CALLADA Y QUIETA

por Nidya Areli Díaz

Por Nidya Areli Díaz

¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Edelmira miraba los labios entreabiertos y rememoraba. ¡Tienes los dientes feos, de tiburón! ¡Estás gorda como ballena! ¡Jajaja! ¡Como puerca ballena!.. No debe ser tan grave cuando los tengo todos. Él perdió una muela por una caries mal cuidada y un incisivo por andar de peleonero.

Las luces entremezcladas daban la impresión de sueño. Allá, de niña, las cosas siempre habían ido muy mal con su papá. ¡Eres puta y reputa!, le decía él a la madre mientras esta se quedaba callada y quieta. ¡Pobre diabla!, pensaba ella, ¡Yo nunca voy a ser tan tonta! Escucho aquí en mi cabeza como martilleos de muebles que se mueven y la escoba que choca contra las cosas que estorban. Luego él la había enamorado. Él con sus palabras toscas, con sus abrazos groseros, con sus ademanes simpáticos y su manera campechana de hablarle. Él que, aun teniendo ya una familia, no dejaba de ser guapo y encantador. Las contusiones múltiples daban indicio de severas heridas internas.

¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Edelmira sentía miedo. Había sido solo un momento, un instante en que el niño gritó fuera, en el patio. ¿Cómo un instante de asomo puede poner en riesgo la vida? Estaría furibundo cuando viera la camisa quemada. ¡La camisa más buena, la más cara!, ¡pero si parece muñeco cuando se la pone!, ¡¿qué me va a hacer ahora?! Dios-mío, Dios-mío. Escucho en mi corazón los muebles que claman, el piso que clama, los aromas que claman. No sé dónde ponerme, en mis células hay un clamor como el de los muebles. Las luces embriagadoras hacían reflejos opalescentes que mareaban. Ella estaba acostumbrada. Ella sabía cómo dirigirse. No voy a hacer sino a esconderla. La voy a meter en una bolsa oscura y cuando venga el carro de la basura, la tiro. Luego, si me pregunta, le digo que no sé dónde la dejó; que debió perderla en una borrachera. Al fin accedió a irse a un hotel. ¿Cómo llegué aquí? ¡Si mi papá se entera me mata!, pero el amor es una fuerza vigorosa; el amor la hace a una valiente.

Siento que en cualquier momento la escoba chocará conmigo y voy a romperme en un millón de milimétricos pedacitos. Lo malo fue el embarazo. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Quizá fractura de cráneo. Solución salina y dos de epinefrina. Parecía que nadie estaba diciendo nada; en realidad solo Edelmira había permanecido callada. Lo vio y quedó muda. Nadie chancea en el camino, pero tampoco se callan. Nada más ella ahora. ¿Por qué si no la quería, había dejado a su otra familia para cumplirle? No perdonó la camisa. ¡No, Lalo, no! ¡Yo no sé dónde está! ¡Ya no por favor! ¡Por mi madre que no sé! Pero no se detenía. No se detuvo nunca… hasta que perdió el sentido. ¿Qué mayor miseria? Tener tanto miedo y quedarse callada, muda, sola, mientras los niños la veían en su rincón de niños asustados. ¿A dónde voy con mis niños? A una le quedan los ojos secos. Después del dolor, ¿qué hay? Allí estoy. No me duele. No siento. Es demasiado. Dónde dejar mis llantitos no lo sé. Desde siempre dejo mis llantitos a un lado mío y nos hacemos bolita, plegándonos, furibundos, hasta todo lo estrecho de la escoba. Y los niños en su rincón. Edelmira los miraba a los ojos y ellos la miraban. Todos en silencio. Lalo observaba el cuadro desde la mesa.

¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Claro que también había días bonitos, días de mucho sol, de luz. Sí…, él era bueno cuando quería. Era bueno a pesar de considerarla fea. Ella se acurrucaba en el brazo corpulento. En ese lugar nunca podría pasar nada malo. Nunca un peligro. ¡Ay, mi Bicho! ¡Qué así estuviéramos siempre! Son esos pasos angustiantes que preceden a la escoba, son los brazos torvos que impelen a desaparecer. Yo me pliego y me pliego en una cajita que se va cerrando; recojo mis patitas y los carpos y metacarpos; recojo mis uñas y los músculos endebles de mi vientre; recojo mis grititos mudos hacia mí. ¿Qué importa todo lo demás cuando el amor es aferrado y perseverante? No faltaban los planes: ¡Castillos! ¡Fortalezas! ¡Ínsulas! Cuando tú me quieres, Bicho, nada me falta. Las caras de los niños estaban risueñas y chiveadas. Se miraban el uno a la otra desde su rincón, tratando de no hacer ruido para que los papás se estuvieran queriendo a gusto, temerosos de romper el encanto. ¡Verdá buena que te quiero harto!, decía el bicho, y se quedaba pensando, pensando…

No queremos estorbar a la escoba. No queremos molestar a los brazos torvos que conducen el palo de la escoba. No queremos que la voz nos rompa. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Tienes que aprender a ser mujer. ¿Querías casarte, no? ¡Ahora, aguántate! ¿Tú crees que alguien te va a querer con tus niños? La mujer es para aguantar. Dios te va a ayudar. ¡No llores! El cuerpo cada vez se iba poniendo más lívido. Edelmira lo miraba con ojos crispados y alucinantes, mientras los ases de luz le iluminaban el rostro. A mi madre le emocionaba que hubiera fracasado; casi estoy segura de que hasta disfrutaba las golpizas que él me daba. ¿Por qué aguanté tanto?… Bueno, ¿a dónde hubiera ido, después de todo? Yo no te voy a juzgar ahora, Bicho… ya ni siquiera te guardo rencor. Los rumores de los otros le pasaban apenas, como sombras colgantes, a un costado de sus pensamientos. No había más que mirar estupefacta la boca de él: reseca, transparente, convulsa, sin saber qué sentir, con una llaga que se abría, más y más, paralela a la palidez de un rostro que se perdía en la muerte.

¡Tus putas manos inútiles! ¡No sabes hacer nada, pinche pendeja! Nuestra cabeza se llena de mareos y vómitos y clamores. Nuestra cabeza no hace más que plegarse y plegarse. Queremos llegar al germen hasta desaparecer. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Edelmira no había acabado de aprender, después de los años, a detectar el punto exacto del jarabe de piloncillo para la alegría y las obleas; ella, que se esmeraba tanto… tanto, la arruinaba siempre; es decir, no la dejaba inservible: ni quemada ni aguada, pero no alcanzaba esa consistencia aterciopelada que Lalo esperaba. ¡Él era el maestro después de todo! ¡Él había nacido haciendo alegría! ¿Por qué tenía que saber yo? No, Edelmira, ¡cállate! La mujer debe aguantar. La mujer debe ser fuerte… por los hijos… por los hijos.

Queremos alzar un grito que no se oiga, pero desaparecer en ese grito, rompernos en la implosión misma de nuestro ser. Nunca hemos estado seguros de dónde ponernos. Si mis hermanos están de acuerdo, yo vengo a vivir con mi papá, había dicho Edelmira cuando murió la madre. Y, ¿cómo?, ¿vas a dejar a tu marido?, dijo una. ¿Lo vas a traer contigo?, dijo otro. ¡Te volviste loca!, corearon al unísono. Si mi hija se quiere venir, esta es su casa, había sentenciado al fin el padre. Me voy a venir con los niños… ya no quiero vivir con Lalo. Edelmira no esperaba que alguien pudiera entenderla y, de entre todos, fue el menos previsto quien lo hizo: el padre.

¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Hablar de una mujer divorciada sería demasiado. Para divorciarse hay que estar casada y a Edelmira nomás se la robaron; casada no estaba. Una mujer separada, entonces, es un blanco de miras y decires. No se puede regresar a la soltería así como así. A una le pesan los años. Pasar los treinta con dos niños es estar vieja. Es hasta ridículo pretender que todavía se es joven; aunque, ¡cómo me hubiera gustado haber sido joven! Una nace siendo mujer y no se tiene tiempo de ser joven para tener pensamientos de muchacha. Hay que atender al padre y a los hermanos; hay que comportarse como mujercita apenas le brotan a una los dos limoncitos en el pecho. Ahora ya estoy vieja: me veo ridícula con este uniforme, los números se arremolinan en mi mente de mono, se confunden las frases de los libros dentro de mí. Pero hay tratar… hay que tratar…

Nunca hemos alcanzado suficientemente bien el plegamiento, la implosión, la desaparición espontánea. No podemos más que recoger las patas, los pies, las vértebras, los ojos, el aliento. No, hermana. Ahora que te corrió tu marido no puedes vestirte tan liberal, ¿qué van a decir en el pueblo? ¡Que ya te volviste puta! La mujer es puta de nacimiento, decía Edelmira con calma, mientras contemplaba en el espejo cómo se le veía el pantalón de mezclilla que nunca se había puesto en la adolescencia. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! ¿Hubieras hecho algo diferente, Lalo? ¿Qué van a sentir tus hijos cuando te vean así? La solución salina, la glucosa y la epinefrina no habían sido suficientes para estabilizarlo. Ella conocía su trabajo. Identificaba los rostros cuando los rondaba la muerte. Lalo tenía ahora una de esas caras. Desencajado, óseo, triste en el delirio, se le asomaban las tres parcas detrás de la nuca.

No podemos más que mirar el piso que se va moviendo y se reduce y nos encierra y nos limita como un surco descorazonado y rabioso. Quisiera no estar aquí pero no sé dónde ponerme. Ya no voy a pelearte nada, Lalo; nada más déjame sacar mis cosas y eso es todo lo que quiero. Pero el bicho, fiero como era, se había puesto desenfrenadamente furibundo. ¿Cómo te vas a largar con mis hijos, puta puerca? ¡Si te quieres ir, lárgate con lo que tienes puesto! ¡Sin mí estarías de puta en una esquina! ¡Yo te di todo lo que tienes! ¡Por mí has tragado y estás como puerca! ¡No te vas a ir…!, se aferraba amenazante; y ella, aunque con terror, se había erguido de frente, con la bolsa de plástico negra en una mano y con las manos de los niños en la otra. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! El camino se hacía eterno. ¿Cómo llegará este hombre con tanta sangre que ha perdido?, le dijo un compañero como para traerla de regreso de aquel intenso viaje. Edelmira no contestó; continuaba muda.

Las estructuras secundaria, terciaria y cuaternaria de una proteína dependen de la secuencia de aminoácidos y del ambiente químico local. Las estructuras secundaria, terciaria y cuaternaria de una proteína dependen de la secuencia de aminoácidos y del ambiente químico local. Las estructuras secundaria, terciaria y cuaternaria de una proteína dependen de la secuencia de aminoácidos y del ambiente químico local. ¡No, Edelmira! ¡No vas a poder!, para estudiar hay que ser inteligente y tú eres muy tonta, tienes cerebro de mono. ¿Cómo te vas a ver a lado de los muchachos, tú, una vieja de treinta años? ¡No va a aguantar con este tráfico! ¡Sigue perdiendo sangre! ¡Está entrando en shock!…

Los brazos torvos están siempre vigilantes. A los brazos no les gusta que nos crucemos en su camino. No les gusta que estemos aquí quitándoles su aire. Nos odian porque les quitamos su espacio y su aire. Vas a saber lo que es bueno, mamacita. Quítate la ropa para que te vaya viendo. No es que a Edelmira la asustara el sexo pero… sí; estaba turbada en toda su franqueza. Toda la infancia le había estado vedado siquiera bañarse con sus hermanas. La mujer debe guardarse de todas las miradas. Qué nadie te vea, Edelmira, debes tener vergüenza porque las mujeres somos impuras desde que nacemos. El pudor es el mayor tesoro de la mujer. Las enseñanzas de la madre estaban orientadas casi siempre a la vergüenza y al recato. Por eso tu padre es así conmigo, Edelmira, porque él sabe que la mujer es mala en el fondo. No dejes que nadie te vea tus vergüenzas; además, estás fea. ¡Nosotras somos feas! Todo lo que tenía que ver con el cuerpo, con los fluidos, con los pensamientos más íntimos, era pecado. Todo era malo… todo.

No sé dónde estar. No puedo estar en ninguna parte porque nos miran siempre de la misma forma. Siempre nos atajan el paso con la escoba. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! En el web Dios creo al hombre puro. En el web el hombre no pensaba cosas malas. Pero luego la mujer atendió a la víbora. La mujer pecó; fue tonta y necia, desobedeció y se volvió prostituta. Su alma ya no fue de ella sino de Satanás. Por eso estamos perdidas y debemos pagar nuestras culpas. Ya ves que por eso Dios me quitó mi mano. Dios quiso que mi padre —que Dios nuestro señor tenga en su santísima gloria— me mutilara por andar agarrando el dinero ajeno. Ven, hija, vamos a rezar el rosario para que Dios nos perdone. Edelmira no comprendía. Era tan niña para entender al mundo tan grande como era; tan peligroso. Pero no deseaba por nada que la madre sufriera. No deseaba que las culpas alcanzaran a las mujeres de su familia, por eso obedecía en todo. Por eso no protestaba.

Siempre resultamos molestos y ruidosos. Nos plegamos, tratando de ser traslúcidos. ¡Aguanta, Bicho!, ya mero llegamos. Eres un hijo de la chingada pero aun así no te deseo nada malo. ¡Tú eres el padre de mis niños! El monitor de signos vitales indicaba que el ritmo cardiaco decaía cada vez más. La situación era crítica. Se sucedió un paro cardiaco. De inmediato se preparó el desfibrilador. Tenía tanta vergüenza. El rostro se tornaba en un carmín subido que ardía en los poros. ¿Cómo me voy a quitar la ropa? Yo no sé desvestirme. Estoy temblando y estoy tan fea. Le dieron ganas de salir corriendo. Ganas de gritar, de recluirse, de no haber nacido. Él en cambio se había echado en la cama para disfrutar mejor del espectáculo. Se moría por ver los senos en todo su esplendor porque, aunque ya los había sentido algunas veces, era la primera vez que podría mirarlos. No te quedes como momia. ¡Quítate la blusa!

¡Eres una puta manca! ¡Puta manca, hija de tu puta madre!… Nos plegamos hasta el ombligo y si a veces nos movemos un poco es porque buscamos un lugar donde estar que sea menos malo para la escoba y las manos, pero no es suficiente; no es lo bastante bueno porque no tenemos donde estar. La violenta descarga insufló en el muerto una nueva bocanada de vida. Sus movimientos eran maquinales a fuerza de haber hecho esto muchas otras veces. Luego de estabilizar la frecuencia cardiaca, era menester medir nuevamente la temperatura y la presión arterial. La vida se sostiene a base de epinefrina. ¡Esta vida no es cualquiera! ¡Esta vida era una parte de mí! Edelmira y sus hermanos se miraban con terror; todos se apoltronaban en un rincón de la casa. Los niños son todos iguales ante el peligro: lo único que queda es agazaparse, temblar de miedo, taparse los oídos con fuerza, cerrar los ojos.

Una astronauta cuya estatura h es 1.70 m flota de pie en un transbordador espacial en órbita, a una distancia r = 6.77 × 106 m desde el centro de la Tierra. ¿Cuál es la diferencia entre la aceleración gravitacional en sus pies y la que hay en su cabeza? Claro que no es fácil cerrar los ojos y los oídos cuando se sienten los golpes que se descargan sobre la figura sagrada de la progenitora, cuando los párpados se abren inclementes llamados por cada grito estrepitoso. La cabeza estalla, la cabeza estalla en descargas intermitentes de adrenalina; la misma que ahora mantenía el alma etérea en el cuerpo. Andar ofreciendo las mercancías en las horas libres. Buscar qué vender: dulces, diademas y donas para el pelo, barras de alegría y obleas, calcetines…

¡Abandonó por fin a su mujer! No podemos dejar de respirar por más que dosifiquemos el aire. No podemos dejar de ocupar un espacio. Nos tiramos, plegándonos, plegándonos, hasta no poder más, pero los ruidos siguen martillando la cabeza. Los ruidos nos dicen todavía que no es suficiente porque no nos toleran. Nada más quítate la blusa para que te vea las chichis. No puedo, no sé. Bajaba la mirada y se sentía culpable del pecado. Ya no le era indiferente el qué dirán. Sabía que no podría salir de ahí sin haberse mancillado; sabía que ahora la madre quedaba deshonrada y el padre podría matarla de descubrir alguna vez lo que estaba haciendo ahora. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Lalo se levantó de la cama para encuerarla él mismo. Ella cerró los ojos para no ver su propia desnudez mirada por otro, como cuando los cerraba para no ver los golpes propinados a la madre. La escena se repitió una vez a la quincena varios meses más. Poco a poco Edelmira iba perdiendo la culpa y la vergüenza. El amor derrota las culpas, las oculta tras un velo suave. No puede ser malo lo que se hace por amor.

Queremos salir pero no terminamos de irnos, no podemos ir a ningún sitio porque no hay en donde estar. No podemos simplemente terminar de plegarnos. El trabajo era pesado. Lalo traía el amaranto desde un día antes. Ella se encargaba de comprar la canela, el piloncillo, la pepita, la nuez, la miel, las pasas y el cacahuate. Lalo tostaba el amaranto en un gran comal que ponía sobre un gran brasero de carbón. Edelmira preparaba el jarabe con piloncillo, miel y canela. Él vertía el amaranto en una tinaja de plástico y lo iba meneando mientras ella incorporaba lentamente la preparación de miel. Se pone la masa en un cajón rectangular y se aplana con una barra de madera. Se decora con las semillas tostadas, se corta y se embolsa. Las pepitorias son muy fáciles: nada más hay que partir las obleas por la mitad, trazando una raya en medio con el cuchillo mojado, y luego pegarle las pepitas con jarabe.

No podemos solo aguantar el aire, resistir el hambre y la sed. No podemos simplemente desaparecer. No podemos porque nuestras células nos infunden miedo. Queremos despellejarnos, cortarnos las venas, degollarnos y aguantar el aliento, pero nuestras células nos infunden miedo y se niegan a no estar. ¿Por qué, desgraciada?, ¿por qué? ¡Si yo no te he enseñado más que cosas de Dios! ¿Cómo es posible, maldita infeliz? El semblante de la madre era verdoso y, desde sus ojos de calavera, lanzaba a su hija y a la criatura que llevaba dentro toda suerte de maldiciones. ¿Cómo será la muerte? ¿A dónde vas a ir? ¡No! ¡No puedes morirte! Ya no es posible más que la tristeza… Yo pensé que te odiaba, pero ahora veo que no. ¡No te odio! ¡No te odio! ¿Cómo te voy a odiar? Contigo crecí, contigo me hice mujer, contigo tuve a mis hijos, contigo pasé las noches peores y las mejores. ¡No puedo odiarte! Ahora Edelmira sabía que no siempre se siente lo que una cree. Llevaba años pensando que odiaba a Lalo y, en cambio, ahora estaba segura de que aquello no había sido sino una falaz apariencia. Se ama más allá del rencor, más allá del tiempo, incluso más allá de la vida.

Aunque las membranas celulares de los microorganismos funcionan de manera análoga a las de los mamíferos, su composición química es distinta. Esta diferencia permite la acción tóxica selectiva de ciertos antimicrobianos. Las células se niegan, las células se niegan. No podemos plegarnos. El padre tuvo ganas de matarla. Todos los padres piensan que pueden juzgar a los hijos que ellos mismos han descarriado. La línea iba en esa dirección. ¿Qué más hacer? Siempre tuve miedo de todo: de mis padres en primer lugar, de los hombres, de las mujeres, de la vida… ¡Tuve miedo incluso de mi cuerpo! Lo mejor que podía hacer era liberarme en cuanto pudiera. El amor libera y yo quise soltarme del cuerpo cuando lo sentí. ¡Se hacen tantas cosas por amor!… ¡Cuánto terror! ¡Cuántas ganas de no existir! ¡Cuántos gritos en mi vida! El padre la arrojó como un trompo al suelo de mármol, ella rodó y se hizo un ovillo. Luego, aproximándose, quiso patearle el vientre. La madre se puso en frente. Esa madre quiso ahora recibir los golpes, en vez de Edelmira. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! ¡Supe ese día que tenía madre! Por primera vez sentí que no estaba sola.

No sabemos cómo pasar el tiempo mientras nuestras células se dan por vencidas y se deciden a dejar de estorbar. El moribundo descorrió repentinamente los párpados. Por un instante la mirada agónica se cruzó con los ojos absortos de Edelmira. ¡No vendí nada!, traigo todo el cajón lleno y con el sol que hizo. Lalo se quedó cabizbajo, apoyados los codos sobre la mesa. Ella quiso consolarlo; quería decirle que no importa, que mañana es otro día, que Dios provee; pero las palabras se le hicieron estopa en el cogote. No puedo decir nada porque soy muy tonta, muy tonta para hablar. Si abro la boca, meto la pata. Los niños estaban muy quietos, acostados en su cama, con los ojos bien cerrados, fingiendo… fingiendo. ¡Mira, Lalo, que tus hijos están en la edad de la punzada! ¡Te van a necesitar!, tú no serás el mejor, pero eres su padre: ¡el único padre que tienen! ¿Cómo les voy a decir que te moriste?

…Cualquiera cosa que yo vea; diga o entienda en la sociedad, sea en el ejercicio de mi profesión o fuera de él, si es conveniente que no se divulgue, la guardaré en secreto con el mayor cuidado, pues considero el ser discreto como un deber en semejantes ocasiones. Si observo con fidelidad mi juramento, séame concedido gozar felizmente de mi vida y de mi profesión, honrado siempre entre los hombres; y si la quebranto y soy perjuro, que caiga sobre mí la suerte contraria. Luego el informe académico, el título, la cédula. Mientras esto pienso en mi cabeza, la escoba sigue su paso, las manos siguen su paso. Todo el silencio no cabe a la hora de la muerte. ¿Esto eres, Lalo?, ¿un borracho? Hubo un espasmo. ¿Esto eres, Lalo?, ¿un indigente? Otro espasmo. ¡Más epinefrina! ¡Más epinefrina! ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres¡ ¡Plack!… ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Plack!… ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Plack!… ¿Lalo, así te mueres?, ¿borracho?, ¿en la calle?, ¿atropellado? ¡Uno más! ¡Uno más! ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres¡ ¡Plack! No sé dónde ponerme. Me quedo muy callada y quieta en un pequeño cuadro, callada y quieta. Recojo un poco más las piernas, un poco más los brazos, un poco más los dedos. Contraigo el abdomen y los muslos y los glúteos, y me voy enredando más y más, pero no termino. En definitiva no es posible desaparecer del todo. Dónde se ponen los pelos de la cabeza, las uñas de los dedos, los gritos y lloros del alma. No podemos. No podemos… Las luces se apagaron. Se miraba al frente la puerta de Urgencias.

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