¿PARA QUÉ LA VIDA? SEPTIEMBRE Y LOS OTROS DÍAS, DE JESÚS GARDEA

por Marisela Romero

Por Marisela Romero

Y al final, nos damos cuenta de lo inútil que parece haber intentado toda la vida pertenecer, lograr, entender; si lo más funcional para lograr una existencia pacífica suelen ser precisamente los desapegos.

Jesús Gardea nació el 2 de julio de 1939 en Cuidad Delicias, Chihuahua. Narrador y poeta. Profesor de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1980 por Septiembre y los otros días. Se puede leer en la antología Reunión de cuentos: “La sencillez de la vida diaria de sus personajes contrasta con una honda complejidad interior”, clave constante en el desarrollo de los temas que aborda. Murió en la ciudad de México el 13 de marzo de 2000.

PARA SIEMPRE LA VIDAHay un encanto especial en el anonimato; caminar por las calles repletas de gente que ignora toda presencia que no sea la propia. Libertad de ser, de andar sin tener que parecer nada, de reaccionar a nada que no sea el sol o el viento en la cara. Su encanto radica en que son eventos pasajeros, breves, espontáneos. No se puede vivir eternamente ajeno al entorno. Un día cualquiera un hombre tiene un objetivo. Lo persigue discretamente entusiasmado. Repentinamente se siente solo, desesperado, abandonado ¿podría pasarle algo peor? Si: puede ya no importarle nada.

Este hombre, nuestro personaje de “Septiembre y los otros días”, llega a un lugar lleno de personas que, como él, tienen un motivo —sean conscientes o no de ello— para ser, para estar. Los observa, calcula qué puede tener cada uno de ellos que le importe a él, que le sirva quizá. A ratos se siente solo como cada una de las personas con las que vive; tienen en común que la soledad de cada uno de ellos está secundada por el paisaje: lluvia, cielo obscuro, frío; o por los muebles inertes, sometidos a la misma rutina asumida por los habitantes de la casa. Jesús Gardea lo puntualiza: “Uno podía levantar el muro de su soledad tan alto como el cielo, y más si llovía”.[i]

Cada uno tiene sus propias historias, sufre sus propias pasiones. En el mejor de los casos, surgen ocasionales intentos por compartirlas, pero se topan con burlas, incluso con reacciones violentas que al final los dejan en el desamparo total. El protagonista llega un septiembre con la intención de estudiar —lo que le proporciona un débil entusiasmo—, mismo que se ve minado con la primera impresión al llegar a la casa; el poco ánimo que le queda se verá mermado por el tedio de la rutina. Hasta llegar el momento en que se ve envuelto por el total desencanto de su sueño.

Surge entonces una luz esperanzadora, el bosque le proporciona un anhelo alterno. De la misma manera, muchos seres humanos van de anhelos a desencantos. Quizá la diferencia radique en la actitud que se pueda asumir ante estas vicisitudes. Quizá el bosque represente esta nueva expectativa. Nuestro personaje aún posee la capacidad de asombro, aún es capaz de disfrutar el aire, los olores, la naturaleza. Es capaz de experimentar la libertad, como lo plantea el autor: “los sábados […] simbolizaban para mi, sobre todo si amanecían soleados, la libertad. Cinco días de niebla continuas y de aulas como prisiones, terminaban siempre con el advenimiento del sábado”.[ii]

Nuestro personaje —a pesar de todo— sabe que aquello terminará en algún momento; terminarán sus clases y él saldrá de ese lugar. Tiene otras opciones, le esperan nuevos horizontes. No todos corren la misma suerte, algunas rutinas no terminarán; la mayoría de los habitantes de la casa permanecerán ahí, con su tedio, esperando —la mayoría seguramente no sabe qué espera—. Sin embargo el protagonista no deja de experimentar fastidio y en momentos extremos llega a la enajenación, a una honda soledad; de tal modo que desea con desesperación el momento en que todo termine. Y esta soledad no surge de la nada, es producto de las conductas del resto de los habitantes, es una suerte de transmutación de ánimos negativos que contaminan el entorno.

Este escenario se repite en múltiples lugares, en cualquier época que se nos ocurra pensar, y con esto no me refiero exclusivamente al texto, hablo de la vida real. Siempre encontraremos al personaje magnánimo que somete y humilla, en su papel de dueño o patrón. Este individuo, está sometido a su vez por otro que lo supera en tiranía o bien lo sostiene la patológica relación de codependencia con el sometido (sin víctimas no hay villanos). También existe aquel personaje que se burla y menosprecia a los demás, como si minimizarlos lo hiciera mejor persona. Y qué decir de quienes tratan de mantener un equilibrio entre sus temores y sus anhelos; entre la cordura y la desesperación de la marginación.

Por otro lado, también existen aquellos personajes que sirven y funcionan pese a la hostilidad, la ingratitud y la injusticia que pesa sobre ellos. Une absolutamente a todos estos personajes una profunda soledad. Cada cual la compensa a su manera, pero inevitablemente cae sobre todos ellos pese a la compañía, pese a que comparten un lugar amplio o estrecho, es decir, una casa, un pueblo o una cuidad. Y una vez más, esta soledad es inherente a la condición humana, y por lo mismo, es tan relativa. La diferencia la puede marcar la actitud que asume cada individuo ante su entorno, pero es una línea tan frágil la que indica esta disparidad, que se vive confundido, con miedo, en constante esfuerzo por no ser alcanzado por la fatalidad, que se acaba inmerso en ella.

Lo invito pues, a construir su propia lectura y reflexionar sobre las situaciones que plantea Jesús Gardea, o puede simplemente disfrutarla.

Obra consultada

Gardea, Jesús, “Septiembre y los otros días”, en Reunión de cuentos, México, Fondo de Cultura Económica, 1999.

[i] “Septiembre y los otros días” p. 228.

[ii] Ibid., p. 233.


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