PARAÍSO

por Iván Dompablo R.

Por Marisela Romero

Recordar no es vivir en el pasado, / es purificar las raíces, / abonar la tierra que las alimenta / para seguir creciendo.

Justo así es como imagino el paraíso: el verdor por antesala, vegetación de múltiples formas, no caprichosas, funcionales en algún sentido. La disposición de cada planta obedece a sus necesidades de luz, humedad, subsistencia. Árboles y plantas viven abrazados, se estrechan y crujen al llegar la noche. Al alba comparten la luz y el rocío y se regocijan cuando la lluvia las PARAÍSObaña y beben de la sabia tierra a la que pertenecen. Miguel no es su creador, aunque lo ha sido de muchas otras cosas. Es como un padre adoptivo que las acicala, las cuida, platica con ellas y protege a sus retoños, ayudándolos a emanciparse. A cambio, los agradecidos árboles le obsequian deliciosos frutos, algunas plantas le ofrecen coloridas flores que él disfruta respetuosamente a distancia. Otras especies se esmeran en distinguirse con un característico verdor y las más bellas formas, logrando, en conjunto, un retrato de armónica convivencia pacífica.

Al entrar a la vivienda, se disparan multitud de imágenes multicolores, estimulando dispares sensaciones. En un rincón habita una pequeña vestida de blanco que llora en silencio la ausencia de sus padres. Su abuela le habla bajito, con serenidad para consolarla mientras le quita los zapatos y le muestra la pijama que cosió para ella, asegurándole que dormirá segura con el abrigo de la prenda. Vencida por el cansancio, la pequeña sueña el viaje eterno en tren, segura, al lado de Miguel. En otro rincón reside aquel cráneo sabio que alguna vez sirvió de consuelo a la niña que lloraba asustada noche a noche por el horror de los relatos de sus compañeros de la nueva escuela. Miguel le aseguró que el cráneo sabía que todo lo que decían aquellos niños perversos era mentira.

Detrás del biombo de grecas multicolores sonríe embelesada una chiquilla ante la divertida función de circo que disfruta gracias al trabajo de una semana entera de su amado, amante hermano, que la cuida y protege con ternura. Entre los colmados libreros, brilla el machete que alguna vez fue promesa de escudo frente a la abominación humana de quien debiera amar y sin embargo amenaza, persigue, hiere. Tras la puerta impenetrable, la música más lenitiva que se pudiera escuchar, obliga a permanecer en el lugar, permitiendo al mismo tiempo dormir, soñar, recordar, reír. Llorar aliviado.

Todos estos escenarios ahora están quietos, inasibles. Inofensivos. Al centro de la vivienda: la Luz que todo resguarda. El alma omnipresente de la madre-esposa protectora, sabia, paciente. Si encuentras el punto preciso que marca el centro, se escucha el bullicio de su risa, su canto a medias. Flotan en el aire —en papelitos rosas y amarillos— las consignas maternales, a modo de profecías.

Él la extraña más que nadie, por eso sus fotografías ocupan las paredes a lo alto y ancho. Invade sus pensamientos. Habita en sus sueños. Y él recorre día a día este paraíso, acallando sus infiernos; procurando tranquilidad a los visitantes, reconfortando a todo aquel que busca su refugio. Él es guardián de este paraíso, promesa de dicha eterna, remanso de almas atormentadas.


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