PENSAMIENTOS DE UN MORIBUNDO IMPÍO

por César Vega

 

Inspirado en la canción Thoughts of a dying Atheist de Muse.

A los caídos por la COVID-19; les debemos una vida sin la muerte intempestiva.

Llévame a casa, ponme en mi cama, necesito hundir mi rostro en la frescura azul de mi almohada, necesito dejar de pensar en lo final, aparentar por un segundo que no todo está perdido, quiero llenarme los ojos con las luces de mi casa antes de largarme de este lugar; pon un pocillo de café de olla en el buró izquierdo de mi cama; ansío el dulce aroma de piloncillo, canela y el café arboreciendo por el ambiente, como una vívora de luz y de perfume que emponzoñara con su dulzor lo que resta de mi piel amoratada; trataré de beberlo, pero no podré…

Quiero sentir al rojo metiéndose a las cobijas conmigo y pegarse a mí, tratando de calentar mi cuerpo que se enfría con gran velocidad, que su nariz fría se escabulla entre mis dedos tensos, pidiendo una caricia en los ojos, y el me acariciará con su aliento acre y abrasador; quiero sentir al blanquesino posándose en mi pecho y mullir con sus garras la cobija sobre mí para fabricarse una poltrona imperial, desde la que me cantará una canción muy triste con ese ronroneo averiado que siempre tuvo para mí.

¿Me traes una mandarina? Sé que no hay en esta temporada pero no sabes cuánto me gustaría beberme una ahora…, será para la otra vida, literal. También quisiera unas ramas de pino, de naranjo, de pirúl, de eucalípto, de lavanda y de limón…, son muchas, es cierto, pero ésas sí las puedes conseguir en nuestro jardín y en los árboles de la calle… Si llenas con ellas los bolsillos del pantalón con que me sepultes, créeme, me iré feliz. Diles a mis papás que los amo y que me perdonen, diles a mis hermanos que los amo y que los perdono, dite a ti misma que te amo irrevocablemente aunque sé que no merezco tu perdón.

Me arroparán las sombras de una oscuridad irremontable pero sabré que estás aquí. En la penumbra de esta habitación, ahogas tus sollozos y suspiros en la almohada y yo los escucho fulgurar como las tenues flamas de unas velas que arden sin titilar, mi corazón cruje como las ramas retorcidas de un olmo podrido y te siento enojada conmigo y eso incrementa mi temor de irme y siento que caigo en el infierno que jamás creí… No quiero irme así… Una nostalgia tremebunda me atropella, yo vine a este mundo a hacerte enojar, mi llegada a tu vida fue una lluvia de meteoritos que lo hicieron todo añicos. Siempre fue así… ¿cuánto te destruí? Y tú siempre te quedaste ahí, junto a mí, incluso aquí en el pie de mi cama, cuando estoy a punto de abandonarte a tu suerte una vez más… ¿Cómo no ibas a enfadarte conmigo? Mas, yo te amaba, lo juro, te amo en este momento en el que no puedo ni siquiera decírtelo sin sofocarme. Siempre quise hacer las cosas bien, lo juro, pero soy el rey Midas de la destrucción…, un verdadero artífice del caos. Tú, obsesiva del orden y yo, un amante del caos… y siempre la fuerza de mis actos fue más contundente y avasalladora. Ahora nos arroja al infierno por el que caigo y en el que aún rehúso creer.

¿Me habré equivocado? ¿Le temo a la muerte? ¿Que si me arrepiento? No, no y no… No a las tres… Lo único que quisiera es oír tu risa en vez de tu llanto…, pero ya lo dije, yo vine a este mundo nada más para hacerte infeliz. De pronto surge un incendio de flores, de catarinas y chupamirtos, que me consume por dentro cuando retrotraigo a las partes de mi cerebro que aún no ha muerto todo aquello que sucedió cuando me enamoré de ti. Siento tener la suficiente fuerza para levantarme de este lecho, enjugar tus lágrimas con mis besos, decirte que hagamos cualquier otra cosa juntos: salir de paseo, tomar cervezas, comer una pizza, mirar nuestra serie, leer un libro, hacer el amor, ir a correr, bañar a rojo y blanquesino, ir a la playa que nunca fuimos, vagar sin rumbo, rodar en el pasto, pelearnos mucho, llorar abrazados, sernos infieles, dormirnos juntos, prepararnos tragos, cantar canciones, comprar chucherías, andar muy pedos, trasnochar ciudades, viajar en metro, invitar amigos, aburrirnos, despertarnos, fumar cigarros, darnos un beso…, todo, lo que sea menos morir. Y cuando lo intento lo único que brota de mí es un estertor que emerge como una flor funesta que araña el silencio de esta oscuridad, como una campana rota que dejara su resuello horrendo en el ambiente, y se adelgaza para fundirse con el frenético beep de un monitor que, al tornarse un pitido sostenido, anunciará que queda libre una cama de hospital para el que sigue en el triage.

Ella está aquí, la siento con nosotros, no es una presencia…, no es como si fuera una persona, es, para ser precisos, una especie de phenomena, como lo es el frío, como la naturaleza de la bruma, como la luz crepuscular, creciente y abrupta, como el escalofrío, como el dolor que se clava en el vientre cuando uno se pica el ombligo; la siento aquí, cada vez más cerca, y lo llena todo con su vapor frígido y helado, me envuelve y me dispensa de la odre de carne y huesos que era yo. Una claridez abismal se dibuja en lo último de mi intelecto, ¡cuán equivocado estaba! El dios sí existía, pero no era nada de lo que pensaba yo, el dios era vivir, sólo en mi muerte reconozco al dios.

 

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Mujer joven >> Jules Pascin., Bulgaria, 1885-1930.

César Abraham Vega nació en la Ciudad de México el 30 de abril de 1981. Narrador, crítico, promotor cultural y traductor. Cursa la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Tiene estudios formales de Informática e idiomas.  Algunos de sus textos han sido publicados en diferentes medios impresos y electrónicos. Actualmente se desempeña como webmaster y editor en Sombra del Aire.


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