DE CÓMO NADAR EN UN VASO DE AGUA MEDIO VACÍO

por Mabel Pinos

Las olas del mar mojan mis pies, que en cualquier momento se convertirán en aletas traseras. No sé cómo llegué a esta orilla, cuando hace apenas unos instantes bebía un vaso de agua sobre mi cama. No siento ningún dolor ahora que el efecto de la pastilla ha iniciado. El oleaje me arrulla y la inmensidad del mar, que a otros aterra, relaja mis brazos que han consentido a la transmutación. Mi piel da a un aspecto plateado brillante y mi cuerpo ha tomado ya la apariencia perciforme. De mi boca sale una aguja gigante, creo que hoy seré un hermoso pez espada.

El estar fuera del agua me incomoda, arqueo mi cuerpo, de un lado a otro, para alcanzar el mar. Una multitud se acerca desesperadamente, dicen querer ayudarme, pero en vez de sacarme del encallamiento, y llevarme a aguas abiertas, pretenden regresarme nuevamente a la orilla. Estos depredadores no saben que valgo más vivo que muerto. Si fuera una carrera dentro del agua, seguro perderían ante mi rapidez. Como puedo, me les escabullo y aguzo mi espada para confrontarlos. Me ven extrañados, pero permiten que alcance la profundidad de la playa, donde ahora soy un gladiador libre.

Nado cercano a las piedras que rompen las olas, doy saltos por encima de la superficie acuosa, y regreso a sumergirme. Quisiera que mis problemas fueran como nadar en aguas cálidas. ¿Cuándo decidí que ser humano era una buena idea? Serlo conlleva una vida monótona, circular, desgastante. Te hace esclavo de una pecera que remite a innumerables problemas y sin disfrute. Los mejores momentos los he pasado frente a la playa, con el teléfono apagado, sin distracciones, envidiando la vida del animal acuático. He dejado atrás mi condición humana y lo único sondable ahora es permanecer en este gran vaso que veo medio lleno.

Un niño me señala, desde el exterior, y su madre le dice que deje al loco en paz. Hago mofa de su preocupación humana, no sabe que con eso limita a su hijo a ser igual que ella, a ser igual que todos; un buen perdedor. Aquí no se precisa de filosofía, se es libre con sólo saber nadar y comer lo necesario, sin más ambición. Ahora que he sido señalado, la Marina del Puerto en cualquier momento vendrá por mí. Eso  es mejor a ser alcanzado por algún cocinero japonés que quiera sacar provecho de mi proteína y convertirme en sushi; ninguna de las dos opciones está en mis planes.

Hay una persona, entre los muchos mirones, que sonríe y entiende mi situación de derrotado. Me incita animadamente para que huya de mi lastre humano, desde el exterior. Alzo mi cabeza y señalo que se me una; accede desnudándose y dando al agua. Una vez dentro se convierte también en un pez espada y se une a la celebración de haber convertido el instante en un momento agradable. Nadamos en una danza de giros dichosos, sumergidos en una realidad alegre. Nadamos hasta el cansancio de la libertad que se viste de una boya en alta mar. La señal nos indica donde inicia y termina el peligro para los humanos.

Miramos al horizonte, pisar tierra se ve lejano, le damos la espalda volviendo la vista al firmamento. Se ha hecho de noche, una luna resplandeciente nos acompaña, en las alturas, rodeada de rutilantes estrellas. Ninguno de los dos pretendemos regresar, pero hemos vuelto a ser personas de carne y hueso. Nos abrazamos tomados de la boya que flota junto a nosotros. Sonreímos al ver las luces de la guardia costera que se aproxima, rompiendo la tranquilidad con un altavoz enardecido. Aminoramos el momento presentándonos el uno al otro, esperando, sin posibilidad alguna, que nada ni nadie nos regrese de este hermoso viaje.

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No sé qué hacían ellos ahí >> Óleo sobre lino >> Othiana Roffiel., México, 2021

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