FATALICIDAD

por Héctor Vargas

Por mucho tiempo tuve por ciertas las últimas palabras de mi padre: “Allá afuera, hijo mío, sólo dos cosas son reales: la fatalidad y la felicidad; espero que sepas diferenciar una de otra y que escojas siempre la mejor opción”. Después de pronunciarlas se dio un disparo en la sien y pude ver a la fatalidad arrebatándomelo de las manos.

Con mi madre las cosas fueron distintas. Ella, siendo una ferviente católica, abogó al sacerdote de su parroquia para que diera camino al alma confundida de mi padre, pero el clérigo no lo aceptó. El desconsuelo de mi madre fue tanto que, ante la admiración de los presentes, sacó la misma pistola que diera muerte a padre y obligó al sacerdote a dar absolución a su cuerpo. No creo que aquel discípulo de Dios confiara en su devoción, ya que notoriamente temblaba al bendecir, pero eso bastó para mi madre. Después de la expiación del cuerpo, me miró a los ojos y dándose también un tiro, me mostró un rostro más profundo de la fatalidad.

Yo no tuve valor para obligar al cura a darle cristiana sepultura a ella, y mucho menos el de quitarme la vida ahí mismo, aun cuando tenía pretextos para hacerlo. Simplemente callé, ya que las armas no son mi forma de muerte y me dediqué desde entonces a forjarme un mundo ilógico que viera más allá del suicidio, rebuscando en la decrepitud de los tantos adeptos al infortunio.

Cada persona que es tocada por el pensamiento suicida está destinada a seguir un lineamiento de introspección; lo he visto en la mayoría. El adepto terminal es un ser negado en todas las formas de conservación, desprendido del mecanismo de subsistencia nombrado felicidad, por ser asentido, según el afectado, por quienes soportan la superficialidad y mentira que exige vivir diariamente. No existe juicio sano en quien pretende ser integrado como futuro interfecto, ya que a diferencia de otras decadencias, en ésta, el aquejado está solo y no busca disidir de sus problemas sino lograr un objetivo final: aceptarse como peligro para sí mismo y buscar el beneficio de una buena partida.

He llamado forma de muerte al procedimiento que el necesitado utiliza para culminar con su vida. Saber la forma de muerte es primordial para los subsiguientes pasos que lo motivan. Existe un recurso que se da al ciclarse en su propio mundo, es fácil, en esa oscuridad, imaginar lo que resulta viable o monstruoso como medio para morir. El ya decidido a iniciarse, o para el caso a terminarse, busca en el sinfín de posibilidades un modelo que lo lleve a la anhelada agua de muerte, encontrando, en esa opacidad, por lo menos una forma que resulte no aberrante a su instinto; sirve también para definirse como miembro o simple aficionado.

Es difícil lidiar con un ser que cree que no se engaña, los sentidos fallan cuando la depresión se apodera de su estado, sufre de una fatalidad exagerada, la cual es comparable al positivismo exacerbado de los que se aferran a la existencia. Como sociedad forman parte de una balanza en la que exagerados y exacerbados toman su postura ante la vida, pero en la que al final de cuentas tienden a un mismo fin.

Al tiempo juzgué lo que padre dijera sobre la vida allá afuera. En realidad, la fatalidad se respira en todas partes y la felicidad no existe, lo que existe es la ausencia de fatalidad y se da en pequeños lapsos. Esa afirmación me arroja otra respuesta y es que todos tenemos un grado de suicida al vivir bajo el mismo yugo, pero los hay quienes gozan del buen sufrir, otros que no precisan activarlo, y los que por vergüenza lo ocultan al no existir una seguridad para transmigrar. Como humanidad no estamos preparados para dar libertad a quien decida por su muerte, porque también dudamos de nuestra devoción. Aunque no se elija nacer se es juzgado si se escoge el “falso camino”.

Puedo hablar por mí mismo, reconozco estar afectado, decir que desde hace tiempo temo por problemas inexistentes, como esperar un choque cada que paso por un semáforo, u olvidar verificar los pilotos de la estufa al dormir, o simplemente el no poder despertar por cualquier motivo. Son continuos los ataques que sufro y que se allegan al pensamiento que el suicidio implica. A pesar de aceptarme en modo bajo, temo al momento donde el miedo no está presente para morir por mi propia mano. Usar el mote de suicida para alguien que arriesga su vida valientemente es falso, los verdaderos suicidas no somos valientes y lo tememos todo. Aguardamos el clic de la pérdida total, para que lo planeado, en la hondonada de la depresión, sobrevenga sin más vuelcos.

Tengo por cierto que cumplo con los requisitos, confío y conozco mi forma de muerte, y hasta sé distinguir al colectivo común a mí. Los veo a diario con la mueca de disgusto a flor de piel, han dejado de luchar por ideales superfluos sin dar el paso final. No es que sean falsos enfermos, han sucumbido al permanecer en ese estado. Reconozco también a los que dicen serlo y no arrastran el sino de desgracia verdadero, ese ojo lo logré al ver la fatalidad en mis padres, pero es sólo eso, el saber que existen más en el mismo estado que yo, mas en nada alivia el malestar de sentirse solo y vacío.

Lo llaman inseguridad cuando me califican, y piensan que voy a caer. Es la superficialidad lo que juzgo y miro al ser yo mismo, la misma que no les permite, a los que me señalan, ver la descomposición de la sociedad en cada esquina, la mentira en el comercial de televisión, al político que estafa, o al vecino que te encoleriza por ser tan como es; ¿alguien puede decirme dónde radica la felicidad en todo ello? Yo no quiero salir a la calle, no en esas circunstancias. Prefiero a mi ser solitario, ya que tengo por mal entendido que el olor a fatalidad lo despiden los demás y no yo.

Quizá pienses que te estoy señalando porque el espíritu de la depresión se presenta con un mismo grado en todos los afectados, pero no es así, créeme. Estoy contando un mal chiste de mí mismo y tampoco quiero que lo tomes personal y tener que lidiar con una muerte que no me incumbe. Estoy aquí para reírme de esto cuando esté del otro lado, del lado de la felicidad superficial, alejado del filo de la navaja, y de cualquier manera no intentes detenerme, no es por mis padres que lo haga, desde hace tiempo dudo que la historia haya sido tan trágica como la recuerdo. Sucedió y elegí verla con ojos de fatalidad, perdiendo el juicio de lo visto y lo vivido, con desánimo por lo no visto y por vivir.

A veces pienso en si al irme de este mundo me pierdo de una ausencia de fatalidad que me haga falta por cumplir. También pienso en si existe en la muerte un castigo peor a la fatalidad, para los que no soportan la vida y terminan por quitársela, y si así fuera no quiero experimentarlo; prefiero entonces aguantar hasta el último minuto. Al rondar en mi propia oscuridad, auscultando en mis miedos y mi forma de muerte, hago un llamado con mi maestro allá arriba, le pregunto si está disponible primeramente, y al no recibir respuesta pregunto que si en caso de que mi boleto sin retorno sea aceptado, que si Él me garantiza la entrada al cielo, para lo cual tampoco recibo respuesta y por miedo decido regresar a vivir como todo mundo, esperando los días buenos en que pueda con mi alma, procurando resistir lo mejor posible, para, al final —ya viejo, cansado y con mejor juicio de lo que no pueda restaurar—, morir en santa paz.

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Donny Cuervo >> Artista plástico, Facultad de artes ASAB Universidad Distrital Francisco José De Caldas, Bogotá Colombia.

Héctor Manuel Vargas Núñez nació en Benjamín Hill, Sonora, el 16 de julio de 1972. A la  edad de cuatro años, después de desordenar los tipos de una regla de composición de  una imprenta mecánica, fue llevado a Puerto Peñasco, Sonora. A los diecisiete años, en un viaje en un barco camaronero, después de un intenso día de labores, decidió por las letras que lo aproximaran a explicar lo que vivía. Escritor intuitivo, inició a colaborar, a finales de los noventa, en la sección de música de la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado, a principios del dos mil, en la página Ficticia.com. En la actualidad colabora, desde septiembre del 2015, en la revista digital Sombra del Aire, con los seudónimos de Equum Domitor y Eleuterio Buenrostro.


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