. Así, viajé de polizón. ¡Qué absurdo! Ahora tengo que partir. A mí manera, me despido de estos seres, con la disparatada idea de volver algún día.

Noviembre 2022

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IMAGEN

Esqueletos en una oficina >> Óleo sobre lienzo (1944) >> Paul Delvaux

Rosario Ortiz es una mujer que ha tratado de entender el mundo por distintos caminos: las ciencias sociales, la epistemología, la semiótica, el estudio del arte, de la caricatura, del arte plumario. Se asume como lectora. Le conmueve la miseria, la soledad existencial. Le angustia el paso del tiempo, ese que se desliza como arena entre los dedos. Muchas veces ha sido nadie, temiéndole al nunca y a la nada.

La vida la disfrazó de editora, librera, promotora cultural y profesora universitaria. Le interesa escribir para nombrar las cosas que la asombran; le seduce el ejercicio de la escritura para enfrentar al enemigo que viene de adentro.

Ama a Cortázar, a Rulfo, a Camus, a García Márquez, a Benedetti, a Cervantes, a Breton, a Miguel Hernández, a Saramago, a Gioconda Belli, a Sor Juana, a Enjeduana, a Umberto Eco; Silvio, Serrat, Zitarrosa, Mandela, Rius, y todavía más…

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