EL ARTE DE CAMINAR POR LAS CALLES

por Alberto Navia

Por Alberto Navia

Caminando, caminando,
¡caminando!
Voy sin rumbo caminando,
caminando;
voy sin plata caminando,
caminando;
voy muy triste caminando,
caminando.
Está lejos quien me busca,
caminando;
quien me espera está más lejos,
caminando;
y ya empeñé mi guitarra,
caminando
Nicolás Guillén

El arte de caminar por las callesEl arte de caminar por las calles de la ciudad. El arte de recurrir al primigenio modo de locomoción que es usar las propias piernas. El arte de aventurarte dentro de un mundo que se ha vuelto cada vez más ajeno al humano deambulante que se aventura por la calles de una cuidad.

Camino por la calle como cualquier otro ciudadano común y corriente. Camino por ese espacio que, se supone, está dedicado al hombre (y la mujer también, por supuesto) que ejerce su derecho a la locomoción natural o que, cualquiera que sea la causa, se ve obligado a ello. La banqueta es ese espacio seguro para aquellos que no tienen otro medio de desplazarse o que simplemente han elegido usar sus piernas para ir a donde su voluntad les dicte o su necesidad les requiera. Pero ¿qué tan libre es un ciudadano común de moverse caminando por su ciudad?

Todos, casi con seguridad, hemos transitado alguna vez por alguna calle, quizá recorriendo un breve trecho o caminando largas distancias. ¿Cómo ha sido vuestra experiencia caminativa, grata o ingrata? ¿Relajante o estresante; fácil o difícil? ¿Lo han hecho por el puro placer de sentir el piso bajo sus pies o lo han hecho por no contar con otro medio de desplazarse? Cualquiera que sea la respuesta caminar por las calles de una ciudad suele ser toda una aventura.

Yo camino frecuentemente, a veces por el simple placer de recorrer los espacios y sentir el viento fresco en el rostro pero la mayoría de las veces es porque tengo necesidad de ello, entonces no puedo elegir rutas o senderos por su comodidad o belleza, entonces debo de ir por la ruta corta, usando los espacios urbanos que deba o pueda para llegar a mi destino. Pero cuando un caminante sale a la calle debe de estar preparado para enfrentar algunos retos insólitos. Descubrirá que la banqueta, ese lugar propio para la deambulación urbana, casi nunca es ese sitio seguro e idílico con el que soñamos.

Salgo de mi casa y camino por la calle hasta la avenida próxima. El fraccionamiento en donde vivo fue construido en un espacio pequeño, optimizando al máximo los espacios para calles, banquetas y construcciones, por tanto las banquetas son muy angostas y apenas tienen espacio para una persona a la vez, por tanto, si nos encontramos dos vecinos a la vez en la misma banqueta, uno de nosotros deberá de bajarse al arroyo. Las calles también son bastante estrechas con espacio suficiente tan sólo para un único auto así que los vecinos usan las banquetas como estacionamiento; entonces ¿en dónde queda el espacio ideado para la deambulación de los humanos? pues debajo de los autos estacionados. ¿Cuál es la función para la que se diseñaron las banquetas? pregúntenle a uno de sus vecinos, de esos que dejan siempre su carro en la banqueta afuera de su casa.

Los ciudadanos de a pie no protestamos.

Llego a la avenida, las banquetas son más amplias y ya no hay autos estacionados en ellas (aunque siempre cabe la posibilidad de encontrarse con alguno). ¡Por fin caminaré a gusto y seguro! ¿Pero, unos cuantos pasos más adelante, con qué me encuentro? puestos improvisados de vendedores de diferentes artículos, desfachatadamente, han ocupado el espacio dedicado a los peatones.

El peatón no se revela.

Y no sólo hay que cuidarse de los puestos de los ambulantes (atrévanse a pisar uno y verán la que se arma) los locales comerciales establecidos han bajado los toldos para evitar que el sol dañe los productos exhibidos, qué importa que éstas queden más bajas que la altura de un peatón, así es que hay que aprender a cabecearlas y estar atento de agacharse a tiempo para evitar darse un buen coscorrón.

El peatón no importa.

Sigo caminando por la banqueta —el lugar más seguro para el peatón— cuando de repente me encuentro de frente con un señor y un niño en bicicleta. ¡Estos no son peatones! No es que yo sea envidioso para compartir espacios pero la banqueta es para los caminantes, ¿no?

El peatón no reclama, sólo se hace a un lado.

Más adelante hay una salida de un estacionamiento y, justo cuando voy a pasar, un auto sale de ella hacia la avenida; yo debo de detenerme y soportar la expresión del conductor que me mira con desprecio: “pinche jodido” se puede leer en su mirada, yo espero pacientemente a que termine de salir.

El peatón no importa.

Sigo caminando y esta misma escena se vuelve a repetir en diferentes ocasiones y casi con las mismas características, tan sólo en una salida un señor me cedió amablemente el paso; seguro que él debe caminar seguido por las banquetas, pienso.

Tengo que guarecerme de la pertinaz lluvia que comienza a caer sobre las calles de mi ciudad. Me apretujo junto con un grupo de peatones bajo un portal de una tienda. Hay que traer la sombrilla cuando es tiempo de lluvias (que ahora, gracias al Calentamiento Global, es casi todo el año) y tienes que salir a las calles si no quieres llevarte una buena mojada.

El peatón es paciente, espera.

Cuando deja de llover continúo con mi travesía. Ahora han surgido otros obstáculos inesperados: las banquetas no están parejas, en muchas de las entradas de las casas o de algunos comercios hay rampas propicias para la entrada de los automóviles pero peligrosas para los caminantes puesto que con la lluvia se vuelven resbalosas, así que hay que caminar con mucho cuidado para evitar perder pié y tener un accidente. Además, como ya había dicho anteriormente, de tener que detenerse cada vez que un auto sale o entra.

El peatón cede su espacio a la máquina.

La lluvia continúa, no fuerte pero sí pertinaz. De repente me encuentro atrapado en un cruce de calles. Los semáforos controlan el tránsito de los vehículos dándoles su oportunidad de paso a estos para luego dársela a los otros, pero el peatón, ese debe de sortear los autos que vienen en un sentido cuando les toca el siga y los autos que dan la vuelta desde el otro sentido cuando es su oportunidad de continuar.

No hay oportunidad para el peatón.

En un instante me encuentro entre un auto que da la vuelta y un charco que se ha formado por la lluvia y que yo debo bordear. El chofer de un auto se molesta: ¿¡Cómo es posible que un simple peatón se atreva a retardar su paso!? Bueno, por lo menos no me ha atropellado, pero al pasar, el automovilista, un individuo muy gordo y mal encarado, se arriesga a recibir algunas gotas de lluvia para bajar el cristal de su ventanilla para gritarme: “Fíjate, pendejo”.

El peatón es un estorbo.


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