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19 julio
2019
Literatura Narrativa Relato
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LA TRANSFORMACIÓN 

Por Paloma Jiménez

En principio no tiene conciencia de lo que sucede, ni de su existencia, es como si despertara de un mal sueño. De repente todo a su alrededor es desastre, su otro yo, el monstruo, ha salido de nuevo, se queda incrédula ante lo que ocasiona, al reaccionar mira a su yo, la normal, en cuclillas, impávida, observando el mal comportamiento de su otra mitad. Esto no debía pasar o quizás hasta diez años después. Dos científicos no entienden qué es lo que pasa y deciden hacer un estudio con pruebas de laboratorio, pero cuando esté la apacible. Le clavan agujas como a un fetiche de vudú. Al introducir la primera, siente miedo, pero no dolor, entonces no le importa ser un alfiletero y aguanta todo con tal de que termine su tormento. Los resultados de las pruebas estarán listos en dos días, será un día feriado, hay certeza de que esto termine, y agendan la cita. Uno de los investigadores sí hace hincapié en la fecha, pero la fase folicular es irónica, se rige por fechas, pero ignora efemérides. Le han dado unas grageas para que esté tranquila y no surja la transformación durante las pruebas, su efecto tal vez dure dos días, también la expectativa, sólo espera no sean en vano los piquetes de las agujas. Doce horas después de los estudios, aún sigue con el efecto de las grageas y ya debe tomar las siguientes.

El sueño y la pesadez en el cuerpo no la dejan abandonar la cama. Varias horas después despierta y piensa en cómo desperdicia de esta manera la vida, se incorpora con dificultad para tomar un baño de tina, nota pequeños puntos rojos, unos dentro de una aureola verde, la mayoría duele, en especial los de las coyunturas; los han hecho las agujas que atravesaron su cuerpo, les da alivio con la esponja empapada con agua y se autocompadece, y vuelve a pensar en su vida sin sentido por culpa de la transformación,  pasa por su mente ya no esperar y terminar con todo. Algo rompe abruptamente sus intenciones, una gata gris atigrada entra exigiendo comida con un maullido, rodea la tina contoneando el cuerpo y la cola levantada, cuando se dirige a la puerta voltea para mirarla dando un maullido más largo, como si la increpara por sus pensamientos, la minina bien sabe que no sobrevivirá, la ha hecho una inútil. En un principio, la gata sólo venía a cazar los ratones y pájaros del jardín. Después de mantener a raya a los roedores y que los pajaritos entendieran que las esquinas del corredor no son para hacer nidos, empezó a alimentarla con croquetas y la gatita ya no se fue, la llevó al veterinario para que le dejaran huecas las entrañas y no hacerse de más gatos, con la transformación ya sólo eran ellas dos, uno aprovechó la oportunidad para acabarse de ir sin sentir culpa, los demás hacían su vida.

El último día de la espera, las grageas se han terminado, la transformación ahora es diferente, al darse cuenta que el frasco está vacío, lee su etiqueta y enfurece, la han mantenido apacible con metamizol, algo tan barato y común en el mercado farmacéutico y luego racionado. El monstruo le causa bochorno, sudoración y un gran dolor de cabeza para salir, no puede hacerlo espontáneamente como las otras veces, es una lucha con su yo apacible. Sale a tomar aire fresco al jardín; a ella le da por ayudar a un perrito callejero, ha querido que ya no se vaya. El animalito le agradece el agua, comida y que lo deje descansar dentro de la casa cuando hay lluvia, pero ama su libertad, siempre le da lamiditas y se para en dos patas, hoy al verlo se molesta y le grita, sólo quiere respirar aire fresco para sentir consuelo, ya que siente que el que exhala le quema las vías respiratorias. Ahora, más conciente de lo que hace, se reprocha sus actos. Cuando descansa en el jardín, el perrito está fiel, junto a su sillón de mimbre, la cuida mientras duerme, hubiera querido que así estuviera hoy, pero está agazapado en los arrayanes. Hasta en el sueño siente el dolor de cabeza, que ya le ha hecho una fisura mental, dejando entrar en el sueño a personas desconocidas, pero en situaciones conocidas, que aún dormida la desconciertan.

El timbre del teléfono la despierta de un sobresalto, nerviosa levanta la bocina, es la  voz de uno de los investigadores, le dice que no podrá presentarse a la cita para interpretar los estudios de laboratorio, se ha presentado una urgencia, es «día de las madres». Su otro yo, el monstruo quiere hablar,  insultarlo, ¿acaso usted es madre?, que no le importe la zozobra de sus pacientes, hace que parezca que no la tenga. Pero su yo con razón no se lo permite y le aconseja llamar al otro investigador para preguntar si asistirá a la consulta o tiene también compromiso con su madre o la madre de sus hijos, pero él le responde que al medio día fue al campo santo a llevar flores, su madre está muerta y su esposa es la ciencia, así que  estará esperando a la hora acordada en el consultorio del centro de investigación. La incertidumbre aumenta y le provoca más nerviosismo, siente cómo chorros de sudor le recorren el cuerpo, las horas parecen eternas; mientras espera ir a la consulta, convive con algunos miembros de su familia. La transformación la hace alejarse de sus sueños y de amistades, igual es madre y estaba pasando desapercibida la fecha, por un momento se distrae de lo que ha vivido y se siente bien por haberle ganado la batalla al monstruo para no insultar al científico, por honrar la fecha; tenía mucho que no se divertía.

El científico actuó con parsimonia desde que tuvo el sobre en las manos, al ir leyendo una a una las hojas y hasta su diagnóstico, estaba satisfecho con los resultados. Abrió un gran gabinete lleno de frascos y  cajas de medicamentos, le dio una caja con siete ampolletas, una cada mes,  tiene que presentarse con regularidad en el centro de investigación para que la asista el personal, son vía intravenosa, cada siete meses le darán una caja nueva hasta completar las veintiuna, eso durará el tratamiento, sentirá los síntomas de hoy, la transformación no será completa y tiene que estar ahí concient  para calmar al monstruo, habrá  bochornos,  sudoraciones, mareos, a veces vómito y cefalea aguda, por la lucha entre las dos personalidades, deberá vencer los repentinos cambios de estado de ánimo mientras dure el tratamiento, serán meses difíciles, el monstruo se apaciguará e irá muriendo poco a poco y es mejor no pensar en su regreso. Después de estos veintiún meses de tratamiento, inevitablemente no podrá olvidar lo vivido, ni tampoco recuperar lo irremediablemente perdido, pero habrá tiempo para volver a empezar.

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