DEMENCIA

por César Vega
BITÁCORA FÚTIL

Una esencia débil de sonido perfuma la habitación a oscuras, brota desde el espectro de luz que yace en el suelo helado y se empieza a colgar por las cobijas y las sábanas con dedos volátiles y sinuosos.

El zumbido de las cinco a eme escarba la noche para colarse hasta la más profunda gruta de tu sueño REM, sólo entra ahí y cascabelea cada dos segundos y dos segundos, pausa y lo vuelve a hacer, por el tiro del agujero recién cavado empieza a escurrirse la música fría del despertador, es líquida como el agua y empieza a inundarlo todo, brota sin control por la oquedad recién abierta por el intruso vibrador; a cada momento adquiere más fuerza y empieza a despedazar las paredes del orificio por donde entro, todo está empapado y frío e inhóspito y no hay otra alternativa adusta que dejar tu sueño, ya fuera bueno o ya fuera malo, qué más da, esto acabó, hay que salir de ahí si no te vas a ahogar.

Tus ojos emergen a la superficie de las penumbras y empiezan a aguzarse para observar el entorno, una nata de miopía que flotaba en el límite más superficial de aquella oscuridad se adhiere a tu mirada y vagamente comprendes que no te dejará ver más allá; frotas un poco tus ojos con el dorso arrugado de una mano para despejar aquellas semitransparentes e inmundas algas, vestigios de sueño que no te permiten verlo todo con claridad… te das cuenta muy pronto de que en realidad no son aquellos residuos flotantes de aquel mar de oscuridad los que te ciegan; en realidad recuerdas que tus ojos son dos esferas delicadas que han rodado en demasía por las imágenes de la vida que ha terminado por esmerilarse la otrora prístina película de suave cristal que los recubre. Ahora son como dos canicas viejas y opacas que a fuerza de jugar tanto con ellas han dejado de proyectar su brillo original. Ya no puede verse el adorno que llevan en su interior, y desde adentro difícilmente puede apreciarse como tal la realidad que subsiste en lo exterior. En otros páramos de esta vasta oscuridad, tu cerebro también emerge a la realidad, pero se abruma sobremanera con celeridad y prefiere ahogarse de nuevo como un suicida en el narcótico sopor del no pensar; no se puede no existir pero puede dejar de importar.

Aun así, más por costumbre que por agudeza visual (y mental), coges con precisión el celular y entre el espectro de luz que suavemente se proyecta en el plafón, miras con desgano que la alarma muestra una leyenda escueta que reza: “a correr”… Sabes que no saldrás a correr esta vez, de hecho lo sabías desde la noche anterior en que programaste la hora del despertador, y lo sabes desde hace muchos días y meses atrás, pero de algún modo te consuelas con la idea de que una madrugada despertarás con las ganas suficientes para calzarte los tenis, vestirte de pants y salir a trotar entre las penumbras gélidas del invierno sin importar nada más. Sin embargo, esta vez no… hoy no… cinco minutos más. Abortas la alarma, dejas el celular de nuevo en el piso y recuperas tu posición inicial; te das cuenta de que tienes frío, la espalda la tienes expuesta, tratas de jalar el cobertor para cubrirla, pero del otro lado el cuerpo de Helena está completamente envuelto en ella y sabes que no lo lograrás sin despertarla y reclamar tu segmento correspondiente de cobertor. Te resignas con facilidad como con todo últimamente en tu vida. Qué más da. Miras entre las sombras el cabello de Helena, está de espaldas, así duerme por lo regular. Te dispones a dormir un poco más, ha sido una noche muy corta; la última vez que viste al mundo eran cerca de las dos de la mañana; has dormido poco más de tres horas en realidad. Te dejas llevar. Sabes que la alarma volverá a hacer lo suyo en unos quince minutos a más tardar. Duermes con facilidad.

El zumbido te visita de nuevo y lo arrojas de tus sueños con deferencia total; lo hace una tercera y una cuarta vez más, pero lo vuelves a ignorar. Abres tus ojos de pronto, apanicado por la estólida luz matutina que se cuelga de manera inusual por las paredes del cuarto. Giras hacia un lado de la cama y atestiguas que el reloj con cara de siete de la mañana se burla de ti con una sonrisa odiosa de “te lo dije pero no quisiste escuchar”. Saltas de la cama enfurecido; dejas un murmullo sobre la cama con el volumen adecuado para que Helena lo encuentre, pero que al mismo tiempo te permita aparentar que lo proferiste sin intención de molestar. El murmullo reza: “Puta madre, se me hizo tarde una vez más”.

El perro se despierta al escucharte y justo en el momento en que bajas los pies de la cama él los toquetea con sus narices frías y suplicantes; su chillido reza: “quiero salir a orinar”. Te abres paso entre el profundo tinieblar de las otras habitaciones, profundo porque no ha clareado el día del todo y porque encima no llevas puestos los anteojos. Prendes el calentador, apenas unas rayitas arriba del nivel mínimo porque hay que ahorrar en gas, no enciendes las luces de la habitación porque también hay que ahorrar electricidad. Y mientras el agua se medio calienta, buscas la correa del perro, las sandalias, una sudadera sobre el pijama, una bolsita para las heces, las llaves de la puerta principal y una gorra para esconder el cabello que es una verdadera calamidad.

Te escurres por el umbral abriendo lo mínimo la puerta porque te da pendiente que se salga el gato. Abres la reja de la calle y el perro tira de tu brazo con inmisericordia total; a veces quisieras que la fuerza fuera tan masiva que tu mano se desprendiera de su brazo y eso te lleva a pensar si una amputación así de contundente podría matarte, ¿acaso uno puede desangrarse si se cercena una de las manos a la altura de la muñeca por efecto de desprendimiento? ¿Cuánto tiempo me llevaría desangrar? ¿Dolerá? ¡Claro que duele! Pero no me refiero al corte de la mano, me refiero a si duele morir desangrado; dicen que antes de que eso pase le da a uno mucho sueño… No estaría tan mal, estoy demasiado cansado… pero es una tontería en realidad, ni mi perro ni su correa pueden configurar un escenario que ni en el peor de los casos me lleve a perder la mano y morir en consecuencia desangrado… Pero si eso pasara ya sé a dónde me iría a morir. Me sentaría en la banca que está al final del parque a chorrear sangre sobre el tezontle rojo ¿de qué color se teñirá el tezontle empapado en la sangre de un suicida? ¿Pardo, negro, rojo marciano? Puras pendejadas pienso. Yo no soy suicida…, bueno, no lo soy porque no tengo los huevos…, además, aunque la odie, siento que sí amo a la vida con un odio total. Qué más da.

Cuando caigo en mí, porque a veces caigo fuera de mi ser como un balero que cae hoscamente sobre la manaza que lo sostiene; cuando caigo en mí de nuevo, veo que el perro y yo llegamos a la calle; el lapsus del recorrido y cómo lo recorrimos no se registra en mi memoria… a decir verdad me estoy acostumbrando a perder secuencias y segmentos importantes de mi vida. Pasa a menudo.

Me resigno con facilidad, nuevamente caigo en mí, el día se ha ido entero de forma cruel y vertiginosa, es un hecho que fui a trabajar; no recuerdo cosas trascendentales de este día, se ha esfumado para no volver más, me rasco las sienes y algunas canas caen sobre el teclado, el recuerdo del viaje de ida y de regreso ya no están… Trato de repasar con la lengua mi paladar para reconocer algún resabio de lo que acabo de cenar… nada, ni eso recuerdo, tampoco está… Me sorprendo contemplado el guiño incesante de un cursor negro sobre una campiña cubierta de nieve blanca, si esfuerzo mis ojos de cierta manera y desde cierto ángulo alcanzo a ver cómo aparece en el monitor el fulgor de un espectro que dice que soy yo… Escalofriante… bajo la mano para acariciar a mi perro y no lo hallo. Ella dice que murió, que de eso ya tiene muchos años, que ni siquiera lo conoció. Mis ojos se llenan de lágrimas…, esto es un error, yo no soy quien creen que soy… ¿A qué me senté ante el ordenador? Estaba escribiendo algo y la idea se me esfumó… No sé lo que quería contarte, me distraje.

¿El viejo del reflejo de la pantalla soy yo?… ¡Claro que no! ¿Dónde está mi perro? ¿Quién se lo llevó? ¡Malditos! ¡Monstruos!  ¿Qué les he hecho yo? Vuelve la mujer con el rostro suave, no la conozco pero quisiera conocerla, hay algo de familiar en su voz que me brinda una paz horrenda y flaca pero que se agradece montones en medio de tantas caras extrañas y de tanto ruido y confusión. Dice que es hija mía… Yo no tengo hijos. No, señor… Me lleva a una recámara que no es la mía pero que asombrosamente podría serlo… tiene tantas cosas que me gustan… Sé que suena extraño pero el lugar tiene mi olor. ¿Y Helena? ¿Dónde está Helena? ¿Por qué no viene a dormir hoy? La mujer del semblante dulce ahora tiene un gesto de triste desconcierto, se lleva las manos al rostro… suspira, se recompone, se aclara la voz, me cobija y me cuenta cosas que en realidad no me importan, pero se ve tan afable que avergüenza interrumpirla… Finjo quedarme dormido para que me deje a solas con mis pensamientos… El sueño me pesa un poco. Cierro los ojos, los abro de nuevo.

Una esencia débil de sonido perfuma la habitación a oscuras, brota desde el espectro de luz que yace en el suelo helado y se empieza a colgar por las cobijas y las sábanas con dedos volátiles y sinuosos… recuerdo tener veintisiete años, hacerse tarde para ir al trabajo… mi hija entra de nuevo al cuarto… ¡Es cierto, tengo una hija!… me desata la corbata que me acabo de anudar… -¡Padre! Acuéstese, son las tres de la mañana, usted ya no tiene que ir a trabajar.

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Cuatro árboles >> Egon Schiele., Austria, 1890-1918.

César Abraham Vega nació en la Ciudad de México el 30 de abril de 1981. Narrador, crítico, promotor cultural y traductor. Es egresado de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la FFyL de la UNAM con especialidad en el área de Lingüística. Tiene estudios formales de Informática e idiomas. Ha impartido conferencias, cursos y talleres de Fomento a la Lectura, Literatura y Lingüística.  Algunos de sus textos han sido publicados en diferentes medios impresos y electrónicos. Actualmente se desempeña como webmaster y enlace técnico editorial en Sombra del Aire.


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