ENSAYANDO UN DIÁLOGO

por Antonio Rangel

Por Antonio Rangel

Estoy seguro de que la primera persona que habló, lo hizo para responder una pregunta.

Uno pensaría que si una pregunta se responde queda el círculo cerrado, pero la gente no busca respuestas sino la posibilidad de seguir hablando.

Charla de amigos- Valeria Di Pascuale

Charla de amigos » Valeria Di Pascuale

 

No sé si el sentido verdadero de poner bibliografía al final de un texto se deba precisamente a ese afán parlanchín, es decir, es como si los autores buscaran que el lector encauce toda su curiosidad en ir a la biblioteca o a desmenuzar de internet más y más información para seguir platicando de la misma cosa otro rato.

Los investigadores, que son quienes por lo común usan bibliografías, han de tener total confianza en que merodean la verdad y que ésta les queda a un zarpazo de distancia, que por eso mismo, ni una coma debe quedar fuera de su silla en el aparato crítico. Por mi parte, yo no creo que sería capaz de revisar las referencias de ningún texto concienzudamente, quizá después de revisar un par de fuentes al azar, zanjaría el asunto.

Por otra parte, prefiero a quienes dialogan sin citas, pues por más guapas que sean las invitadas que llegan a una fiesta sin invitación, me perturba no saber de dónde salieron.

Una vez imaginé a dos individuos platicando sobre diversos temas. Irían en un camión, habrían estudiado en la misma Facultad, ambos recién egresados, uno de Historia y otro de Filosofía, y su conversación sería algo así: Todavía no decido mi voto, es que, ¿has leído a Kropotkin? Claro, yo sí ya me decidí, ¿leíste a Silva-Herzog Márquez en su blog? Ah, ya, es verdad lo que escribió, ¿pero recuerdas lo que dice Benjamin del mesianismo? Es cierto, sin embargo, la otra vez leí a Habermas. ¿Neta? Yo también, te digo por eso es que todavía no me decido.

Citar a los gigantes no es lo mismo que treparse a sus hombros.

Lo que han pensado, preguntado y respondido los humanos siglo tras siglo, sobrepasa por mucho la capacidad individual de pensar, por eso es práctico conocer la historia de las ideas, de las mentalidades y de las ciencias; así no perderemos el tiempo pidiendo mujeres al olmo. Sin embargo, por conocer tales historias tampoco debemos dejar de reflexionar por nuestra cuenta ni de discutir sólo lo que otros han visto y planteado. Los gigantes son inútiles si no podemos encaramarnos sobre ellos, jalarles una oreja, arrancarles un vellito y descubrir la posibilidad que tenemos de ver más arriba.

Los gigantes, o sea los clásicos, son muros de escalada; no puntos de llegada.

Si sintiéramos a los clásicos excesivamente imponentes no podríamos ponerles el pie encima para ir, rasguño a rasguño, ascendiendo a través de ellos. Y entonces no servirían de nada. De hecho, he aquí el problema del prestigio de escritores que casi nadie lee. El respeto que se les tiene acaba por opacar la diversión que podrían causar incluso a los lectores primerizos. Por eso yo creo que a los gigantes de ayer y hoy primero hay que zapatearles encima, y luego a ver qué vemos. Un diálogo fructífero carece de jerarquías. Ni el autor es rey ni el lector es plebeyo.

Quizá no en todos los géneros ni en todas las corrientes literarias lo que prevalezca sea la voluntad de diálogo. Los antiguos narradores en tercera persona se subían a un estrado para dirigirse al lector y muchos poetas crípticos parece que escriben para sí mismos. El caso del ensayo sí es distinto; desde su nacimiento mostró una avidez de diálogo. Como soy mexicano debería usar el término ‘plática’, que usamos para nombrar las conversaciones libres, leves, veleidosas; las que viven opuestas al autoritarismo, a la neurosis de la verdad, a lo que está comprobado por la ciencia, a lo que dijo tal alemán, a lo que señala tal libro sagrado, a lo que publicó tal revista académica, o cierta estadística o encuesta. La plática como flujo de la voz propia, que avanza entre experiencias personales e intuiciones, es la música de fondo del ensayo.

Pero si tuviera un Sancho Panza aquí a mi lado, me diría sabiamente: en el teatro sí que hay diálogos, pero en un ensayo el autor escribe y ya; no hay más.

En el ensayo, mi querido Sancho, a veces de forma explícita, aunque las más de las veces de modo encriptado, el ensayista, consciente de que forma parte de una red intelectual, da respuestas a preguntas que otros plantearon y pregunta lo que a su juicio nadie ha respondido satisfactoriamente. Tales redes intelectuales están formadas por individuos cuyos intereses en común los impulsan a conjuntar esfuerzos para realizar obras y actividades culturales. Por eso aunque a tus sordos ojos parezca que un solo individuo está escribiendo un ensayo, lo cierto es que hay sombras en su voz que de otras voces son proyecciones. El ensayista no es un violín sino una orquesta; no es un pez, es un cardumen; no es monólogo, es polifonía. Cuando se integran a la carne las lecturas ya no es posible citarlas. Por ejemplo, sé que Alfonso Reyes elaboró alguna vez un texto sobre las citas y el plagio y no sé qué otras cosas, aunque he olvidado las palabras exactas y el título del ensayo, sin embargo recuerdo que influyó en mi forma de pensar, de tal suerte que si alguien conoce lo de don Alfonso, seguro podría pensar: cuál influencia, si tú dices lo contrario; o bien: cuál influencia, si te lo has plagiado; incluso: cuál influencia, si lo citaste tal cual; pero también: cuál influencia, Reyes nunca escribió nada sobre este tema. En todos los casos, lo que puedo alegar es que me siento dialogando al escribir esto, no sólo con mis lecturas, sino también con las personas que conozco y, más aun, siento que platico con un humanista del futuro que quizá quiera responder preguntas que yo hago y de esa manera continúe la comunicación que empezó con aquella persona que respondió una pregunta.


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