Voy a arrojar algo de luz acerca de las mal llamadas enfermedades mentales y del tratamiento que la medicina moderna les administra. Y lo voy a hacer desde la experiencia, por lo que no espero que este texto se lea como una crítica intelectual, sino como un rasgarse las vestiduras de alguien que ha padecido tan nocivas premisas.
Bien, vayamos por partes. A mí la vida me puso a prueba —una durísima prueba— diagnosticándome, erróneamente, de esquizofrenia, e imponiéndome inmediatamente un tratamiento farmacológico, que duró cerca de quince años, y de las cuales causas por fortuna salí ileso.
Empecemos por lo primero. ¿A qué llama la psiquiatría: enfermedad mental? Yo os lo digo. Ellos y ellas, los y las psiquiatras, te dirán que es un fallo del cerebro, como si, de repente, igual que le puede pasar al hígado o al páncreas, hubiera comenzado a mal funcionar. Bueno, esto, desde mi perspectiva, es rotundamente falso. Primero porque no tiene en cuenta que el problema no se deriva de un mal funcionamiento espontáneo del cerebro, sino de un desequilibrio del humano con la Naturaleza y con su esencia. Y segundo porque tal visión recortada del asunto obvia lo más importante, a saber, que el cerebro, como órgano encargado de volver a ese equilibrio, a esa armonía con la esencia natural y de sí mismo, es incapaz de hacerlo; o sea, que se nos oculta, y se ocultan a sí mismos, que el cerebro, para aquello que nos interesa, en realidad siempre ha estado funcionando mal. De hecho, de este mal funcionamiento no observado por nuestro tiempo, germinan todos los desequilibrios. Le hemos otorgado poder a la mente para buscar nuestra felicidad, para planificar nuestra vida, y para que nos saque de los problemas que esta nos presente. Pero nada de todo eso está al alcance del cerebro. Ni él sabe cómo ser feliz, ni puede la vida planificar con éxito, ni está en condiciones de analizar y resolver todas las variables que entran en juego en la consecución de nuestros problemas. De todo eso solo se puede encargar Dios, y nosotros mismos, como seres holísticos que somos, en tanto que también somos Dios.
Aquí seguro que han saltado todas las alarmas, desde el momento en que ha aparecido esta palabreja: Dios. A buen seguro habrá quien deje de leer acá, o de tomar en serio la reflexión, solo porque: ya está, no soy más que un dogmático irracional sin el menor sentido crítico, y por lo tanto científico.
Bueno, pues, a esto debo objetar que la diferencia entre dogma y ciencia la estableció Platón, y que creo regirme por su método, esto es, el sometimiento al principio de no contradicción, y no al curso de catecismo expedido por cualquiera de las parroquias de sus barrios. No obstante, si la palabra Dios les molesta, utilicen el concepto Universo, o Naturaleza, algo muy spinoziano, por cierto, y con lo cual comulgo por completo.
En fin, vayamos al grano. Decía que el desequilibrio experimentado por una persona que, para la psiquiatría, pasa a ser enfermo, no es más que un olvido de la condición Natural, Universal, o Divina del sujeto (tomen la palabra que más les guste), y la solución a ese conflicto no es, por supuesto, el intento de sanar un cerebro —órgano que ya he defendido es totalmente incompetente— sino regresar a la armonía.
Uno de los primeros libros de filosofía que leí en mi vida, allá por el final del siglo pasado, lo recuerdo bien, una recomendación de la que por entonces era mi profesora de la materia en la Secundaria, fue Pensar con el cuerpo, del gran Emilio Lledó. Y es que esto es lo que hemos olvidado como especie, algo que, según el filósofo español, tan bien sabían en la Grecia antigua, o al menos Epicuro y sus seguidores, tal y como cuenta Lledó en su ensayo. De eso, de pensar con el cuerpo y no solamente con el cerebro, de hecho, trata la vida, de descubrir que el Universo en su conjunto es un ser vivo que piensa, que el Universo en su conjunto es un ser vivo que es consciente, y que nosotros, en tanto que Universo somos, podemos, si pensamos con el cuerpo, vincularnos a un pensamiento, a un conocimiento y a una conciencia superior. De que regresemos a este estado de perdida Divinidad depende que vivamos en equilibrio o desequilibrados, con el peligro consiguiente que esto segundo tiene, es decir, que la medicina nos encasille y convierta en enfermos.
Porque he aquí el segundo tramo del trayecto, el del supuesto tratamiento.
La psiquiatría, al momento que enfrenta un tal desequilibrio, sospechando y, de manera ignorante, llegando al convencimiento de que el problema está en el cerebro y no en el espíritu, administra veneno (perdón, quise decir medicación) para sodomizarlo (perdón, quise decir para contenerlo). No saben, no han experimentado en sus propias carnes, los psiquiatras digo, las consecuencias nocivas de los fármacos que administran. Yo sí. Y como sé de lo que hablo, voy a hablar. Para empezar, podemos hacer presente el tsunami de pensamientos de suicidio que afloran en tu mente, constantemente, a partir de la ingesta de tales supuestos remedios. Además, te anula casi por completo la capacidad de fantasear, lo cual es un problema porque qué es la felicidad sino un estado fantástico de la existencia. Así que a ser feliz también te incapacita. Y en mi caso el asunto era más grave, dado que, yo, siendo escritor, y principalmente de literatura infantil, veía mermado mi territorio. Pero todo eso no es lo peor. Lo peor, o lo más alarmante, al menos lo más llamativo, es que la medicación te entorpece el funcionamiento del sistema nervioso, hasta hacerte ver, a ti mismo y ante el espejo, y por los otros en su relación con ellos, como un completo subnormal (entiéndase aquí la palabra con el sentido más peyorativo posible: por debajo de la norma, de lo normal). Porque no es que ralentice ese funcionamiento, no; es que lo anula. ¿Y eso qué hace? Pues, por ejemplo, te inhabilita para tener una conversación, y no me refiero a conversaciones profundas, también a las más simples y nimias, porque, a la hora de hablar, hace que te falten las palabras, balbucees, no entonas, y, como digo, te visualizas, y te visualizan, como un completo inútil.
Es decir, un desequilibrio espiritual, que debiera haberse tratado con meditación y reeducación corporal y conductual, se cronifica, convirtiéndolo en enfermedad, por unos fármacos que ni solucionan el problema ni te ponen en posición de solucionarlo.
Afortunadamente, algunas voces dentro de la psiquiatría, como la del doctor José Luis Marín, se están levantando en contra de esta dirección tan perniciosa que lleva su propia disciplina. Pero lo cierto es que la industria farmacéutica mueve tanto dinero y es tan poderosa que serán los primeros enemigos a abatir si queremos recuperar la cordura. Y la guerra no es nueva, ya viene de lejos.
En mis primeros años de Universidad, allá por el dos mil, cuando la élite económica de Europa trataba de imponer a la élite política y educativa del continente la capitalización de la docencia, algo que finalmente consiguió con el llamado Plan Bolonia, y que ha supuesto otra derrota para nuestra sociedad, derrota que, como muchas otras, nos la colaron de puntillas… bien pues en aquel plan perverso se estableció la necesidad de los másteres de postgrado para todo, sobre todo para acceder al mercado de trabajo, haciendo inútil la gratuidad del sistema público de enseñanza, pues obligaban a todo hijo de vecino a pagar por el máster que a partir de ahora se le hacía obligatorio, así como la estandarización de las universidades en función del servicio que proporcionaban al mencionado mercado. Horrores, vamos.
Hubo, pues, en aquella época, en España, una cierta contestación estudiantil, en la cual estuve involucrado y comprometido. Se organizaban reuniones y asambleas, a nivel no solo local, sino también regional e incluso estatal, y se estudiaban contrapropuestas. En una de esas reuniones, organizada por la Universidad de Salamanca, pude asistir a la conferencia de un profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su nombre no lo recuerdo, lo lamento, pero ya por entonces este académico decía que el mercado y sus poderes fácticos llevaban tiempo librando y ganando una batalla contra la sociedad, en la cual, la propia sociedad, por puro desconocimiento, se mostraba como víctima propiciatoria.
Parece que estoy escuchando sus palabras: Quieren hacerse con la docencia, convertirla en un negocio para ocultar sus vicios, así como ya han hecho con la psicología. Defendía este profesor que la ciencia médica se había vendido al Capital, convirtiéndose así en herramienta contrarrevolucionaria. Ponía como ejemplo —hablaba de varios, pero yo recuerdo con más frescura uno— el síndrome postvacacional. Decía que la sociedad era una mierda, el sistema de trabajo impuesto otra, y, la medicina, en lugar de convertirse en ariete ideológico contra este problema, que a todos nos afecta, desarmonizándonos y desestabilizándonos, en lugar de señalar al mercado laboral como el causante del problema, y por lo tanto dándonos la capacidad de presentar alternativas de organización social, se dedicaba a señalar al individuo que llegaba a manifestar esa incomodidad, tratándolo de enfermo, siendo como era en realidad quizá el más cuerdo de su empresa, o el que más cuerdo quería estar. Estás enfermo del síndrome postvacacional, te decía la medicina. No que estás siendo explotado, no que el trabajo enajenante te está alejando de tu esencia, no. Estás enfermo, ¡tú estás enfermo! Y, por supuesto, al momento se hacía negocio con ese problema que, ellos, los malos, habían generado, administrándote una medicación, que igualmente costaba dinero, y que ellos habían creado ad hoc. Un desastre.
Fruto de esa conferencia escribí uno de mis primeros trabajos infantiles. Lo titulé La Clínica del psiquiatra loco, y, aunque resultó algo abstracto y quizá demasiado revolucionario para la mente ingenua de un niño, debo decir que estoy muy orgulloso de él, porque me sirvió para ponerme en alerta acerca del destino que Dios, como prueba, y a través de mi familia y los psiquiatras, me había preparado. Fin de la cuestión.
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7/8 >> Técnica mixta >> Alias Torlonio
Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertas, El fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.
