ZONA DE TOLERANCIA

por Víctor Hugo Pedraza

Caminaba ensimismado. La ciudad, su noche, esperaban un signo de vida de mi parte. Sin embargo, entre la falta de trabajo y todas las situaciones que eso genera no me daba para más. Bien podría ser uno de los personajes de algún cuento de robots o un candidato para usar las vías del metro como puerta a otro mundo; bueno, es lo que dicen porque hasta ahora no conozco a alguien que murió y después haya vuelto para contar qué con lo que hay del otro lado y si en realidad hay otra vida.

Pensándolo bien, qué culpa tienen los pasajeros, porque seguro pasarán horas para que terminen de levantar lo que quede de mí y en tanto el servicio colapsará, bastante tenemos con las inundaciones que causan las lluvias y la corrupción y negligencia de las autoridades relacionadas a la construcción de ese sistema de transporte. Así que esto ya no es opción.

El anuncio del Hotel Savoy me llama la atención. Recordaba el edificio casi en ruinas, en general la calle Zaragoza era un tanto lúgubre, pero no dejaba de ser transitada por quienes buscaban un descanso…

Miradas insulsas,

atascadas de silencio,

            de fuga.

Esperan una caricia,

sin el remordimiento de la soledad,

            luego del incógnito sexo apresurado,

                                   pagado,

tal vez, salvaje,

            violento,

                        moderno,

con la máscara del olvido,

esperando en la calle cuerpos pasajeros,

            remotos,

                        amorfos,

llagados hasta el tuétano,

pintados de mentiras,

                        inconscientes,

deslumbrados por el espejo vacío

de los cuentos de hadas,

de las historias de Afrodita,

las que sólo historias descarnadas

            cuentan el pasado,

                        disfrazado de presente

            y susurrando el futuro

de un te quiero hipócrita,

que en el viento viaja,

se desvanece…

A pesar del cambio, esa calle y la colonia, en general, siguen clavadas en mi memoria. Cómo olvidar las tortas que prepara doña Eduvijes, cuya espera siempre valió la pena. No había dónde sentarse, sin embargo, ese no era impedimento, lo sabroso era el sazón. Los ingredientes, comparados con otras torterías, eran los mismos, pero, claro, la doña llevaba años en el negocio y sabía muy bien cómo hacer  las tortas. Propios y extraños se chupaban los dedos sin temor al reclamo. El manual de Carreño de los buenos modales en este lugar era una leyenda urbana.

¡Polly!, el hotel, uno más. Resalta que en una calle haya más de uno de estos establecimientos y que, además, sigan abiertos luego del año fatídico que estamos viviendo. También es notorio el porqué: este lugar y los alrededores son considerados “zonas de tolerancia”, por lo que es común observar como alguien…

se pierde en una callejera mirada,

en una sonrisa coqueta,

junto a unos pesos olvidados

en el buró colgado,

                        aferrado,

            de una cama muda,

                        fría,

                                   ajena,

                        sin vida, ya.

Sin vida parecerían estar las vecindades que aún quedan luego de la gentrificación que detonó la construcción de unidades habitacionales, espacios, Edificios Serie Moderna. Así el paisaje, sin duda, dio un giro: los colores grises en las paredes fueron tapados por el violeta u otro que provoque luz y, bueno, la lista de hoteles no para, casi olvido el Detroit sumado a la arquitectura del viejo barrio, cuya historia se muestra bajo…

Esas miradas insulsas,

atrapadas ya,

            se deslizan bajo el romántico pensamiento

del amor acompasado,

sin embargo, fallecen cada noche al toparse de nuevo

con el fantasma de una rosa marchita,

con los versos agrios

                de un poeta castigado.

Mis pasos son ahora más pesados y lentos, respiro de a poco. El recuento de los que ya no están va en aumento. A cambio observo rostros que ya no conozco. De los que se fueron sólo quedaron palabras e historias que contar, alguna risas efímeras, corazones rotos, herencias malditas, andanzas épicas y hasta sugerencias apocalípticas, claro, la música se la llevaron dentro.

Sin duda todo tiende a cambiar, a evolucionar o a trascender según la psicofilosofía en boga. En tanto la ciudad sigue en movimiento, nuevos rostros vendrán para contarme de otros tiempos, de otros lugares, de otros sabores, de otros miedos. Así que no queda más que pasar a cenar con doña Estela, seguro para esta hora el café ya está bien calientito y mi tolerancia no tarda en llegar a su límite.

Mañana habrá que apostar de nuevo y, tal vez, sí dé algún signo de vida.

IMAGEN

Noctámbulos >> Edward Hopper., USA, 1882-1967.

Víctor Hugo Pedraza llegó al mundo en la coda del noveno mes, del año 77, del siglo XX. El mismo día, en el que, muchísimos años atrás, fue fundada la Universidad Nacional Autónoma de México, de donde egresó en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas. Después, activista social, editor y siempre poeta. Sus vivencias le alcanzaron para escribir el libro Poesía publicado en 2014 por Baba Editorial. Colaborador en diversos medios y publicaciones electrónicas e impresas. Impresas, también, sus fotografías, cuyo gusto ha cultivado desde que una cámara llegó a sus ojos. A sus oídos la radionovela y, sí, ha participado en la producción de alguna de ellas. Ecléctico de por sí, y por tanto, oscilante entre la Ciudad Monstruo y el Bajío mexicano.

Por el momento es todo, seguramente, después, con el tiempo y los pasos, podrá contarse algo más.

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Crónicas soñadas

De Víctor Hugo Pedraza


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