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04 noviembre
2019
Literatura Narrativa Novela por entregas
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XXXV. UNA BRUJA

INTROSPECCIÓN

Por Alejandro Roché

 —Miren, hacia allá. ¿Ven las luces?

—¿Serán brujas?

—Sí, yo digo que sí son, se dirigen hacia el cerro de la Macumba.

—¿Macumba? ¿Qué es?

—¿No saben?

—Es una bruja y de las buenas.

—La gente dice muchas cosas.

—No, pero ésta sí, dicen que ella le enseñó todo lo que sabe al favorito de la reina.

—No, fue al revés, él fue el que le enseñó a ella.

—No, ella lo recogió desde que era un mocoso y le enseñó, y ya de grande tuvo una hija de él.

—No lo recogió, si es su hijo.

—Están mal. ¿Cómo va a ser su hijo si era su amante?

—Pues yo supe que era su padre.

—No puede ser su padre porque ella está más vieja.

—¿Vieja? Pero si yo la he visto y no tiene más de treinta.

—Serán siglos, porque mi abuelita me hablaba de ella.

—Pues mi mamá dice que han sido abuela, hija y ahorita la que vive es la nieta.

—No, pues yo supe que tuvo una hija y la fue a regalar al Halcón Dorado.

—Y las malas lenguas dicen que esa niña es Brexit.

—¿No?

—Tú, Cacaxtla; tú si sabes. Es cierto que la Macumba fue a dejar su niña al Halcón.

Detienen su paso y lo voltean a ver.

—No sé si era ella, pero una mujer fue a dejar a una niña; no dijo mucho, sólo que la venía a dejar para que ahí creciera, y fue muy tajante, que ahí debía crecer y el Rojo, pues ya sabes, vio una minita de oro.

—¿Y tú bien obediente?

—No sé, todo fue tan rápido, pero no crean que no me arrepiento. No era más que un mozo. ¿Qué podía hacer?

—¿Y ella lo sabe?

—¿Y qué le iba a decir? ¿Tu mamá es la Macumba? Imagínate que ella se enterara que yo le dije. No sé qué me haría.

—Ay, ¿qué te va a hacer?

—Hablas por ti. Qué tal que me echa una de esas maldiciones que ni el más bendito me va a quitar.

—Tienes razón —interviene Chaneque—, con las brujas mejor de lejos. Una noche recuerdo que estaba en el bosque y de pronto vi una luz, era como una bola de fuego que se movía y yo me quedé viéndola…, y eso es todo.

—¿Cómo que eso es todo? ¿No hay más?

—¡Oh! Espérenme, déjenme acabar. Les decía que me quedé viendo la luz y eso fue todo, pero todo por esa noche, porque al siguiente día desperté sentado en un montón de abrojos. Pues, ¿no fue la bruja que me perdió?…, y deja de eso, ¡lo que no me hizo!, me sentía mal, así como medio menso, y voy viendo y estaba todo moreteado del cuerpo; lo más seguro es que me chupó la sangre.

—No inventes, eso ni tú te lo crees.

—Se los juro por ésta que sí —con su mano en señal de santiguarse se la llevó a la boca, besándola a modo de juramento.

Todos con cara de incredulidad.

—Pues no me crean, pero es cierto y yo creo que me fue bien porque en aquellos años yo era joven. ¡Ah! ¡Sólo Diosito sabe qué no me hizo esa bruja! —todos lo volteamos a ver, y al menos yo trataba de imaginar cómo ese rostro de ojos hundidos y piel arrugada estirada en un cráneo que parecía más flaco de lo que lo recordaba de un día antes, cómo una persona con todos esos años encima pudo haber sido de joven—, porque una vez un tipo me contó que donde él vivía había una bruja que chupaba la sangre de los recién nacidos y pues sobres noche tras noche, todos los pueblos cercanos ya no sabían que hacer porque la bruja rondaba todas las noches y no, no era un chisme de pueblo porque hasta el padrecito ya la había visto. El tipo ni se preocupaba, porque vivía con su esposa y no tenían hijos, pero, pues ya sabes, siempre te entra como el miedo, pero de ahí no pasaba y todo pudo seguir así como siempre, pero resulta que una vez en la noche se despertó y no estaba su esposa y, pues, se le hizo raro y, pues, fue a buscarla y pues nada, no estaba y en eso quién sabe que le dio, pero buscó en el tlecuil y, pues, ¡no estaba ahí una pierna! ¡Sí! ¡Una pierna!  Pero no cualquier pierna. ¡Era la de su mujer!

—No, eso no puede ser.

—Sí, en serio; bueno, así me lo contó. Dice que primero no supo qué hacer, y pues ahí la dejó, pero esperó y esperó y su esposa no apareció hasta cuando ya casi amanecía, y luego lo peor es que en el desayuno le dio sangrita, y que ahí recordó que casi todos los días le daba sangrita con su tortilla o bolillo, que porque al del pollo le sobraba la sangre y se la regalaba, pero, pues, ¿no sería sangre de los bebés que les chupaba la sangre y se la daba al marido?

En este punto, aún cuando sonaba increíble, estábamos atentos y hasta nuestros pasos parecían más suaves.

—Bueno, pues a la siguiente noche se dio cuenta de que la mujer le echaba algo en el tecito de la cena, pero ahora no se lo tomó y esperó a que se durmiera la mujer y, pasado un rato, vio que se levantó y la siguió y, pues, clarito vio cómo se quitó su pierna y la metió en el tlecuil después. Así como de la nada, le salieron unas alas y salió volando, y él se quedó ahí pensando y pensado qué hacer, y lo mejor que se le ocurrió fue esconderle la pierna y se fue a dormir. A la mañana siguiente despertó, y su mujer ahí estaba, como siempre, pero esta vez no se quiso levantar. Ella le dijo que porque se sentía mal y, pues, él ya sabía por qué, así que se fue al trabajo, pero todo el día estuvo piense y piense en qué debía de hacer. Primero pensó en decírselo a su mejor amigo, pero esas son cosas que no puedes andar contando así como así, además si contaba eso, pues lo más seguro es que la matarían y, pues, a pesar de lo que fuera, él la quería mucho; era su esposa. Ya en la noche llegó a su casa y su mujer seguía en la cama y se veía más demacrada y él, todo apachurrado, pues también se fue a la cama. Luego, otra vez esperó a que se durmiera, y ella salió de la cama y otra vez le salieron unas alas y se fue volando. Esa noche él lloró, porque la quería, pero ella era una bruja y se chupaba a los bebecitos y pues no, así quién va a querer a una mujer, así que al siguiente día su mujer tampoco se levantó y fue a ver al padre y juntó a medio pueblo y entró a su casa mientras su mujer estaba en cama. Le quitó las cobijas y pues sí, sólo tenía una pierna y, para confirmar, aventó la otra y pues sí, era la otra pierna, pero la otra pierna estaba viva, se movía y pues ahí la mataron, sin más ni más.

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Alejandro Roché nació en el Edo. de Méx. en 1979. Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional. A la par de su desarrollo profesional como programador informático, se ha ejercitado desde temprana edad en la disciplina de la Literatura, sobre todo en el campo de la narrativa. Lector ávido. De 2000 a 2005 formó parte del Taller de Creación Literaria del escritor Julián Castruita Morán dentro de las instalaciones de la ESIME-Zacatenco del IPN. Durante los próximos años escribió la novela Abraxas, hoy publicada por entregas y disponible en este medio. Colabora con profusión en Sombra del Aire desde mayo de 2015.

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