CÁLIZ

por César Vega

Por César Abraham Vega

La luz estólida del farol consumía tiernamente el aceite de su cáliz, las moléculas de lluvia interminables, postergaban la escampada hasta el vecindario del infinito, en el cenicero ardía un hálito de cigarro lánguido, largo y protervo como la casi extinta luz del corazón de Florita, cálizdos veces pronunció con su labio alforzado y leporino “Te amo tanto, Mario…” dejando que su aliento se abrazara cálido, muerto y espectral con el humo incensado del tabaco crudo volando por la cara más oscura de este universo.

La medianía de sus ojos ateridos en un epitelio acuoso, casi ahogados en lágrimas, titilaban esquilando el cielo raso, la cómoda, las lámparas, el espejo, los rollos de ropa inertes sobre la mullida alfombra; mi dedo índice sobre la aureola de su pecho, proyectando una diagonal imaginaria que se incrustaba hasta la profundidad de su corazón rojo y etéreo.

Su voz de flauta fulguraba temerosa, indecisa, emboquetada por la oquedad ociosa de su paladar hendido… musitante y sinfónica junto al croar de otras ranas que se colaba por las fisuras sutiles de las ventanas de la terraza… Imagino que la luna afuera, embozada por el tafetán de las espesas nubes, refulgía el vómito rojizo de su luz más enferma.

El carisma trémulo de su mano izquierda garabateaba las últimas tildes de confusión sobre el jaspe de mis barbas, los grandes trazos de su mirada pulcra, comenzaba a desquebrajarse en solaz avieso, la mordida cruzada por sus propios labios en aspaviento de angustia marrullera, por fin asentaban el desplome ferozmente ambicionado de ese muro que se nos interponía; le besé la frente con un ósculo eufémico, después le pací los labios en prenda y prima del favor tendido…, ante su tortuoso seño yo le sonreí ladino…

Me duele comprender doliente el largo tiempo que contemple sus ojos con deseo clandestino, lo vedada que me estuvo su boca de oblea, insípida y frágil; sus ojos infantiles de un mirar estulto, mas no puedo explicar ni en quinientas palabras, el relicario que soy de carnes femeninas, de las diversas calañas y disímbolos calibres, poseedor de rosas, vorágine de alientos perfumados, de labios carnosos y afrutados, dueño sin fe de almas golosas y de hímenes castos, de bellezas de zafir algunas y de mármol otras, hermosas la mayor parte, pero ninguna tan deseada como Florita, con su talle de ángel fatuo imperseguible, como las ansias precarias que me asaltan a consumirme, cual fuego, a las mujeres en sustituto paliativo de su prohibitiva entrega.

Le doy grosero mil besitos por su piel vibrátil, amasijo incipiente cada seno, trepa mi lengua por su cuello, firmo los muslos con resuellos, respiro borracho entre su vellos, convulso y tremendo la trepido, perforo su virginal escucha con groseras palabras de veneno, mastico sus labios muy, muy quedo; aspiro la arena de su aliento, reptan mis manos por sus glúteos, surge mi ardor y me pregunto: ¿Por qué no te tuve antes, mi Florita? E Incrusto mis carnes en las dulcísimas carnes de mi hermanita.


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1 comentario

Alberto Curiel 02/04/2015 - 10:08

Usted no deja de sorprenderme. Majestuoso cuento.

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