EN BUSCA DE LAS AGUAS DEL LETEO

por Héctor Vargas

Creí descifrar la sustancia de los sueños, la que eleva los sentidos por encima de lo que se experimenta al estar despierto, sin darme cuenta que continuaba en su dominio. ¿Será esa misma sustancia, la que al dormir en la muerte, en sensación asemeja?

Hipna toca el violín en el televisor, investida en armonía, parece no ser ella quien lo hace. El sentirla cerca, y a la vez distante, me genera la opresión de un puño en el pecho, pero lejos de huir permito que me derrumbe a causa del recuerdo.

Conocí al tío de Hipna, le nombraban por su apellido, Cabinho, fue mi casero. El viejo tenía la habilidad de herir la susceptibilidad de quien se la debiera con pocas palabras; mas no fue por él que llegué hasta ella sino por mi mejor amigo, Germán.

Yo era un joven de amistades múltiples, muchas de ellas importantes. Se decía que pintaba para ser un triunfador.

Mis noches de fin de semana pasaban en asistir a fiestas. Germán organizaba las mejores del puerto. Solía cocinar un caldo de algas, hacer un guiso con aves exóticas y hervir papas en vino con especias. Al combinar los elementos en una sola mezcla, a fuego lento, surgía una sopa exquisita, la cual decía realizaba especialmente para mí. El secreto radicaba, según Germán, en prepararlos por separado y comer poco de ella.

Germán era el tipo de escritor que yo pretendía ser. Había pasado parte de su vida en viajes y publicaba para diferentes revistas. Algunos libros de su colección eran tan viejos como sus amistades, así que no esperaba conocer, de su parte, a Hipna y que fuéramos los únicos invitados de aquella noche.

La llegada de Hipna a casa de Germán fue sin sobresaltos, se escondía en una máscara de timidez. Por él supe que estaba frente a una estupenda violinista y pretendía que Germán la ayudara a elevar su visión del mundo. Yo en cambio, fui para ella, un escritor que se decía prolífero, en busca, siempre, de inspiración.

Después de una buena cena y de pláticas insustanciales, Germán propuso que saliéramos de su casa y aprendiéramos a bailar. Hipna sonrió mordiéndose los labios, yo contesté afirmando.

El puerto que mostré a Hipna fue diferente al tranquilo que conociera de día. Uno de excesos liberados, que se disfrazaban tratando de imitar a los sueños. En esa oscuridad vi a Hipna seducida por el mar. Su sonrisa era de excitación, me dijo que era la primera vez que lo conocía de noche.

En el asiento trasero del auto llevaba un botellón de licor hecho por mi casero Cabinho. Lo había extraído sin su consentimiento, ideado para percibir las quimeras de la noche. Hipna me advirtió, antes de beber, que el alcohol la transformaba, que el espíritu de su hermana gemela la poseía. Incrédulo a los sortilegios, quise arriesgarme. Al fragor de unas copas, Hipna me tomó de la mano, iniciando la maldición que sobrellevo a partir de entonces.

Teniendo a las estrellas por techo, e hipnotizado por su desnudez, pude sentir el cuerpo de Hipna sobre el mío y sus manos tomándome del cuello para prolongar mi placer. Al desfallecer en el juego conocí a su hermana Tánata, infinita en naturaleza, pidiendo que guardara silencio con el dedo índice sobre sus labios, señalando, con la mano libre, a un mar de inspiración por descubrir, y era tan basto que no cabía en mi cabeza; entonces sentí miedo.

Las resacas del licor Cabinho son el doble a las de cualquier licor. Desperté en mi cuarto sin recordar haber llegado por mi propio pie. La poca luz de la ventana me provocó un dolor agudo, detrás de los ojos, alertándome a la realidad.

Bajé las escaleras para llegar al comedor de la posada. Me encontré curiosamente con Hipna, junto a mi casero Cabinho. Departían como si se conocieran de tiempo atrás. Te presento a mi sobrina, dijo el viejo astuto, manteniendo su mirada en mis ojos. Es la prometida de Germán y quiere ser una destacada violinista, agregó.

Dicen que bajo una isla existe un río llamado Leteo, el cual transporta agua de olvido. El día que sufrí por el licor Cabinho supe que nada saciaría mi sed si no probaba de sus aguas.

Ante el desconcierto, le dije a mi casero que partiría, aduciendo que el éxito me esperaba fuera del puerto. Regresé por mis pertenencias y al volver al comedor deposité las llaves sobre la mesa. Le extendí un sobre con el dinero faltante de la última renta. El depósito no lo procuré, lo dejé a cambio del licor robado la noche anterior. Hipna permaneció insensible, sonreía mordiéndose los labios.

Mis influencias y lo que los demás pensaron de mi futuro no tuvo poder más allá del puerto. Anduve solo, rebuscando la misma esencia, en cada lugar, embriagándome sin saciar mis aspiraciones, hasta regresar cansado al sitio donde Hipna ya no estaba.

El sonido del violín se extiende en un hilo melancólico, desde el televisor. No es Hipna lo que se transmite en apariencia, es su lado oculto; el que pocos conocen en intimidad. Lo sé porque cuando creí alejarme doblegué mi ingesta de alcohol y al excederme, en busca de la indiferencia, me visitaba en los delirios. Solamente ahí pude escucharla y sentirla de nuevo, negándome la respiración para largar mi placer. Al llegar al borde peligroso, me tomaba de la mano y me regresaba a la vida para recordarme la maldición, la que asegura que jamás sentiré el amor en alguien más.

Hipna inicia un nuevo conjuro, desde la vitrina que la expone, incitando al goce. Cierro los ojos dejándome llevar. Germán prepara en mi mente su suculenta sopa. Mi escrito sobre Hipna es un remedo de esa comida, una sopa de muchos íncipits que no la enaltecen. Necesito integrar los ingredientes precisos, escribir desde mis adentros, dejar de lado los excesos y en su poder desmenuzar los sueños. Por hoy olvidarme de la infinidad en Tánata y conformarme con el delirio imposible en Hipna; esa Hipna, mi muy lejana inspiración.

***

IMAGEN

Promesa de primavera >> Lawrence Alma Tadema., Alemania, 1836-1912.

Héctor Manuel Vargas Núñez nació en Benjamín Hill, Sonora, el 16 de julio de 1972. A la  edad de cuatro años, después de desordenar los tipos de una regla de composición de  una imprenta mecánica, fue llevado a Puerto Peñasco, Sonora. A los diecisiete años, en un viaje en un barco camaronero, después de un intenso día de labores, decidió por las letras que lo aproximaran a explicar lo que vivía. Escritor intuitivo, inició a colaborar, a finales de los noventa, en la sección de música de la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado, a principios del dos mil, en la página Ficticia.com. En la actualidad colabora, desde septiembre del 2015, en la revista digital Sombra del Aire, con los seudónimos de Equum Domitor y Eleuterio Buenrostro.


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