Un enorme lobo gris, cubierto de múltiples heridas —entre ellas, cinco flechas incrustadas en el lomo—, irrumpió frenético en el espeso bosque, intensamente iluminado por la luna llena. De las heridas manaba una cantidad ingente de sangre que, como un río, recorría su denso pelaje.
Atrás quedaron las llamas que se extendían sin control por las construcciones de madera de una antigua aldea de montaña, recientemente arrasada. Destellos amarillos, naranjas y carmesí se elevaban en la noche. El nubarrón ceniciento resultante de la conflagración alcanzaba decenas de metros de altura, hasta confundirse con las nubes noctámbulas.
Entre el bosque y el fuego, persiguiendo al animal, cabalgaban cinco caballeros. Combatientes experimentados y decididos, montaban caballos ágiles, fuertes y veloces, y portaban evidentes señales de lucha en sus cuerpos y armaduras.
—¡Carajo! —exclamó el caballero líder al ver al lobo internarse en el bosque.
Apretó las riendas con frustración, sacudió la cabeza y afiló la mirada. Estaba decidido: si era necesario, perseguiría a la bestia hasta el fin del mundo, incluso hasta lo más hondo del abismo.
—¡Ey! ¡Ey! —gritó uno de los caballeros, tirando de las riendas para frenar antes de entrar en el bosque.
El caballo se detuvo en seco, derrapando. Los otros tres caballeros, que venían detrás del líder, también detuvieron su avance.
—¡Lí-líder Camus…! —dijo una caballera, con evidente duda en la voz.
El líder escuchó el llamamiento y giró el rostro para enfrentar la vacilación de quienes lo seguían. Contuvo su avance y gritó desde su posición, casi en el borde del mar arbóreo:
—¿Qué pasa? —su mirada recorrió a cada uno—. ¿Cristel? ¿Caesar? ¿Basil? ¿Aria?
—Señor…, este bosque es peligroso. Tiene muchos escondrijos… —justificó Basil, aún dubitativa. Alzó la vista hacia el cielo y añadió— y…
—¡Caballeros de la Orden Sangrienta! —interrumpió Camus—. ¿Están asustados?
—No… —respondió Caesar—. No. Es sólo que…
—¿Qué…? —replicó el líder, molesto.
—Amanecerá pronto…
—¿Y?
—Y… ese lobo era diferente. Demasiado. Nada que ver con los otros.
Camus mostró un gesto de agobio. Negó con la cabeza, dominado por el enojo, y exhaló con fuerza antes de responder. Buscó serenarse.
—Tranquilos. Entiendo —dijo, mientras exhibía un colgante con extrañas inscripciones en un idioma arcaico—. No se preocupen. Recuerden que contamos con la bendición de nuestra diosa.
Los caballeros intercambiaron miradas, sonrieron levemente y asintieron.
—Cierto… —admitió Cristel.
Camus continuó:
—Les aseguro que mataremos a la bestia antes del amanecer y regresaremos triunfantes al castillo. No podemos permitir que escape… y menos él, entre todos los lobos. Imaginen la decepción de nuestra reina Vlaida si fallamos precisamente ahora.
—¡Sí, señor! —respondieron al unísono.
—Entonces, continuemos.
Ingresaron juntos en las profundidades del bosque. Encendieron antorchas que hicieron danzar sombras ominosas entre los troncos y avanzaron a galope lento pero constante. Recorrieron decenas de metros entre árboles y arbustos, troncos y rocas, pasto y hojas secas, atentos a cualquier amenaza, mientras las sombras jugaban con sus mentes.
Aunque todos eran peritos cazadores de lobos, Cristel, Caesar y el propio Camus también eran rastreadores de amplia experiencia. Detectarían cualquier rastro lobuno a varios metros a la redonda. Aun así, el bosque era inmenso; ellos, apenas hormigas sobre el césped. Como un embudo, el terreno descendía hacia un valle situado a varios kilómetros al norte.
—Separémonos —ordenó Camus.
Dudó un instante al hacerlo: dividirse implicaba riesgos, pero era necesario.
—Cubriremos más terreno así.
—¿Está seguro, señor? —preguntó Aria.
—No del todo. Pero si no lo hacemos, perderemos nuestra oportunidad.
Los caballeros intercambiaron miradas inquietas y respondieron:
—¡Sí, señor!
—Cristel, Caesar y Aria, vayan al noreste. Basil y yo iremos al noroeste —indicó, oteando las direcciones—. Limítense a rastrear. Si lo encuentran, griten. Debemos enfrentarlo juntos.
—¡Sí, señor!
Se separaron de inmediato, obedeciendo la orden del líder.
****
Cristel, Caesar y Aria avanzaron hacia el noreste en formación de “V”, con Cristel al frente, guiando el desplazamiento.
—¡Maldición! Odio esto. Hoy murieron soldados… buenos soldados, luchando contra esos malditos animales —gruñó Caesar, ubicado a la derecha de la formación—. Y jamás me había enfrentado a algo como ese lobo. Era demasiado resistente, ¿no les parece?
Cristel permaneció en silencio. Mantenía la vista y el oído afilados, atentos a cualquier rastro que delatara la presencia de la bestia o, al menos, su proximidad.
—Sí —respondió Aria—. No entiendo cómo, a pesar de todo el daño, incluso después de acertarle varios flechazos, continuó luchando, frenético. Hirió a Calix, a Andreus y a Bastina…, espadachines experimentados.
—Excesiva confianza… —murmuró Cristel.
—¿Excesiva confianza?
—¿Olvidas que este lobo es el alfa de la manada? —replicó Cristel.
Redirigió entonces su atención hacia un arbusto a la derecha al sentir una vibración. Se tensó… pero no: sólo era el viento.
Caesar y Aria asintieron.
—Miren —indicó Cristel, señalando otro arbusto cercano.
Se acercó y desmontó. Varias ramas estaban quebradas, hojas esparcidas sobre el suelo, la tierra removida por un paso reciente.
—Hojas aún verdes. Savia fresca en la corteza. Una bestia grande pasó por aquí hace poco.
—¿Estás segura de que fue el lobo? —preguntó Aria—. Podría haber sido un jabalí, incluso un oso…
Cristel tomó un puñado de tierra marcada por la remoción y la olió. Frunció el ceño. Luego asintió, convencida.
—Sí —dijo, mientras observaba el entorno y detectaba la dirección de las huellas hacia el este—. Debemos llamar a Camus y a Basil…
No alcanzó a terminar la frase.
Una enorme silueta cayó desde lo alto de un árbol cercano y la embistió con violencia.
—¡Ah! —gritó Cristel.
Intentó desenfundar su espada de plata con la mano derecha, pero el lobo le atrapó el antebrazo entre sus colmillos, hundiendo los incisivos hasta el hueso. Apretó con tal fuerza que los huesos crujieron. El grito de Cristel fue desgarrador.
—¡Ahg!
—¡Lobo! —gritó Aria con toda la fuerza de sus pulmones.
El alarido se expandió por el bosque como una ola, un intento desesperado de alertar a Camus y a Basil.
Caesar se lanzó contra la bestia con la espada en mano antes de que ésta alcanzara el rostro de Cristel. El lobo esquivó el ataque con un salto largo hacia atrás. Gruñó con furia, babeando mientras rodeaba al caballero sin apartar la mirada.
Cristel logró incorporarse. Temblorosa, vio su antebrazo derecho destrozado, apenas sostenido por fibras musculares y tendones. La sangre brotaba sin control. Se apretó el brazo por encima de la herida para frenar el sangrado.
—¡Ahg! ¡Mierda… cómo duele…! —gimió, corriendo a refugiarse tras Caesar.
—Tranquila, Cristel —intentó calmarla Aria—. Nuestros sanadores te dejarán como nueva, te lo prometo.
—¡Ahg! Pero… el lobo ni siquiera ha asumido su forma de batalla… —lamentó Cristel.
—¡Lobito! ¡Lobito! —provocó Caesar, sosteniendo el cruce de miradas.
Sabía que debía mantenerse concentrado: un solo error y estaría muerto. Inspiró hondo, tensó los músculos y atacó con una velocidad sobrehumana. Aun así, el lobo se desplazó varios metros con mayor rapidez.
—¡Mierda! ¡Quedó muy lejos! —gruñó Caesar.
Entonces el lobo aulló.
Un aullido furioso, primitivo. Sus ojos adquirieron un resplandor carmesí, del mismo color de la sangre. Comenzó a erguirse; su cuerpo creció, su musculatura se expandió. Las extremidades delanteras se alargaron, los dedos se transformaron en manos enormes, gruesas y coronadas por garras afiladas. Superó los dos metros de altura, revelando una fuerza forjada por años de brutalidad.
La criatura de la noche había asumido su forma de hombre lobo.
—¡Uy…! —sollozó Aria—. Qué… enorme…
—¡Carajo! —murmuró Caesar—. Ya… ya asumió su forma de batalla.
—¡Formación defensiva! —ordenó Cristel, pese al dolor.
El lobo cargó de inmediato, con violencia desmedida. Lanzó un zarpazo contra Caesar, quien lo esquivó con un salto ágil. No logró evitar el segundo golpe: el impacto en la nuca le rompió la columna y le arrancó una bocanada de sangre.
El cuerpo de Caesar se desplomó, inerte.
—¡Maldito animal…! Yo… yo… —balbuceó Aria, paralizada por el terror.
Luego echó a correr en dirección contraria.
—¡Perdóname, Cristel! —gritó antes de huir.
—¡No, Aria! ¡Cobarde! —gritó Cristel.
El grito se enredó en su garganta cuando el lobo se abalanzó sobre ella y le destrozó la cabeza de un mordisco.
****
Basil y Camus avanzaban hacia el noroeste del bosque. Habían recorrido un tramo considerable cuando un grito lejano los detuvo en seco.
—¡Lobo!
Intercambiaron miradas, tensos.
—¿Ese grito… fue de Aria? —preguntó Camus.
—Sí, señor. No hay duda —confirmó Basil.
—¡Apresurémonos! —ordenó Camus, tirando de las riendas.
Galoparon frenéticos hacia el origen del grito. A cada metro, el terror se apoderaba de sus pensamientos. Entonces escucharon un aullido profundo.
—¡Carajo! Es un aullido de conversión —dijo Camus—. Ya asumió su forma de batalla.
—Diosa… —susurró entre dientes—. Rápido. ¡Rápido!
No pasó mucho tiempo cuando el cuerpo destrozado de Aria salió despedido y se estrelló contra el tronco de un árbol cercano. Quedó reducida a un amasijo sangrante, sin extremidades.
—¡Uf! —exclamó Basil, conteniendo al caballo encabritado—. ¡Calma! ¡Calma!
—¡Cuidado, Basil! —gritó Camus.
El lobo emergió de los matorrales y embistió con furia, derribando al caballo y a su jinete como si no pesaran nada. Atacó con garras salvajes.
Basil logró bloquear los tres primeros golpes. El cuarto fue letal.
Un zarpazo le abrió el vientre.
Otro le arrancó medio rostro.
El último la partió en dos desde la cintura.
—¡No… no…! —gritó Camus.
Mientras Basil era destrozada, Camus espoleó su caballo y logró hundir la espada en el lomo del lobo. La bestia gruñó de dolor mientras la sangre brotaba a borbotones de la herida, como un géiser que liberaba líquido a presión.
Camus tiró de las riendas para obligar al caballo a girar con rapidez y enfrentarlo de frente, pero descubrió demasiado tarde que el lobo ya estaba encima. Una fuerza inevitable lo embistió y lo arrojó al suelo.
La criatura lanzó un zarpazo ascendente. Camus lo esquivó con una voltereta y respondió con un tajo certero al vientre del monstruo.
Fue entonces cuando el lobo, tras emitir un chillido gutural de dolor, habló:
—Camus Simion… seguidor de la reina Vlaida. Adorador del culto de Sanguinn, diosa de la sangre. He esperado demasiado este momento: tenerte frente a mí. Costoso será el precio de tu afrenta —gruñó entre lamentos cavernosos—. Guiaste el asesinato de mi familia: de mi esposa, de mi hijo… de los míos. Quemaste todo cuanto recordaba y amaba.
—Erik el Gris… tú y tu maldita jauría de perros sarnosos debieron extinguirse hace años —escupió Camus—. ¡Vengaré la muerte de mis aliados!
Apretó la empuñadura con ambas manos y clamó:
—¡Diosa, bendice este filo!
Al concluir el ruego, la hoja estalló en un resplandor plateado, idéntico a la luz lunar que bañaba el bosque.
—¡Maldito chupasangre! —rugió Erik—. ¿Usarás tus trucos?
—¿¡Trucos!? —bramó Camus—. ¡Perro pestilente! ¡Morirás de un solo golpe!
Ambos corrieron el uno hacia el otro: Camus con la espada en alto, Erik con las garras tensadas hacia el frente.
El choque fue brutal. Las aves nocturnas alzaron el vuelo en estampida. Erik perdió el brazo derecho. Camus, aunque logró atravesarlo, cayó de rodillas al otro lado y escupió una bocanada de sangre.
—¡Ay! ¡Carajo! —gimió— ¡Calculé mal el ataque!
Cinco desgarres profundos atravesaban su abdomen; las vísceras quedaban expuestas. Intentó reintroducir los intestinos con manos temblorosas, sin éxito.
—Estoy jodido… —sollozó.
—Nada mal, chupasangre —dijo Erik, observando el corte limpio donde antes estaba su brazo.
Alzó la mirada hacia el cielo visible entre las ramas.
—Está amaneciendo…
—Ja, ja, ja… —rio Camus—. Recuperarás tu disfraz humanoide…
—Estás confiado porque ese colgante arcaico los protege del sol —respondió Erik—. Malditos ególatras…, ustedes, los vampiros, nunca cambian.
Camus sonrió con crueldad.
—¿Sabes algo, Erik? Disfruté matar a tu jauría. Pero sobre todo… disfruté matar a tu esposa y a tu hijo.
Erik rugió con furia. Sus colmillos quedaron expuestos mientras de sus fauces escurría un líquido espeso.
—¡Malnacido!
Aun así, comprendió que Camus buscaba una muerte rápida. Dejarlo con vida —permitir que sus heridas regeneraran— sería una afrenta mayor al orgullo vampírico. No podría regresar al castillo tras fracasar en la cacería del líder de los lobos grises.
Avanzó lentamente hasta quedar frente a él.
—Dicen que cuando los vampiros son expuestos al sol sienten un dolor insoportable —dijo—. Que morir les toma varios minutos, percibidos como una eternidad. Por eso muchos desean morir de inmediato.
—Ajá… muchas cosas se dicen de nosotros…
Erik fijó la vista en el colgante arcaico y extendió la garra del índice.
—¿Q-qué pretendes…? —preguntó Camus, nervioso.
—Adivina.
Con un tirón seco, arrancó el colgante del cuello de su enemigo.
—¡No! —gritó Camus, desesperado.
Erik cerró el puño alrededor del amuleto y miró al cielo.
—Mira… está amaneciendo.
—¡Erik! ¡Erik…! —suplicó Camus entre lágrimas.
Intentó arrastrarse, pero la mezcla de sangre, vísceras y excremento se lo impidió. Cayó de bruces.
El sol apareció en el horizonte.
Erik comenzó a transformarse progresivamente en su forma humanoide. Camus empezó a humear.
—¡Erik…!
—Disfrutaré tu muerte —dijo Erik, ya con voz humana—, del mismo modo en que tú disfrutaste la de los míos.
—¡No! ¡Ahg…! —chilló Camus.
Se retorció mientras su carne ardía, consumiéndose en un sufrimiento indescriptible. Quedaron huesos. Luego, sólo cenizas.
Erik observó el colgante una vez más y cerró los ojos.
****
La reina Vlaida de Sued permanecía sentada en el imponente Trono de Sangre, en el castillo del reino unificado de los adoradores de Sanguinn.
Su apariencia era la de una joven radiante, aunque sobre su existencia pesaban siglos. Su cabellera plateada caía como un manto sobre la piel pálida, semejante a nubes muertas. Vestía una túnica ornamentada que reflejaba su majestuosa oscuridad. Una corona elegante reposaba sobre su cabeza: símbolo de un poder inquebrantable.
Mientras discutía asuntos del reino con sus consejeros, tres caballeros de la élite vampírica ingresaron con semblantes tensos y se inclinaron con reverencia temerosa.
—De pie —ordenó Vlaida, con frialdad absoluta.
El portavoz dio un paso al frente.
—Mi señora…, traemos noticias alarmantes.
Vlaida arqueó una ceja.
—Habla.
El caballero mostró ocho colgantes antiguos, ensangrentados.
—Nuestros soldados siguen cayendo al norte. Hay… algo en el bosque. Un monstruo incontenible que bloquea el avance hacia el Valle de Raud.
Los consejeros murmuraron inquietos.
—El Valle de Raud… —dijo uno—. Entrada al dominio de los licántropos. Se dice que se preparan para atacar.
Vlaida se inclinó hacia adelante, los ojos ardiendo.
—¿El bosque al norte, cercano a la extinta aldea de los lobos grises?
—Así es, mi señora —confirmó el caballero—. Camus Simion lideraba la expedición. Él también ha desaparecido.
Vlaida sonrió con frialdad.
—Recuerdo a Camus… y recuerdo a Erik el Gris —susurró—. Bastante bien lo recuerdo. ¿De verdad crees que tus tácticas de guerrilla bastarán contra los seguidores de Sanguinn, Erik?
Su risa resonó en la sala, helando la sangre de todos. Sin embargo, por un instante, una sombra de duda cruzó su mirada.
—Si es realmente Erik el Gris… —murmuró— esto apenas comienza.
Un viento helado recorrió el salón. En algún lugar, más allá de los muros del castillo, un aullido lejano rasgó la noche.
¿Y si, al borde de la eternidad, la reina se enfrentara por primera vez a algo que ni siquiera ella pudiera controlar?
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Nabucodonosor >> William Blake (Londres, 1757 – 1827)
Cristian Guevara (Cali, 1989) es escritor y psicólogo colombiano. Concibe la escritura como un territorio donde explorar los límites de lo real y lo imaginario. Su obra se centra en poesía y cuento, con afinidad por el suspenso, ciencia ficción y terror. Busca que cada relato genere un impacto duradero en el lector, sumergiéndolo en atmósferas inquietantes y despertando reflexiones que trasciendan la última página. Entre sus influencias figuran P. K. Dick, Chuck Palahniuk, Ursula K. Le Guin, Arthur C. Clarke, Clive Barker, H. G. Wells, Ray Bradbury, Stephen King y H. P. Lovecraft. Ha publicado en más de un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, entre ellas: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Albores caipell, Paladín, Inquisidor, Narrativa, Sonámbulo, El creacionista, Clan kütral, Sarape de neón, El nahual errante, La navaja extraviada, Nova talassa, Crónicas ómicron, Aion.MX, Casa Usher y Voces indelebles, consolidando su presencia en el panorama literario contemporáneo.

