Nadie sabe exactamente cuándo empezó a ocurrir. Al principio, era solo un rumor susurrado entre las grietas de las calles, en las salas de espera y en los pasillos de las escuelas. Decían que las Celúrnigas habían aprendido a devorar el vacío.
No era una metáfora, aunque así lo pareciera. Las primeras desapariciones fueron sutiles: el espacio entre dos palabras en un libro, un segundo de silencio en una conversación. Un hombre en un café notó que ya no podía interrumpir a su compañero porque el hueco para su intervención simplemente no existía.
Las Celúrnigas eran pequeñas, casi translúcidas, con luces intermitentes que se encendían y se apagaban como si siguieran un ritmo secreto. Aparecían en las esquinas y detrás de los ojos cerrados, siempre en los márgenes, donde el mundo se sostiene precariamente. No tenían colores brillantes, pero el parpadeo de sus luces generaba una sensación que nadie lograba describir: un pulso invertido, un destello que parecía borrar en lugar de iluminar.
Fue en esa ciudad donde las cosas comenzaron a volverse más evidentes. Una niña llamada Lía despertó una mañana para descubrir que su ventana ya no estaba. No había pared que la reemplazara, solo un espacio donde antes existía algo y ahora había un silencio denso, una ausencia que apretaba el pecho.
El fenómeno se aceleró. Los huecos entre las teclas de los pianos se esfumaron; las pausas entre los latidos desaparecieron y éstos se volvieron un unísono; las sombras dejaron de proyectarse: desórbitas flotaban porque el espacio entre el objeto y la luz ya no podía definirse. Una mujer en el mercado juró que el olor a pan había desaparecido del aire entre ella y el mostrador, aunque el pan seguía ahí, intacto.
Los trenes dejaron de detenerse entre estaciones. Una mañana, la línea completa de la ciudad simplemente se fusionó en un trayecto sin pausas, sin estaciones intermedias. Los pasajeros que intentaron bajarse antes de su destino chocaron contra paredes invisibles, quedando atrapados en un recorrido interminable, prisioneros del éter invacío.
En los museos, las obras de arte comenzaron a perder sus espacios vacíos. Los marcos ya no tenían bordes; las pinturas se comprimían en líneas caóticas. Los curadores, desesperados, intentaron separar los lienzos del fenómeno, pero no pudieron encontrar los límites de las piezas: se habían fundido con la nada.
Los niños notaron que los juegos también habían cambiado. El escondite perdió sentido porque los espacios para ocultarse desaparecieron. Las cuerdas para saltar ya no tenían un “entre” donde los pies pudieran pasar. Y el eco de sus risas, que solía llenar los patios, quedó atrapado en un silencio creciente que los hizo llorar sin saber por qué.
La comunidad científica intentó explicar el fenómeno, pero los conceptos se les resbalaban de las manos como arena. ¿Cómo medir un vacío que ya no existe? Los poetas y los filósofos por su parte, se entregaron al caos con una especie de éxtasis enfermizo. “Es el fin de la separación”, decían algunos, mientras otros escribían sobre una fusión inevitable, una implosión del universo en su propio vientre.
Lía, sin embargo, parecía ser inmune al miedo que la rodeaba. Mientras otros evitaban a las Celúrnigas, ella se sentaba a observarlas. En sus movimientos parpadeantes encontró un patrón que nadie más veía, un intríngono secreto. Comenzó a dibujarlas en las paredes de su cuarto, trazando un mapa incomprensible, lleno de líneas que conectaban los huecos que habían desaparecido.
Una noche, mientras los adultos se encerraban en sus casas temiendo que los vacíos consumieran sus hogares, Lía salió a la calle con una red hecha de hilos. Persiguió a una que revoloteaba en torno a la lámpara de un poste. Cuando la atrapó, sintió que el aire a su alrededor temblaba, como si el mundo mismo se resistiera a su acción.
La miró detenidamente. Dentro de su cuerpo translúcido pudo ver algo moverse: fragmentos de canciones olvidadas, silencios que habían sido robados, la distancia entre dos manos que nunca llegaron a tocarse. Con cuidado, la soltó, y ésta volvió a volar, dejando un rastro de destellos incompletos que se desvanecieron en el aire.
A partir de ese momento, Lía buscó entender. Se convirtió en una cazadora de celúrnigas del vacío, llenando cuadernos con anotaciones incomprensibles. Sus dibujos se transformaron en un lenguaje propio que mezclaba números y símbolos con fragmentos sin espacios.
Con el tiempo, comenzó a notar algo extraño: mientras más las estudiaba, más desaparecía ella misma. Primero fueron detalles pequeños, como el eco de sus pasos o el reflejo de su rostro en el agua. Luego, su voz se volvió un susurro que nadie más podía oír. Las puntas de sus dedos parecían disolverse en el aire cuando intentaba tocar algo. Una tarde, notó que su sombra ya no la seguía: había quedado atrapada en un rincón de su habitación, inmóvil y pálida como un recuerdo.
Las fotografías donde aparecía comenzaron a cambiar. Sus bordes se difuminaban, y pronto su figura fue poco más que un borrón en el papel. Cuando se miró al espejo una mañana, pudo ver a través de sus propios ojos, como si se estuviera convirtiendo en cristal. El sonido de su risa, al intentar romper el momento, fue absorbido por el aire, sin siquiera rebotar en las paredes.
Una noche, Lía se desvaneció.
¿Qué cantó el silencio esa noche?
Cantó el tambor del abismo,
un susurro de pétalos marchitos.
Cantó la grieta en la sombra,
un eco de risas perdidas.
Era un canto sin música,
hilos de aire deshecho,
que tejía estrellas rotas
en la panza de la noche.
Quedó su cuarto, un cosmos de mapas. Las líneas eran susurros y las sombras, giros secretos. Dóndulas que danzaban bajo una luz quebrada.
Los que intentaron descifrarlo fracasaron: las líneas y los trazos parecían moverse cuando nadie miraba, reconfigurándose en patrones infinitos.
Tal vez Lía no desapareció del todo.
Aseguran que, si miras lo suficientemente cerca cuando una celúrniga del vacío pasa a tu lado, puedes ver una pequeña sombra detrás de ella. Una sombra que se parece al contorno de una niña, con ojos llenos de preguntas y un cuaderno bajo el brazo.
Quizá las celúrnigas no devoran,
quizá traman la arquitectura del regreso,
un espacio tejido con hilos de vacío,
un espacio de versos invisibles,
un universo que espera nacer.
Quizás, solo quizás.
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Las luciérnagas >> Rosa López Callul
Silvia Moscatel (01, 10, 1962) es docente en educación primaria. Nació en Navarro, Buenos Aires – Argentina, que sigue siendo su lugar de residencia. En 2022 la editorial Tinta de Luz publica su primera novela «18422 palabras». Obtiene el tercer puesto de la convocatoria de Gold Editorial para la Antología «Siluetas de papel» con el cuento “Crónica de la oscuridad eterna”. Forma parte de la antología «Memorias íntimas» de Ediciones Insomnes con el cuento “Donde nunca pasa nada” y de la antología de literatura americana «América literaria 3» publicada por Alea, con el poema “El hielo llora bajo el sol”. Con el cuento “Yo estuve ahí” logra el primer lugar en la convocatoria Memorias de Cromañón, organizada por el Instituto Cultural de la pcia. de Buenos Aires. Participa de talleres y encuentros literarios, disfruta del arte en todas sus manifestaciones y del “aprender” siempre. Encuentra sus influencias literarias en García Márquez, Allende, Mujica Lainez, Storni, Pizarnik, Cortázar, Lispector y Girondo.
