CIERRO LOS OJOS

O mis aventuras en el País de los Huesos

por Alias Torlonio

Mi hijo no trabajará nunca, los hombres que trabajan no pueden soñar; la sabiduría se recibe en los sueños. (Nez Percé)

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Ninguna teoría tiene asentamiento en el País de los Huesos, estas quedan inválidas según se enuncian, u obsoletas a medida que el soñador crece; aquí los expertos no duran ya que la megalomanía impide el vuelo y el dogma petrifica el espíritu; no asumir rápido en estos territorios que todo es mutable y fluctuante, sería una insensatez notable, ya que en este país no somos otra cosa que pájaros acalcúleos; muchos, si no la mayoría, pasan por aquí desmemoriados e inconscientes, totalmente dormidos. 11/10/22

 

El pintor Gerardo Velarde y yo tenemos una prueba relacionada con la luz. Su disposición al estudio escasea, él quiere ver porno. Hago algunas bromas entre la pintura y el porno para ver si eso le anima. A Gerardo le parece imposible mover una escultura suya de madera, de un torso con piernas de mujer. Aun siendo muy pesada le muestro que mover un gran peso es más una cuestión de equilibrio e inteligencia cinética, que de fuerza: cada objeto al mezclarse con la forma del cuerpo de cada uno, al ser alzado, provoca un punto de gravedad o equilibrio; nuestro cuerpo, tal sea la carga, balanceará el bulto buscando su punto justo de apoyo; cuando uno ha cargado mucho, automatiza el proceso. Entre explicaciones y teorías, de pronto me doy cuenta de que esto solo aplica en el País de los Vigilantes, no donde estamos.

Van a adiestrar a N A para que pueda recordar sueños. Yo estoy presente, quiero ver cómo lo hacen. 10/3/20

Estoy solo y concentrado. Mi tarea consiste en datar recuerdos propios y analizarlos como fuente primigenia de la noción de soledad.

Estamos en España, en plena guerra civil (1936-1939); soy torero pero la faena me la ha hecho el toro a mí al cogerme por la corva izquierda y arrastrarme por toda la plaza como a un muñeco. 11/3/20

 Trabajo haciendo escenarios con un tipo genial por doble partida: este ser muestra una mezcla del carácter de mis queridos hermanos Poullain, con todo lo bueno de mi tío Malvar. Este hombre tiene hijos, tan buenos como él. Por mi parte, pobre de mí, me he enamorado de dos mujeres, son iguales, son hermanas idénticas y, para colmo, siento sinceramente que sería falaz si amara solo a una. Una tercera mujer me lleva en su coche a donde ellas están.

 

Paso el resto de la noche barriendo hormigas con una escoba de mimbre. 12/3/20

 

Preparo un viaje para ir a la Argentina. Estoy en el campo con mi primo Carlos y un amigo rioplatense, listando cuántos trámites habré de realizar para poder irme. 13/3/20

Dibujo tanto que gasto cada siete días un lápiz grueso, de medio metro de largo. Para conseguir otro lápiz cojo el suburbano de una ciudad que me resulta algo familiar, pero al hacer un trasbordo me despisto y acabo, ya de noche, extraviado en una estación de tren por el oeste del ecuador africano, creo que en Guinea Ecuatorial, donde nacieron mis hermanos y nos criamos todos.

Unos ingleses juegan a algo parecido al cricket, pero esta bola no va por el suelo sino por el aire. Parece ser que se trata de un juego chino, que las organizaciones que se dedican a adjudicar un día del año para conmemorar su pasmosa ineficacia, lo reubican como juego británico. 14/3/20

No tengo cuerpo, solo veo escenas. Una mujer perpetra el robo del siglo en un museo, apropiándose una pintura de la primera época del Renacimiento. Veo velocistas calentar para correr; por encima de ellos, en otro nivel, veo a otros seres, entidades relacionados con hostigar y obsesionar a los atletas por superar sus marcas. 15/3/20

Viajo sin conocer mi destino. En Murcia comparto una habitación con más gente. Me encuentro con mi amigo, el pintor Laureano Calvo. También veo a mi hermano Sagu y a mi madre. Conversando con una mujer le explico que la única traba espiritual de mi madre consiste en haber asumido el concepto de lo imposible.

Atravieso una zona multiforme, metamórfica, de inestabilidad absoluta hasta para concretar ideas o mantener siquiera una línea coherente de pensamiento. Esta ha de ser, con seguridad, la nebulosa de ‘Irás pero no volverás’. Tengo la sensación de haber transitado este campo de perdición y olvido en otras dos o tres ocasiones recientemente. 16/3/20

 

Casi pierdo mi tren. Llego a un conjunto de naves donde se fraguan proyectos artísticos. Veo a gente de Asturias y también a mi amigo Paco. Me dirijo a una nave donde se editan libros de arte. Mi proyecto se pinta; luego, como si fuese un vidrio, se rompe en añicos que, mezclados y disueltos en un vaso a modo de brebaje, ingiero. Hecho esto he de marchar de nuevo. Paco me acerca a la estación. Me agobia la idea de perder el tren o simplemente extraviarme por la estación; andar perdido es para mí, en el País de los Huesos, un lugar demasiado común; esto aplica también a estaciones de autobús, aeropuertos y zonas portuarias. 17/3/20

 

Me encuentro en una zona donde veo que todo cuanto hacemos sucede entre dos frecuencias vibratorias que implican dos escenarios diferentes pero relacionados; lo frecuente es percibir solo uno de tales planos de interacción; el nivel que no solemos ver complementa y abastece a su par, aportando datos y variantes y desbrozando rutas para el desarrollo de nuestra experiencia vital. El primer punto de atención lo conocemos como presente y es el escenario por donde fluctúa el cuerpo físico; el segundo punto de atención son los telares y bastidores, donde se prepara atrezo, coros, y escenarios; esta plaza es móvil e indeterminada y viaja a través del tiempo, adelantándose siempre a cada evento*(1). Aquí, en el País de los Huesos puedo por fin ver claramente esta zona oculta, y percibo que hay aún más acción entre bastidores que en los escenarios físicos.

En una escuela de arte pinto el retrato de dos profesores, son un hombre y una mujer, ambos pelirrojos. Mientras pinto, charlamos. Ellos parecen conocerme muy bien pero yo no recuerdo conocerlos a ellos. Mientras pinto trato de ubicarlos para no ofenderlos.

 

Tras estos dos anteriores episodios, encuentro las telas de unas pinturas enormes y oscuras, que suenan como si el viento las estuviese empujando y agitando, con grandes sacudidas como a paños de un barco de vela; pero entiendo que los lienzos de este barco forman parte de los entresijos o bambalinas del País de los Huesos.

Viajo por la noche en autobús. Concluido mi trayecto, después de andar un poco, encuentro un cerro de piedra y encima del cerro gobernando todo el llano hay una fortaleza almenada; rodeando este castillo veo cientos de grandes rocas menhires esparcidas en posición vertical, de aspecto fantasmal pues están erguidas y parece que no tocan el suelo, sino que flotan ingrávidas. Tienen el aspecto de un regimiento de seres minerales vivos. Es la primera vez que veo tal paisaje cuya presencia estremece todo mi ser. (Ya en el País de los Vigilantes, cada vez que visualizo este paisaje, recibo la sacudida de un escalofrío, con la sensación de ser yo el señor de aquel castillo). 18/3/20

El planeta entero ha sido invadido por bestias salvajes humanoides, del tamaño de una casa de dos plantas. El único lugar seguro es el bosque. Suena la sinfonía nº 5 de Brucknner. Estoy con mi primo Carlos y mi hermano Sagu. Me cuesta mucho convencer a este par de locos que en el bosque debemos andar en silencio o nada oiremos y nada veremos sin ser antes sorprendidos, ya sea por animal o bestia humana.

Voy en tren en dirección al mar cantábrico. Antes de Oviedo pasamos una estación con las oficinas encharcadas por el mal uso del retrete que han hecho los empleados, esto lo percibo, a modo de telegrama, mirando desde la ventanilla de mi vagón. Al bajar del tren, entre una calle y una zona descampada, surge una pelea. Se discute al rededor de una zanja donde algunos hombres empiezan a abastecerse de guijarros justo cuando la policía hace acto de presencia.

Oigo una voz decir: ¡Es la hija de la niña! Resulta que estamos en guerra. ¿Y cuándo no?, me digo.

Vuelo por encima de una cañada boscosa donde advierto entre las rocas una vía ferroviaria. Justo en este momento, por debajo de mí pasa un tren dejando tras sí, un rastro caótico de traviesas descompuestas y raíles desbocados. A su estruendoso paso las vías quedan destrozadas, inservibles. 19/3/20

Una inteligencia ajena a nada que conozca, copia y crea memorias extrayendo la información directamente de la tinta escrita o impresa, cuando está fresca. Con tales memorias esta inteligencia experimenta creando realidades virtuales alternativas.

En una explanada donde hay una plazoleta y un laboratorio frente a un cruce, las cabras de un rebaño que pretenden cruzar por allí, desaparecen una a una, como por arte de magia. Dentro del laboratorio trabajan iguanas y lagartos humanoides, tipos feroces y autoritarios que con su sola presencia, intimidan al más bragado. Estos seres están llenos de vicios, tics y amaneramientos, además rezuman un hedor bestial; se muestran jerárquicos y normativos en exceso; son maleducados y obsesivos, fríos y antipáticos y por dentro, anímicamente resultan más duros y góticos que las catedrales.

Tengo mis bártulos (pigmentos, tablas, papel, etc.) en casa de mi tía Ana, donde no hay nadie y no puedo entrar. En la calle me pide ayuda un chaval de apariencia indigente, cubierto con una gabardina larga hasta los pies, descosida y manchada, parece ir harto de pastillas. Vamos en taxi a una de las terrazas de la antigua Plaza de Roma. El chico de la gabardina se mete en los servicios del bar y ya no vuelve a salir de allí. Trato de pedir una cerveza pero las camareras solo hablan flamenco, como si estuviésemos en el norte de Bélgica o en Holanda. De repente, por más esfuerzos que hago no consigo mantenerme despierto. No sé qué me está pasando, me muevo por la cervecería arrastrando los pies lentamente, con gran pesadez, como si estuviese dormido o zombificado. Entra en el bar un grupo de mujeres que nada más verme me toman por un indigente. Por mi parte, haga lo que haga no consigo desasirme del estado de hundimiento en que me hayo. Por fin consigo llegar hasta la entrada del bar; es un alivio, en la calle brilla el Sol. 21/3/20

 

Sobre un prado rodeado de árboles, toco el contrabajo con un batería y un pianista, al pie de una vieja casona de campo. En este lugar, donde no hay preocupaciones, se está de maravilla.

Como miembro de un grupo organizado, robo joyas en un campamento pero no sé con qué propósito o para quién, Sé bien qué tengo que hacer pero no por qué, y esto me molesta. 22/3/20

He vendido el pequeño cortijo de la Hoya de Don García. En vez de irme al bosque astur, me quedo a vivir emparedado entre las casas del casco viejo de la ciudad de Murcia. Mi casa comunica con la de una mujer que tiene dos niñas pequeñas y son gente muy buena. Por la noche, Cotton, mi amado ovejero de Brie, piensa que celebramos una fiesta y salta sobre las camas de las niñas; ellas se tronchan de risa al ver a ese montón de pelo tan enorme, brincando como loco y haciendo payasadas; no hay manera de enfadarse con él. Voy a ver si mi hija está en la cama. Hace calor; dejé la puerta de la calle medio abierta y por el hueco de esta veo a un señor, gordo, sudoroso y con cara de sapo, ¡fisgoneando! Antes de cerrar la puerta no puedo evitar morderle la mano izquierda, como si yo fuese el perro. 23/3/20

 

Un señor centroafricano, tal vez congolés, hace una representación del origen de su pueblo; tiene la boca y la barbilla teñidas de un líquido rojo que parece salir de su boca, como una exudación y su cuerpo oscuro y delgado está medio envuelto en un lienzo blanco; pauta su relato con un simple acompañamiento rítmico hecho con dos palos, uno hueco (de yunque) y otro entero (de martillo); refuerza su historia con un abanico mímico ilimitado. Yo observo todo sentado sobre una roca desde el exterior de mi casa, mientras cocino algo. El hombre fija su mirada en el amplio cuchillo que tengo en la mano, con lo cual, después de dos toques secos con los palos, me incluye como personaje en su narración, cuyo idioma o dialecto no entiendo.

Cierro los ojos. Avanzo sin cuerpo por un bosque, en una especie de trance hipnótico, sobre lo que parece una estrecha senda hecha por algún cérvido o algún otro animal como el jabalí.

Cierro los ojos. Veo un hombre barbudo, de unos sesenta años, voceando al lado de una fábrica ruinosa, en un descampado. Lleva sobre la cabeza una abrigada gorra de piel con orejeras, y se desgañita maldiciendo en ruso.

Encuentro a dos mujeres hablando con dos chicos; una es rubia y la otra morena y trabajan de camareras; los chicos hacen de esclavos para los dueño de varios locales. Saludo a la mujer que tengo más cerca y no podemos evitar que nuestros cuerpos, imantados, se unan. Con su compañera entiendo que pasará lo mismo pero la mujer rubia impide, con su presencia, que la otra se acerque a mí. Tengo la sensación de conocer a los dueños del sitio donde ellas trabajan. Inauguran otro local y estamos invitados, la fiesta se realiza entre el local y una mansión enorme; los suelos del salón, donde me encuentro con las dos chicas, quedan inundados de agua. Ellas están muy nerviosas y tiran de mi cuerpo y me apremian para que evacue el agua. Se me ocurre enrollar y ensamblar alfombras para ir embalsando el agua; toda una chapuza. Salimos con los pies mojados a un jardín lleno de gente con ánimo festivo. La mujer rubia besa a otra mujer de pelo castaño muy largo y toda la parte alta del cráneo, afeitada; mientras se besan, alguien las graba con una vieja cámara Super-8.

Cierro los ojos. Mi visión se va estrechando sobre un paisaje desolado, yermo, sin color siquiera, en un fundido lentísimo; toda mi pantalla se cierra en negro. 24/3/20

Sobre un gráfico estadístico geográfico musical, he de encontrar las similitudes más próximas entre temas y melodías musicales de todos los lugares y épocas. No tengo más guía que mi oído y mi intuición. Según detecto afinidades, las formas de colores del gráfico van cambiando de posición sin que yo haga nada; este gráfico es sensible a mis pensamientos y sensaciones donde proceso lo que escucho.

 

Cierro los ojos. Tengo delante a Fredo, el sobrino de Chelo, sonriente y vestido con un traje gris claro.

Cierro los ojos. Oigo con toda claridad: ¡Por cortesía de tu madre! Después de la voz veo a mi madre.

Comparto el día entre amigos iberoamericanos, y chinos también. Estoy casado con una mujer china y somos muy felices. Desconocemos totalmente el idioma, el uno del otro, así que apenas hablamos y discutir no podemos; todo lo resolvemos con miradas, levantamientos de cejas o de hombros, enfoque de ojos, asentimientos leves o frenéticos, negaciones de cabeza, onomatopeyas, mímica, sonrisas, risas, y a veces, carcajadas descontroladas. Todo esto es realmente divertido. (Algo así viví en el País de los Vigilantes, sin altares de por medio, con una chica suiza germanoparlante; aquella fue una experiencia realmente entrañable, romanticismo en bruto, animal. Y ahora que lo pienso, solo me casaría con una chinoparlante, japonparlante o cualquier mujer remotoparlante del idioma castellano, siempre que me agradase y, a su manera, fuese educada).

Viajo con mi familia materna por La Mancha. En un llano encuentro sobre una superficie de piedra, la concavidad de un charco sin agua, que cientos de miles de lluvias y secas han ido formando con el paso de tiempo; dentro del cuenco me mira una máscara de cerámica blanca con un rostro inexpresivo. El brillo y las irregularidades de la roca dotan de vida los huecos vacíos de los ojos de la máscara. 25/3/20

 

La casa de campo de mis padres ha quedado a mi cargo y sin poderlo evitar, se ha llenado de gatos del bosque. Todo el salón está lleno de huellas de gatos de todos los tamaños. Ojeo en uno de mis cuadernos, dibujos de desnudos; este bloc de apuntes tiene una tecnología desconocida para mí; al mirar un dibujo se ve, paso a paso, el camino que siguió mi lápiz sobre el cuerpo desnudo de la modelo, al dibujarlo. Luego, al concentrar nuestra atención en algún detalle del dibujo, este detalle da forma a su vez a un nuevo dibujo. Son dibujos que la mirada provoca, dentro de los dibujos originales. La cosa no tiene fin. Me pierdo.

 

Mi pelo ha crecido tanto que ahora vivo dentro de él, aislándome del resto del mundo capilarmente, como en una cueva.

Cierro los ojos. Veo extensos campos de girasoles. Siento un agradecimiento tan expandido como amplia es la perspectiva que ofrecen estos campos.

Mi gato Gaspar y yo nos encontramos en la casa de mi tía Ana. Busco un cuenco para darle de comer. Mi primo Carlos escucha un audio de lectura de las Cartas a Theo, de Vincent van Gogh, por el auricular de un viejo teléfono alámbrico. Por el aspecto desvencijado que tiene todo, parece que estamos en una era postholocausto nuclear o simplemente en los años setenta.

Es muy tarde. Me acompaña E S, alguien a quien no consigo poner ni cara ni nombre, salvo estas iniciales; andamos por un descampado donde se han instalado barracas de feria y parece que estamos en los años veinte del siglo pasado. Apenas hay gente y algunas bujías desperdigadas ofrecen una luz amarillenta y escasa. Damos una vuelta por un estanque rectangular y en cada esquina nos encontramos con una escena demasiado violenta y confusa. Llegados a las casetas mi acompañante se mete en una diciendo mientras desaparece: ¡Voy a intentar esto!. Por la taquilla de la barraca donde se ha metido E S, asoma la cara de un policía. En esta caseta se encontró un saco con un montón de dinero y por tanto, está vigilada por la policía, desde dentro. Dos policía se llevan a E S con ellos y cuando me acerco para ver qué sucede, me esposan también, sin dar explicaciones. 26/3/20

Estoy con mi hermano Sagu en casa de mis padres. Escondo algo (no sé el qué) de la vista de mi hermano, que es bastante amigo de lo ajeno; algo que pude recuperar después de habérmelo birlado él antes, pero sucede que en un descuido imperdonable, mi hermano vuelve a quitarme aquello que anda de hurto en hurto y de aquí para allá. No sé cómo lo hace pero el resultado es siempre el mismo, así que acabo aceptando con guasa la sempiterna derrota.

Me acabo de enterar de que estamos confinados o detenidos: prisioneros ilegalmente en nuestras propias casas. Estoy en Madrid, así que aprovecho la coyuntura para llamar a mis amigos con las escusas más peregrinas que pasan al instante por mi cabeza; los cito para encontrarnos todos en una calle. Una vez reunidos circulamos en varios automóviles insumisos por la cuidad penal, dando vueltas solo por el lujo impagable de desobedecer lo inadmisible. (Dediqué tales días, en el País de los Vigilantes, a hacer exactamente lo mismo que en el País de los Huesos, yendo continuamente de una ciudad a otra y a cara de perro (léase: sin pañales tapando mi cara), saltándome tanto como pude los toques de queda; y también invitando a la gente, aunque fuese desconocidos para mí, a venir a mi casa a comer y charlar, con la condición de que superásemos siempre el número prohibido de personas reunidas. De esta manera pude conocer a mucha gente afín y valiente, gente digna de mi cariño y confianza).

En una exposición cuelgo tres pinturas de Clemente, un viejo amigo. No hay ninguna obra mía, (aún siéndolo todas las pinturas que sueño, incluidas estas del amigo Clemente). Flotando en el aire observo el patio enorme de mi colegio, tan vetusto, con la cúpula oronda y brillante de su iglesia, su arquitectura y la disposición penitenciaria de sus muros; nada ha cambiado excepto que no hay niños, tal vez porque nunca los hubo porque nunca lo fuimos, o tal vez porque es de noche. Una mujer ataviada con un mono de cuero negro sale por la sacristía, conduciendo con el cuerpo posado en horizontal, un vehículo futurista de grandes ruedas taqueadas, todo terreno. Ella, con su voz aguda imita un claxon, asegurándose, en caso de atropellar a alguien, de que el afortunado esté bien avisado.

Vuelo entre los torreones y muros almenados de un castillo, dentro de un libro. 27/3/20

He de elegir, para sortear a los censores, entre frases ambiguas, inexactas e incompletas, aquellas que puedan servir para, mal que bien, tratar de describir toda la verdad que se ha estado ocultando a la población de este planeta. Se trata de una tarea megalítica. Lo más grave es que todo sucede a la vista, verdad y mentira; el problema lo tienen aquellos que no han sabido apartar sus caras de los televisores, armas genuinas de control mental masivo, quedando adoctrinados y vendidos por los estados actuales, neofeudales, fallidos e ilegales, que de forma retórica y por sistema, nos han robado, estafado, mentido, espiado, violado, vendido, traicionado, encarcelado, torturado y asesinado; todo esto sin ánimo de enmienda ni arrepentimiento.

Unos amigos músicos vienen al bosque para dar un concierto. Son dos chicas violinistas acompañadas por un guitarrista. Busco mis botas pero no las encuentro, así que me olvido de ellas y salimos corriendo, muy animados, para preparar todo.

Me reúno de nuevo con los músicos. Entramos en una cervecería que elijo por su iluminación escasa, penumbrosa, sin focos ni estridencias; allí dentro se nos acercan dos mujeres que dicen conocerme. Mientras hablamos unos con otros voy apuntando detalles de la conversación, o apuntes de las caras, en un cuaderno. 28/3/20

Me hallo entre restauradores de pintura y copistas. Es una reunión de intercambio de ideas técnicas. Además me presentan a un fotógrafo que hace reconstrucciones de obras clásicas con modelos vivos; cuenta incluso con un caballo adiestrado para posar manteniendo posturas difíciles. Todo este flujo creativo es hermoso y divertido. Observo cómo busca el caballo, su posición de pose. 30/3/20

Resulta que me encuentro en una gran sala de espera, pero no sé a qué esperamos. Alguien rasga titubeante, en una guitarra española, los acordes de Sweet Jane*(2); otro me cuenta algo qué vio en la TV, pero no le presto ninguna atención; son mayoría los que no pueden permanecer en silencio. Parece que en breve se va a celebrar una boda allí mismo. Me levanto con sigilo y sin decir “esta boca es mía”, me largo. 1/4/20

Mi hermano necesita una silla concreta: ha de ser de enea, para poder escribir. Busco tal silla por todos lados sin dar con ella. Tiendas, mercadillos, anticuarios. Me planteo incluso comprar una casa antigua para así conseguir una silla de este calibre. No sé dónde estoy ahora, me rodean contenedores llenos de tierra; pienso que serían útiles para hacer pequeños huertos en ellos. La tierra está mojada. Acaba de llover. 2/4/20

Veo poliedros, son los sólidos platónicos dibujados en papel cebolla. Cuanto más los observo, más tranquilo me siento hasta que ellos se redimensionan en el aire, tal como son, gráficos, pero agrandados y en tres dimensiones. 3/4/20

Vivo con mi amiga Aika y también viajamos juntos. Ella se encuentra fatigada, así que decidimos parar un poco. Estamos en casa de una familia aficionada al arte. Por esta casa circula una auténtica muchedumbre. Esta casa tan grande que me recuerda a mi Pequeño cortijo murciano. Fuera de la casa hay una furgoneta y gente iberoamericana, ecuatorianos probablemente, dentro y fuera del vehículo, maniobrando para salir de allí, todo con mucho escándalo; también veo niños jugando y un rebaño de cabras desperdigadas.

Cierro los ojos. Una manos de mujer comienzan unos acordes en el teclado de un piano. Solo veo las dos manos y las teclas.

Todo el mundo está confinado, prisionero en su propia casa. Algunos empleamos todo nuestro tiempo en cribar todas las mentiras que lanzan desvergonzadamente los medios de incomunicación y adoctrinamiento, para desgranar la verdad y las mentiras de cuanto sucede*(3); mientras el resto se vigilan y putean entre sí, ya sean vecinos o familiares incluso, mientras aplauden desde los balcones a sus captores. Todo cuanto sucede a mi alrededor lo voy sabiendo, sin moverme del sitio, en un estado telepático a flor de piel. Corroboro apenado que este es el mundo al revés, tal como lo describió mi hermano hace tres décadas en un periódico nacional; el título de aquella columna genial era sêver la. 4/4/20

Continuará…

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Notas

*(1) Gean-Pierre Garnier Malet asegura que nuestro doble se anticipa cuarenta días a nosotros.

*(2) Lou Reed.

*(3) Ya no basta saber la verdad, hay que conocer y analizar cada mentira, para poder entender en qué tipo de mundo nos hayamos.

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En el País de los huesos – Dos soles 120 x 60 copia >> Alias Torlonio

Alias Torlonio, David García. Pintor. Disléxico. Ermitaño. Bosquimano. Vegetariano. Íbero. Guerrero pacifista. Extraterrestre mientras no se demuestre lo contrario. Nombrado en 2018, 14o Rey Natural de los Gatos del Bosque. Se declara objetor de conciencia desde 1982, apartándose para siempre de la industria militar, el estercolero político y los infiernos religiosos.

Frases poco conocidas de de Alias Torlonio: El silencio pule el alma. Los malos son tontos, los tontos son buenos, los buenos son listos, los listos no tanto. La miseria viene de la mente; la abundancia sale del espíritu. Me da igual un traje a topos que un campo de minas.

Links: Artscad@AliasTorlonio   ;     Elmuseovirtual@AliasTorlonio

Descarga aquí de manera libre La aurora de los vampiros, de Alias Torlonio,

por cortesía del autor.

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