COELHOFOBIA

por Eleuterio Buenrostro

Había una vez, en un puerto llamado Punta Peñasco, un vendedor ambulante de nombre Panuncio, que vagaba las calles en una carreta jalada por un burro. Con un badajo anunciaba su presencia, y la gente salía al encuentro para recibir sus encargos especiales o para indagar en las novedades venidas de la ciudad. Panuncio parecía un rey dador de alegrías, rodeado por la multitud, y sonriente al ver la fascinación que sus productos causaban. La carreta era un pozo de abundancia donde se encontraba de todo: zapatos chinos para parecerse a Bruce Lee; luchadores de plástico y bolsas de sorpresa para los niños; pintura de labios y zapatillas para las jóvenes; ropa de todo tipo y hasta joyería. Su mirada era taciturna y daba su lugar a cada comprador. Lo esperaban con ansia y lo admiraban por su poder de causar sorpresa.

Era habitual verlo en las calles del Puerto recibiendo encargos de las jóvenes, y siguiéndolo, hasta terminar su recorrido. Una noche de tantas, aprovechando su partida, una bruja del barrio habló mal de Panuncio. Dijo que había encontrado unas cartas de juego con figuras de mujeres desnudas entre el tilichero de su carreta, y señaló a una de las jóvenes de estar cuchicheando con el viejo morboso. El rumor corrió como agua por el pueblo, estuvo en boca de todos sin ser confirmado, y acrecentó con la semana de ausencia del mercader. La joven inmiscuida negó la acusación, pero el veneno había sido derramado y la locura del chisme había hecho efecto en el infierno grande; ése que se dice propio de los pueblos chicos.

Fue muy triste aquel día que regresó Panuncio anunciado por el badajo, pues nadie acudió a su encuentro. Lo vieron desfilar por las calles desde el morbo que permiten las ventanas, sin acercarse siquiera a decirle la razón. Pero Panuncio era muy astuto. Se detuvo frente a la puerta de la casa de la bruja y se quedó esperando a ver si lo encaraba. El silencio fue la respuesta. Tampoco la joven inmiscuida quiso abordarlo, por temor a ser señalada. Observaba como los demás, desde la ventana, junto a Bruno, su hermano, el testigo de que no hubo tal cuchicheo. Bruno era muy pequeño para ser tomado en cuenta y se sentía comprometido con Panuncio. Gracias a él conoció The stranger, un casete de Billy Joel, que escuchó hasta al cansancio; por eso quería ayudarlo a salir de aquel embrollo.

Bruno esperó a que Panuncio llegara a la calle alta que daba a los matorrales, para no ser visto. Cruzó entre las casas, que en aquel entonces no tenían cercos, y siguió sigiloso hasta alcanzarlo. Le contó el chisme con formas y figuras, tratando de no agregar más a lo ya elaborado. Panuncio escuchó atento, hasta el final, y con cara de tristeza agradeció regalándole una bolsa de sorpresa. Le dijo que no se preocupara, que en una semana regresaría al pueblo a regocijarse en esas mismas aguas. El joven no entendió sus palabras, lo vio partir con turbación en el rostro, sabiendo que los chismes afectan a buenos y malos, y temiendo de si Panuncio sería bien recibido la próxima vez.

Pasada una semana, el burro de Panuncio volvió a surcar las calles del Puerto, anunciando, esta vez con música, su llegada. La novedad era que de la carreta colgaban altoparlantes reproduciendo el sonido de una grabadora. Cual si fuera una revuelta, todo mundo circundó en reclamos a quien antes fuera bien recibido. Panuncio, al ver el alboroto, corrió a refugiarse a la casa de la bruja y desde ahí se escuchó la plática entre ambos. El novedoso traía un micrófono escondido y transmitió la conversación a una frecuencia que la grabadora reprodujo al exterior. Se supo entonces que las cartas eran de la bruja, que le había pedido un favor sexual y que Panuncio se había negado por la confianza que la gente le tenía. Se supo también que no había obrado mal contra la joven y que la bruja lo había ideado todo desde el despecho. Cuando la verdad fue dicha, Panuncio abrió la puerta e hizo ver a la bruja la artimaña.

Panuncio regresó a la calle envestido nuevamente en confianza, había recobrado la razón ante los pobladores. Pocos se atrevieron a verlo a los ojos, se limitaron a pagar su deuda, a hacer nuevos encargos y a husmear en las novedades que traía de lejos. Tampoco les guardó rencor porque Panuncio, como aquel otro vendedor de tamales, al que difamaron diciendo que eran de perro, era una persona trabajadora y honesta. La bruja de las falsedades no tuvo poder para enfrentar a la multitud. Tomó su escoba y quebrando una de las ventanas salió volando para nunca volver al pueblo. El chisme posee vida propia y falta mucho por vencer. Quizá se me juzgue en que los hechos no ocurrieron tal cual los he contado, pero hay que recordar que pertenezco a ese puerto y que también, abusando de sus aguas, exagero en mis letras.

Fin, con crédito al cuento El rey sabio de Gibrán Jalil Gibrán.

 

IMAGEN

Aguador >> Óleo sobre lienzo >> Jesús Villar

Eleuterio Buenrostro Calatrava, de profesión, escanciador de almas, es un ser inmortal insuflado, no nacido, el 14 de marzo de 2002 en Manuel Núñez. Sobre este último se sabe que es un seudoescritor intuitivo, que se escuda en heterónimos, y latinismos que desconoce, por falta de credenciales como escritor. Vino al mundo un 16 de julio de 1972, en Benjamín Hill, Sonora, cuando el tren de las seis de la tarde anunciaba su llegada. Fue entintado por los tipos de una vieja imprenta, perteneciente a su padre. Marcado en su niñez, se fue a bañar, desde los cuatro años, a las playas de Puerto Peñasco, Sonora, y a secar, desde los dieciocho, en el sol de Mexicali, Baja California, donde reinicia como escritor de tiempo incompleto. Colaboró a finales de los noventa en la sección de música, en la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado en la página Ficticia.com, y actualmente colabora en Sombra del Aire, siendo Eleuterio Buenrostro —su nombre de tinta y verdadero artífice—, quien guía su pluma desde el escondrijo. Non plus ultra.


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