SEÑORITA A.

por Alberto Curiel

Sé que has estado conmigo desde siempre, pero empecé a notarte sobremanera a partir de hace unos meses, cuando te apoderaste de mí completamente.

Permití tu entrada sin notarlo, ibas y venías con absoluta libertad, sin condición alguna. Oteabas mi andar desde lejos, te acercabas, susurrabas coplas inaudibles, lisonjeabas, pero me incomoda la cercanía de otros, dilato mucho tiempo en sentir confianza plena por un ente distinto a mí, así que tomaba mi distancia… me movía.

Despaciosamente, serpenteando, metiste tus manos bajo mi ropa, acariciaste mi cabello, rozaste mis ojos, mi cuello, sentiste mi pecho y… descendiste pronto, abruptamente, sólida, firme, violenta y despiadada.

Apenas te tuve sobre mí… te quedaste, no pude hacer nada, cómo iba a correrte así nada más, no soy tan cruel.

Te concedo la postura discreta que adoptaste preliminarmente, cual gato nocturno desplazabas una extremidad seguida de la otra en total sigilo, realizabas acrobacias aéreas y, con pies de espuma, esperabas atravesar el predio que habito de manera inadvertida.

Te afianzabas a mi tronco, percibías su volumen siempre y cuando estuviéramos solos. No podíamos permitirnos una ligereza en público; si alguien nos viera juntos… no sabría cómo explicarlo, pensaba.

En mi primera juventud llegué a enamorarme locamente, los minutos se derretían entre mis dedos, los días se deslizaban bajo mi barbilla, y lo único que hacía era pensar, rememorar los breves o longevos instantes en que tenía a mi amada en mis brazos. Me era imposible despojarme de su rostro, de su olor y de su ser, pero contigo, ¡qué demonios pasaba contigo, Señorita A.!

Si te miraba, sufría, cuando no estabas, sufría. Anhelaba tu ausencia, pero cuando me asentaba en ésta, siempre me intrigaba tu retorno. Interrumpías mis cavilaciones, introducías tu voz helada en mis oídos. Arribabas siempre intempestiva, no llamada, no esperada, por la espalda, y yo, tomando un largo aliento, distinguía tu presencia con obligada resignación y la sonrisa guardada.

Llegué a tenerte mucho miedo, pánico, debo admitir. Creí que nunca permitirías la restitución de mi calma, durante varias noches pensé que no convendrías que el sueño retornara para mi plácido descanso, te imaginé en un futuro próximo como parte de mi existencia, de mi naturalidad al andar, aunque nunca deduje que nuestra bilateralidad tuviera la dicha de los romances sempiternos, uno acabaría con el otro con celeridad; yo iba perdiendo.

Durante noches y madrugadas me atabas a las sábanas, me descobijabas, mordías mi pecho, brincabas sobre mi espalda y mi cabeza, jalabas mi cabello y torturabas mis dedos como si tu energía no cesara, como si tu fuerza fuera infinita. Me inundabas, tapabas mi nariz, y cuando por fin mis ojos comenzaban a cerrarse, tirabas de mis piernas o de mis manos, ¿qué te hacía ser así conmigo?

Llegué a considerar terminar drásticamente con lo nuestro si es que tú no te ibas. Nunca te lo dije, pero no podía vivir así.

Reitero que ha sido poco el tiempo desde que tu presencia se tornó expresa, patente. No obstante, me parece que hubieran discurrido cientos de años. En ocasiones, un solo día sin ti me hacía dudar sobre mi concepción del tiempo, creí estar descompuesto, todo parecía ir más veloz, tu distancia se hacía enorme y yo me sabía salvado, pero la concordia no perseveraba lo suficiente, intenté cambiar la llave de mi morada, vaciar todos los recipientes en que pudieras esconderte, empero, era inútil.

Mutaste por senderos vertiginosos, impresionándome en un trocado gigantesco, y entonces, entablaste una nueva forma de comunicarte conmigo, de acecharme, para dejarme sitiado.

Ya no te importaban las multitudes, tu secrecía se había extinguido, la gente comenzó a notarnos. Interpusiste tus manos ante las muestras de afecto que pudiera recibir, dejaste marcas en mi cuerpo, temblores, secuelas que no podía disimular.

La desvergüenza, la impudicia y el cinismo te cubrieron, tomaste la bandera de la impertinencia y te urdiste un vestido. Me seguiste a donde fuera, ataviada, empoderada, segura de que era tuyo, tu pertenencia, y había que exponer lo nuestro manifiestamente.

Yo tenía una pareja, tenía una novia, y me besaste frente a ella. También la detuviste, tu estrategia fue lograr su desconcierto, y de esta manera, tomándola por voyerista, la obligaste a mirar mientras disponías de mí.

Te odié, deseé en muchas ocasiones no haberte conocido jamás; sin embargo, durante este tiempo aprendí de mí gracias a ti, descubrí que podía realizar hazañas que no imaginé, entendí que podía conectarme, indagar en el ser, en mi ser, a niveles que aún no comprendo muy bien, pero continúo intentándolo. A partir de ti comencé a ocuparme siempre, a aprovechar mis días, a sonreír de manera premeditada, sin diplomacia, así, sin más, y a pensar antes de liberar un frenético impulso hostil o mecánico.

Señorita A., no todo ha sido malo desde nuestro redescubrimiento, aunque en estas letras así lo parezca. Desde tu comparecencia me cuestiono diariamente, discierno, no sin dificultades, entre lo correcto y lo anterior, lo indócil y lo calmo, pienso, mas no como antes, acerca del significado del error y en su remedio, y pienso nuevamente, y de aquellas agitadas deliberaciones colijo no involucrarme en disgustos fáciles, conjeturo custodiar y nutrir la paz tantas veces inopinada, y pienso, por si fuera poco, en el equilibrio.

Antes de ti no me ocupé de ponderar adecuadamente la ordinaria satisfacción de respirar profundamente mientras me encuentro sentado, manso, sosegado, tan inmenso y tan dentro que quizá pueda moverme en total armonía, flotar, sin mover un solo músculo.

Tu andar conmigo ha sido errático últimamente, vienes y te vas, pero ya no es lo mismo, tu vaivén no me desconcierta, hablar de ti ya no me causa temor; ahora puedo prescindir de tu existencia.

No me has dejado del todo, pero dentro de poco lo harás. Señorita A., es menester testificar que cuando retornas ya no me tomas por sorpresa, te reconozco, te miro y te dejo por ahí, hasta que de pronto te olvido. Ahora puedo decir que te siento sin celo ni culpa, puedo dejarte ir o ignorarte hasta que caes, arañando mi pecho.

He aprendido de ti a expresar mejor mis emociones, por eso no me contengo cuando te siento, puedo enterarme y anunciarlo, y te vas, porque ya no te siento como una pesada loza, ya no te cargo, te me resbalas y te rompes, vas rezagándote y no puedo recogerte.

Debo prescindir de ti, pero no sin antes agradecerte, porque cuando llegaste todo era muy diferente, yo era otro, y lograste cambiarme; he crecido, me he levantado.

Recuerdo encontrarme perdido, tirado en el suelo cuando conscientemente nos percibimos por vez primera, me abrazaste tan fuerte que no pude soltarme, me maniataste y obstruiste mi boca, ataste mis manos y piernas, apenas pude forcejear para librarme de ti por pequeños momentos, pero volvías, siempre más fuerte y violenta, así que intentaba no moverme, permanecer estático para que no me vieras, pero aun así lograbas encontrarme, me tumbabas de nuevo, y yo me quedaba ahí, quietito, sujeto a ti, porque no sabía que permanecer inmóvil era el desacierto que condescendía ante tus actitudes.

Ya me muevo, ¿puedes verlo?, voy caminando, corro, subo a mi bicicleta y no puedes alcanzarme. Señorita A., vas rezagándote, debo prescindir de ti, excluirte, privarme de tu presencia; no puedo esperarte.

Sé que querrás asirte de mí nuevamente, aferrándote a mi corazón, a mi tráquea, y quizá te sienta sobre mi espalda, rasguñándome apenas, pero caerás, voy demasiado rápido y no puedes sujetarte. Así que ya no vuelvas, ¿no ves que ya no camino en círculos? No puedo volver a recostarme, porque ya no estaré quieto, a ti no te gusta que me mueva, y ya sé a dónde ir. Me muevo, ¿puedes verlo?

 

IMAGEN

Santa María Magdalena >> José de Ribera., España, 1591-1652.

Alberto Curiel nace un 5 de octubre del año 1990 en la Ciudad de México, o al menos eso es lo que nos ha hecho creer. Comienza a escribir poesía a la edad de once años, más tarde obtuvo un segundo lugar en un concurso de poesía en el que participó durante su estancia en la educación secundaria, ya en la preparatoria esboza sus primeros cuentos y ensayos. En 2014 ganó el concurso de cuento organizado por la Universidad de Ecatepec y el escritor Zaid Carreño, posteriormente participa en los cursos de Creación literaria y Didáctica del arte, impartidos también por Zaid Carreño. Alberto estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, así como un posgrado en Medios de Comunicación en la Universidad de Ecatepec. Actualmente es productor, guionista, conductor y locutor del proyecto radiofónico y audiovisual “Bestiario”, además de que trabaja en la elaboración de rutinas de “Stand up” propias, y en sus dos primeras novelas: “Entropía” y “El Psicopompo”, en donde se ven reflejados su gusto por la filosofía, la ciencia, el arte, el humor, la historia, la sociología, entre otras disciplinas. Algunos de sus textos han sido publicados en diferentes medios electrónicos.


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