RÍO SUBTERRÁNEO DE INÉS ARREDONDO

por Marisela Romero

Por Marisela Romero

Inés Arredondo nació en Culiacán Sinaloa el 20 de marzo de 1928. Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México donde inició sus estudios en Filosofía, para finalmente redirigir su proyecto a Letras Hispánicas; posteriormente estudió Bibliotecología y Arte Dramático. Fue compañera de estudio de Rosario Castellanos, Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño; conoció en su juventud a Juan Rulfo y a Juan José Arreola. En 1979 publicó “Río subterráneo” en una compilación de cuentos que lleva el mismo nombre y por la que obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia. Terminaron sus días el 2 de noviembre de 1989.

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Río subterráneoEs muy probable que las aguas que corren en el Río subterráneo que muestra Inés Arredondo, sean los sentimientos no expresados con palabras por temor o por vergüenza; sentimientos sórdidos que buscan manifestarse de alguna manera. Dolor, cobardía, odio, indiferencia, el amor mismo llevado hasta sus últimas consecuencias. Como ruta de escape a estos sentimientos, como artificio, la autora utiliza los ojos, elementos con un carácter sumamente significativo en la literatura y en la obra de Arredondo, tanto como en la vida. ¿Qué dice una mirada?, ¿qué se trata de ocultar al evitar una mirada? Miradas cómplices, solidarias, inquisitivas o suplicantes.

Por ejemplo, las miradas lascivas que dedica Silvio a una desconocida, pretendiendo insultarla. Pero este hombre no consigue más que la indiferencia de la chica —ajena completamente a sus intenciones y pensamientos—, terminando por escudriñar dentro de sí, para avergonzarse de su condición. Al final, con la mirada amable de la chica se desvanecen las construcciones mentales de Silvio.

Por otro lado, la mirada negada a la mujer que perdió a su hijo en lo que parece ser una desaparición por motivos políticos; la evasión de esas miradas sólo puede significar impotencia por no poder hacer nada por ella, por no poder reconfortarla o temor de empatizar demasiado con su dolor. Por su parte, a la mujer no le queda más que llorar por Lázaro a quien ya no podrá ver.

Miradas piadosas que condenan, que se burlan para finalmente abandonar a una niña en la orfandad. La mirada serena, amenazante de un padre abusivo, a quien se desea la muerte. La mirada solidaria del extraño que ofrece consuelo. La mirada de otro extraño —del herido— que da sentido a la vida de la huérfana, en la que se reconoce a sí misma, como no pudo hacerlo entre sus hermanastros.

El Río subterráneo oculta además la enfermedad, la locura; alimentada ésta por la angustia, heredada irremediablemente por los genes, por la constante convivencia o por los lazos fraternales. No es claro el origen, pero sí ineludible el destino.

Por esas aguas corre también la indiferencia ante lo que se juzga una muerte absurda. En contraste con la indignación de exhibir el cuerpo mancillado, muerto por una causa justificada: “un guerrillero alzado en armas contra el gobierno”.[i]

La indiferencia del dolor de la pareja causado por el engaño, revelado por una mirada arrogante, con la intención de omitir la existencia de la mujer; por la traición, cuya venganza se consuma en el intercambio de miradas lascivas de la ofendida con tres extraños. Arrastran también estas aguas la anulación de una mujer ante el amor patológico por un hombre; Paula traiciona a la mujer que fue, a su espejo, al grado de perderse: “Ni siquiera estaba sola, estaba sin mí”.[ii]

Otra manifestación de los sentimientos son las escasas palabras —a manera de parábolas— que esporádicamente deja escapar Manuel el chino, a quien todos conocen pero nadie se ha interesado en su historia ni en su verdadero nombre. Un hombre que no logró comunicar la simpleza de su manera de vivir, que además le era suficiente. Sin embargo, esta mala interpretación de su escasas palabras y de sus silencios, lo llevan a una frustración tal, que sólo se le ocurre puede darle fin con la muerte.

En este Río subterráneo, Inés Arredondo incluye la posibilidad de cualquier ser humano, de cualquier época. Son historias de gente común en circunstancias comunes. Con secretos familiares o personales sórdidos —quizá no tanto—, pero que los prejuicios morales llevan a sobrepasar la justa dimensión de los eventos que se viven.

Parte de la naturaleza humana conduce a avergonzarse de lo que se considera sucio o indigno, pero ¿quién determina los parámetros?, ¿con base en qué? Aquí nos topamos con la ambigüedad de los principios morales. Se dictan normas de comportamiento, pero siempre dista el “deber ser” del “hacer”. Por otro lado, pudiera pensarse que los textos tienen mucho de autobiográficos, no es mi objetivo comprobarlo, ni demostrarlo, pero con toda seguridad, tienen mucho que ver con la experiencia de vida de la autora; lo que sí me interesa enfatizar, es lo común que tienen con todo aquel que se jacte de pertenecer a la humanidad perfectamente defectuosa.

Con toda seguridad, a lo largo de la vida, cada persona se va construyendo complejas patologías, de las que bien puede salir librado atribuyéndolo a la superación personal o atormentarse durante toda su existencia culpándose a sí mismo de incapacidad para resolver, culpando a los demás de actuar en su contra o bien culpando a Dios, al destino o a cualquier otro ente de su mala fortuna.

Así pues, querido lector, cada quien determina si agita las aguas de su Río subterráneo, o simplemente las deja correr, dejando todo en manos del destino.

Y si disfrutas de los textos que te retan a enfrentar y cuestionar la condición humana, te invito a conocer los cuentos de este Rio subterráneo y de otros cuentos igualmente desafiantes que conforman la obra de esta importante escritora de la generación del Medio Siglo.

Obra consultada

Arredondo, Inés, Río subterráneo, México, Joaquín Mortiz, 1979.

[i] Inés Arredondo, Río subterráneo, p. 32.

[ii] Ibid., p. 147.

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