Prólogo

Los Dragones del Círculo Polar

por Héctor Aún

Un extraño mal se estaba apoderando de todo Efenberg. Hacía tiempo que las Tierras de Prosperidad se veían invadidas por una sombra, y, nadie, ni siquiera la reina Sárloc, se percataba de su amenaza. Solo los elfos, a lo largo y ancho de las fronteras, se mantenían despiertos, alertas ante las puertas del enemigo. Y Érebin, su caudillo, el único que se atrevía a cruzar los límites de Binborg, o Bosque de la Espesura. Las gentes decían que la hechicera estaba enferma, y que por eso anochecía a una hora tan temprana. Por las mañanas, el sol se peleaba con las brumas, y hasta bien entrado el mediodía no se gozaba de su entera plenitud. Algunos, incluso, aventuraban que la reina se hacía mayor, y dado que nadie la había visto en años pasear por las calles de la Ciudad Escondida, muchos sospechaban de su enfermedad.

—La reina se muere —decían.

—Eso si no se ha muerto ya.

—Por eso las sombras nos asedian.

Nada que ver. Sárloc se hallaba en plenas facultades, y solo el estudio le impedía procurarse mejores compañías. Érebin, su amante, la visitaba de continuo, y le advertía de las evoluciones del tiempo.

—Oscurece muy temprano, mi amor.

—¿Y?

—Nada, solo que la gente se asusta. Los poblados al sur de Efenberg se abandonan, y mi comunidad se extraña de que el mal se aposte en los límites de nuestras tierras.

La reina no demostraba ser muy comunicativa en estos casos. Pero Érebin insistía.

—Hace tiempo que no paseas por mis bosques. Dime, ¿qué hay más allá de la espesura que opaca la luz de tu mirada?

Más allá del Bosque Madre se hallaba la Gran Dolina, o Dolina de la Muerte, donde, dando cumplimiento a la Segunda Edad, la propia Sárloc había encerrado al Espíritu de los Sin Nombre. Pero su recuerdo encendido era demasiado doloroso como para hablar de ello abiertamente.

—Nada, querido, más allá de vuestras tierras no hay nada. Tan solo Útebo, el reino de los hombres, que viven preocupados de sus propias cosas.

—¿Y más allá de Útebo?

—El mar, ya lo sabes. ¿Por qué me preguntas todo esto?

Érebin se preocupaba, pero no quería transmitir el malestar a su compañía.

—Por nada. Cosas mías.

Entonces la reina Sárloc se escabullía de semejante cuestionario, y le invitaba a caminar.

—Olvida tus cuitas, y demos un paseo por los jardines de Rímini.

Rímini no siempre fue el palacio de la hechicera. Tiempo ha, también fue refugio de bandidos. Sárloc los desposeyó de su fortaleza y la convirtió en una acogedora morada para peregrinos. Luego, cuando estos dejaron de visitar el norte, acuciados por el frío y la desmemoria, la reina ubicó allí su cubil. Construyó una torre alta, inmensa, desde la cual dicen que se podía divisar el límite de Efenberg, y levantó poblados jardines por los que pasear sin ser perturbada por el populacho. Con Érebin caminaba por sus laberintos vegetales, al arrullo de los pájaros que poblaban las ramas de los árboles. Nada inquietaba su ánimo entonces. Hasta el día que la bella Éarlin se presentó de improviso.

—¿Qué haces tú aquí, Domadora de Caballos? —se interesó su rey y señor.

Éarlin era parca en comentarios, no le gustaba extenderse por los amplios pastos de la lengua, así que fue rotunda.

—Caballero de pies ligeros, vuestro pueblo os necesita. Un extraño enemigo ha invadido las fronteras.

Érebin sabía, hace tiempo, que una sombra los amenazaba, pero no imaginaba que dicha lobreguez fuera capaz de atacar a las huestes de los Binardian, fuertemente armados y coordinados entre sí. La espesura del bosque era fortín suficiente como para contrarrestar la maldad de cualesquiera otros enemigos.

—¿Estás segura de lo que dices?

—Sí, mi señor. De las colinas del sur han llegado mensajeros. Sus tierras empiezan a corromperse, ya no dan fruto, y la ciénaga y el lodo están ganando terreno.

Érebin se justificó ante su amante.

—Sárloc, debo partir, y de inmediato. Cuando averigüe qué es lo que sucede regresaré, espero que con buenas nuevas.

—Me parece bien. No te demores por darme gusto. Tu deber para con el pueblo de los Guardianes del Bosque es mayor que mi cariño. ¡Corre!

Nada atemorizaba a los Binardian, de modo que tenía que ser grave el asunto que llevaba hasta las puertas de Rímini a la indómita Éarlin. Eso, o que ella sintiera celos. La Domadora de Caballos llevaba siglos enamorada de su señor, y no entendía cómo era posible que éste prefiriera a una mortal en lugar de una de su linaje.

—No es una mortal cualquiera —le había explicado en varias ocasiones.

Sárloc poseía el don de la longevidad. Llevaba más de mil años pisando la tierra y su lozanía se mantenía intacta. Nada hacía presagiar que su muerte estuviera próxima. No era como los elfos, inmortales, pero se hallaba en igualdad de condiciones a la hora de menoscabar la ciencia con su sabiduría. De hecho, había transcurrido ya más de ese tiempo desde que Sárloc derrotara al Espíritu de la Muerte, desterrándolo a la Gran Dolina, más allá de los lindes del Bosque de la Espesura. ¿Tendría algo que ver su derrota con la creciente amenaza que se levantaba en esas comunidades? ¿Habrían los Binardian advertido el regreso de los Sin Nombre por donde la claridad mengua? El sur siempre había sido tierra habitable. De hecho, gran parte de los humanos provenían de esas latitudes. El mar, más allá de la Gran Dolina, era portador de misterios. De cuando en cuando, de sus ondas graves, llegaban como de sendas estructuradas por caminos grandes grupos de navíos, repletos de marineros, hombres, niños y mujeres, jóvenes y ancianos que huían de los desiertos de tierras extrañas. Montaban en sus barcos y desplegaban sus velas en busca de un futuro más halagüeño, aumentando en número y vigor el contingente de los habitantes de Efenberg. En Útebo no encontraban acomodo, pues allí habitaba la discordia, por lo que viajaban al reino de la hechicera pensando hallar misericordia. La encontraban, ciertamente, y se quedaban a vivir. Efenberg crecía y se multiplicaba con cada nuevo migrante llegado de allende el mar de los hombres. La dama antigua, como la conocían sus pobladores, era calma y refugio para los sofocados aventureros. Ella les daba consuelo, y albergaba en sus corazones la esperanza de una vida sin sufrimiento, justo lo que tantos y tantos padres buscaban para sus hijos. A ella le hubiera gustado tenerlos, uno al menos que le recordara, día a día, el amor que sentía por su amante. Pero no podía, su origen le había incapacitado para ello, pues no tenía matriz. Sárloc había nacido de una barahunta. En Efenberg ya no quedaba ninguna, y se especulaba con que su florecimiento se hubiera extinguido para siempre.

Sobrepasada por los acontecimientos, cansada de gobernar vidas ajenas —no tenía espíritu para ello—, congregó a un grupo de valerosos a los que consagrar para su pueblo. Reunidos los doce más ardientes, les manifestó su criterio.

—Ahora sois capitanes de Efenberg, ¡mereced su nombramiento!

Garbo, el más audaz, acaudillado comandante, se opuso.

—Señora, solo usted es hábil para estas cuestiones, nadie mejor que su mente preclara para convocar huestes y desplegar la paz allí donde se necesita.

—Quizá estés en lo cierto, Garbo, pero tu reina está cansada, necesita reposo, y vosotros se lo vais a dar.

Dividió las Tierras de Prosperidad en doce comarcas, y a cada una le entregó su regente, cabeza visible de todos los problemas.

—Cada primero de año nos reuniremos aquí, en Rímini, y me daréis cumplida información. Hasta entonces no quiero saber de vuestras cuitas. Vigilad, estad atentos, es todo cuanto se os pide por el momento.

Continúa…

***

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Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertasEl fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.

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