CALAVERITAS LITERARIAS, UN GÉNERO MENOR PERO MUY VIVO

por Nidya Areli Díaz

Cada año, a las Fiestas de los Fieles Difuntos se circunscribe la composición, por todo lo ancho de la República Mexicana, de las llamadas calaveritas literarias. Son escritos que a menudo los maestros nos encargan en la escuela o, incluso, los jefes en el trabajo, para la ofrenda institucional, o hasta para intercambio. También me ha tocado saber de personas que las regalan a sus familiares, mandándolas a escribir por encargo —alguna vez me encargaron algunas—. Dicho esto, lo que no sucede muy a menudo es que encontremos referencias o manuales específicos sobre cómo escribir calaveritas, hay sí, algunos artículos de periódicos o revistas, orientativos, con algunos puntos a seguir, pero no expresados de una forma profunda, sino apenas con la idea de lo que debería ser una calaverita. Tampoco es común tener alguna referencia directa de autor, en quien podamos auxiliarnos, ostentándose como “el bueno de las calaveritas literarias”. En su otra vertiente, la gráfica, vaya que tenemos algunos, y el rey de todos es José Guadalupe Posada, siguiendo la tradición toda una escuela que encabezó en su momento el Taller de la Gráfica Popular y que continúa su legado en los moneros, que se dan gusto en esta temporada en periódicos grandes y pequeños, locales y nacionales. Mas, no pasa esto de la referencia con la poesía, y ni siquiera es frecuente que podamos recurrir a publicaciones específicas en las que se compilen estas composiciones. ¿A qué obedece esto?

Me parece que una de las causas principales es el que se trate de un género vivo, más a cargo de la inventiva popular que de los cánones específicos. Por otro lado, es un género de temporada, concretamente de la fiesta de muertos, y su publicación si acaso está reservada a algunas de las páginas de las publicaciones periódicas como pueden ser diarios o revistas, objetos que inmediatamente quedan desfasados y relegados al reciclaje industrial. Otro punto a considerar es que regularmente, son composiciones que se dedican a amigos o familiares, simples mortales, como quien las escribe, que no parecen guardar relevancia o interés general, por lo que el público lector posible queda entre familiares y amigos cercanos, sin que pase de una buena anécdota o un lindo detalle. Pero, quizá la causa más importante de esta desregulación calaveraria sea el hecho de que la Academia le ha quedado debiendo al género, dado que realmente existen pocos estudios cuyo tema central retome, compile y analice al género con mayor rigor. Supongo que esto se debe a que las calaveritas se consideran un subgénero “menor” y a que su composición y área de influencia se restringe únicamente al territorio mexicano.

Luego, es innegable que nos encontramos ante un género vivo, lo que quizá, siendo una gran cualidad, también juegue en contra, dado que los seres humanos estamos muchas veces más interesados por lo extinto que por lo que goza de buena salud. Evidentemente, el diccionario de la RAE ni siquiera contempla el término en su acepción poética, lo más que nos reconoce como mexicanismo son las calaveras de los coches, y luego en el Diccionario del español de México del Colmex se define escuetamente como: “conjunto de versos festivos que se escriben en noviembre, con motivo del día de muertos, y que pretenden ser el epitafio de una persona viva”, mientras que Dahlia Antonio, en su artículo para la Universidad Veracruzana “La muerte casera, pegada con cera: genealogía, fortuna y risa de la calavera literaria”, se esmera más y propone la definición:

Las calaveras literarias son un género de la lírica popular mexicana en cuya génesis está el epitafio y el epigrama fúnebre. Se trata de un género menor, muchas veces subordinado a la gráfica y emparentado con el corrido y la canción popular por su forma de expresión, que es la copla. Las calaveras suelen ser composiciones de cuatro versos de arte menor con rima consonante cuyo tema es la muerte y su intención, la burla. Estas coplas pueden agruparse para formar composiciones más o menos extensas.

Pero, para mi gusto, aunque el esfuerzo complejiza y trata de ahondar más, sigue quedando escueto, dado que no toma en cuenta la forma métrica de la redondilla ni la décima, ni profundiza mucho más en lo que concierne a las personas, instituciones o cosas a los que puede dedicarse, o bien la posibilidad de conversar con la figura de la muerte mediante las calaveras, ni en la cosmovisión en torno a la muerte como personaje, que prima en estas formas poéticas. En este sentido, podríamos proponer que las calaveras son composiciones en verso, de la lírica popular mexicana en cuya génesis está el epitafio fúnebre. Aunque en el pasado nos encontramos con composiciones en versos de arte mayor, hoy en día suele ser más utilizado el verso corto, de ocho sílabas sobre todo (octosílabo), sin que queden excluidos otros como el exasílabo o el heptasílabo. Si bien éstos suelen agruparse en coplas (con rima ABAB) o redondillas (con rima ABBA), también caben y se valen otras combinaciones rítmicas, como estrofas de cinco o seis versos. Éstas idealmente van rimadas, aunque también existen muchas carentes de rima y hasta de métrica. Otra de las formas sobresalientes es la décima, composición de diez versos con rima ABBAACCDDC.

En la calavera literaria, generalmente se cuenta una historia, una anécdota, y en ella la protagonista principal es la Muerte, un personaje con características morales y carácter humanos, con los apelativos de Flaca, Parca, Catrina, Pelona, Huesuda, Calavera, etc. Luego, esta Parca se le aparece a una persona (a quien está dedicada la calaverita literaria) y gracias a sus vicios, defectos o falta de astucia es que la Calavera ha de llevárselo, o bien dadas sus virtudes, gracias o astucias, podrá burlar a la Muerte. Estas composiciones también pueden estar dedicadas a personas ya fallecidas, en cuyo caso suelen acompañar a las ofrendas, y loan a los finados. Aquí, el relato es sobre el momento en que vino la Muerte a llevárselo, y precisamente cargó con él debido a las cualidades que en vida tenía el aludido, echando mano de él para su beneficio y provecho del inframundo.

Las calaveras se pueden escribir a la misma muerte, a instituciones o a entidades, o bien, a sectores específicos de la sociedad. Cuando se escriben a la muerte, se le reta, se confronta, se coquetea con ella, aunque también suelen ser relatos de encuentros personales de los que obviamente el autor salió bien librado. Cuando se escriben a entidades o a instituciones, éstas fungen como personajes con características humanas, o bien sirven de contexto para una historia cuyos protagonistas son los que ahí laboran o habitan. Las calaveritas, además de escribirse a personas de nuestro entorno, suelen dedicarse a personajes famosos: artistas, deportistas, políticos, clérigos y últimamente influencers. En su tesis de maestría por la Universidad Autónoma de Nuevo León, Las calaveras, función social. Investigación hemerográfica. Rodolfo Gutiérrez García afirma y documenta que las calaveras literarias pueden fungir como termómetro político, y yo añadiría que también histórico, social y económico, pues a menudo se relatan acontecimientos relevantes en ellas, de interés trascendental, o bien se usan para realizar denuncias sociales con la jocosidad como sólo los mexicanos sabemos y solemos.

Finalmente, ocupa un papel primordial en la composición de las calaveritas literarias, la concepción que los mexicanos tenemos de la muerte. Octavio Paz abunda de manera magistral en ello en su ensayo clásico El laberinto de la soledad, pero podemos mencionar de forma somera, que en las calaveras la muerte es un ente vivo y cercano, es una señora en forma de esqueleto, que bien podría ser nuestra tía, nuestra madrina, nuestra abuela o nuestra comadre. Se nos presenta altanera, sabia, caprichosa, presuntuosa, bonachona, triste, graciosa, alegre e, incluso, hasta borracha o medio drogada. Luego, nos confronta, nos reta, nos coquetea, nos cuestiona, nos sentencia. Y nosotros, como a una hermana, le respondemos, con valor, con arrogancia, con despreocupación, con disimulo, con discreción o pendencieros. En fin, las calaveritas son una manifestación más de esa saludable cercanía que tenemos con la muerte y que se manifiesta también en otros géneros como el corrido: “si me han de matar mañana que me maten de una vez”, o el refrán: “Si para morir nacimos…”; es un género menor, pero abundante, pletórico, vivo, vívido, y todos en las fiestas de muertos, niños, adultos, ancianos, profesionistas, comerciantes, ricos y pobres, nos volvemos poetas en ocasión de escribir alguna, o bien, somos susceptibles de volvernos musas y que nos la dediquen.

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Sueño de una tarde dominical en la Alameda >> Mural de Diego Rivera

Nidya Areli Díaz (CDMX, 30 de noviembre de 1983) es Escritora, Editora, Guionista y Profesional del Fomento a la LecturaLicenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con mención honorífica.

Fundadora de la revista literaria digital Sombra del Aire, de la que ha fungido como Directora y Editora desde 2011. Asesora docente y consultora en la profesionalización del Fomento a la Lectura, la enseñanza del Español y la Literatura. Consultora independiente en RedacciónCorrección de Estilo y Proyectos de Investigación. Editora literaria en Ganthä entertainment, casa de creación de contenidos para cine y tv.

Ha impartido conferencias y  talleres de Literatura, Creación Literaria y Lectura Crítica para instancias como la Secretaría de Cultura de la CDMX, la Secretaría de Cultura del estado de Hidalgo y el IPN.

Fue investigadora, correctora de estilo y  Lexicógrafa en la reedición del Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua. Obtuvo dos premios en Poesía por el IPN y uno en cuento por el Gobierno de la CDMX.


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