Emilio, un señor de negocios muy importante, convencido de que las leyes del mercado eran las más justas y de más provecho para el ser humano, decidió educar a sus hijos bajo las mismas condiciones con las que se desenvolvían sus obreros. Un día los reunió en el salón y les dijo:
—Carlitos, Juanito, hasta ahora lo habéis tenido todo gratis, pero, como no quiero que os volváis unos holgazanes, a partir de ahora tendréis que pagar por los servicios. Los yogures que os comáis costarán un euro, el embutido otro euro, la leche uno cincuenta y los refrescos dos. Pero no os preocupéis, porque yo os facilitaré el modo de cómo conseguir dinero. Os pagaré diez euros por barrer y fregar los suelos. El único problema es que, como sólo hay una escoba y una fregona, tendréis que competir para ver quién merece mejor que el otro esa cantidad que yo os ofrezco. ¿Qué os parece?
Los chicos no tenían opinión. Nunca antes se habían enfrentado a semejante circunstancia. Pero reaccionaron de manera distinta. Carlitos, más metódico y racional, enseguida pensó en las horas que tenía que trabajar para ganarse el sustento; más aún, calculó mentalmente la cantidad de trabajo que debería tener en una semana para vivir el resto del mes holgadamente. Juanito, en cambio, mucho más creativo y fantasioso, orientado hacia la práctica de la música, le gustaba tocar la flauta y el clarinete, imaginó que le bastaría trabajar un poco para conseguir lo necesario; se acostumbraría a comer sin los refrescos, y la leche la sustituiría por los yogures, de tal modo que no tuviera que emplear tanto tiempo en los quehaceres domésticos y le quedara un margen beneficioso para practicar con su pasión.
Así las cosas, comenzaron a desarrollar sus tareas. Carlitos le ponía más empeño y ganaba sus buenos veinte euros al día para comprar alimentos, mientras que Juanito se conformaba con ocuparse menos horas y ganar apenas seis. Con eso le bastaba. Lo que ocurrió fue que Carlitos, muy avispado, al cabo de un mes había ganado mucho más que su hermano, y, cansado de ser él quien amasara los sinsabores del trabajo, ideó un plan para ganarse la vida sin menoscabo de su integridad física. Se acercó a su padre y le propuso un pacto.
—Papá, me gustaría comprarte la escoba y la fregona.
—¿Y para qué quieres la escoba y la fregona? ¿Es que acaso piensas trabajar tú solo? ¿Ya no quieres compartir las tareas con tu hermano?
—Nada de eso. Lo que pasa es que quiero prosperar con mis negocios.
—Ah, bueno, en ese caso, te lo concedo.
La idea de prosperidad estaba anclada en el andamio del alma de su padre, el cual todo lo veía bien con tal de que se tuvieran los negocios como referente. Si uno de sus hijos tenía una visión comercial más amplia que el otro, ¿quién era él para interponerse en la selección natural que el mercado comportaba? Se lo vendió.
A partir de ese instante, Carlitos se dirigió a su hermano.
—Querido hermano, por si no estás al tanto de las últimas noticias, te informo de que ahora yo soy el propietario de los útiles de limpieza.
—¿Ya no puedo trabajar entonces?
—Al contrario. Seguirás trabajando para padre, pero, de cada jornal que recibas, tres euros serán para mí.
—¡Pero eso es la mitad de lo que gano! —protestó el menor.
—Ah, lo siento, son las leyes del mercado.
La compra parecía haber sido una ruina, pues tuvo que invertir toda su fortuna, pero ahora se demostraba el acierto de la transacción. A partir de este momento, trabajando menos, o el mismo tiempo que antes, ganaría una tercera parte más, lo que le facilitaría tener en menos tiempo el aporte necesario para sufragar todo un mes de gastos en el frigorífico. Mientras que Juan, más ingenuo, debería trabajar el doble para pagar sus alimentos.
Pronto Carlos tuvo dinero suficiente para pasar al siguiente nivel. Un día, después de amasar suficiente dinero como para comprar la cocina, su hermano apenas tenía para una loncha de jamón, decidió comprar todas las viandas que se guardaban en la despensa. Yogures, carne, bebidas, se hizo con todo.
—¿Pero de qué viviré yo ahora? —volvió a lamentarse su hermano—. ¡No has dejado nada para los demás!
—No te preocupes, yo seguiré facilitándote comida, sólo que ahora tienen un precio distinto. Los yogures cuestan dos euros, la leche tres, los refrescos cinco, y el embutido dos y medio.
Cansado de las artimañas del primogénito, el menor fue a quejarse a su progenitor.
—Papá, papá, ¡mira lo que está haciendo Carlos!
Después de estudiar el caso, el padre se pronunció.
—Lo siento, Juanito, pero son las leyes del mercado. Debes ser más inteligente si quieres tener éxito en los negocios.
Juanito era inteligente, ¡con memos de ocho años ya tocaba con soltura los dos instrumentos que se había propuesto! Pero su inteligencia estaba encaminada a conseguir otros propósitos. El arte se ligaba mal con la compraventa. No obstante, no podía hacer otra cosa, de modo que se acomodó a la nueva circunstancia. Ahora, para ganarse la comida que había subido de precio, y dado que tenía que pagar a su hermano por el uso de las herramientas, debía trabajar muchas más horas para conseguir el mismo sustento. Casi no le quedaba tiempo ni fuerzas para ensayar, y apenas podía llevarse a la boca un yogur con tropezones. Cansado de trabajar y trabajar sin prosperar, fue a hablar con su hermano.
—Esto no puede seguir así, ¡tú te has hecho con todo y a mí me toca mal vivir! ¿De qué modo llegaré a ser un gran músico si no me queda tiempo para practicar? Todo el día me lo paso barriendo y fregando para conseguir dos cochinos trozos de pan.
Avezado, el mayor le propuso una solución.
—Bueno, siempre puedes pedir un crédito.
—¿Un crédito? ¿Cómo es eso?
—Si quieres, yo te facilito una suma de dinero, gracias a la cual podrás conseguir sustento sin tener que trabajar tan duro, a cambio de que tú me la devuelvas con unos pequeños intereses.
¡La idea de Carlitos era fantástica! Por fin algo de misericordia, pensaba el menor de los hermanos. Sin pensárselo dos veces, Juanito firmó el contrato. No se dio cuenta ni calculó el esfuerzo que le supondría devolverle el veinte por ciento de margen de beneficio que se había asegurado su patrón. Lo cual le trajo algunos problemas. A saber: al principio todo eran mejoras en la convivencia, Juan trabajaba sólo dos horas y el resto lo dedicaba a ensayar con la trompeta. No le hacía falta dedicarle más tiempo a la limpieza, pues el crédito concedido le permitía vivir holgadamente. Lo que ocurrió fue que, al llegar el primer vencimiento, se percató de que, entre lo poco que cobraba, la carestía de los alimentos, y los intereses del crédito, no tenía con qué sufragar su nivel de vida.
—No puedo pagarte —le dijo confiado a su hermano.
—No te preocupes —sentenció el otro—. Te concedo una prórroga.
Juanito no podía creer cuán generoso era su compañero.
—Lo único —continuó el mecenas— es que ahora los intereses suben al treinta y cinco.
—¡Pero eso es un abuso!
—No —se lamentó el capitalista—, son las leyes del mercado. Si tú no sabes gestionarte es tu culpa, no me taches a mí de irresponsable cuando el irresponsable has sido tú.
Juanito estaba al borde del llanto.
—Vamos, hermanito, no te quejes, que gracias a la prórroga que te concedo no tendrás que abonarme tu cuota hasta dentro de dos meses.
Bueno, qué se le iba a hacer, no le quedaba otra que aceptar las condiciones, si es que quería comer.
Carlitos recibía tanto dinero por la venta de alimentos, había que recordar que ahora él era el propietario de los mismos y los vendía a muy buen precio, el alquiler de los utensilios de limpieza y los intereses del crédito concedido, que ya no tenía necesidad de trabajar para pagarse su comida. Juan, en cambio, trabajaba de sol a sol, sin otro proyecto de vida que el de alimentarse y salir adelante, de manera infructuosa, todo hay que decirlo, ¿porque qué ocurrió cuando llegó el vencimiento de la prórroga? Ahora, a los gastos sumados, había que añadirle un treinta y cinco por ciento al que no podía hacer frente. Nuevamente se vio en bancarrota.
Pero su hermano le volvió a ofrecer otra salida.
—Si no tienes con qué pagarme, véndeme tu cuarto.
—¿Mi cuarto? ¡Pero es donde yo duermo!
—Lo sé, y por eso pienso ser generoso. A cambio de tu dormitorio te condonaré toda la deuda.
—¿Toda?
No podía creer Juanito el golpe de fortuna que le estaba regalando la vida. ¡De pronto se vería libre de deudas! El trato parecía justo. Ese día Juanito trabajó la mar de contento. Pero cuando llegó la noche no tenía dónde dormir. Aterido de frío, pensó que su hermano se apiadaría de un gesto como el suyo. Se acercó a la puerta, que estaba cerrada con llave.
—¿Dónde vas? —le interrogó Carlitos.
—A dormir. Si tú me dejaras. ¡Llevo todo el día trabajando!
Había que tener presente que los alimentos seguían en poder del que ahora era terrateniente, y lo mismo sucedía con las herramientas necesarias para trabajar. Juan debía trabajar por tres euros para ganarse comida que le costaba un riñón, motivo por el cual su situación no había cambiado mucho. Cierto que ahora no tenía deudas, pero tampoco tenía cuarto. Como empezaba a entender el modo en que todo esto funcionaba, le dijo a su hermano que le alquilaba la habitación.
—¿Por cuánto? —pensó el banquero.
Juan se hurgó en los bolsillos. Sólo tenía una moneda de euro.
—Por uno, si te va bien. Es todo cuanto tengo.
—Uy qué va, qué va —se lamentó por no llegar a un acuerdo el mayor—. Por ese dinero, si quieres, lo que puedo ofrecerte es la caseta del perro.
¿Y qué podía hacer el menor? ¡En algún sitio tenía que dormir! Así que se vio explotado, sin alimentos, y durmiendo en el patio.
Harto de esta situación, después de meditarlo mucho durante la noche, no pudo pegar ojo a causa del frío, se decidió a actuar. Su hermano se había acostumbrado a vivir de las rentas, el único que trabajaba era él. ¿Qué tal si se ponía en huelga? Se aguantaría el hambre, pues no tendría con qué pagar los alimentos, pero pondría a su hermano en el brete de tener que ser él quien desempañara las tareas del hogar, a lo cual ya no estaba habituado. Tendría que renunciar a sus lujos y privilegios para enfrascarse en la limpieza.
—Sí, sin duda esa es la solución. ¡Veremos de qué pasta está hecho mi hermano!
Pero su hermano estaba cosido de un material inhumano. Antes que ceder a las pretensiones del menor, y compartir parte de su fortuna o mejorar las condiciones de vida del proletariado, contrató al hijo de un vecino, que era más pobre que su propio hermano, para que limpiara la casa por cero cincuenta. Este pobre hombre lo hacía con gusto, ¡nunca en su vida había visto una moneda de cincuenta céntimos! Y su hermano afrontó los hechos con resignación.
—Está bien, no tengo sitio en esta casa.
Y se fue. ¿Dónde? Nadie lo supo. Cogió sus instrumentos de música y se encaminó a mal vivir con su arte, mientras que su hermano mayor vivía holgadamente en casa, con un cuarto para él y otro que usaba como gimnasio, y toda la comida a su disposición. Su padre se felicitó por el buen camino que había llevado su primogénito.
—Creo que estás listo para ser un hombre de éxito cuando salgas ahí afuera —le animó, y se preparó para organizar una fiesta en su honor.
Pero claro, cuando llamó al pequeño para que asistiera al evento, éste se había marchado lejos.
—Es un pordiosero, padre, no le haga caso. El muy desleal ha preferido irse a vivir con los pobres antes que quedarse con nosotros.
—Bueno —se resignó su padre—, consecuencias lógicas de la ley de la oferta y la demanda. ¡Lo celebraré sólo contigo!
—¿Y cuánto me piensas pagar?
—¿Por asistir a tu fiesta? ¡Nada! Habrase visto…
—Ah no, si no hay beneficio de por medio yo no voy a holgazanear.
Estaba tan acostumbrado a recibir recompensa por todo que ya no movía un dedo si no era por una ganancia asegurada. Así que se despidió de su progenitor y se encerró en su cuarto.
Abatido, el padre, con una botella de champán abierta, solo, sin sus hijos, se dio cuenta de que había fracasado. Había construido las condiciones para un mercado perfecto, sí, pero ese mercado había acabado con la familia.
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Imagen
Aguador >> Óleo sobre lienzo >> Jesús Villar
Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertas, El fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.
